HARFUCH CATEA la Casa de JAVIER SOLÍS en Las Águilas… Y Encuentra la PARED FALSA del Estudio
Lo mataron despacio. Javier Solís, 34 años, una cirugía de vesícula que no tenía que durar ni una hora, 3 horas dentro de aquel quirófano. 4 días de agonía en su propia recámara. El rey del bolero ranchero. Y el expediente médico completo desapareció 6 meses después por orden de alguien que no era de la familia.
Le abrieron tres veces en un solo día. Tres veces. 19 de abril de 1966. Las Águilas, Ciudad de México. La voz más cotizada del país, se apagó esa madrugada y dos compañías discográficas se peleaban su catálogo antes de que el cuerpo terminara de enfriarse. Antonio Aguilar lloró sobre su féretro. Vicente Fernández, que apenas empezaba en el medio, guardó silencio una semana entera.
Su esposa, Blanca Estela Saó con dos niños chicos, con una casa enorme, con un cuadro al óleo en la sala y con una pregunta que la persiguió hasta el final de sus días. ¿Por qué le abrieron tres veces? ¿Por qué un hombre joven y fuerte de 34 años no aguantó una operación que era de manual? Si esto sale mal”, le dijo él a un amigo músico tres días antes de internarse, “que sepa Blanca que no era necesario.
” A las 4:10 de la madrugada del miércoles, una camioneta blindada negra se detiene frente a una casa de dos plantas en la calle Sierra a Vertientes, en la colonia Las Águilas. al poniente de la ciudad de México. Hace 12 grados. El viento que baja del cerro empuja contra las ventanas como si la casa todavía respirara.
Hay una neblina baja, gris, que se enreda en las bugambilias secas que cubren la barda de piedra. La casa lleva cerrada desde 2015. 11 años de polvo, 11 años de cortinas corridas, 11 años en que nadie subió las escaleras del segundo piso, excepto una mujer mayor una vez al mes para regar las macetas del patio interior y volver a cerrar.
Omar García Harfuch baja primero de la camioneta. Lo acompañan ocho personas, dos peritos forenses con sus maletas de aluminio brillante, una notaria con el folder de la orden judicial firmada 11 horas antes, tres uniformados del equipo táctico, una doctora especialista en medicina legal, vestida de civil, con un estetoscopio asomando del bolsillo de la chamarra azul marino y un hombre callado de saco oscuro con un maretín pequeño.
que no abre la boca durante toda la madrugada. Nadie pronuncia una sola palabra. La luz amarilla de un poste a media calle apenas alcanza la fachada. Harf seña con la cabeza y un cerrajero se adelanta a la puerta principal. La puerta es de madera labrada con escudos de mezquite tallados a mano. Tiene casi 3 m de alto.
La cerradura es antigua, alemana. de las que ya no se fabrican desde los años 50. El cerrajero la trabaja durante 6 minutos en silencio. Cuando cede, lo primero que sale por la rendija es solor. Antes que la luz, antes que la imagen, lo que entra por la nariz son 50 años de encierro, olor a encierro de medio siglo, a muebles viejos, a papel guardado en cajones cerrados, a flores secas que alguien puso en un florero hace una década y olvidó tirar.
A medicina vieja, a 30 años de quietud, apilada sobre quietud, Harfuch enciende la linterna. La luz blanca corre primero por el piso de mosaicos hexagonales, después sube por la escalera de madera oscura, después se detiene en el primer objeto que llama su atención. Una guitarra colgada de la pared del recibidor.
Una guadalupana modelo de 1962 con una cuerda rota colgando como un hilo de luto. Avanzan despacio. La sala tiene los muebles cubiertos por sábanas blancas que ya son grises. Una mesa de centro con una taza de café petrificada en el fondo, un periódico doblado sobre la taza, fechado 15 de julio de 2015. La fecha en que Blanca Estela Science salió de esa casa y nunca volvió a dormir adentro.
En la pared un cuadro grande al óleo del propio Javier Solís, vestido de charro con el sombrero en la mano izquierda y una sonrisa que no llega a los ojos. El cuadro tiene un dedo de polvo asentado en el marco superior. La doctora forense lo mira durante varios segundos antes de seguir caminando. La notaria abre el folder, anota la hora, anota la temperatura, anota el nombre completo de la propiedad inscrita en el registro público desde 1963.
Casa habitación, dos plantas, 846 m² de terreno. A nombre de Gabriel Siria Levario, alias Javier Solís, y de su esposa. Suben al segundo piso. Las escaleras crujen bajo las botas. En el descanso hay una vitrina con discos de oro. 12 discos. Una pared completa de la historia de la música mexicana en 12 piezas de metal dorado.
