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John D. Rockefeller — El niño pobre que se convirtió en el hombre más rico de la historia

John D. Rockefeller — El niño pobre que se convirtió en el hombre más rico de la historia

fue el primer ser humano de la historia en reunir 1,000 millones dólares. En su apogeo, una sola de sus compañías refinaba casi el 90% del petróleo del país y su fortuna personal llegó a pesar tanto como una porción entera de la economía nacional. levantó aquel imperio aplastando a sus rivales uno tras otro, pactando en secreto con los terrocarriles y comprando voluntades en los despachos del poder.

Las caricaturas de su tiempo lo dibujaban como un pulpo descomunal, cuyos tentáculos estrangulaban fábricas, parlamentos y hogares enteros. ¿Cómo pudo un niño hambriento, hijo de un estafador errante, levantar la maquinaria de riqueza más temida de su época? Os saluda Adrián Montero y esto es Historias de creadores. Hoy os traigo la vida de John Davidon Rockefeller, el rey del petróleo.

Pero antes del titán hubo un niño que pasaba frío. Para comprender al hombre más rico de la historia, hay que volver primero a la miseria de la que salió. Era más de medianoche cuando el repiqueteo de unos cascos quebró el silencio del campo. Por el camino embarrado avanzaba un carruaje elegante, tirado por caballos lustrosos, del todo impropio de aquel rincón perdido del estado de Nueva York.

Se detuvo ante una casa pequeña y destartalada, de tablas conas y ventanas mal ajustadas, donde varios niños dormían apretados unos contra otros para combatir el frío. Llevaban semanas sin ver a su padre. Semanas también, alimentándose apenas de lo que la tierra y la caridad de los vecinos les permitían. La puerta se abrió y entró un hombre alto y robusto, de barba cuidada y mirada risueña.

Traía los brazos cargados de juguetes, telas finas y dulces y los bolsillos repletos de monedas. Despertó a los pequeños entre risas, los colmó de regalos y por una sola noche la miseria pareció desvanecerse de aquella casa humilde. El hombre contaba historias, hacía juegos de manos, imitaba con la voz a toda clase de animales.

Para sus hijos era un personaje deslumbrante, casi mágico, un ser de otro mundo. Y al amanecer, sin apenas despedirse, volvió a subir al carruaje y desapareció camino adelante. Tal vez por semanas, tal vez por meses enteros. En aquel contraste vivía un enigma que marcaría una infancia entera. Nadie en la casa comprendía de dónde salía el dinero de un padre, cuya familia pasaba hambre y frío noche tras noche.

Aquel hombre que aparecía y se esfumaba, que un día vestía con arapos a los suyos y otro los cubría de lujo, escondía un secreto. Y ese secreto no solo explica al hombre, explica también en buena medida al niño que un día llegaría a ser el dueño del petróleo del mundo. Corría el año 1839 y los Estados Unidos eran una nación tan valeante. El pánico financiero de dos años antes aún dejaba sentir sus estragos.

Familias arruinadas, granjas perdidas, hombres que marchaban hacia el oeste por caminos de barro en busca de una segunda oportunidad. Aquella región del norte del estado de Nueva York era además tierra de fervores religiosos, sacudida una y otra vez por predicadores ambulantes y por oleadas de despertar espiritual. En ese país inseguro y devoto, el 8 de julio nació un niño al que pusieron por nombre John Davidon Rockefeller.

Fue el segundo de seis hermanos y el mayor de los varones de una familia de labradores sin un dólar que le sobrara. Su padre se llamaba William Aver y Rockefeller, aunque la comarca todos o conocían por un apodo más elocuente. El Bill. Era un hombre de inagotable energía y mil oficios sin oficio. Cazador, atleta, hipnotizador, ventrílocuo, domador de animales.

Cuentan que en cierta ocasión ganó un oso en una puesta, se lo quedó como mascota y le enseñó a hacer trucos. Bill hacía un poco de todo y, en el fondo, casi nada de provecho. Despreciaba el trabajo lento y paciente de la granja. Prefería esfumarse mitad de la noche, dejando a los suyos valerse por sí mismos durante semanas. para reaparecer luego como un relámpago en aquel carruaje reluciente y cargado de regalos.

Frente a la veleidad del padre se alzaba la firmeza de la madre. Elisa Davidon era una bautista devota de carácter severo y piedad inquebrantable. Mientras su marido vagaba por los caminos, ella sostenía sola la casa entera con una disciplina de hierro. enseñó a sus hijos a contar cada centavo, a no desperdiciar nada y a apartar siempre, antes que cualquier otro gasto, la décima parte de lo ganado para Dios y para los necesitados.

Tenía una sentencia que repetía como un rezo. El despilfarro voluntario trae la miseria segura. En aquella mujer austera aprendió John tres cosas que no abandonaría jamás: trabajar, ahorrar y dar. El niño se parecía a la madre mucho más que al padre. Era serio, callado, observador, casi monacal en su gravedad.

Mientras los demás chiquillos jugaban, él calculaba. Desde muy pequeño buscó maneras de ganar algo de dinero para ayudar a una familia siempre al borde de la necesidad. Una vez siguió a una pava salvaje hasta la espesura del bosque, encontró su nido, se llevó los huevos y crió con paciencia los polluelos. Cuando crecieron, vendió unos cuantos con buena ganancia y conservó el resto para que pusieran más huevos y poder repetir la operación.

Tenía menos de 12 años y ya razonaba como un comerciante curtido. Su vida transcurría entre la escuela y el campo, harando la tierra junto a su madre y llevando, casi sin darse cuenta, las cuentas menudas del hogar. Aquel reparto de tareas, pesado para un crío, le enseñó algo más valioso que las letras, el sabor de la disciplina y el orgullo callado de sostener a los suyos.

Anotaba lo que entraba y lo que salía con una pulcritud impropia de su edad. Para él los números no eran una carga escolar, sino un relato fiel, la única forma honrada de saber en qué punto exacto se hallaba uno. Pero hubo un episodio que, según él mismo recordaría toda su vida, encendió de verdad la chispa.

Había logrado reunir unos $50, una pequeña fortuna para un muchacho de su condición. Su madre le aconsejó que no los guardara ociosos bajo el colchón. Así que John prestó aquel dinero a un labrador vecino a un interés del 7% pagadero al cabo de un año. Cuando 12 meses después el granjero le devolvió el préstamo con sus intereses, el muchacho contempló aquellas monedas de más con una mezcla de asombro y revelación.

Mucho después lo expresaría así. Comprendí entonces que era mejor poner el dinero a mi servicio que convertirme yo en esclavo del dinero. Aquella idea sencilla sería el cimiento de cuanto vino después. Y sin embargo, sobre aquella infancia laboriosa seguía planeando la sombra del padre ausente. Los regresos triunfales de Bill, su prosperidad inexplicable y sus desapariciones repentinas formaban un misterio que la familia prefería no mirar de frente.

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