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JESÚS GALLARDO: El NIÑO que solo QUERIA JUGAR en el TRI

JESÚS GALLARDO: El NIÑO que solo QUERIA JUGAR en el TRI

Jesús Gallardo está jugando su tercer mundial con el tri en casa. Titular indiscutido, es uno de los hombres más confiables que tiene el fondo del combinado nacional. Pero pocos saben que ese muro por la banda carga con una historia de niñez durísima. Desde los 8 años supo que si quería ser futbolista debía ganárselo el mismo.

 Salía de la escuela e iba a vender tortas para poder cubrir los gastos de su casa y los del club. Esta no es la historia de un futbolista cualquiera. Es la historia de un niño que se prometió a sí mismo cumplir su sueño de representar a la selección mexicana antes siquiera de debutar en primera división. Te aseguramos que lo que estás por conocer te dejará impactado.

 Para entender lo que la selección significa para él, hay que volver al niño que dibujaba el trofeo del mundial. Toda su vida, cada sacrificio, cada torta vendida, cada lágrima en aquella habitación solitaria de la capital apuntaba hacia un único lugar. Vestir la camiseta de México en una copa del mundo no era un objetivo más en su carrera, era el sentido mismo de su carrera desde su infancia.

 Y esa infancia empezó en la heroica Cárdenas. Tabasco no es lugar donde se fabriquen estrellas del fútbol. Es tierra de humedad implacable, de canchas de tierra y de familias que sobreviven con lo justo. Ahí creció un chico al que en casa apodaban Chucho en una vivienda humilde donde el espacio era un lujo y siete personas compartían una sola habitación.

 Desde muy pequeño entendió una verdad dura. Si quería seguir jugando, tenía que pagarlo el mismo. Por eso, al salir de clases, vendía tortas para reunir el dinero de los traslados, de los tachones, de los uniformes, de las inscripciones a los torneos. Mientras otros niños jugaban por diversión, él competía como quien pelea por escapar de un destino marcado.

 Cada peso ganado en la calle era un boleto más hacia la cancha. El sueño tenía una fecha exacta de nacimiento, el Mundial de 2002. Frente al televisor, un Ronaldo Nazario imparable lo hechizó por completo. Lo admiró tanto que llegó a copiarle aquel corte de cabello que se volvió leyenda. Pero más allá de la moda, ese verano encendió dentro de él una obsesión que ya no lo soltaría, la de disputar [carraspeo] algún día una copa del mundo.

 Tan grande era el deseo que dibujaba el trofeo dorado, imaginando que algún día podría levantarlo. Y cuando le repetían que de su tierra nunca había salido nadie, respondía con una frase que ya delataba su carácter. Yo puedo ser el primero. En aquellos años no era el lateral disciplinado que México conocería después.

 Era pura pólvora ofensiva, jugaba de delantero, de extremo, de volante. Y lo que lo distinguía eran los goles, la velocidad y un atrevimiento difícil de enseñar. Esa chispa lo llevó a recorrer cualquier distancia con tal de probarse. Y en 2011, con apenas 17 años, se enroló en los Jaguares de la 48 un modesto equipo de tercera división en Reforma, Chiapas.

 Nada glamoroso, apenas un escalón polvoso más. Pero en uno de esos partidos a los que casi nadie presta atención, el azar se cruzó con su talento. En las gradas había un hombre cuyo oficio era ver lo que otros no ven, un visor llamado Patricio Baesa. Le bastó un encuentro para clavar la mirada en el muchacho tabasqueño.

 Le gustó su fuerza, su velocidad, su descaro y le abrió una puerta que parecía imposible, hacer pruebas con Pumas, uno de los clubes más grandes del país. La capital no lo recibió con abrazos. Llegó a las fuerzas básicas con 18 años y el pecho lleno de miedo. Por fuera mostraba seguridad, pero por dentro lo carcomía la nostalgia.

 En 2014, bajo el mando de Guillermo Vázquez, llegó el momento con el que había soñado desde niño, el debut con el primer equipo de Pumas. Lo hizo de la forma más cinematográfica posible, marcando un gol en la Copa MX, precisamente frente al Toluca, ese club con el que el destino volvería a cruzarlo muchos años después. A partir de ahí, se ganó la titularidad.

 dejó números que pesaban y empezó a sonar para algo que parecía impensable para un chico de Cárdenas, la selección nacional. Pero lo que ocurrió [música] después cambiaría su carrera para siempre. En octubre de 2016, una lesión ajena le abrió de golpe las puertas del tri y un técnico colombiano de ideas peculiares tomó una decisión que muchos consideraron una herejía.

 Juan Carlos Osorio miró a aquel extremo veloz y vio algo que nadie más veía, un lateral izquierdo moderno. Lo convirtió casi a la fuerza de atacante a defensor. Para los críticos era un sacrilegio sacrificar a un futbolista con gol para mandarlo a apagar incendios atrás. Pero Osorio tenía un argumento que repetía sin titubear.

 por potencia, por velocidad y sobre todo por su juego aéreo, lo consideraba el mejor del fútbol mexicano en esa faceta y lo lanzó al campo en su primer partido con México como titular en la defensa y en ese momento finalmente cumplió el sueño de su vida. En la Copa Oro de 2017 hizo algo que ningún tabasqueño había logrado antes, vestir la camiseta de la selección mexicana mayor en un torneo oficial avalado por la FIFA.

 Aquella promesa de niño, la de ser el primero, dejaba de ser una brabata para convertirse en un hecho histórico que llenó de orgullo a todo un estado. Y entonces llegó la consagración en el escenario más grande del planeta. Antes de Rusia 2018 abundaban las voces que dudaban que un lateral relativamente nuevo aguantara frente a selecciones de élite.

 Sin embargo, nadie imaginaba lo que estaba por ocurrir. Fue titular en absolutamente todos los partidos de México en aquel mundial. Se midió a Alemania. a Corea del Sur, a Suecia y a Brasil sin esconderse y se convirtió en uno de los héroes silenciosos de aquella victoria histórica sobre los entonces campeones del mundo, esa tarde en la que un país entero saltó de alegría.

 El niño que vendía tortas ya era titular mundialista. Parecía el inicio de un cuento perfecto, pero el fútbol tenía preparada para él una caída que estuvo a punto de borrarlo todo. El inesperado declive. Durante un tiempo, todo parecía marchar arriba. volvió a ser titular indiscutible en otra Copa del Mundo, repitiendo los tres partidos de México en la fase de grupos y metiéndose en el selecto club de mexicanos que han sido inamovibles en dos mundiales consecutivos.

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