Los uniformados se detienen un instante porque uno de ellos, el más joven, reconoce el nombre escrito en el primero. Sombras, 22 millones de copias vendidas. El bolero más vendido en lengua española hasta esa fecha. Harf sigue caminando sin mirar la vitrina. tiene los ojos puestos en el final del pasillo, en una puerta que da al estudio donde Javier Solís grababa demos antes de ir a la disquera.
Una puerta que está cerrada con candado por fuera. Un candado que no parece de 1966, es de los años 80. Alguien lo puso después. El cerrajero abre el candado en menos de un minuto. La puerta da a un cuarto pequeño sin ventanas, con dos paredes cubiertas de madera oscura y una pared del fondo pintada de blanco hueso.
Hay un escritorio, hay una grabadora de carrete de los años 60 todavía con el carrete adentro. Hay un florero vacío con el cuero agrietado, hay un florero vacío con polvo gris en el fondo y hay algo más. En la pared blanca, a la altura del hombro derecho, una de las molduras de madera no encaja con la línea del resto, está como un dedo más adelantada.
Arfuch se acerca, pasa la palma sobre la moldura, la empuja, la pared se mueve. Es una pared falsa. Lo que hay detrás detiene a los tres peritos al mismo tiempo. Una cavidad rectangular de 30 cm de profundidad recubierta de cuero rojo gastado. Adentro, ordenado con cuidado de alguien que pensaba volver pronto, hay un fajo grueso de billetes de dólar.
Siete fajos. Cada fajo amarrado con una liga seca que se rompe al primer contacto. La doctora forense empieza a contar. $000 billetes de 100. Año de impresión 1964. Sin manchas, sin marcas, sin doblar. Como si alguien hubiera ido al banco, pedido el cambio en billetes nuevos y los hubiera guardado ahí 42 días antes de morir. Detente un segundo.
Piensa en lo que acabas de oír. $000 en 1964. En México equivalen a más de un millón y medio de pesos de hoy. Era el precio de tres casas medianas en la colonia del Valle. Era cuatro veces el sueldo anual de un médico de prestigio en la capital. Era 20 veces lo que ganaba un trabajador del campo en todo un año.
Javier Solís ganaba bien, eso lo sabemos. Pero Javier Solís no era un hombre de esconder dinero en paredes. Sus regalías llegaban por cheque vía a la disquera depositadas en una cuenta a nombre de su esposa. Lo que estaba en esa pared no llegó por cheque, llegó en mano, llegó en sobre y llegó para algo que no se podía declarar.
Pero aquí viene algo que nadie te ha contado nunca sobre esos billetes. Junto al efectivo, en la misma cavidad había un sobre de papel manila cerrado con cera de vela roja, sin remitente, sin destinatario, solo una palabra escrita a lápiz sobre la solapa, una palabra que la doctora forense le pasa a Harfux sin tocarla, la palabra dice expediente.
Y dentro del sobre, sin abrir todavía esta madrugada, alguien guardó la historia que iba a cambiar el significado de todo lo que viste en esta casa. Hoy vas a saber cuatro cosas que nunca te contaron sobre Javier Solís y te voy a avisar cuando llegue cada una. Primero vas a saber lo que dice el expediente médico original de su cirugía, el que la familia nunca vio, el que tres médicos firmaron dos días antes de que él entrara al quirófano.

Lo que ese papel dice contradice lo que firmó después el certificado de defunción. Segundo, vas a saber lo que decían las cartas entre las dos compañías discográficas que se peleaban su voz en febrero y marzo de 1966. Cinco cartas fechadas con una precisión que no era casual. Tercero, vas a saber lo que apuntó él mismo con su letra en una libreta de tapas verdes oscuras que guardó en un cajón del estudio, conversaciones que tuvo con personas del medio en las últimas seis semanas de su vida.
Cuarto, y esto es lo más duro de todo. Vas a saber lo que dijo Javier Solís tres días antes de la cirugía a un hombre que ya no puede confirmarlo ni desmentirlo. Una frase, una sola frase, está escrita de su puño y letra en la última página de esa libreta y explica, sin dejar lugar a duda, por qué el rey del bolero ranchero murió a los 34 años.
Pero antes de que escuches lo que dice esa libreta, necesitas entender quién era el hombre que la escribió, porque la historia de Javier Solís no empieza con un disco de oro, empieza con un niño abandonado en un cuarto de azotea en la colonia Tacubaya. 1 de septiembre de 1931. Nace Gabriel Siria Levario en una casa de vecindad detrás del mercado de Tacubaya.
