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HARFUCH CATEA Los Tres Potrillos… su HERMANO sabía dónde encontrarlo

HARFUCH CATEA Los Tres Potrillos… su HERMANO sabía dónde encontrarlo

El hijo de Vicente Fernández sospecha que su propio hermano lo entregó a los secuestradores. Le cortaron dos dedos. Lo tuvieron encadenado 121 días. Y hoy ese hermano controla toda la herencia del charro de Henitán. 70 millones de discos vendidos, una fortuna declarada de 25 millones de dólares.

Alguien se quedó con la diferencia. Y dentro de ese rancho en Jalisco, Harfuch acaba de encontrar un cuaderno de contabilidad con las iniciales del hijo que nadie conoce. Son las 4:12 de la madrugada del jueves, carretera Guadalajara, Chapala, kilómetro 20.3, Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco. Tres camionetas negras sin placas frenan en la caseta de entrada del rancho los tres potrillos.

El motor de la primera todavía vibra cuando la puerta se abre. Harfuch baja primero. Botas negras sobre grava húmeda. Detrás de él nueve elementos de la unidad forense con guantes de nitrilo y lámparas tácticas. un perito financiero, una contadora con credencial del SAT y un especialista en análisis documental. La puerta principal de la hacienda huele a madera vieja y a cuero de silla de montar.

Harfuch la empuja con la palma abierta. Lo primero que ve son los discos de oro y platino colgados en la pared del recibidor. Docenas brillan con la luz de las lámparas. como monedas en el fondo de una fuente y al fondo del pasillo una puerta cerrada con llave que da a la oficina administrativa. Nadie en esa casa sabe que están ahí y cuando lo sepan, ya será tarde.

El detonante fue una denuncia anónima. Hab movimientos financieros vinculados a esa propiedad que no coinciden con ninguna declaración fiscal registrada en los últimos 25 años. Antes de seguir, una pregunta. ¿Cuánto dinero crees que había escondido dentro de ese rancho? déjamelo en los comentarios y después me dices si te quedaste corto.

Lo primero que encuentra el perito financiero no está en una caja fuerte, está en un archivero de madera detrás de la oficina administrativa del rancho. La oficina que usaba Gerardo Fernández Abarca, el hijo del medio, el que nunca cantó, El hijo invisible. Dentro del archivero hay seis carpetas con estados de cuenta bancarios que cubren los años 1997 a 2002.

Los números no cuadran. Hay depósitos mensuales que superan los ingresos declarados del rancho por un factor de cuatro y hay retiros masivos concentrados en un periodo muy específico de 4 meses, mayo, junio, julio y agosto de 1998. Los mismos 4 meses que Vicente Fernández Junior estuvo secuestrado, el perito levanta la vista, mira a Harfuch, no dice nada, no tiene que decirlo, los números hablan solos.

En ese periodo de 4 meses, las cuentas vinculadas al rancho movieron más de 5 millones de dólares. El rescate oficial que se pagó fue de 3,800,000. ¿Dónde fue el 1200,000 que sobró? Esa cifra equivale a 13 caballos pura sangre o a la construcción completa de una arena para 11,000 personas. Pero eso no era lo más perturbador. En la segunda carpeta, debajo de los estados de cuenta, el especialista en documentos encuentra un cuaderno de pasta negra.

Tamaño media carta. Gastado en los bordes. En la esquina inferior derecha, grabadas con golpe seco, tres iniciales. GFA, Gerardo Fernández Abarca. Lo abre con pinzas. En la primera página, una lista de nombres escritos a mano con tinta azul. Junto a cada nombre, una cifra en dólares y una fecha.

Algunos nombres están tachados con una línea roja, otros tienen una palomita y al margen de la página 3, en letra más pequeña, casi como si no quisiera que nadie lo leyera, aparece un apodo. Un apodo que Harfuch reconoce de inmediato. Un apodo que pertenece a un hombre que fue abatido por el ejército mexicano en julio de 2010 en Zapopan, a 7 km de donde están parados en este momento.

Hoy vas a saber cuatro cosas que nunca te contaron sobre Vicente Fernández. Primero, a cuánto dinero pasó realmente por este rancho y por qué la cifra oficial de 25 millones de dólares es una fracción de lo que había. Segundo, y esto es lo que más te va a doler, ¿qué relación tenía Gerardo Fernández con un líder del cártel de Sinaloa que vivía a unos kilómetros de esta propiedad? Tercero, ¿qué pasó realmente durante esos 121 días? ¿Quién sabía dónde estaba? ¿Y por qué tardaron 4 meses en sacarlo si el dinero estaba desde el día

uno? Y cuarto, esto no te lo esperas. ¿Qué firmaron en el hospital de Guadalajara el día antes de que Vicente Fernández muriera? Te voy a avisar cuando llegue cada una. Vicente Fernández dijo una vez en una entrevista, yo ya les di todo en vida. Suena a generosidad. Hoy vas a entender que era miedo. El 11 de septiembre de 1998.

Un hombre llegó caminando al rancho los tres potrillos. Pesaba 20 kg menos que cuando se lo llevaron. Le faltaban dos dedos de la mano izquierda, el anular y el meñique. Tenía la barba de 4 meses y los ojos hundidos de alguien que pasó 121 días encadenado en la oscuridad. Los trabajadores del rancho no lo reconocieron.

Uno de ellos pensó que era un indigente y fue a buscar a los guardias. El hombre se detuvo frente a la entrada de la caballeriza principal y dijo su nombre. Era Vicente Fernández Junior. Tenía 34 años y acababa de sobrevivir al episodio más brutal en la historia de las familias del espectáculo mexicano. Esa imagen te la dejo ahí a un hombre de 34 años que salió de su casa una tarde de mayo y volvió 4 meses después convertido en alguien que su propia familia no reconocía, con dos dedos menos y una sospecha que

lleva cargando más de 20 años. Porque para entender cómo llegó a ese punto, hay que volver al principio. Al niño que vendía Agabe en Buen Titán. al hombre que construyó un imperio con la voz y lo perdió todo sin darse cuenta. Vicente Fernández Gómez nació el 17 de febrero de 1940 en Henitán, el Alto, Guadalajara.

Su padre, Ramón Fernández era ranchero, adicto al tequila y golpeaba a su hijo con brutalidad. Hay una diferencia entre crecer pobre y crecer golpeado. Vicente creció las dos cosas. De niño vendía lechuguillas de agudar a mantener a la familia. A los 14 ganó un concurso de aficionados en Guadalajara. A los 16 ya cantaba en bodas y fiestas por unas monedas.

A los 24 trabajaba en un cabaret que se llamaba El Sarape, donde le pagaban un sueldo miserable por cantar toda la noche. No era una estrella, era un hombre con hambre que cantaba para comer, que lustraba botas de día y cantaba de noche, que cuando le preguntaban de dónde sacaba la fuerza para seguir, contestaba que del estómago vacío, porque el hambre no se olvida.

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