John D. Rockefeller — El niño pobre que se convirtió en el hombre más rico de la historia
fue el primer ser humano de la historia en reunir 1,000 millones dólares. En su apogeo, una sola de sus compañías refinaba casi el 90% del petróleo del país y su fortuna personal llegó a pesar tanto como una porción entera de la economía nacional. levantó aquel imperio aplastando a sus rivales uno tras otro, pactando en secreto con los terrocarriles y comprando voluntades en los despachos del poder.
Las caricaturas de su tiempo lo dibujaban como un pulpo descomunal, cuyos tentáculos estrangulaban fábricas, parlamentos y hogares enteros. ¿Cómo pudo un niño hambriento, hijo de un estafador errante, levantar la maquinaria de riqueza más temida de su época? Os saluda Adrián Montero y esto es Historias de creadores. Hoy os traigo la vida de John Davidon Rockefeller, el rey del petróleo.
Pero antes del titán hubo un niño que pasaba frío. Para comprender al hombre más rico de la historia, hay que volver primero a la miseria de la que salió. Era más de medianoche cuando el repiqueteo de unos cascos quebró el silencio del campo. Por el camino embarrado avanzaba un carruaje elegante, tirado por caballos lustrosos, del todo impropio de aquel rincón perdido del estado de Nueva York.
Se detuvo ante una casa pequeña y destartalada, de tablas conas y ventanas mal ajustadas, donde varios niños dormían apretados unos contra otros para combatir el frío. Llevaban semanas sin ver a su padre. Semanas también, alimentándose apenas de lo que la tierra y la caridad de los vecinos les permitían. La puerta se abrió y entró un hombre alto y robusto, de barba cuidada y mirada risueña.
Traía los brazos cargados de juguetes, telas finas y dulces y los bolsillos repletos de monedas. Despertó a los pequeños entre risas, los colmó de regalos y por una sola noche la miseria pareció desvanecerse de aquella casa humilde. El hombre contaba historias, hacía juegos de manos, imitaba con la voz a toda clase de animales.
Para sus hijos era un personaje deslumbrante, casi mágico, un ser de otro mundo. Y al amanecer, sin apenas despedirse, volvió a subir al carruaje y desapareció camino adelante. Tal vez por semanas, tal vez por meses enteros. En aquel contraste vivía un enigma que marcaría una infancia entera. Nadie en la casa comprendía de dónde salía el dinero de un padre, cuya familia pasaba hambre y frío noche tras noche.
Aquel hombre que aparecía y se esfumaba, que un día vestía con arapos a los suyos y otro los cubría de lujo, escondía un secreto. Y ese secreto no solo explica al hombre, explica también en buena medida al niño que un día llegaría a ser el dueño del petróleo del mundo. Corría el año 1839 y los Estados Unidos eran una nación tan valeante. El pánico financiero de dos años antes aún dejaba sentir sus estragos.
Familias arruinadas, granjas perdidas, hombres que marchaban hacia el oeste por caminos de barro en busca de una segunda oportunidad. Aquella región del norte del estado de Nueva York era además tierra de fervores religiosos, sacudida una y otra vez por predicadores ambulantes y por oleadas de despertar espiritual. En ese país inseguro y devoto, el 8 de julio nació un niño al que pusieron por nombre John Davidon Rockefeller.
Fue el segundo de seis hermanos y el mayor de los varones de una familia de labradores sin un dólar que le sobrara. Su padre se llamaba William Aver y Rockefeller, aunque la comarca todos o conocían por un apodo más elocuente. El Bill. Era un hombre de inagotable energía y mil oficios sin oficio. Cazador, atleta, hipnotizador, ventrílocuo, domador de animales.
Cuentan que en cierta ocasión ganó un oso en una puesta, se lo quedó como mascota y le enseñó a hacer trucos. Bill hacía un poco de todo y, en el fondo, casi nada de provecho. Despreciaba el trabajo lento y paciente de la granja. Prefería esfumarse mitad de la noche, dejando a los suyos valerse por sí mismos durante semanas. para reaparecer luego como un relámpago en aquel carruaje reluciente y cargado de regalos.
Frente a la veleidad del padre se alzaba la firmeza de la madre. Elisa Davidon era una bautista devota de carácter severo y piedad inquebrantable. Mientras su marido vagaba por los caminos, ella sostenía sola la casa entera con una disciplina de hierro. enseñó a sus hijos a contar cada centavo, a no desperdiciar nada y a apartar siempre, antes que cualquier otro gasto, la décima parte de lo ganado para Dios y para los necesitados.
Tenía una sentencia que repetía como un rezo. El despilfarro voluntario trae la miseria segura. En aquella mujer austera aprendió John tres cosas que no abandonaría jamás: trabajar, ahorrar y dar. El niño se parecía a la madre mucho más que al padre. Era serio, callado, observador, casi monacal en su gravedad.
Mientras los demás chiquillos jugaban, él calculaba. Desde muy pequeño buscó maneras de ganar algo de dinero para ayudar a una familia siempre al borde de la necesidad. Una vez siguió a una pava salvaje hasta la espesura del bosque, encontró su nido, se llevó los huevos y crió con paciencia los polluelos. Cuando crecieron, vendió unos cuantos con buena ganancia y conservó el resto para que pusieran más huevos y poder repetir la operación.
Tenía menos de 12 años y ya razonaba como un comerciante curtido. Su vida transcurría entre la escuela y el campo, harando la tierra junto a su madre y llevando, casi sin darse cuenta, las cuentas menudas del hogar. Aquel reparto de tareas, pesado para un crío, le enseñó algo más valioso que las letras, el sabor de la disciplina y el orgullo callado de sostener a los suyos.
Anotaba lo que entraba y lo que salía con una pulcritud impropia de su edad. Para él los números no eran una carga escolar, sino un relato fiel, la única forma honrada de saber en qué punto exacto se hallaba uno. Pero hubo un episodio que, según él mismo recordaría toda su vida, encendió de verdad la chispa.
Había logrado reunir unos $50, una pequeña fortuna para un muchacho de su condición. Su madre le aconsejó que no los guardara ociosos bajo el colchón. Así que John prestó aquel dinero a un labrador vecino a un interés del 7% pagadero al cabo de un año. Cuando 12 meses después el granjero le devolvió el préstamo con sus intereses, el muchacho contempló aquellas monedas de más con una mezcla de asombro y revelación.
Mucho después lo expresaría así. Comprendí entonces que era mejor poner el dinero a mi servicio que convertirme yo en esclavo del dinero. Aquella idea sencilla sería el cimiento de cuanto vino después. Y sin embargo, sobre aquella infancia laboriosa seguía planeando la sombra del padre ausente. Los regresos triunfales de Bill, su prosperidad inexplicable y sus desapariciones repentinas formaban un misterio que la familia prefería no mirar de frente.
La verdad, cuando al fin se conoció, resultó tan asombrosa como inquietante. Williamy Rockefeller vivía una doble vida. Cuando se alejaba de casa, dejaba de ser William Rockefeller y se transformaba en el Dr. William Levingston. Con aquel nombre falso recorría pueblos remotos donde nadie lo conocía, vendiendo a enfermos y desesperados remedios de hierbas y pósimas que no curaban absolutamente nada.
Se hacía pasar por médico capaz de sanar hasta el cáncer y cobraba sumas elevadas por sus engaños. De ahí salían en el fondo las monedas que un día caían como lluvia sobre sus hijos hambrientos. El charlatán errante y el padre espléndido eran exactamente el mismo hombre. La historia de Bill encierra además episodios mucho más sombríos.
Hacia 1849, cuando John tenía unos 10 años, su padre fue acusado de agredir a una joven. El caso nunca llegó a los tribunales y nada llegó a probarse. Pero la deshonra pública bastó para obligar a la familia a recoger sus cosas y buscar un nuevo hogar lejos de allí. Y más adelante sucedió algo todavía más extraordinario. Bajo su identidad de Dr.
Levingston, Bill se casó con otra mujer en otro estado donde nadie sospechaba quién era en realidad. Mantuvo en secreto aquel segundo matrimonio durante años. Ni Elisa ni la otra esposa supieron jamás que compartían al mismo hombre. El efecto, en cambio, sí fue evidente para todos. El padre estaba cada vez menos presente y John, siendo apenas un adolescente, fue asumiendo poco a poco el papel de cabeza de familia.
De aquel hogar contradictorio salió un carácter forjado entre dos fuegos opuestos. Del padre, pese a todo, John heredó una astucia comercial precoz. Bill se jactaba de adiestrar a sus hijos en los tratos desde la cuna, de regatear con ellos sin piedad y hasta de engañarlos a propósito para volverlos despiertos y desconfiados.