Su madre, Juana Levario, tiene 22 años. El padre, un albañil que aparece y desaparece, los deja antes de que el niño cumpla dos años. Nunca vuelven a saber de él. Juana lo cría sola con la ayuda de una hermana mayor que vende quesadillas afuera del mercado. El cuarto donde dormían tenía dos por tr met, un colchón en el suelo, una palangana para lavarse la cara.
un brasero y un radio de bulvos que la abuela había heredado de un patrón muerto. Ese radio fue lo que cambió todo, porque a las 8 de la noche, cuando el cuarto de Tacubaya quedaba en silencio, Gabriel escuchaba a Pedro Infante cantar Amorcito Corazón y a Jorge Negrete cantar México lindo y querido.
Y aprendía, sin que nadie le enseñara, a imitar cada inflexión. Cada respiración entre versos, cada quiebre de voz en el final de una estrofa. Tenía 7 años y ya cantaba mejor que los muchachos del barrio que tenían 12. Una voz que tus abuelos canturreaban en la cocina los domingos al mediodía. Una voz que le ponía piel de gallina a tu mamá cuando la pasaban en el radio del taxi camino al mercado.
Una voz que tu papá ponía bajito los sábados por la noche después de la cena, mientras leía el periódico en el sillón. Esa misma voz tuvo en 1938 su primera escuela en un cuarto sin agua corriente detrás del mercado de Tacubaya. Un niño descalzo con los pies fríos sobre el cemento, repitiendo en voz baja mientras la mamá dormía, las estrofas de cuatro caminos, sin saber todavía que esa misma canción él la iba a grabar 21 años después con el mariachi Vargas en un estudio con piso de duela y micrófonos alemanes que costaban tres
veces lo que su madre ganaba en un año. A los 9 años, su madre lo manda a trabajar al mercado de la Mercedor, de ayudante de un carnicero llamado Don Eulogio, que le pagaba dos pesos diarios por cargar canales de res desde las 4 de la mañana. Gabriel se levantaba a las 3:30, caminaba 28 cuadras en la oscuridad, trabajaba hasta el mediodía y a la 1 estaba en la escuela primaria nocturna.
de la colonia Santa María la Ribera hasta las 8. Después caminaba de vuelta a Tacubaya. Llegaba a las 9:30, se dormía con el radio puesto. A los 14 don Eulogio le dejaba cortar carne. A los 15 le pagaba 6 pesos diarios. A los 16 Gabriel decidió que la carnicería no iba a ser su vida. Se anotó en un gimnasio de boxeo cerca del Parque España. Peleó como peso ligero.
Ocho combates a Mateur, cuatro victorias, tres derrotas. Un knockout a los 17 años que le rompió el tabique nasal y le dejó la cicatriz que después, cuando lo entrevistaban en televisión, él cubría con maquillaje. La voz no se le dañó nunca. La cara sí. Si alguna vez en tu vida tuviste que dejar algo que amabas porque la familia no podía permitirse que lo siguieras, ¿entiendes lo que sintió Gabriel cuando se quitó los guantes por última vez? Su madre estaba enferma.
Su abuela había muerto el año anterior. La hermana ya tenía sus propios hijos. Gabriel se quedó solo con Juana en el cuarto de Tacubaya y tomó la decisión de pedirle al cura de la parroquia que le firmara un papel para entrar a cantar en Serenatas. El cura le firmó dos y le dio 5 pesos. Empezó cantando en velorios, 20 pesos por noche.
A los 18 ya cantaba en restaurantes baratos del centro. A los 20 había formado un trío con dos muchachos del rumbo. Lo llamaban trío México, pero los tres juntos no llegaban a ganar lo que ganaba un mariachi mediano. Y aquí entra el primer dato que tienes que entender bien, porque marca toda la vida del que sería Javier Solís.
El trío México no cantaba canciones nuevas, cantaba imitaciones, imitaciones de Jorge Negrete, que había muerto en 1953. Imitaciones de Pedro Infante, que había muerto en 1957. Gabriel imitaba a los dos y los imitaba también que la gente en los restaurantes oscuros de la avenida San Juan de Letrán decía que parecía que los muertos cantaban otra vez.
Hay una hipótesis que jamás llegó a juicio, pero que circuló durante años entre los músicos viejos del Distrito Federal. La hipótesis decía que el productor que descubrió a Gabriel Siria, un hombre llamado Felipe Valdés Leal, no lo buscaba. Él buscaba un reemplazo. Negrete y infante habían muerto con 4 años de diferencia. Las disqueras tenían un hueco enorme en el repertorio ranchero.
