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Mónica Citlalli desapareció en ECATEPEC; su NOVIO y su SUEGRA fueron condenados a 70 AÑOS de prisión

Mónica Citlalli desapareció en ECATEPEC; su NOVIO y su SUEGRA fueron condenados a 70 AÑOS de prisión

Entró a esa casa por su propio pie. Nunca volvió a salir. Una cámara la captó cruzando la puerta una tarde de noviembre. Lo que pasó del otro lado de esa puerta tardaría años en conocerse por completo. Y las personas que sabían exactamente qué había ocurrido fueron, durante días las mismas que fingieron ayudar a buscarla.

 Su nombre era Mónica Fitlali Díaz Resendis. Tenía 30 años. daba clases de inglés en una escuela particular de Ecatepec en el Estado de México y era madre de una niña de 11 años a la que criaba sola. Quienes la conocían la describen como una mujer trabajadora, ordenada, de rutinas claras. Esa rutina sería más tarde la primera pista de que algo no encajaba.

El 3 de noviembre de 2022 salió de su domicilio rumbo al trabajo. Era un trayecto que hacía siempre, pero ese día no llegó a su salón. No avisó a nadie, simplemente dejó de responder. Horas después, su padre, José Juan Díaz recibió un mensaje. Decía que Mónica se había ido a Hidalgo, que una amiga le prestaría una casa, que no se preocuparan.

 El problema es que ese mensaje no sonaba a ella. Las palabras estaban mal acomodadas. El tono no era el suyo. Quien conoce a una hija reconoce su voz incluso por escrito. Y aquella no era la voz demónica. y el pozo, pareciendo que no le valcó a volver a la teatro, había una ambroceada de lo tratada de la batalla de 2006 y 620 de SNA.

 La segunda volver a la Signata de la batalla de 2006 en A y que se despermiten para aventar nosotros en la desconocimiento. Este es la batalla de 2006 en A. Sentido por el levantero de la batalla. La familia hizo lo que haría cualquiera. Su madre Felipa Resendis Morán y su hermana Maciel Olvera tomaron las riendas, acudieron a la fiscalía, levantaron un acta por desaparición, empezaron a repartir fichas de búsqueda, a tocar puertas, a pedir ayuda en redes sociales con una sola súplica que volviera a casa. Y entre más lo pensaban, menos

cerraba la versión del viaje. Mónica era una mujer independiente con su propio departamento y una hija que la esperaba todos los días. No era alguien que se esfumara tres días sin avisar, que dejara sola a su niña, que se fuera a otro estado con una amiga sin nombre y sin explicación. Cada hora que pasaba aquella historia del traslado a Hidalgo sonaba menos a Mónica y más a alguien escribiendo en su lugar.

 Y mientras la familia se aferraba a encontrarla con vida, alguien muy cercano a ella hacía algo profundamente extraño. Dos días después de que dejara de aparecer, su pareja sentimental fue reportado como desaparecido. También un hombre llamado Jesús Alexis Álvarez Ortiz, el mismo cuya casa fue el último lugar donde se le vio con vida.

 Incluso se difundió una ficha pidiendo ayuda para localizarlo. De pronto, el novio se esfumaba en el papel, justo cuando las preguntas empezaban a apuntar hacia su domicilio. No era su primer rose con la autoridad. Años atrás, en 2016, había protagonizado un altercado por una discusión menor en la vía pública.

 Un dato pequeño, casi olvidable, salvo que visto a la distancia dibujaba a alguien capaz de perder el control. Lo que nadie en la familia imaginaba todavía era que la respuesta no estaba en Hidalgo, ni en ningún viaje, ni en ninguna amiga. La respuesta llevaba días encerrada en una vivienda de Catepec. Y aquel mensaje que recibió un padre angustiado no era el inicio de una ausencia, era la coartada de algo que ya había terminado.

 Para entender lo que ocurrió, hay que volver a esa tarde y seguir los pasos de Mónica. Casi minuto a minuto salió de su casa en el municipio de San Salvador Atenco, alrededor del mediodía. Iba, según contó su propia familia, un poco apresurada. Tomó el transporte público que la acercaba a Ecatepec, el de costumbre, conducido por alguien conocido de los suyos.

 la dejó a unos cuantos pasos de la escuela Quick Learning sobre la vía Morelos, cerca de las 5 de la tarde y ahí está el primer hueco. El conductor, según relató la familia, la dejó a unos 20 pasos de la entrada. 20 pasos. Bajó del transporte, caminó esos pocos metros, pero nunca cruzó la puerta del colegio. Una compañera no se presentó a clases ese día y al preguntar por ella, la dirección confirmó que Mónica tampoco había entrado.

 En ese pequeñísimo tramo entre la esquina donde se bajó y el salón al que nunca llegó, alguien se cruzó en su camino. Las indagatorias posteriores reconstruyeron ese trayecto. De acuerdo con lo investigado, en lugar de entrar a trabajar, Mónica habría sido recogida y llevada hasta un domicilio de la colonia Jardines de Catepec.

 Algunas versiones de la investigación apuntaron incluso a que el encuentro se dio cerca de un centro comercial de la zona antes de terminar en esa vivienda. No era una casa cualquiera, era la casa de su pareja y dentro de ella la esperaban dos personas, el propio Álvarez Ortiz y su madre, María Isabel Ortiz Minor.

 Para Mónica era su suegra. Lo que ocurrió tras esa puerta fue documentado por la fiscalía con un lenguaje frío, casi quirúrgico, porque la realidad no necesitaba adornos. En algún momento, la convivencia se torció. Madre hijo se volcaron contra ella. entre los dos la sometieron hasta privarla de la vida. Ahí mismo, dentro del lugar donde ella creía estar a salvo.

 Conviene detenerse un segundo en ese detalle, porque es el corazón de todo el caso. No fue un extraño en un callejón, no fue un asalto en la calle, fue su propia pareja y la madre de él, dos personas en quienes confiaba, actuando juntas dentro de un hogar. La realidad mexicana tiene un nombre para ese patrón y casi siempre apunta al mismo lugar.

 las paredes de una casa. Después vino la parte fría, la del encubrimiento, con Mónica ya sin vida. Álvarez Ortiz tenía un problema enorme que resolver y lo resolvió con una frialdad que estremece. Subió el cuerpo de Mónica a una camioneta gris. Manejó hacia el sur, fuera del Estado de México, rumbo a la Ciudad de México. Llegó hasta el kilómetro 40 de la autopista que conecta con Cuernavaca, a la altura del pueblo de Parrés, en la alcaldía Tlalpan.

 Y ahí, a un costado de la carretera, la abandonó. Mientras él se deshacía de todo a kilómetros de distancia, su madre se quedó atrás cumpliendo la otra mitad del plan. Según acreditó la fiscalía, Ortiz Minor se dedicó a limpiar el domicilio donde había ocurrido todo. Borrar huellas, tallar pisos, acomodar la escena, hacer desaparecer cualquier rastro que delatara lo que esas paredes habían presenciado.

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