Julián fue la figura del debut mundialista mexicano, autor del primer gol que abrió el marcador del tri y del primer gol del Mundial 2026. Sin dudas fue el mejor de la cancha, corrió, [música] gambeteó y se convirtió en una pesadilla para la defensa sudafricana. El mundo entero hoy habla de él y ya varios gigantes del viejo continente han fijado sus ojos en Julián.
Hoy, a días de ese gran momento, Julián decidió salir a hablar y sus declaraciones están emocionando a todo México. Estas son las declaraciones de Julián Quiñones y lo que estás por escuchar te dejará conmocionado. Para entender la dimensión de lo que pasó aquella tarde en el Azteca, hay que viajar muy lejos del césped perfecto y los reflectores.
Hay que ir hasta Maguiayan, un rincón perdido del Pacífico colombiano donde la palabra futuro casi no se pronunciaba. Era una de las zonas más peligrosas del país, dominada por el narcotráfico y los grupos armados. Un lugar del que [carraspeo] se hablaba en las noticias por la violencia, nunca por sus talentos.
Ahí creció Julián sin padre, criado por su madre y sus hermanas en una casa donde cada día era una batalla por salir adelante. Jugaba descalzo porque no había para más y su mamá remendaba la poca ropa que tenía para que el niño pudiera seguir corriendo detrás de un balón. Jugábamos descalzos y esa era nuestra felicidad, confesaría años después.
En aquel pueblo, una pelota valía más que cualquier juguete y el potrero era el único lugar donde la pobreza se olvidaba durante 90 minutos. Con apenas 17 años, Julián hizo lo que muy pocos se atreven. Dejó atrás a su familia, su país y todo lo conocido para perseguir una idea que ni siquiera podía garantizarle un plato de comida.
México apareció en el horizonte, llegó a las fuerzas básicas de los Tigres de la UANL en Monterrey y de inmediato dejó claro que aquello no era casualidad. En la categoría sub20 se convirtió en una máquina de goles con 15 anotaciones en apenas 17 partidos. El pibe descalzo de Magui Payán empezaba a tener nombre en otro país.
Sin embargo, [resoplido] brillar en juveniles no garantiza absolutamente nada. Para foguearse de verdad, fue cedido a los venados de Mérida, donde dio sus primeros pasos en el fútbol profesional mexicano y aprendió a los golpes lo que significaba competir entre hombres hechos. De ahí pasó a Lobos Wap en Puebla y fue justo ahí donde el fútbol mexicano entero volteó a verlo.
Mientras otros delanteros peleaban por un par de minutos, Julián se soltó. Una cosecha que rondó la decena y media de goles lo transformó de promesa anónima en figura de la Liga MX. Los reflectores ya no lo soltarían. De pronto, el nombre de aquel colombiano que había llegado sin que nadie lo conociera, empezaba a aparecer en las portadas.
Los rivales lo marcaban de a dos. Los grandes clubes preguntaban por él. Justo cuando todo parecía encaminado, el destino le tenía preparada una prueba cruel. De regreso a Tigres, Julián tocó la gloria por primera vez. levantó la copa en uno de los clubes más poderosos del país, conoció el sabor de ser campeón y se ganó un lugar entre los grandes.
Y entonces, cuando su carrera despegaba, una grave lesión de rodilla lo derribó. Quirófano, rehabilitación y meses de dudas. Para muchos futbolistas, una lesión así marca el principio del fin. Para Julián fue apenas otra cancha de tierra que había que cruzar. Descalzo si hacía falta. Volvió y volvió con más hambre que nunca, pero la rodilla operada le había enseñado algo que ningún título enseña, que todo puede desaparecer en un segundo.
Ese miedo, lejos de frenarlo, lo volvió más feroz. Cada entrenamiento lo encaraba como si fuera el último. Cada partido como si tuviera que demostrarle al mundo que seguía vivo. Y fue justo esa mentalidad la que lo preparó para el capítulo más glorioso de su etapa en México. El Renacimiento tuvo nombre y colores: rojo y negro.
En 2021, Julián llegó al Atlas, un club encantador y maldito a partes iguales, porque arrastraba más de 70 años sin levantar un título de liga. 70 años de frustración, de aficionados que heredaban la espera de padres a hijos sin ver una sola corona. Y entonces apareció él. Quiñones se convirtió en el referente ofensivo de aquel equipo que rompió la maldición y conquistó no uno, sino dos campeonatos consecutivos.
