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Nadie supo por qué fallaban: el sabotaje más elegante de la Segunda Guerra

Nadie supo por qué fallaban: el sabotaje más elegante de la Segunda Guerra

Un camión salía de la fábrica de Citroen en el que de Javel de París. Era 1941. El motor funcionaba perfectamente. Las ruedas giraban sin problema. El nivel de aceite marcaba exactamente lo que debía marcar. Los ingenieros alemanes lo revisaban, lo aprobaban, lo firmaban y semanas después, en algún lugar entre Moscú y Stalingrado, ese mismo motor se agarrotaba sin previo aviso, dejando a un pelotón de la Bermacht tirado en medio de una llanura helada, sin explicación lógica alguna.

Nadie entendía por qué fallaban y esa era exactamente la idea. Pero para entender lo que ocurrió en aquella fábrica durante 4 años de ocupación, hay que retroceder mucho más. Hay que ir a los años 30, cuando Francia todavía creía que la guerra era cosa del pasado y Citroen era la empresa más atrevida del continente europeo.

André Citroen había muerto en 1935, arruinado y enfermo, después de apostar todo a la tracción Avan y perder la empresa en el proceso. La compañía pasó a manos de Micheline, el gigante del neumático, que nombró director a un hombre llamado Pieg Shuls Bulanig. No era ingeniero, era expiloto de combate de la gran guerra, condecorado dos veces, con una frialdad de acero y una desconfianza absoluta hacia cualquier forma de autoridad que no fuera la propia.

exactamente el tipo de persona que Micheline necesitaba para salvar una empresa al borde del colapso. Bulan tomó el mando y de inmediato entendió que Citroen no iba a sobrevivir siendo conservadora. Lanzó dos proyectos en paralelo que parecían imposibles. El primero era un vehículo utilitario para el ejército francés, robusto, fiable, capaz de funcionar en cualquier condición.

El segundo era un coche diminuto para el pueblo francés, algo que costara tan poco que hasta un agricultor pudiera comprarlo. Mientras el mundo miraba los tanques y los cañones, Bulanger pensaba en camiones y en campesinos. Era ese tipo de hombre. El camión que surgió de esa primera idea fue el Citroën Tipp Pantois, conocido también como U23.

Y aquí aparece uno de los datos más sorprendentes de toda esta historia. El hombre que diseñó ese camión era el mismo que había diseñado la tracción Avan. Se llamaba Flaminio Bertoni. Era italiano de Barese. Había llegado a París con una maleta y una ambición descomunal y trabajaba en Citroen con una intensidad que asustaba a sus propios compañeros.

Bertoni no era solo un diseñador industrial, era escultor. Modelaba los prototipos con sus propias manos en arcilla y yeso, antes de que existiera ningún plano técnico. Y cuando miraba un camión, no veía una herramienta, veía una forma. El morro del U23 era prácticamente idéntico al de la tracción Avan.

Los mismos faros integrados, la misma línea descendente del capó, la misma sensación de modernidad contenida. Era absurdo y era genial al mismo tiempo. Nadie en aquella época diseñaba camiones como si fueran coches de lujo. Bertoni lo hizo porque para él la diferencia entre un camión y un coche de lujo era simplemente una cuestión de propósito, no de belleza.

Y ese instinto, esa obsesión por la forma lo acompañaría durante toda su carrera. Años después diseñaría el 2CV, la furgoneta H, el DS y el Ami 6. Cinco iconos de la historia del automóvil, de la misma mano que dibujó un camión de reparto para el ejército francés. El TIP 23 llegó en 1936. Era un vehículo de carga ligera con capacidad de 2 toneladas, propulsado por un motor de cuatro cilindros que compartía mecánica con la tracción Avant, lo cual era una ventaja enorme en términos de mantenimiento y repuestos.

La cabina era sorprendentemente cómoda para la época, la visibilidad era buena y el conjunto transmitía una solidez que los competidores tardaron años en igualar. Prenult tenía sus propios camiones. Ford fabrican. Pero el U23 se ganó rápidamente una reputación de fiabilidad que los demás envidiaban. Cuando la tensión en Europa empezó a crecer, el ejército francés no tardó en llamar a la puerta de Citroén.

El pedido fue brutal en sus dimensiones. 12,000 unidades en 10 meses. 12,000 camiones. Para quien no haya trabajado nunca en fabricación industrial, esa cifra puede parecer abstracta, pero en la práctica significaba que la fábrica del que de Jabel tenía que funcionar sin parar día y noche, 7 días a la semana durante casi un año entero.

Sin margen para errores ni retrasos, Pulange aceptó el encargo y la fábrica lo cumplió. Francia los usó durante la campaña de 1940. Los camiones transportaron munición, comida, tropas, equipamiento médico. Funcionaron bien, demasiado bien quizás, porque cuando la campaña terminó de la peor manera posible con la rendición francesa y la entrada de la Bermach en París en junio de 1940, esos mismos camiones quedaron abandonados en las carreteras o fueron capturados por el ejército alemán.

6,000 unidades cayeron directamente en manos del Bermach. 6,000 camiones diseñados para defender Francia, ahora al servicio de quien la había ocupado. Bulan vio como los soldados alemanes conducían sus propios camiones por las calles de París. Y en ese momento algo en él tomó una decisión que no iba a hacer pública, que no iba a escribir en ningún papel, que no iba a confiar a nadie más de lo estrictamente necesario.

una decisión que tardaría años en tener consecuencias, pero que las tendría en el lugar más inesperado del mundo. El verano de 1940 olía a derrota. París había caído en cuatro semanas. Una velocidad que todavía hoy resulta difícil de procesar si uno piensa en la potencia militar que Francia suponía sobre el papel.

Las calles de la capital estaban llenas de uniformes grises. Los cafés seguían abiertos, los mercados seguían funcionando, pero algo fundamental había cambiado en el aire, algo que los parisinos reconocían en las miradas de los demás sin necesidad de decirlo en voz alta. La ciudad respiraba, pero no era libre.

La fábrica de Citroen en el quee de Jabel era demasiado valiosa para que los alemanes la ignoraran. Tenía maquinaria moderna, obreros cualificados, una cadena de producción que funcionaba con una precisión envidiable y una capacidad instalada que cualquier potencia industrial en guerra habría querido para sí.

Los oficiales de la Bermach no tardaron ni dos semanas en presentarse. El mensaje era sencillo y no admitía negociación. La fábrica continuaría produciendo para Alemania. Pierjuls Bulaner recibió la notificación con la misma expresión que habría puesto si le hubieran comunicado un cambio en el horario de reuniones, fría, controlada, sin ninguna señal visible de lo que estaba pensando por dentro.

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