Solía aconsejar de además que no se preocupara nunca por la multitud, que se mantuviera al margen de ella y atendiera solo a sus propios asuntos. Una máxima que el hijo seguiría al pie de la letra el resto de su vida. El propio John reconocería de mayor que antes de hacerse hombre ya conocía los principios y las reglas del negocio, tan bien como muchos los aprenden recién cumplidos en los 40 años.
de la madre, sin embargo, recibió justo lo que al padre le faltaba, constancia, sobriedad, honradez escrupulosa y una fe profunda que daba sentido y medida a todo su esfuerzo. Donde Bill veía el dinero como un juego de azar y un truco de prestigiitador, Elisa lo veía como una responsabilidad sagrada. El niño tomó de cada uno lo que necesitaba y desechó lo demás.
Conservó la audacia del padre, pero la sometió a la disciplina de la madre. Esa fue quizá su primera y más decisiva operación, quedarse con lo mejor de dos mundos irreconciliables. La familia siguió mudándose de pueblo en pueblo, arrastrando a un tiempo la vergüenza y la esperanza, hasta que en 1853 se instaló cerca de Cleveland en el estado de Ohio, una ciudad joven que empezaba a crecer con un vigor prometedor.
Allí el muchacho terminaría sus estudios, pero para entonces ya estaba todo dibujado en su interior. El frío de aquellas noches de pobreza, las monedas mágicas del padre tramposo, la décima parte que la madre apartaba siempre para los demás, el préstamo devuelto con intereses que tanto lo deslumbró. De esa mezcla exacta de carencia, disciplina y cálculo, había nacido un niño distinto a todos los que lo rodeaban, un niño que ya había aprendido antes casi que cualquier otra cosa en la vida.
el valor preciso de un solo dólar. Por sexta semana consecutiva, un muchacho delgado y serio recorría las calles de Cleveland con un traje oscuro impecable y una corbata negra. Entraba en un banco, en una casa de comercio, en las oficinas de una compañía ferroviaria y pedía hablar con el hombre que mandaba. Cuando le preguntaba la edad y respondía que tenía 16 años, muchos se reían en su cara.

Otros lo despachaban con un gesto de la mano, como quien espanta una mosca. Pero el muchacho no se desanimaba. Tomaba nota de la dirección, salía a la calle y se dirigía a la puerta siguiente. Y cuando había llamado a todas las puertas importantes de la ciudad, daba media vuelta y empezaba de nuevo por la primera.
Algunos comerciantes lo vieron aparecer hasta en tres ocasiones distintas. Aquel verano de 1855, John Davidon Rockefeller buscaba su primer empleo de verdad. Había abandonado la escuela poco antes de graduarse y había seguido un curso breve de contabilidad y prácticas mercantiles en una academia comercial de la ciudad.
Allí aprendió la partida doble, la caligrafía pulcra, el funcionamiento de los bancos y las costumbres del comercio. Tenía prisa por empezar. Mientras otros jóvenes soñaban con la universidad, él sabía que en su familia eso era imposible. Su padre seguía ausente, ahora más que nunca, y su madre dependía de él para sostener a sus hermanos.
No había tiempo para titubeos. Había que ganar dinero y había que ganarlo ya. Lo asombroso no era su tenacidad, sino lo que aquella búsqueda significaba en su interior. Para casi cualquiera, encontrar trabajo es un trámite que se olvida pronto. Para él fue algo muy distinto. Años más tarde, ya convertido en uno de los hombres más ricos del mundo, seguía celebrando el día en que lo contrataron como una festividad personal.
No festejaba su cumpleaños con la mitad de entusiasmo. Aquella fecha cualquiera se había vuelto sagrada para él. Y conviene detenerse a comprender qué fue exactamente lo que se despertó en aquel adolescente cuando al fin se abrió una puerta. La ciudad de Cleveland no era entonces ninguna metrópoli, pero crecía deprisa a orillas del lago Iri, alimentada por el trigo de las granjas de Ohio y por una red ferroviaria que se extendía año tras año.
Los negocios atravesaban un momento difícil cuando John llamaba a las puertas y eso volvía aún más improbable que alguien apostara por un chico sin experiencia. Sin embargo, el 26 de septiembre de 1855, una pequeña firma de comerciantes consignatarios y expedidores de productos agrícolas lo recibió. Necesitaban a alguien que llevara los libros.
Cuando viera la limpieza de su caligrafía y la seriedad de su semblante, decidieron darle una oportunidad. Le dijeron que se pusiera a trabajar de inmediato, sin mencionar siquiera cuánto le pagarían. John no cabía en sí de júbilo, aunque su rostro apenas lo dejara traslucir. Aquel empleo de ayudante detenedor de libros no era gran cosa a ojos del mundo, pero a él le abrió de par en par las entrañas de un negocio real.
Por primera vez vio cómo se trataba con los proveedores, cómo se pagaban las facturas, cómo se organizaba el complicado baib de las mercancías. La firma movía cargamentos por ferrocarril, por canal y por barco a través del lago, y el muchacho se vio enseguida arreglando transportes intrincados que combinaban los tres medios en un solo envío.
Cada operación era un rompecabezas y él lo resolvía con una calma metódica que sorprendía a sus mayores. Pronto se reveló un rasgo que lo acompañaría el resto de su vida. John desconfiaba de la negligencia ajena. Un día en la oficina de un conocido presenció cómo llegaba un fontanero con una factura larguísima.
El dueño del despacho apenas le echó un vistazo, se la atendió al contable y ordenó que la pagaran sin más. Aquella manera descuidada de conducir los asuntos le pareció intolerable. Él, en cambio, examinaba cada partida de cada factura, verificaba cada cifra, sumaba los totales con sus propias manos y no daba el visto bueno hasta que todo cuadraba al centavo.
Se negaba a firmar un solo documento, falso o inexacto, aunque le costara horas de trabajo o le ganara fama de quisquilloso. Y cuando un cliente se retrasaba en sus pagos, lo perseguía con una cortesía tan firme como incansable hasta que el dinero aparecía. Había en aquel joven una pasión secreta por los números que rozaba lo poético.
Las columnas de un libro de cuentas eran para él lo que las palabras para un escritor. Le fascinaba conocer en todo momento con exactitud absoluta los recursos y las deudas de un negocio. Saber con precisión en qué punto se hallaba la empresa. Esa transparencia le parecía la única base honrada sobre la que construir cualquier cosa.
Solía decir que el dinero podía ser un buen siervo o un mal amo. y él estaba decido a no ser nunca su esclavo. Mientras tanto, repetía en su interior un convencimiento que crecía a día. Cada mañana, antes de salir hacia la oficina, se decía a sí mismo, casi como una plegaria, que estaba destinado a ser rico. Su primer salario fue una miseria.
El último día de aquel año le entregaron 50 por los meses trabajados, lo que apenas superaba los 50 centavos por jornada. Pero había desempeñado tan bien su tarea que sus patrones decidieron elevar de la paga a $300 al año. Para él, aquella subida significaba mucho más que unas monedas adicionales. Significaba independencia respecto de un padre del que no podía fiarse.
Significaba poder dar a su madre y a sus hermanos la estabilidad que tanto habían anhelado. Y fiel a lo aprendido en el hogar, desde su primer sueldo apartó cerca de la décima parte para obras de caridad. una costumbre que conservaría intacta el resto de su existencia. Con el paso de los meses asumió cada vez más responsabilidades.
Cuando una recesión golpeó el comercio y uno de los socios fundadores abandonó la firma, todo el peso de la contabilidad recayó sobre sus hombros. Se convirtió, siendo apenas un muchacho, en el contable jefe de la casa. Comprendió que el negocio flaqueaba y sospechó que quizá no tardaría en cerrar. y sin embargo no sintió miedo.
Aquellos años junto a los libros le habían dado algo que ningún diploma podía conceder, una confianza serena y profunda en su propio juicio. Entonces ocurrió la escena que sellaría su destino. Cierto día, uno de sus patrones entró en la oficina con un cheque por valor de $4,000 y lo guardó dentro de la caja fuerte.
John conocía la combinación. Cuando se quedó solo, abrió la caja, tomó aquel papel entre las manos y se quedó contemplándolo, hipnotizado por la fortuna que representaba. No rogó nada. No deseó robar nada. Solo quería sentir el peso de aquella suma. Imaginar el día en que él mismo manejaría cantidades semejantes.
En aquel instante silencioso, con el cheque temblando levemente entre sus dedos, el muchacho, que arrastraba en la memoria el frío de la pobreza tomó una decisión que ya no abandonaría jamás. No pasaría su vida detrás del escritorio de otro hombre. aprendería todo cuanto pudiera de aquella casa y luego volaría solo.

La fecha en que cruzó por primera vez aquella puerta no era para él un día cualquiera, era el principio de todo. Por las calles de Cleveland circulaba, con calculada indiscreción un rumor curioso. Dos jóvenes comerciantes andaban diciendo en voz alta, allí donde había oídos atentos, que su firma buscaba colocar 10,000 en buenos negocios.