El primer bicampeonato en la historia del club. El niño que jugaba descalzo acababa de romper una de las sequías más dolorosas del fútbol mexicano. En Guadalajara su nombre quedó tatuado para siempre. Para dimensionar lo que hizo en Atlas, hay que entender lo que significaba ese título para una afición entera.
Generaciones completas de aficionados rojinegros había nacido, crecido y envejecido sin ver a su equipo campeón. Era una espera convertida en folklore, en chiste cruel, en identidad. Y un muchacho nacido a miles de kilómetros en otro país fue quien por fin les devolvió la sonrisa. ¿Te imaginas la carga emocional de llevar eso sobre la espalda? Julián no solo metió goles, curó una herida de siete décadas y eso no se olvida.
Y aún así, lo [carraspeo] mejor todavía estaba por escribirse. Su rendimiento demoledor no pasó desapercibido. En 2023, el Club América tocó a su puerta. Para muchos jugadores, llegar al gigante de Coapa es una presión que aplasta. Para Julián fue otro escenario donde demostrar de que estaba hecho.
Fue un paso muy grande porque sabía que llegaba al equipo más grande de México. Reconocería. Había muchos reflectores sobre mi llegada y eso me llenaba más de querer seguir trabajando. Quería dar lo mejor de mí para que mi fichaje no fuera en vano. No lo fue. Con las Águilas volvió a ser bicampeón, repartió goles y asistencias a Granel y se consolidó como uno de los atacantes más determinantes que ha pisado la Liga MX en la última década.
Pude construir títulos en ese gran equipo, diría con orgullo. Es un equipo al cual le tengo mucho aprecio. Agradezco la confianza que siempre me dieron. Seis títulos de liga repartidos entre Tigres, Atlas y América. Un ganador serial, un hombre que se acostumbró a levantar trofeos en cada club por el que pasó.
Pero mientras su palmarés crecía en México, en pleno 2024 llegó la oferta que lo cambiaría de continente. El fútbol de Arabia Saudita, que por aquellos años repartía millones para llevarse a las grandes figuras del planeta, puso los ojos en él. El Alia desembolsó una cifra que rondó los 14 millones de euros, en lo que se convirtió en uno de los traspasos más caros jamás pagados por un futbolista vendido desde un club mexicano.

El niño que no tenía ni para zapatos era ahora una de las ventas más costosas en la historia del balonpié Azteca. Todo jugador sueña con salir de la zona de confort y experimentar otros lugares y otros países. Diría sobre aquel salto. Nunca tuve miedo a tomar esa oportunidad. Aquel traspaso fue en cierto modo la confirmación de un viaje imposible.
El mismo niño que cruzaba descalzo los potreros de Maguipay terminaba firmando un contrato millonario en el otro extremo del mundo, en una liga que les disputaba estrellas a los clubes más ricos del planeta. Pero quienes lo conocían sabían que el dinero nunca había sido su motor. Lo que movía a Julián era otra cosa, mucho más difícil de comprar.
las ganas de demostrar una y otra vez que jamás debieron subestimarlo. Y el dinero no significa nada si no se responde dentro de la cancha. Julián respondió de la única forma que conoce, a golpe de gol. En su mejor temporada en la Liga Saudí firmó 33 anotaciones, una cifra brutal que lo coronó como campeón de goleo del torneo. ¿Y sabes quién dejó atrás en esa tabla? nada menos que a Cristiano Ronaldo, una de las máquinas de hacer goles más letales de la historia que milita en esa misma liga.
El colombiano descalso de Magui Payan, terminó la temporada por encima del portugués. Léelo de nuevo porque parece imposible. Con ese nivel su nombre era imposible de ignorar. Y al otro lado del océano, en México, un veterano entrenador llamado Javier Aguirre tomaba nota porque lo que venía a continuación no tenía que ver con clubes ni con millones.
tenía que ver con una bandera y con una de las decisiones más polémicas y emotivas que un futbolista puede tomar. El Tri, una elección de vida. Aquí es donde la historia se parte en dos. Porque Julián Quiñones no nació mexicano, nació colombiano y no de cualquier forma representó a su país en las categorías juveniles.
Vistió la camiseta de Colombia en el Sudamericano sub20 de 2017 y hasta ganó el oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 2018. Llevaba el amarillo, azul y rojo en el pecho. Parecía destinado a convertirse en una figura de la selección cafetera, pero el fútbol colombiano, una fábrica inagotable de talento, miraba para otro lado.
