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Juan Gabriel PARÓ Querida al Escuchar a Alguien Cantar Mejor que Él — una Niña Ciega de 9 Años

Juan Gabriel PARÓ Querida al Escuchar a Alguien Cantar Mejor que Él — una Niña Ciega de 9 Años

Juan Gabriel estaba cantando querida en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, como lo había hecho miles de veces antes en su carrera. Era la noche del 19 de julio de 1992, un domingo caluroso de verano y 8,000 personas coreaban cada palabra de la canción que se había convertido en el himno no oficial de todos los corazones rotos de México.

Las luces del escenario bañaban su figura en tonos dorados y azules, mientras su voz llenaba cada rincón del recinto con esa mezcla única de dolor y esperanza que solo él sabía transmitir. Entonces, durante el segundo coro, exactamente en el verso que dice, “Querida, cada noche yo te recordaré.” escuchó algo que lo hizo detenerse en seco.

Era una voz, una voz infantil que venía de algún lugar entre las primeras filas del auditorio. Una voz tan pura, tan perfecta, tan cargada de emoción que parecía un ángel cantando entre los mortales. Juan Gabriel dejó de cantar abruptamente. Hizo una seña a los músicos para que bajaran el volumen. El auditorio quedó en un silencio confundido mientras él caminaba hacia el borde del escenario entrecerrando los ojos para ver entre las luces cegadoras.

Y entonces la vio, una niña pequeña de no más de 9 años con el cabello negro recogido en dos trenzas, vestida con un vestido blanco de encaje que parecía demasiado formal para su edad, cantando con los ojos cerrados y las manos entrelazadas sobre el pecho, pero no eran ojos cerrados por la emoción, eran ojos que no veían.

La niña era ciega y estaba cantando querida, con una perfección que hizo que a Juan Gabriel se le erizara la piel y se le llenaran los ojos de lágrimas. Era una noche que había comenzado como cualquier otra en la gira interminable que Juan Gabriel mantenía desde hacía más de dos décadas. El Auditorio Nacional era su casa, el escenario donde se sentía más cómodo, donde el público lo conocía y lo amaba incondicionalmente.

Había cantado ahí cientos de veces desde su primera presentación en 1973, cuando apenas era un joven de 23 años con más sueños que certezas. Ahora, a los 42 años era una leyenda viviente, el compositor más prolífico de México, el artista que había vendido más discos en la historia de la música latina. Pero esa noche algo estaba a punto de recordarle por qué había empezado a cantar en primer lugar.

Para entender lo que pasó esa noche, hay que conocer la historia de Lucía Esperanza Mendoza Reyes, la niña ciega de 9 años que estaba sentada en la fila 3 a 112 del Auditorio Nacional. Lucía había nacido el 4 de marzo de 1983 en el Hospital General de Oaxaca. La tercera hija de Roberto Mendoza Jiménez, un carpintero de 41 años y Esperanza Reyes de Mendoza. Una costurera de 38.

El parto fue difícil con 18 horas de labor que dejaron a esperanza al borde de la muerte por una hemorragia que los médicos apenas pudieron controlar. La bebé nació con el cordón umbilical enrollado alrededor del cuello, privándola de oxígeno durante varios minutos críticos. Los doctores lograron revivirla, pero el daño ya estaba hecho.

La falta de oxígeno había afectado irreversiblemente los nervios ópticos de la recién nacida. Lucía nunca vería la luz del sol, ni el rostro de sus padres, ni los colores del mundo. Los primeros años de vida de Lucía fueron una batalla constante contra la pobreza y las limitaciones.

Familia Mendoza vivía en una casa pequeña de adobe en las afueras de Oaxaca, en una colonia llamada San Felipe del Agua, donde las calles no estaban pavimentadas y el agua potable llegaba solo tres veces por semana. La casa tenía dos cuartos, uno donde dormían los padres con Lucía y otro donde dormían sus hermanos mayores, Carlos de 14 años y María de 12.

La cocina era un espacio improvisado en el patio trasero con una estufa de leña que llenaba todo de humo y un fregadero de cemento donde lavaban los trastes y la ropa. Roberto ganaba 800 pesos semanales como carpintero, trabajando de lunes a sábado desde las 7 de la mañana hasta las 6 de la tarde en un taller que fabricaba muebles rústicos para los turistas que visitaban Oaxaca.

Esperanza ganaba otros 400 pesos semanales cosiendo vestidos y arreglando ropa ajena en una máquina Singer heredada de su madre, una máquina negra con pedal de hierro que había sobrevivido tres generaciones. Entre los dos juntaban 100 pesos semanales que apenas alcanzaban para la comida, la luz, el gas y los gastos escolares de Carlos y María.

No había dinero para médicos especialistas, para terapias, para escuelas especiales para niños ciegos. Lucía aprendería a vivir en la oscuridad con los recursos que tuvieran a la mano, pero Esperanza se negó a rendirse. Todas las noches, después de terminar de coser los encargos del día, se sentaba junto a la cama donde dormía Lucía y le hablaba durante horas.

le describía el mundo que la niña no podía ver, los colores del atardecer sobre las montañas de Oaxaca, el verde intenso de los árboles de mango en el patio del vecino, el azul brillante del cielo en los días despejados, el rojo de las flores de Nochebuena que decoraban las calles en diciembre. Le contaba historias de su propia infancia, de los mercados llenos de artesanías y comida, de las fiestas del pueblo con sus bandas de música y sus fuegos artificiales.

mundo a través de los otros sentidos. El olor del pan recién horneado en la panadería de don Refugio, el sonido de las campanas de la iglesia de Santo Domingo, la textura de los textiles bordados a mano que vendían en el mercado de Benito Juárez y le enseñó a amar la música. Esperanza había cantado en el coro de su iglesia cuando era joven, antes de casarse y de que la vida se volviera una carrera constante para sobrevivir.

Tenía una voz dulce y afinada que nunca había recibido entrenamiento formal, pero que llevaba dentro la musicalidad natural de quien ha crecido escuchando sones ismeños, chilenas y canciones de cuna en Zapoteco. Todas las noches, antes de dormir le cantaba a Lucía canciones tradicionales oaxaqueñas, rancheras que había aprendido de su padre, baladas románticas que escuchaba en la radio mientras cosía y especialmente las canciones de Juan Gabriel.

Esperanza era fanática de Juan Gabriel desde que tenía 15 años y escuchó por primera vez No tengo dinero en la radio de la tienda de su barrio. Algo en esa voz, en esas letras que hablaban de pobreza con dignidad y de amor con desesperación la había tocado profundamente. A lo largo de los años había comprado cada disco de Juan Gabriel que había podido permitirse guardándolos como tesoros en una caja de cartón debajo de su cama.

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