Lo repetían en los bancos, en los corrillos del puerto, en las oficinas de los mayoristas, dando la impresión de disponer de capital de sobra. La verdad era muy distinta. Aquellos dos socios no tenían $10,000 que invertir. Lo que necesitaban en realidad era que algún banco les prestara 5,000. Pero habían descubierto algo que aún muy pocos comprendían.
La confianza de un prestamista se conquista mucho antes con la apariencia de abundancia que con la confesión de la necesidad. Cuanto más holgada parecía su situación, más dispuestos estaban los banqueros a abrirles la bolsa. Uno de aquellos jóvenes era John Davidon Rockefeller. El 1 de marzo de 1859, pocos meses antes de cumplir los 20 años, había dado el paso que llevaba años madurando en silencio.
Reunía los ahorros de su empleo. Pidió ,000 prestados a su propio padre, quien no dudó en cobrarle intereses como a cualquier extraño, y se asoció con un comerciante algo mayor que él llamado Maurice Clark. Nació así una casa de comisiones que compraba y revendía grano, eno, carne, pescado, judías y toda suerte de víveres.
La firma se llamó Clark y Rockefeller. El muchacho que poco antes guardaba los libros de otros tenía ya su propio nombre escrito en la puerta. Los comienzos fueron duros. Ambos socios recorrían los caminos en busca de clientes agotados, soportando el frío y la incertidumbre. Pero el orgullo de ser dueños de algo propio lo compensaba todo.
John, aunque tímido y reservado al principio, resultó ser un vendedor capaz y persuasivo. Su seriedad inspiraba una confianza inmediata en los hombres curtidos del comercio, que lo trataban con un respeto impropio de su edad. Lo llamaban señor Rockefeller, como si tuviera el doble de años.
La lista de clientes creció con rapidez y el verdadero problema de la firma pasó a ser otro muy distinto del que aqueja los negocios que fracasan. No les faltaban clientes, les faltaba capital para atender a tantos. De ahí, aquel ingenioso ardid del rumor de los $10,000 sobre aquellos primeros pasos, pendía, no obstante, una incógnita inquietante.
Una casa de comisiones tan pequeña, sostenida a base de préstamos y de tretas, parecía un junco frágil ante el vendabal que se avecinaba. Y el vendaval llegó. En 1861 estalló la guerra civil que partió en dos a los Estados Unidos. El país entero se precipitó en el caos. Las fortunas se hacían y se deshacían en cuestión de semanas y nadie podía saber qué empresas resistirían y cuáles serían arrastradas por la corriente.
La pregunta flotaba en el aire de Cleveland. Una firma tan joven y tan endeudada, dirigida por un muchacho que aún no había cumplido los 25 años, difícilmente sobreviviría a semejante tormenta. John tenía una postura firme ante el conflicto, bautista, devoto y fiel a las enseñanzas de su madre, se oponía con toda su alma a la esclavitud y deseaba la victoria del norte, pero también cargaba sobre sus espaldas la responsabilidad de alimentar a su familia y sabía que si dejaba el negocio para empuñar las armas, los suyos se
quedarían sin sustento. Optó entonces por una solución que muchos hombres de su condición adoptaron en aquellos años, una práctica legal y frecuente. pagó $300 a un sustituto para que ocupara su lugar en el ejército e incluso costeó el equipo de varios soldados más de la Unión.
Otros lo juzgarían con dureza por ello. Él consideró que servía mejor a su causa sosteniendo a su familia y prosperando en la retaguardia que cayendo en un campo de batalla. Y la guerra, que para tantos significó ruina y muerte, fue para su negocio una marea de oro. El esfuerzo bélico del norte exigía cantidades colosales de víveres. Había que alimentar a los ejércitos y Cleveland, situada en un punto estratégico, se convirtió en un nudo vital del abastecimiento.
Los precios de los alimentos se dispararon. La casa Clark y Rockefeller despachaba grano y carne a un ritmo frenético y su volumen de negocio se multiplicó casi de la noche a la mañana. Lo que había nacido como una modesta firma de comisiones se transformó en una máquina de generar beneficios. En medio de aquel torbellino, John seguía siendo el mismo joven meticuloso de siempre.
Mientras otros comerciantes se dejaban arrastrar por la euforia, él escrutaba cada cuenta, vigilaba cada gasto y calculaba con sangre fría el momento exacto de comprar y de vender. No se emborrachaba con el éxito. Había aprendido pronto a desconfiar de la prosperidad fácil. Antes de dormir, solía hablar consigo mismo en un murmullo, advirtiéndose de que un buen comienzo no debía subírsele a la cabeza, que el orgullo precede a la caída, que convenía ir con cuidado.
Aquellas conversaciones íntimas con su propia conciencia eran su manera de mantener los pies en la tierra mientras el dinero llovía a su alrededor. Temía más que a la pobreza no estar a la altura de su propia fortuna. Los números le dieron la razón. En 1862, la firma cerró el ejercicio con un beneficio de 17,000, una suma enorme para la época, equivalente a una pequeña fortuna en el dinero de hoy.
Nada mal para un hombre de 23 años que poco antes apenas alcanzaba a pagar el alquiler. Y sin embargo, mientras contemplaba aquellas cifras alentadoras, John no sentía la satisfacción del que ha llegado a su meta, sino la inquietud del que apenas vislumbra el principio del camino, porque dentro de él trabajaba sin descanso una ambición que el comercio de víveres ya no bastaba para saciar.
Vender grano y carne era un negocio honrado y rentable, pero también modesto, atado al baibén de las cosechas y a las urgencias de la guerra. John quía algo más grande, algo que no dependiera del azar de los campos ni del estruendo de los cañones, algo que pudiera controlar, ordenar y dominar por entero. Veía las cuentas crecer y en lugar de descansar levantaba la mirada hacia el horizonte.
Y en aquel horizonte, apenas una jornada de viaje de Cleveland, una sustancia oscura y maloliente acababa de brotar de la tierra para cambiar el mundo. Sin saberlo todavía, John de Rockefeller estaba a punto de encontrar el negocio que daría sentido a toda su vida. En cierta sala de Cleveland, en el año 1865, varios hombres se disponían a subastar el control de su propia empresa.
La escena tenía algo de duelo a muerte disfrazado de trámite mercantil. Morris Clark y sus hermanos, socios de Rockefeller, estaban convencidos de que el joven no podría reunir el dinero necesario para imponerse. Lo habían menospreciado durante meses, lo habían tratado con suficiencia, seguros de que harían valer su mayoría.
Lo que ignoraban era que John había preparado el terreno en el más absoluto secreto, asegurándose de antemano el respaldo financiero que necesitaba. Comenzó la puja. Uno ofrecía una cifra. John respondía con otra mayor. Subían, subían sin tregua mientras el aire de la sala se volvía irrespirable. Y cuando los demás llegaron al límite de sus fuerzas, John seguía en pie.
Adquirió la empresa por $2,500. Aquel día, según confesaría más tarde, sus socios despertaron y comprendieron por primera vez que su mente no había estado ociosa mientras ellos hablaban alto y fuerte. Para entender por qué un joven de 25 años apostó semejante fortuna, hay que retroceder unos pocos años a una sustancia que estaba transformando la vida cotidiana.
Durante siglos, los hogares se habían iluminado de noche quemando aceite en lámparas y el mejor de aquellos aceites procedía de la grasa de las ballenas. Pero cazar ballenas era costoso y difícil, y algunas especies habían sido perseguidas casi hasta la extinción. La humanidad necesitaba una luz más barata.
En 1859 en Pennsylvania alguien descubrió que perforando el suelo con una alta estructura de madera podía extraerse petróleo crudo en cantidades industriales. Era fácil, era barato y los beneficios llegaban tan deprisa que pronto aquella sustancia oscura la apodaron el oro negro. A apenas una jornada de viaje de las regiones petrolíferas de Pennsylvania, Cleveland estaba en una posición inmejorable para refinar aquel crudo.
Y fue entonces cuando John conoció a un joven llamado Samuel Andrew, que buscaba inversores para montar una refinería. Andreus poseía un conocimiento valioso, casi un secreto. Había descubierto que tratando con ácido sulfúrico el producto obtenido del petróleo crudo, este se purificaba y daba un queroseno más limpio.
Y el queroseno al arder duraba más y brillaba con una luz más limpia que cualquier aceite anterior. Era un proceso sencillo, pero pocos lo dominaban. Como la casa de comisiones marchaba viento en popa, John y Maurice Clark decidieron diversificar y prestaron a Andreus 4,000 para levantar la refinería. Al principio no era más que un negocio secundario.
Mientras ellos seguían con los víveres, dejaron que Andrew se ocupara solo del petróleo. La refinería resultó tan rentable que pronto eclipsó a todo lo demás. En cuestión de un año, aquel negocio considerado accesorio se había convertido en el más lucrativo de todos. Los números cantaban una verdad imposible de ignorar y John no era hombre que diera la espalda a los números.