En un país que produce cracks por docenas, un delantero que se había marchado jovencito a México simplemente no entraba en los planes. Lo suyo allá era casi invisible. Y mientras Colombia lo olvidaba, México lo veía crecer partido a partido, gol a gol, título a título. Dos países, dos miradas opuestas sobre el mismo hombre.
Uno lo ignoraba, el otro lo hacía suyo. El llamado a la mayor nunca llegó. Año tras año, Julián anotaba en México, rompía sequías, levantaba títulos y el teléfono de la selección Colombia permanecía en silencio. Imagina la frustración. Imagina ver como otros eran convocados mientras tú, que metías goles cada fin de semana, eras ignorado por el país que te vio nacer.
Haber salido a temprana edad de Colombia me marcó mucho, confesaría. Me ayudó a ser el jugador que soy ahora. Eso me ayudó a forjarme como un guerrero. Esa palabra guerrero no era un adorno. Julián había aprendido a pelear desde antes de saber atarse unos zapatos. Cada rechazo, cada puerta cerrada, cada noche lejos de casa lo había endurecido.
Para cuando llegó el momento de elegir bandera, no era un niño deslumbrado por los reflectores. Era un hombre que sabía perfectamente lo que quería y, sobre todo, donde lo habían tratado como uno más de los suyos. Y entonces, cuando por fin Colombia pareció reaccionar, ya era demasiado tarde porque la vida de Julián ya no estaba en Colombia, estaba en México. Aquí construyó su carrera.
Aquí se hizo hombre. Aquí formó una familia. Su esposa es mexicana. Sus hijos son mexicanos. México dejó de ser el país que lo acogió para convertirse simplemente en su hogar. Así que cuando arrancó su proceso de naturalización, la decisión empezó a tomar forma sola. En mayo de 2023 ocurrió el momento decisivo.
La selección Colombia, esa misma que lo había ignorado durante años, finalmente lo llamó a la absoluta. Después de tanto esperar, la puerta se abría. Pero Julián hizo algo que muy pocos habrían tenido el valor de hacer. Dijo que no. Rechazó el llamado de su país de nacimiento porque su corazón ya había elegido otro destino. “Lo que importa es lo que yo sienta y yo siento mucho amor por México”, declararía sin titubear.
Esa decisión, sin embargo, desataría una tormenta porque en México el tema de los naturalizados es una herida abierta. Cada vez que un jugador nacido fuera viste la camiseta del tri, una parte de la afición estalla. ¿Es justo que un extranjero ocupe lugar de un mexicano de nacimiento? ¿Dónde queda la identidad nacional? El debate es viejo, divide aguas y enciende las redes sociales como pocos temas.
Y Julián lo sabía. Sabía que habría quienes jamás lo aceptarían sin importar cuántos goles metiera. “Las personas que no conocen mi historia siempre van a juzgarte”, respondió con una serenidad que desarmaba, “pero eso realmente no importa. Para una parte de la afición, ver a un naturalizado con la camiseta del TRI es casi una traición a la idea misma de selección nacional.
Argumentan que cada lugar ocupado por un extranjero es un sueño arrebatado a un mexicano de cuna. Para otros, en cambio, lo único que cuenta es quien entrega más sobre el campo sin importar dónde nació. El choque es feroz y se reaviva en cada lista de convocados. Julián, sin buscarlo, se convirtió en el rostro de esa discusión y la única forma que tenía de responderles a todos no era con declaraciones, era con goles.
En octubre de 2023 recibió la carta de naturalización y poco después debutó oficialmente con la selección mexicana. El sueño tomaba forma, pero no era cualquier sueño. Poder representar a México como lo quise siempre, eso para mí es lo más importante”, afirmó y fue más allá, dejando claro cuál era su verdadera ambición.
“Mi sueño es que México avance y que se haga mostrar como una selección fuerte y rígida como es.” Lo que ninguno de sus críticos imaginaba es que ese hombre al que tanto cuestionaban estaba a punto de regalarle a México el momento más eufórico de su mundial. Mientras el debate ardía afuera, Julián trabajaba en silencio adentro.
Sabía que su lugar en la lista final no estaba garantizado, que cada entrenamiento era una audición y que un solo paso en falso podía dejarlo fuera de la cita más importante de su vida. Para todos los jugadores es importante comenzar un mundial debutando, reconoció. Por eso vengo trabajando día a día para poder estar en la lista final.