Junto a Clark, tomó una decisión audaz. abandonarían el comercio de provisiones, que también les había servido, y se lanzarían de lleno a la industria del petróleo. Pero el entusiasmo inicial chocó enseguida contra un muro inquietante. El suministro de crudo era de una imprevisibilidad enloquecedora. El petróleo solo se había hallado en una pequeña comarca de Pennsylvania y muchos temían que pronto se agotara.
Cada vez que alguien descubría un yacimiento abundante, brotaba a su alrededor un pueblo entero de buscadores que extraían hasta la última gota y luego se esfumaban con la misma rapidez con que habían llegado. Esa locura provocaba oscilaciones brutales. En los momentos de abundancia, el precio se desplomaba hasta los 10 centavos por barril.
En los de escasez, cuando parecía que el oro negro se acababa, trepaba hasta los $. Decir que aquel mercado era turbulento sería quedarse muy corto. Aquí surgía la incógnita que atormentaba a los dos socios. Habían apostado su futuro por una sustancia que un día valía menos que el agua y al día siguiente alcanzaba precios desorbitados, una sustancia que, según los más pesimistas, podía desaparecer en cualquier momento, dejándolos con las manos vacías.
La pregunta era inevitable. Aquel negocio prometedor podía ser también una trampa mortal y nadie sabía de qué lado caería la moneda. John tomó una primera decisión que revelaba su manera de pensar. Se mantendría apartado de la extracción, ese juego de azar donde se ganaban y se perdían fortunas en un solo pozzo y concentraría todos sus esfuerzos en refinar.
Mientras los demás soñaban con encontrar el pozo milagroso, él prefería controlar el paso obligado por el que todo el crudo tenía que circular para convertirse en luz. Era una elección prudente, casi defensiva, pero ni siquiera esa cautela bastaba para tranquilizar a su socio. La incertidumbre constante, el temor a que el último barril ya hubiera sido hallado, fue minando los nervios de Maurice Clark y así se llegó a aquella subasta de 1865.
Clark quería salir, cobrar y ponerse a salvo. John quería justo lo contrario. Quería redoblar la puesta y entregarse por entero a un negocio que casi todos consideraban demasiado arriesgado. El destino pareció darle la razón con una rapidez asombrosa. Justo cuando cerraba la compra, se descubrió en las regiones de Pennsylvania un yacimiento gigantesco que despejó de golpe los temores sobre el agotamiento del petróleo.
habría crudo de sobra durante mucho tiempo. La afirmación que John se repetía cada mañana, aquel convencimiento de estar destinado a la riqueza, empezaba a tomar cuerpo en la realidad. El año anterior se había casado con una joven que compartía su devoción religiosa y su gusto por la vida sobria, y juntos habían comprado una casa modesta en Cleveland, donde comenzaban a formar una familia.
Con el hogar en orden y la economía del norte en plena expansión tras la guerra, todo estaba dispuesto para que aquel hombre construyera su imperio. Lo primero fue darle un nombre nuevo a la empresa, un nombre que era a la vez una promesa y una declaración de principios. La llamó Standard Oil, el petróleo de calidad uniforme, fiable, igual siempre a sí mismo, en contraste con el producto irregular y de dudosa pureza de la mayoría de sus competidores.
Pero JN comprendió pronto que no podía hacerlo todo solo. Necesitaba a su lado a alguien tan ambicioso y tan implacable como él. Lo encontró en un hombre llamado Henry Flagler, que se incorporó al negocio y que pensaba exactamente como él. Flagler no aspiraba a ganar un poco de dinero, sino a levantar un imperio y abrazó sin reservas los planes más audaces de su socio.
Compartían la misma disciplina, la misma fe, la misma frialdad para los negocios. Flagler aportó además una convicción que resultaría decisiva. En aquellos años, dominados por el miedo a que el petróleo se agotara, casi todos construían sus refinerías como cobertizos miserables, lo más baratos posible, para no perder demasiado el día en que el oro negro desapareciera.
Flagler se negaba a hacerlo así. sostenía que si iban a dedicarse al petróleo, debían hacerlo del mejor modo que supieran, con las mejores instalaciones, con todo sólido y duradero, sin escatimar nada que pudiera producir un resultado superior. Edificaba como si el negocio fuera a perdurar medio siglo, y aquella fe en el porvenir cimentó los pilares de lo que estaba por venir.
Mientras los demás levantaban chosas pensando en la huida, John, Rockefeller y Henry Flagler levantaban columnas pensando en la eternidad. La compañía ferroviaria más poderosa del país acababa de pronunciar una sentencia de muerte. El ferrocarril de Pennsylvania, un gigante que parecía invencible, declaró que Cleveland quedaría borrada del mapa como centro de refinación de petróleo.
Sus rutas hacían más rentable llevar el crudo directamente a Nueva York o a Philadelphia, de modo que la empresa se retiró de la ciudad por completo. La noticia cayó como un mazazo. Si el mayor de los ferrocarriles abandonaba a Cleveland, ningún refinador parecía tener allí por venir alguno. Cundió el pánico. Una tras otra.
Numerosas refinerías recogieron sus enceres y huyeron de la ciudad condenada, buscando refugio más cerca de los grandes mercados del este. En medio de aquella desbandada, un hombre permaneció inmóvil observando. Mientras los demás corrían despavoridos, John de Rockefeller hacía cuentas. Comprendió algo que a los demás se les escapaba en su vida.
La retirada del ferrocarril de Pennsylvania había dejado a las otras dos grandes compañías, el Central de Nueva York y el I en una situación desesperada. Ambas habían invertido sumas considerables en Cleveland y veían ahora cómo sus clientes se fumaban. Estaban hambrientas de tráfico y John sabía, mejor que nadie que la desesperación ajena podía convertirse en la oportunidad propia.
Para comprender la jugada que se disponía a realizar, conviene detenerse en cómo funcionaba entonces el transporte del petróleo. El crudo viajaba de las regiones de extracción a las refinerías y de estas a las grandes ciudades, sobre una vasta red de raíes dominada por aquellas tres compañías. Las tarifas que cobraban los ferrocarriles tenían un precio oficial fijo y público, conocido por todos.
Pero John había aprendido en sus tiempos de la Casa de Comisiones una verdad que pocos sospechaban. Aquellas tarifas no eran realmente fijas, eran negociables. Bajo la superficie de los precios oficiales corría un mundo oculto de descuentos secretos llamados rebajas, que un cargador hábil podía arrancar a una compañía necesitada de negocio.
Nada era lo que parecía desde fuera y entonces movió sus piezas. A cambio de garantizar a aquellos ferrocarriles desesperados un flujo constante y abundante de petróleo, John negoció en secreto unas condiciones que ningún competidor podía soñar. Con el Erry pactó un descuento extraordinario sobre las tarifas oficiales.
Con el central de Nueva York acordó pagar mucho menos por barril que la tarifa pública a cambio de un pedido diario de decenas de vagones cargados de petróleo refinado. Los ferrocarriles aceptaron a regañadientes aquellos precios reducidos, pero el atractivo de un volumen garantizado y regular resultó irresistible. Para ellos había una ventaja añadida.
Al concentrarse en el petróleo podían simplificar sus operaciones y aumentar sus ganancias. Parecía un acuerdo en el que todos salían beneficiados, todos, salvo el ferrocarril de Pennsylvania y sobre todo los competidores de Standar Oil. Aquí late el enigma que define esta etapa. Sobre el papel, John no había hecho nada nuevo.
Las rebajas eran una práctica conocida que muchos cargadores empleaban en mayor o menor medida, y, sin embargo, en sus manos se transformaron en un arma de un poder devastador, capaz de aniquilar a empresas enteras sin disparar un solo tiro. La cuestión es por qué un descuento que otros también obtenían podía convertirse, en el caso de Rockefeller en una máquina de destrucción tan eficaz.
La respuesta está en cómo encadenaba una ventaja con otra. Aquellos descuentos se mantenían en el más riguroso secreto, ocultos a los ojos de la competencia. Los demás refinadores seguían pagando la tarifa completa para transportar su petróleo por los mismos trenes, sin sospechar siquiera que su rival viajaba mucho más barato.
Y John sabía con absoluta certeza que sus costes eran ahora inferiores a los de todos los demás. Esa certeza le entregaba un poder terrible. Le bastaba con bajar el precio de su queroseno para forzar a los competidores a hacer lo mismo si querían seguir en el mercado. Pero ellos, que pagaban más por el transporte veían como sus márgenes se evaporaban, mientras que él, gracias a sus costes reducidos, seguía ganando dinero, aún vendiendo al mismo precio.
Así comenzó una guerra de precio silenciosa y metódica. John rebajaba al queroseno una y otra vez, sin prisa y sin descanso, hundiendo el precio hasta niveles que sus rivales no podían soportar. Uno tras otro, los competidores más débiles agotaban sus reservas, perdían dinero en cada venta y acababan por declararse en quiebra.
Y cuando el campo de batalla quedaba despejado de enemigos, cuando la competencia se había reducido lo suficiente, John volvía a subir el precio, a menudo más alto que antes, y recogía la cosecha de su paciencia. Era una estrategia brutal, pero de una eficacia incontestable. En su foro interno, John no se veía como un destructor.
Tenía una conciencia muy precisa de lo que hacía y de los límites que pisaba. Sabía que aquellas rebajas eran moralmente discutibles, pues otorgaban a las grandes empresas un trato infinitamente más favorable que a las pequeñas, pero pasaría más de una década antes de que se aprobaran las primeras leyes destinadas a frenar prácticas monopolísticas como aquella, de modo que ante la ley de su tiempo no estaba quebrantando norma alguna.
Existen dos lecturas de aquella conducta y ambas han perdurado. Para sus críticos fue una conquista despiadada del poder a costa de los más débiles. Para él mismo era simplemente la lógica inevitable del comercio, el premio justo a quien sabía organizar mejor que nadie un negocio caótico. Se consideraba un hombre que ponía orden donde reinaba el desorden.
El resultado de aquella jugada superó todas las previsiones. La ciudad que el poderoso ferrocarril de Pennsylvania había condenado a desaparecer se convirtió gracias a los acuerdos de Rockefeller en el mayor centro de refinación del país. Y el ferrocarril de Pennsylvania, que se había marchado con tanto desdén, se encontró en una posición de clara desventaja cuando intentó regresar.
Cleveland no solo había sobrevivido a su sentencia de muerte, sino que renacía más fuerte que nunca y en su corazón latía, cada vez con más fuerza, la empresa de un hombre que había aprendido a transformar el desastre ajeno en su propio triunfo. La incógnita estaba resuelta. El secreto no residía en el descuento, sino en la inteligencia fría, que sabía convertir ese descuento en una palanca capaz de mover montañas.
Pero aquel poder creciente empezaba a despertar resentimientos que pronto estallarían a la luz del día. Una mañana, los lectores de los periódicos se frotaron los ojos con incredulidad. Las tarifas de los tres ferrocarriles más importantes del país se habían duplicado de la noche era mañana.
Nadie entendía estaba pasando, pero el rumor de un pacto secreto entre las grandes compañías ferroviarias y un puñado de refinadores poderosos se extendió como un incendio y la indignación se desató. Miles de personas salieron a las calles. Los manifestantes interceptaban los cargamentos de Standar Oil y derramaban su petróleo por el suelo.
Arrancaban de cuajo las vías del ferrocarril de Pennsylvania. Amenazaban con la violencia, el vandalismo y el fuego, a quienes consideraban responsables de aquella conspiración. Y cuando buscaron un nombre al que culpar, encontraron dos, el del presidente del ferrocarril de Pennsylvania y el de John de Rockefeller de Standar Oil.
Para comprender semejante estallido de cólera, hay que conocer el pacto que lo provocó. En el año 1872, con los precios del petróleo cayendo sin freno y la industria al borde del colapso, John había concebido junto a los grandes ferrocarriles una alianza secreta de una ambición sin precedentes. Se ocultaba bajo un nombre inofensivo, la Compañía de Mejoras del Sur.
El mecanismo era de una crueldad calculada. Sus miembros recibirían enormes descuentos en el transporte, pero no se contentaban con eso. Cada vez que un refinador ajeno a la alianza enviaba su petróleo por aquellos ferrocarriles, una parte de lo que pagaba iría a parar directamente a los bolsillos de los conjurados.
Y por si fuera poco, los ferrocarriles entregarían a Standar Oil información detallada sobre los envíos de sus rivales. Quien quedaba fuera del club no solo pagaba más caro su transporte, sino que financiaba su propio verdugo sin saberlo, mientras este conocía cada uno de sus movimientos. Era una condena a muerte y los condenados ni siquiera la veían venir.
En el centro de aquella maquinaria estaba la mente de un hombre que, sin embargo, no se sentía un conspirador. John creía sinceramente que la abundancia desbordante de petróleo estaba arruinando a todo el sector, que el producto se acercaba peligrosamente al punto de regalarse y que eliminar a los pequeños refinadores era el único modo de salvar la industria del naufragio.
En su interior no había la mueca del villano, sino la convicción serena del que cree estar imponiendo un orden necesario sobre un caos suicida. Esa certeza moral, profunda y sincera, convivía en él con una frialdad implacable a la hora de ejecutar sus planes. Y de esa mezcla nacía su fuerza, pero también el resentimiento feroz que despertaba a su alrededor.
Aquí surge el interrogante que sobrevoló aquellos meses turbulentos. La alianza secreta se había hecho pública. Los pueblos enteros se levantaban en armas. Los productores de crudo declararon el boicot y se negaron a vender una sola gota a los miembros del pacto. Sin suministro de petróleo, las refinerías de John quedaban inservibles, montañas de hierro y ladrillo sin nada que procesar.
La presión era insoportable. Dos meses después de su nacimiento, la compañía de mejoras del sur se disolvió en medio del descrédito y la humillación. Y entonces la pregunta era inevitable. Aquel hombre, señalado por la prensa, odiado por el pueblo, abandonado por sus propios aliados, parecía haber cavado su propia tumba con su exceso de audacia.
daba la impresión de que el imperio se desmoronaba antes de haberse construido del todo. La realidad fue exactamente la contraria y reveló la frialdad asombrosa con que aquel hombre digería sus derrotas. Jongó abatir por el fracaso. Razonó con una lucidez glacial. Si no podía dominar la industria mediante acuerdos secretos en la sombra, lo haría a plena luz del día, conquistándola por la fuerza.
y descubrió que el escándalo, lejos de arruinarlo, le había entregado un arma inesperada. Aunque la alianza se hubiera disuelto, el miedo que había sembrado seguía vivo. Pese al estrepitoso derrumbe del pacto, persistían los rumores de que aún existía algún acuerdo oculto entre los grandes ferrocarriles y los grandes refinadores.
La paranoia se había instalado en el sector. Muchos creían equivocadamente que Standard Oil conservaba un trato secreto que tarde o temprano los aplastaría a todos. y John decidió aprovechar aquel terror en su beneficio. Comenzó entonces uno de los episodios más célebres y discutidos de toda su carrera.
En un periodo de apenas 6 semanas, en aquel mismo año de 1872, John logró que 22 de las 26 empresas refinadoras de Cleveland se vendieran a Standard Oil. Aquel barrido fulminante pasaría la historia con un nombre estremecedor, la masacre de Cleveland. No hubo violencia física, pero sí una presión psicológica abrumadora. El temor a que estándar conservara algún pacto invisible empujó a muchos refinadores a desprenderse de sus negocios por una fracción de lo que en verdad valían, vendiendo presa del pánico antes de que la supuesta amenaza
se materializara. John no se limitaba a enfundir miedo. Cuando un refinador dudaba, le mostraba con franqueza las cuentas de Standar Oil para que comprobara por sí mismo lo bien que marchaba la empresa y se convenciera de que él podía resistir más que nadie. A muchos que ya perdían dinero en aquel mercado despiadado, la elección entre librar una batalla perdida o cobrar y retirarse les resultaba evidente.
Y a quien se vendía, John le ofrecía siempre dos caminos. podía firmar un contrato que le prohibía para siempre volver a la industria o podía integrarse en Standar Oil. La mayoría escogió lo segundo. De ese modo, John no solo eliminaba a sus rivales, sino que reunía bajo su techo a las mentes más brillantes del sector.
Aquellos empresarios que dirigían sus propias compañías pasaban a engrosar las filas de su gigante en formación, aportando su talento a una sola empresa colosal. Además, cuando una refinería caía en sus manos, la dotaba de la tecnología más moderna, lo que reducía drásticamente los costes. Hacia mediados del año siguiente, John controlaba un imperio de refinerías eficientes, capaz de despachar más de un millón de barriles de quereroseno al año.
Dominaba por completo Cleveland, que era uno de los corazones de la industria del país. El interrogante había quedado resuelto del modo más paradójico. El fracaso que parecía su ruina se había transformado en sus manos en el peldaño decisivo de su ascenso. La derrota pública le había regalado, sin pretenderlo, la herramienta más poderosa de todas, el miedo.
Y John había demostrado que poseía un don singular y temible. Sabía convertir cada desastre en una oportunidad y cada oportunidad en conquista. El 18 de septiembre de 1873, una jornada que los historiadores recuerdan como el jueves negro, el suelo financiero de los Estados Unidos se hundió de golpe.
Una cadena de quiebras bancarias arrastró al país a una recesión que se prolongaría durante seis largos años. El petróleo, que ya conocía precios miserables por exceso de oferta, sufrió ahora un mal nuevo y desconocido. Por primera vez, su precio se desplomó no porque sobrara crudo, sino porque ya nadie podía comprarlo.
La demanda se había evaporado. Llegó un momento en que un barril de petróleo se vendía por menos de medio dólar, menos de lo que costaba una cantidad equivalente de agua. Desde los buscadores hasta los ferrocarriles, pasando por los refinadores, todos contemplaban el mismo abismo. La bancarrota aparecía un destino ineludible para la industria entera.