Me mato cada día en los entrenamientos y en los partidos para poder estar en esa lista decisiva. No quería ser turista en su propio sueño, quería ser protagonista. Y mientras los analistas debatían en la televisión si merecía o no un lugar en el 11 titular, mientras unos lo defendían a capa y espada y otros pedían a gritos a un delantero nacido en México, Julián seguía entrenando con la cabeza baja y los pies firmes.
No discutía, no respondía a las críticas, guardaba todo eso adentro como combustible, esperando el único escenario donde sus argumentos valdrían más que 1000 debates, la cancha. Y el destino, que tantas veces le había cerrado puertas, estaba a punto de abrirle la más grande de todas. La fecha estaba marcada en rojo en el calendario de todo un país, 11 de junio de 2026, la inauguración del mundial en casa.
Y nadie, absolutamente nadie, imaginaba lo que ese colombiano de corazón mexicano estaba por hacer. La tarde que hizo estallar el Azteca. 11 de junio de 2026, el día que México llevaba esperando una eternidad. Por primera vez en la historia, tres países organizaban juntos una Copa del Mundo y el honor de abrir el telón le correspondía al Estadio Azteca, el coloso de Santa Úrsula, el único recinto del planeta que ha albergado tres inauguraciones mundialistas. El rival, Sudáfrica.
La escena. Cerca de 80,000 personas apretadas en las gradas ondeando banderas verdes, blancas y rojas, cantando desde antes del pitido inicial. La presión, la de todo un país que jamás en toda su historia había ganado un partido inaugural de un mundial. En todas las veces que México había abierto una Copa del Mundo, jamás había podido festejar una victoria en su debut.

Era una especie de maldición silenciosa, un peso que la afición cargaba cada 4 años sin terminar de quitárselo de encima. Y ahora, jugando en casa, en el estadio más sagrado del país, frente al planeta entero, esa cuenta pendiente pesaba más que nunca. Perder no era una opción, empatar habría sabido a fracaso.
El Vasco tomó una decisión que muchos no esperaban. En su 11 inicial colocó no a uno, sino a dos jugadores naturalizados, el español Álvaro Fidalgo y el colombiano Julián Quiñones, dos hombres nacidos fuera de México, titulares en el partido más importante en décadas para la afición. La apuesta era enorme. Si salía mal, las críticas caerían como una avalancha.
Todas las miradas, especialmente las de los escépticos, se posaron sobre Julián. Entonces, antes de que el reloj llegara siquiera al minuto 10, todo cambió. Apenas habían transcurrido 9 minutos cuando México apretó arriba con una presión asfixiante, exactamente como Aguirre lo había planeado. La defensa de Sudáfrica, nerviosa ante el rugido del Azteca, falló en la salida.
El balón quedó suelto cerca del área y ahí estaba él. Julián Quiñones no lo pensó dos veces, acomodó el esférico, ajustó el cuerpo y soltó un zapatazo seco con la pierna derecha. Un latigazo raso que se coló por debajo del cuerpo del arquero Romben Williams hasta morir en el fondo de la red.
¡Gol! El primer gol del Mundial 2026 y lo había marcado él. El Estadio Azteca explotó. Cerca de 80,000 voces estallaron al mismo tiempo en un rugido que se sintió en cada rincón de la Ciudad de México. El primer grito de gol de toda la Copa del Mundo retumbó en el templo del fútbol mexicano y lo provocó el hombre al que tantos habían cuestionado.
Intente a imaginar la magnitud de ese instante de no tener zapatos para patear una pelota en un potrero colombiano, a grabar su nombre como el primer goleador del torneo más visto del planeta, jugando además como extremo izquierdo, lejos del área donde suelen vivir los goleadores. En las gradas, desconocidos, se abrazaban como hermanos.
En millones de casas, las familias saltaban frente al televisor y en algún rincón de Colombia, seguramente alguien recordó al niño que se iba a las canchas sin permiso. El mundo entero acababa de ver el primer gol del torneo y lo había firmado un hombre cuya historia casi nadie conocía. A partir de ese instante, todos querrían conocerla, pero su noche no terminaría ahí porque Julián no se conformó con el gol.