En aquel paisaje de ruina, una pregunta se imponía sobre todas las demás. Si el petróleo valía menos que el agua, si la demanda se había secado, si la economía del país agonizaba, ¿cómo era posible que un solo hombre siguiera obteniendo beneficios en medio de la catástrofe? Mientras sus competidores cerraban sus puertas y mendigaban crédito, John de Rockefeller no solo se mantenía a flote, olfateaba la sangre en el agua.
Veía en aquella tragedia colectiva la mayor de las oportunidades. La explicación de aquel misterio residía en una virtud que John había cultivado desde sus tiempos de tenedor de libros, la prudencia financiera. A diferencia de los aventureros que poblaban el negocio del petróleo, él había gestionado siempre sus cuentas con un rigor extremo.
Mantenía reservas abundantes de dinero en efectivo, una fortaleza de capital a la que recurrir en los tiempos difíciles. Solía decir que conviene prepararse para las emergencias mucho antes de necesitar los fondos. Disfrutaba además de un crédito excelente con los bancos, fruto de años de tratos honrados y de cuentas impecables, y sus refinerías modernizadas.
producían a un coste muy inferior al de la competencia. Por eso, cuando la tormenta arreció, John fue uno de los poquísimos refinadores del país capaces de seguir ganando dinero. Movía sus ejércitos respaldados siempre por una abundante reserva de efectivo y ganaba muchas pujas, sencillamente porque su arca de guerra era más profunda que la de cualquier otro.
John razonó que la crisis era un problema nacional y que los refinadores de los demás grandes centros, Pittsburg, Philadelphia o Nueva York, sufrían tanto o más que nadie. Decidió entonces que aquel era el momento preciso para extender su dominio por todo el país. Inició una campaña de compras a escala nacional y cuando alguien se resistía a vender recurría a métodos de presión indirectos pero implacables.
Compraba toda la maquinaria de refinación y todos los barriles disponibles, de modo que sus rivales no pudieran ni fabricar ni envasar su petróleo. Si pese a ello lograban producir algo, preservaba todos los vagones de ferrocarril durante meses, dejándolo sin medio de transportarlo. En otras ocasiones, presionaba a los ferrocarriles para que elevaran las tarifas de sus competidores hasta empujarlos al borde de la quiebra.
Y como conocía al detalle los envíos de cada uno, esperaba pacientemente a que estuvieran al borde de la ruina para ofrecerse a salvarlos comprando sus negocios por una miseria. Cuando la economía empezó a recuperarse, el mapa de la industria había cambiado por completo. Standar Oil controlaba más de la mitad de la capacidad refinadora de Pittsburg, las mayores refinerías de Philadelphia y una posición dominante en Nueva York.
Para reforzar aún más su poder, John emprendió la construcción de una vasta red de oleoductos que llevaban el crudo hasta sus refinerías y bombeaban el petróleo refinado hacia las grandes ciudades. Aquellos conductos reducían su dependencia de los ferrocarriles y abarataban todavía más sus costes. Y a medida que sus oleoductos se extendían sobre la costa oriental del país, como los brazos de una criatura gigantesca, la empresa recibió un apodo que la retrataba a la perfección, el pulpo.
Pero el ascenso de aquel pulpo despertó la furia de un viejo conocido. Para los ferrocarriles, el petróleo había sido siempre una fuente colosal de negocio. Cuando estándar empezó a atender oleoductos por todas partes, las compañías ferroviarias comprendieron alarmadas que uno de sus mejores clientes estaba volviendo las innecesarias.
El presidente del ferrocarril de Pennsylvania, aquel mismo gigante que años atrás había condenado a Cleveland, decidió contraatacar. No solo empezó a construir sus propios oleoductos, sino que dio un paso que sabía intolerable para John. Comenzó a levantar sus propias refinerías. se convertía así en competidor directo y John interpretó aquel gesto como una declaración de guerra.
La respuesta fue fulminante y total. John canceló todos sus negocios con el ferrocarril de Penilvania y desvió su petróleo hacia otras compañías. rebajó el precio de su quereroseno para estrangular los márgenes de los rivales y convenció a los demás ferrocarriles de que redujeran drásticamente sus tarifas con el fin de que el de Pennsylvania perdiera todavía más negocio.
La ofensiva fue devastadora. Para poder competir, el ferrocarril de Pennsylvania llegó a tener que pagar a los refinadores por transportar su petróleo. Tuvo que despedir a centenares de empleados y recortar los salarios de quienes conservaron su puesto. El golpe se extendió incluso a otras compañías, contribuyendo a desencadenar una de las huelgas obreras más violentas de la historia del país, en la que murieron decenas de personas y ardieron locomotoras, vagones y edificios enteros.
El propio John llegó a inquietarse ante el caos que se había desatado. El coloso de Pennsylvania, Antonio, tenido por invencible, cayó derrotado. Su presidente, humillado, se dispuso a rendirse. El socio de John, Henry Flagler, que entendía los negocios como una guerra sin cuartel, vio la ocasión de aniquilarlo del todo.
Pero John tuvo una idea mejor. en lugar de destruir al vencido, coordinó con él un acuerdo gigantesco. Garantizaría al ferrocarril de Pennsylvania una parte sustancial del tráfico de estándar y repartiría el resto entre las demás compañías. A cambio, exigió una enorme rebaja secreta sobre las tarifas, información aún más detallada sobre los envíos de la competencia y una comisión por cada barril que circulara por cualquiera de los ferrocarriles.
Esta vez era él quien tenía el poder y quien dictaba las condiciones. Los ferrocarriles apenas tuvieron opción. Aquel pacto convirtió a John en uno de los hombres más poderosos del país. Controlaba el transporte, dominaba la industria y poseía un ojo que todo lo veía sobre cada uno de sus competidores. Standar Oil dominaba ya cerca del 90% de toda la refinación de petróleo.
En el año 1882, John dio el paso que coronaría aquel edificio. reunió todas sus empresas dispersas por distintos estados bajo una estructura nueva y centralizada, gobernada por nueve hombres de confianza con él a la cabeza. Nacía así el primer gran fideo de la historia empresarial del país, un modelo que muchos otros monopolios se apresurarían a imitar.
El interrogante del jueves negro había quedado respondido. John prosperaba en medio de la ruina porque mientras los demás improvisaban, él se había preparado durante años para el desastre. La derrota de su rival, sin embargo, dejó una herida que tendría consecuencias inesperadas. El presidente del ferrocarril de Pensilvania nunca se recuperó de aquella humillación y poco después, tras sufrir un ataque que minó su salud, falleció.
Años atrás, aquel hombre había sido el mentor de un joven que llegaría a ser para el acero lo que John era para el petróleo. Aquel joven se llamaba Andrew Carnegy y culpó a Rockefeller de la caída de su maestro. Así, en silencio, quedó sembrada la semilla de una de las grandes rivalidades de la era industrial.
En su despacho de Wall Street, el banquero más poderoso de su tiempo lanzó una pregunta brosca, casi un desafío. Frente a él tenía un joven de 27 años y daba por sentado que se enfrentaba a un principiante al que doblegaría en pocos minutos. ¿Cuánto pide?, preguntó sin rodeos, esperando una cifra que poder regatear.
Pero el joven no se inmutó. con una serenidad desconcertante, respondió que debía de haber algún malentendido, que él no había acudido a vender, sino que tenía entendido que era el banquero quien deseaba comprar. Aquella réplica invirtió por completo el equilibrio de fuerzas. El joven dejaba en manos de su rival la responsabilidad de poner precio y con ello se quedaba con todo el poder de la negociación.
El banquero, perplejo, tuvo que abandonar su propio despacho para recomponer su estrategia. Aquel muchacho imperturbable se llamaba John Davidon Rockefeller hijo y el hombre al que acababa de desarmar era JP Morgan. Para entender cómo se había llegado a aquella escena, hay que retroceder unos años hasta el momento en que el viejo Rockefeller decidió que dominar el petróleo ya no le bastaba.
Hacia el final de la década de 1880, la industria atravesaba sacudidas profundas. Un gran yacimiento de crudo apareció en el norte de Ohio y muchos directivos de Standar Oil temieron un excedente capaz de hundir de nuevo los precios. Mientras la empresa se dejaba llevar por el pánico, John conservaba la calma de siempre.
Para él, aquella crisis no era una amenaza, sino la ocasión que esperaba para cometer una transformación radical. Hasta entonces se había concentrado en refinar, absorbiendo a otras empresas que hacían lo mismo que él. Ahora quería algo más ambicioso. Quería controlar cada eslabón de la cadena desde el pozo hasta la lámpara del consumidor, eliminando a todos los intermediarios.
Standar Oil se convertiría en su propio proveedor, transportista, productor y distribuidor. El petróleo de Ohio, sin embargo, escondía una trampa. Incluso después de refinado, despedía un edor tan repugnante que la gente lo apodó el petróleo de mofeta y nadie quería comprarlo. Se vendía por una miseria. Casi todos renunciaron a aprovecharlo.
John, en cambio, contrató a un equipo de químicos y los puso a estudiar aquel crudo apestoso. En menos de un año, sus hombres hallaron el modo de eliminar el azufre que causaba el mal olor. De pronto, Standar Oil era la única empresa capaz de vender aquel petróleo barato y purificado, lo que le otorgó una enorme ventaja cuando poco después el crudo empezó a brotar en cantidades inmensas en Texas, Oklahoma, Kansas y California.
Estaba claro que el país se asentaba sobre un océano de petróleo y la empresa mejor situada para aprovecharlo era la suya. Por aquellos años, además, el automóvil empezaba a reemplazar al caballo y la gasolina, antes un residuo desechado en la refinación, se transformó en una fuente inesperada de beneficios.
Fue entonces cuando John ordenó a sus hombres de confianza, el antiguo pastor Frederick Gates y su propio hijo, que invirtieran en otras industrias. Y la más decisiva de aquellas inversiones fue una larga franja de tierra en Minnesota, una cordillera conocida como Mesabi. Allí dormía la mayor beta de mineral de hierro de altísima calidad hallada hasta la fecha, quizá la más grande de toda Norteamérica.
Y el hierro era el ingrediente principal de otro material capital, el acero. Aquí late el interrogante que dominó este capítulo de su vida. El rey indiscutible del acero era Andrew Carnegy, aquel hombre que culpaba a Rockefeller de la caída de su antiguo mentor. Cuando supo que John se había hecho con la mayor reserva de hierro del continente, temió lo peor.
Pensó que el magnate del petróleo planeaba invadir su territorio y no se equivocaba. John ordenó iniciar la explotación de la cordillera de Mesabi y vendió su mineral de altísima calidad a los rivales de Carnegi a precios irrisorios. Corrió además el rumor de que pensaba construir una colosal acería propia. La pregunta flotaba sobre la industria entera.
Nadie sabía si aquellos dos titanes, el rey del petróleo y el rey del acero, acabarían enzados en una guerra capaz de destruirlos a ambos. Carnegi afrontaba aquella amenaza desde una posición delicada. Llevaba décadas de ventaja en el acero, cierto, pero arrastraba dos graves debilidades. La primera, que el hierro de John era más abundante y de mejor calidad que el suyo.
La segunda, que Carnegi había cometido el error de suponer que el hierro sería siempre barato y fácil de conseguir, por lo que apenas había invertido en minas durante los últimos años. Su confianza ciega se había revelado equivocada y la reserva del mineral más importante que necesitaba empezaba a escasear. Acorralado, hizo lo único sensato.
Buscó un acuerdo con su enemigo. La negociación terminó en un pacto que beneficiaba a ambos. Carnegi se comprometió a comprar cada año una enorme cantidad de mineral de la mina de John y a transportarlo junto con el de su propia mina exclusivamente por los tarrocarriles que Rockefeller controlaba. A cambio recibiría una rebaja secreta por alimentar aquellas líneas con tanto tráfico.
Era exactamente el mismo tipo de trato confidencial que John había sellado tantas veces con los terrocarriles para su petróleo, solo que ahora era él quien concedía el descuento. Para cerrar el acuerdo, Carnegy prometió no comprar jamás tierras alrededor de Mesabi y John prometió no construir nunca una acería.
Los dos antiguos rivales decidieron pasar por alto sus diferencias si con ello ganaban ambos una fortuna y de paso perjudicaban a sus competidores. La alianza de los dos titanes provocó una fiebre en Wall Street. Los inversores son con enriquecerse, apostando por las minas de hierro de uno y las acerías del otro, ahora que trabajaban juntos en lugar de combatirse.
Pero hubo un hombre con más imaginación que el resto. Jp. Morgan comprendió que si lograba unir la inversión de Rockefeller con el negocio de Carnegy bajo un solo nombre, podía crear un monopolio del acero más rentable que la propia empresa de Carnegui y aún mayor que Standar Oil. lo bautizó como US Steel y aspiraba a convertirlo en la compañía más valiosa de la historia.
Morgan acudió a John para preguntarle cuánto pedía por las minas de Mesabi y John, con la astucia de siempre le respondió que hablara con su hijo de 27 años. Así se llega de nuevo a aquel despacho de Wall Street, a la escena con que se abrió este relato. El joven Junior, lejos de amilenarse ante el banquero más temido del país, le obligó a poner él mismo el precio y se alzó con el control de la negociación.
Tras meritarlo, Morgan hizo su oferta. A cambio de la propiedad total de las minas de Mesabi y de su explotación, entregó una cifra colosal en acciones de US Steel, una suma que equivaldría a miles de millones en el dinero de hoy. Más tarde compró un negocio entero de Carnegi y lo integró en la nueva compañía, que se convirtió en la primera corporación de la historia valorada en mil millones de dólares.
John poseía una parte enorme de aquel coloso y sus acciones no tardaron en multiplicar su valor. El interrogante quedó resuelto del modo más inesperado. El rey del petróleo y el rey del acero no se destruyeron mutuamente. Comprendieron que la cooperación los hacía ambos más ricos que la guerra y unieron sus imperios para repartirse un mundo que ya casi les pertenecía por entero.
En un pueblo de las colinas petrolíferas de Pennsylvania, una mujer se sentó a escribir. No empuñaba ninguna de las armas que John de Rockefeller conocía y temía. No poseía ferrocarriles ni oleoductos. ni reservas de capital, ni acuerdos secretos, solo tenía una pluma, una memoria herida y una paciencia tan tenaz como la del propio magnate.
Se llamaba Aida Tarvel y su infancia había quedado marcada por la sombra de Standar Oil. Su padre había sido uno de aquellos pequeños refinadores arruinados por las despiadadas tácticas comerciales de Rockefeller años atrás. El socio de su padre, hundido por la pérdida de su fortuna, había acabado quitándose la vida.
Aquella mujer no había olvidado nada y ahora convertida en periodista, se disponía a contar al mundo la historia del hombre y de la empresa que habían destrozado su hogar. Para comprender la fuerza de aquel desafío, conviene recordar quién era John por aquel entonces. Era el hombre más rico y poderoso del país, dueño de un imperio que dominaba cerca del 90% de la refinación de petróleo.
Se había rodeado siempre de un muro de silencio impenetrable. Detestaba la prensa, evitaba la atención pública y mantenía sus operaciones envueltas en el mayor secretismo. Solía decir que ningún general anuncia con una banda de música el día y la hora en que atacará al enemigo. Aquel hermentismo le había servido durante décadas para construir su fortuna lejos de las miradas indiscretas.
Parecía un adversario inexpugnable, blindado por su dinero, su discreción y su poder. La incógnita que recorre este capítulo es de una sencillez estremecedora. Resultaba difícil creer que unas simples palabras escritas por una mujer sin más poder que su talento, pudieran herir a un hombre más rico y más fuerte que muchos gobiernos.
A primera vista, parecía imposible. Y, sin embargo, Aida Tarbell logró algo que ningún competidor había conseguido jamás. atravesó el muro de silencio de Rockefeller. A lo largo de numerosas entregas mensuales, publicó una historia minuciosa y demoledora de Standar Oil. Sacó a la luz los acuerdos secretos con los ferrocarriles, las tácticas de intimidación, los políticos comprados.
Todo quedó al descubierto con John como protagonista de un relato que el público devoró con avidez. La serie llegó incluso a airear el pasado del padre del magnate, sus estafas, la antigua acusación que pesó sobre él y aquel segundo matrimonio secreto, lo que supuso un golpe emocional muy doloroso para John y para los suyos.
En su interior, John reaccionó como había reaccionado siempre ante los ataques, con un silencio absoluto. No respondió ni una sola vez a nada de lo que Tarbel escribió. Aquella era su estrategia de toda la vida, la misma que de niño lo había mantenido al margen de la multitud. Pero esta vez el silencio se volvió contra él.
La falta de respuesta enfureció todavía más a la opinión pública que interpretó su mutismo como arrogancia o como confesión de culpa. En pocos años, el hombre más discreto y misterioso de la élite del país se transformó en la encarnación nacional de la codicia y la corrupción. Conviene señalar en honor a la verdad que muchas de las prácticas que se le reprochaban, como las rebajas ferroviarias, habían sido habituales en su época y empleadas por numerosos empresarios, pero ninguno las había llevado tan lejos, ni había acumulado tanto poder, y
por eso fue él quien concentró toda la ira de una nación. Aquel cambio en el sentimiento popular no pasó inadvertido para los poderosos. El presidente del país, Theodor Roosevelt, advirtió cómo el desagrado hacia Rockefeller se transformaba en odio apasionado y comprendió que Standar Oil era el enemigo perfecto sobre el que cimentar su prestigio.