Fue una pesadilla constante para la defensa sudafricana durante todo el encuentro. Cada vez que tomaba el balón, el Azteca se ponía de pie. Sus regates, su movilidad y su buena colocación mantuvieron a México al frente y empujaron al rival al borde del abismo. La presión tricolor terminó por ahogar a Sudáfrica, que incluso se quedó con un hombre menos tras una expulsión.
El partido se inclinó por completo del lado mexicano y aquí está lo más simbólico de todo. El debate que había ardido durante semanas se apagó de golpe en cuestión de minutos. Los mismos que pedían dejarlo fuera ahora coreaban su nombre hasta quedarse sin voz. No existe argumento más contundente que un gol en el momento exacto.
Y Julián acababa de dar el suyo en el escenario más grande que un futbolista puede pisar. Y para sellar la fiesta llegó el segundo. Un centro preciso desde la izquierda encontró la cabeza de Raúl Jiménez, otro hombre con su propia historia de redención que apareció en el segundo palo para poner el 2 a0 definitivo. México se imponía con autoridad en su debut.
Conseguía por primera vez en su historia ganar un partido inaugural de Copa del Mundo y sumaba sus primeros tres puntos ante su gente, pero el nombre que todos repetían al final era uno solo. Cuando sonó el silvatazo final, el veredicto fue unánime. Julián Quiñones fue elegido el mejor jugador del partido. El hombre [música] cuestionado, el extranjero, el rechazado por Colombia, salió del campo entre aplausos como la gran figura de la inauguración del mundial.
Afuera, en el Ángel de la Independencia, miles de aficionados inundaron el paseo de la Reforma cantando y coreando su nombre. Lo había logrado y lo que dijo después, con el corazón todavía acelerado, terminaría de conquistar a un país entero. Las palabras del hombre que hizo historia. Todavía con la camiseta empapada y el rugido del Azteca resonando en sus oídos, Julián se paró frente a los micrófonos.
No habló como una estrella, habló como alguien que sabía exactamente de dónde venía. contento, emocionado por haber marcado mi primer gol en un mundial”, dijo con una sonrisa que mezclaba euforia e incredulidad en este estadio espectacular, lleno. En esas pocas palabras cabía toda una vida: el potrero [carraspeo] descalzo, la lesión, el rechazo, la naturalización, los años de espera.
Todo había desembocado en ese instante. Había algo casi real en la escena. El mismo hombre que de niño no siempre llegaba a comer a su casa, estaba ahora respondiendo preguntas como el protagonista absoluto de la inauguración de una Copa del Mundo. No presumía, no alardeaba. Hablaba con la calma serena de quien sabe que cada una de sus palabras estaba siendo escuchada por millones de personas en el país que el mismo decidió hacer suyo.
Pero lo que vino después dejó claro qué tipo de hombre es. En lugar de adueñarse del momento, lo repartió. La afición nos vino a apoyar desde el primer minuto. Reconoció todo lo que hicieron nuestros compañeros fue fundamental para que hoy pudiéramos lograr los primeros tres puntos. El goleador, la figura, [música] el hombre del partido, desviaba los reflectores hacia el equipo y hacia la gente.
Esa humildad, [carraspeo] lejos de los focos, era la misma que lo había acompañado desde niño. Y entonces tocó un tema que llevaba clavado mucho tiempo. Julián habló del cariño que había sentido de la gente en los días previos. ese mismo pueblo del que algunos dudaban que llegara a aceptarlo. Desde hace unos días la gente se ha manifestado de muy buena forma”, contó.
“Lo hemos sentido en redes sociales. En todos lados la gente ha estado conectada con nosotros, al igual que nosotros con ellos. Hoy se hizo notar y eso fue fundamental para que nosotros saliéramos a buscar la victoria. El hombre al que tantos cuestionaron por no haber nacido en México agradecía conmovido el abrazo de su nación adoptiva.
La cancha había respondido por él lo que las palabras no siempre alcanzan a decir, porque eso es lo que ninguna estadística logra explicar del todo. [música] Un naturalizado puede ganarse un pasaporte con un trámite, pero el cariño de un país no se firma en una oficina. Se gana sudando la camiseta, dejándolo todo cuando más importa.
Y Julián, en 90 minutos, había hecho por su causa más que cualquier discurso. Le había demostrado a México que su amor por esa camiseta no era un cálculo, sino algo que llevaba tatuado mucho antes de vestirla. Y sin embargo, lo más revelador no fue su emoción, sino su ambición. Porque cuando muchos esperaban que celebrara sin más, Julián ya estaba pensando en corregir.