Roosevelt había hecho de la lucha contra los grandes monopolios la bandera de su carrera política. prometió derribarlos y cuando ganó la reelección llegó el momento de cumplir aquella promesa. El gobierno lanzó una investigación a fondo contra Standar Oil y las leyes antimonopolio que durante años los políticos habían ignorado se emplearon al fin con toda su fuerza.
El Estado anunció que perseguiría a la empresa con todo el peso de la justicia. Las acusaciones fueron abrumadoras. Estándar Oil fue procesada por monopolizar la industria del petróleo, por fijar precios depredadores, por negociar rebajas ferroviarias, por espionaje empresarial y por la propiedad secreta de sus competidores.
Además de afrontar 21 pleitos en distintos estados, el gobierno federal le abrió la mayor demanda de la historia hasta entonces. Hubo más de 1000 pruebas documentales, cientos de testigos y miles de páginas de documentos que demostraban que estándar oil era, en efecto un monopolio. El proceso fue tan vasto que se prolongó durante años.
La prueba definitiva llegó al examinar dos beneficios de la compañía, pues su dominio del mercado le permitía encarecer el queroseno y obtener ganancias desorbitadas. Quedó demostrado también que había sobornado de forma sistemática a numerosos políticos y quebrantado a sabiendas varias leyes antimonopolio. El 15 de mayo de 1911, tras ser declarada culpable, el gobierno federal ordenó la disolución de Standar Oil y la reorganización de sus filiales en empresas separadas e independientes.
Después de 41 años, el imperio que John había levantado quedaba despedazado. Sus enemigos lo celebraron como una gran victoria, convencidos de que aquello suponía la ruina del magnate. Pero ocurrió lo más inesperado de todo. La disolución de Standar Oil resultó ser el acontecimiento más rentable de toda su carrera.
La explicación es tan sencilla como irónica. La industria estaba cambiando de prisa. Surgían refinadores independientes en los nuevos yacimientos. asomaban competidores internacionales y la gasolina acababa de superar al queroseno en ventas, de modo que el sector entero se reorientaba. Como John seguía poseyendo cerca de una cuarta parte de Standar Oil, cuando la empresa se dividió en 34 compañías distintas, recibió su porción de acciones en todas ellas.
Y cuando esas nuevas compañías salieron a cotizar libremente, los inversores casi triplicaron el valor de sus títulos, de modo que John se hizo todavía más rico. Hacia el final de aquel mismo año, el hombre al que el país creía haber derrotado estaba a punto de convertirse en el primer mil millonario del mundo. El interrogante quedaba así resuelto.
Las palabras de una mujer no habían podido arrebatarle su fortuna, pero habían logrado algo que ni los gobiernos ni los tribunales consiguieron del todo. Le habían arrebatado su buen nombre y lo habían condenado ante los ojos del mundo a ser recordado para siempre como el rostro mismo del poder sin freno. En un campo de golf de Florida, un anciano enjuto y completamente calvo, sin una sola ceja en el rostro, observaba con ojos serenos a su compañero de juego.
Aquel compañero, un magnate de la industria del neumático, acababa de ejecutar un golpe magnífico. El anciano, con gesto ceremonioso, urgó en su bolsillo, sacó una moneda de 10 centavos y se la entregó como recompensa ante el desconcierto algo avergonzado de su acaudalo, invitado. Era una de las estampas favoritas de los últimos años de John de Rockefeller.
repartía monedas de 10 centavos a los adultos y de cinco a los niños allá donde iba, con un entusiasmo casi infantil. Resultaba difícil reconocer en aquel viejo bonachón que jugaba al golf cada mañana y regalaba calderilla al titán implacable que había estrangulado industrias enteras y desafiado a presidentes.
Aquella transformación de su imagen tenía raíces ondas. La enfermedad había dejado su huella en el cuerpo del magnate. En la década de 1890, durante un periodo de gran tensión y exceso de trabajo, John había desarrollado una dolencia que le hizo perder todo el cabello del cuerpo, incluidos el bigote y las cejas. A partir de entonces llevó pelucas y para los estadounidenses de las generaciones siguientes, su rostro quedó grabado como el de un hombre marchito y envejecido.
Pero curiosamente, al aligerar su carga de trabajo, sus demás dolencias remitieron y John afrontó la vejez con una serenidad y una alegría que pocos habrían esperado de él. Tras retirarse de los negocios, John dedicó el resto de su vida a una empresa muy distinta de la que lo había hecho famoso, la filantropía.
Aunque superaba ya los 70 años, su inquebrantable sentido del deber lo hizo entregarse a la caridad con la misma energía que antaño dedicaba a conquistar mercados. Solía decir de sí mismo que era un soldado de Dios, enviado a la tierra y dotado de dinero para el bien de la humanidad.
Y conviene recordar que aquella vocación no era nueva. Desde su primer sueldo de muchacho, John había entregado al menos la décima parte de cuanto ganaba a obras benéficas, fiel a la enseñanza de su madre. Ahora disponía de una fortuna inconmensurable con la que dar forma a ese impulso. Aquí reside el gran interrogante que ha perseguido su memoria hasta nuestros días.
¿Quién fue en realidad aquel hombre? ¿Un benefactor de la humanidad o un depredador sin escrúpulos? ¿El destructor de competidores que aparece en las páginas de Aida Tarvel o el anciano generoso que repartía monedas y financiaba hospitales? Para responder a esa pregunta, hay que contemplar la magnitud de su obra caritativa.
Deseoso de convertir su filantropía en una maquinaria duradera, John creó en 1913 la Fundación Rockefeller con el propósito declarado de promover el bienestar de la humanidad en todo el mundo. A lo largo de su vida llegó a donar más de 500 millones de dólares, una cifra colosal para su tiempo. Su generosidad se volcó sobre todo en dos terrenos, la medicina y la educación.
Sus donaciones a laboratorios y centros de investigación médica impulsaron una era de avances científicos que salvaron a centenares de miles de personas de enfermedades como la anquilostomiasis, la malaria o la meningitis. Hizo posible la fundación de la Universidad de Chicago a la que entregó decenas de millones de dólares a lo largo de los años y creó un célebre instituto de investigación médica que con el tiempo se convertiría en una universidad de prestigio mundial.
Su dinero ayudó a levantar escuelas por todo el país y contribuyó a sacar de la pobreza extrema a regiones enteras del sur. Más de un siglo después de su nacimiento, la fundación que lleva su nombre sigue repartiendo ayudas, lo que sitúa a John entre los mayores filántropos de la historia. Conviene anotar que existen también lecturas críticas de esta faceta, pues hubo quien vio en sus donaciones, sobre todo las más públicas, un modo de lavar una reputación manchada.
Pero lo cierto es que John siguió donando enormes sumas de manera anónima, sin buscar reconocimiento alguno. En lo personal, aquellos últimos años tuvieron luces y sombras. John había compartido toda su vida con su esposa, una mujer de la misma devoción y la misma sobriedad que él, cuyo juicio valoraba por encima del suyo propio.
Llegó a afirmar que sin sus sabios consejos habría sido un hombre pobre. Ella falleció en 1915, dejándolo viudo tras décadas de matrimonio. A pesar de su inmensa fortuna, los Rockefeller habían rehuído siempre el lujo ostentoso, prefiriendo una vida familiar y discreta. John pasaba sus días jugando al golf, escuchando música, paseando en automóvil y conversando con sus seres queridos en la galería soleada de su casa de Florida.
Tenía una ambición secreta y entrañable. Quería vivir 100 años. no llegó a cumplirla por muy poco. El 23 de mayo de 1937, en su residencia de Ormont Beach en Florida, John Davidon Rockefeller murió mientras dormía a la edad de 97 años, a falta de unas pocas semanas para su cumpleaños número 98. Su vida había abarcado un tramo asombroso de la historia, desde una infancia de pobreza rural hasta la era del automóvil y de la electricidad.
En las oficinas y refinerías que un día habían formado parte de Standar Oil, el trabajo se detuvo durante 5 minutos en su memoria. Fue enterrado en Cleveland, no lejos del lugar donde, siendo muchacho sin futuro, había contemplado por primera vez las barcas cargadas de mercancías. El interrogante sobre quién fue realmente aquel hombre no admite una respuesta sencilla y quizá ahí resida su fascinación.
Su legado tiene sin duda, dos caras inseparables. Como escribió uno de sus biógrafos. Lo que lo vuelve tan problemático es que su lado bueno fue exactamente tan bueno como malo fue su lado malo. Hubo en él un hombre caritativo y leal, profundamente devoto, capaz de transformar el mundo para mejor. Y hubo también un hombre implacable, secreto y despiadado en los negocios.
Ambos eran verdaderos y ambos vivían en la misma persona. Tal vez por eso, cuando John murió, su hijo, que llevaba su mismo nombre, pronunció una frase que resume mejor que ninguna otra el enigma de aquel personaje irrepetible. Dijo sencillamente que solo hubo un John de Rockefeller. Y con esto llegamos al final de este viaje por la vida del rey del petróleo.
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