Yo creo que hay que corregir más el ímpetu de presionar. Soltó con la mentalidad fría de un ganador serial. Aunque lo hicimos por partes bien, creo que debemos ser constantes en presionar siempre a los equipos, más siendo locales. Eso es fundamental. Vamos a trabajar en eso. Hoy lo hicimos muy bien y seguimos trabajando.
Acababa de marcar el primer gol del Mundial de ser elegido la figura del partido y en lugar de relajarse exigía más. Esa es la diferencia entre quien vive un buen día y quien quiere hacer historia. Porque para Julián ese gol no era una meta, era apenas el primer paso de algo mucho más grande. Sus palabras dejaron entrever una filosofía que ha cargado durante toda su carrera, lo [música] colectivo por encima de lo individual.
Para mí, lo más importante es lo colectivo que hacemos dentro del campo. Ha repetido, la motivación me la dan mis compañeros. Por eso llegan los goles y llegan los resultados. Lo que realmente importa no es el objetivo de un solo jugador, es la mentalidad de un hombre que entendió desde aquellos partidos descalsos que el fútbol nunca se juega solo y es quizá la verdadera razón por la que ganó en todos y cada uno de los clubes por los que pasó lo que viene, pero ahora viene lo más difícil, porque un gol en la inauguración no gana un mundial, apenas
lo empieza. El sueño de Julián, el que confesó frente a los micrófonos, es ver a México avanzar. mostrarse como una selección fuerte ante el mundo entero. Y para eso esto es apenas el primer capítulo. Lo que está en juego es enorme. Si México sigue avanzando con él como protagonista, Julián Quiñones pasará a la historia como el naturalizado que silenció a todos los que dudaron, el hombre que convirtió el debate en gratitud.
Pero si el sueño se apaga antes de tiempo, las mismas voces que hoy lo aplauden podrían volver a cuestionarlo. En el fútbol, la gloria y el olvido están separados por 90 minutos. Y esa quizá es la parte más cruel y más hermosa de este deporte, que no perdona, pero tampoco olvida, que exige demostrarlo todo de nuevo cada vez que sales al campo, pero que también es capaz de convertir a un desconocido en leyenda en una sola tarde.
Julián Quiñones ya probó que pertenece a este escenario. Lo que falta por escribirse depende de lo que haga con cada oportunidad que venga, porque en un mundial nada está garantizado y todo se gana minuto a minuto. Lo cierto es que pase lo que pase, ya nadie podrá borrar lo que ocurrió aquella tarde. El primer gol del Mundial 2026 lleva su nombre.
El niño descalzo de Magui Payán hizo historia con la camiseta de México en el estadio más emblemático del país frente a su gente. Y eso ya es para siempre. Quizá esa sea la lección más grande de toda esta historia, que el talento puede nacer en cualquier rincón del mundo, incluso donde nadie se molesta en buscarlo.
Que una sola oportunidad bien aprovechada, es capaz de cambiar el rumbo entero de una vida y que a veces el héroe de una nación llega de donde menos lo esperábamos, cruzando fronteras, cargando una mochila llena de rechazos y dispuesto devolver con creces la confianza que alguien alguna vez decidió darle. Ahora la pregunta te la dejamos a ti.
¿Crees que Julian Quiñones será la figura de México en el mundial? Detrás de cada convocatoria hay un sueño, una historia de sacrificio, una vida entera apostada a un solo instante. Hay jugadores que esperan toda su carrera una oportunidad que nunca llega y otros que cuando la reciben la convierten en leyenda. El fútbol mexicano está lleno de esas historias, de injusticias, de redenciones, de hombres que cargan sobre sus hombros la ilusión de todo un país.
Julián Quiñones es una de ellas y rumbo a este mundial no es la única. Podemos decir que la vida dentro del fútbol está llena de triunfos, pero también de caídas. Lo verdaderamente importante es saber cómo responder cuando todo se viene abajo, cómo aprender de los errores y cómo reconstruirse cuando la credibilidad está en juego.
Tal como es el caso de Raúl Jiménez, quien tuvo que superar innumerables obstáculos para encontrar su lugar. Si te interesa conocer esa historia inspiradora, te la dejo por aquí, No te la puedes perder, en la cual repasamos tanto su carrera futbolística como su vida privada de una forma muy entretenida. M.