Necesitaban una voz nueva que sonara tan parecido a los muertos que el público no se diera cuenta del cambio. Felipe Valdés Leal entró un viernes por la noche al restaurante Río Rosa. Escuchó a Gabriel cantar cuando el destino lo llamó a la mesa y le ofreció un contrato de 5 años. Gabriel firmó esa misma noche sin abogado, sin leer, sin que su madre supiera.
Tenía 26 años y acababa de poner su voz durante un lustro completo en manos de un hombre al que vio por primera vez 3 horas antes. Ellos lo negaron. Esa historia jamás se documentó. Le cambiaron el nombre. Gabriel Siria Levario no sonaba a estrella. Le pusieron Javier Solís, Solís por el sol. Javier porque sonaba como Vicente, como Antonio, como los charros que vendían discos.
Y le pidieron que dejara de imitar a los muertos, que cantara con su propia voz, pero que esa voz fuera exactamente el cruce perfecto entre la dulzura de Pedro Infante y la fuerza de Jorge Negrete. Le dieron un mes para encontrarla. La encontró en dos semanas, 1959. Graba, llorarás. Llorarás con el mariachi Vargas de Tecalitán.
El disco vende 100,000 copias en 3 meses. La cifra que ningún solista ranchero había alcanzado tan rápido en la historia. Gabriel Siria Levario. Ahora Javier Solís se compra una casa modesta en la colonia Roma. Saca a su madre del cuarto de Tacubaya, le pone un piano en la sala que ella nunca aprende a tocar y empieza a trabajar 18 horas diarias durante 6 años seguidos sin parar, sin vacaciones, sin un solo descanso.
Que durara más de 3 días. 1959. Tú eras una niña de quizá 12 años o una mujer joven recién casada. o una abuela cargando al primer nieto. Estabas en una sala con piso de mosaico amarillo, la radio puesta en exat, las cortinas verdes de gancho, el olor del café de olla con canela y de pronto una voz que no era negrete ni era infante, pero que tenía algo de los dos te detuvo con “Llorarás, llorarás.
” Te quedaste parada en medio de la sala sin moverte. Tú no lo sabías. Pero esa voz acababa de cambiar la industria. Tú no lo sabías. Pero esa voz no había nacido cantando rancheras. Esa voz había nacido cargando canales de res en el mercado de la merced. Esa voz se había construido a sí misma escuchando muertos por la radio de bulvos de una abuela.
En esos 6 años, entre 1959 y 1965, Javier Solís grabó 240 canciones, hizo 14 películas, recorrió 22 países en gira y llenó la Plaza de Toros México con 48000 personas en una sola noche. Pero lo que pesa más que la cifra es la velocidad. 6 años. Un hombre que había cargado canales de res a los 9 años, que había boxeado por 6 pesos diarios a los 16, que cantaba imitaciones en bares oscuros de la avenida San Juan de Letrán a los 26 y a los 30 ya tenía piano de cola en la sala, mansión en las águilas, dos hijos pequeños y un sastre alemán cosiéndole
los trajes de charro a medida. Se casó con Blanca Estela Saens, una muchacha de la colonia condesa que conoció en la boda de un amigo músico. Tuvieron una niña Blanca Estela, un niño, Javier, y compraron la casa de las Águilas en 1963, la casa donde Harf entró esta madrugada, la casa que iba a ser su retiro, la casa donde dos años después murió.
Las cifras de Javier Solís entre 1965 y 1966 son cifras que tienes que escuchar despacio porque ningún cantante mexicano había facturado tanto en tan poco tiempo. Cinco discos en dos años, 32 millones de copias vendidas en total, regalías mensuales equivalentes a 2 millones de pesos de hoy. dos compañías peleándose por su firma.
Una de ellas, la que lo tenía hasta entonces, le ofrecía un nuevo contrato por 6 años más con un anticipo de $00,000 de la época. La otra, la rival, le ofrecía un contrato por 8 años con anticipo de $,200,000. Cifras que en 1966 solo se mencionaban en los pasillos de Hollywood, no en la industria discográfica mexicana.
Javier Solís estaba a punto de firmar el contrato más grande en la historia de la música popular en español. Tres días antes de la firma lo internaron de urgencia con un cólico vesicular. Mientras tú escuchabas sombras en la radio en 1966. Mientras tu mamá lloraba con entrega total en la cocina antes de servir la cena, mientras tu papá ponía, “Si Dios me quita la vida en la victola del comedor después del trabajo.
” Dos compañías discográficas se reunían en oficinas cerradas en Polamco para decidir qué iban a hacer con el catálogo de Javier Solís si la operación salía mal. Esas reuniones existieron. Se contaba en los pasillos de la industria que las dos compañías ya tenían abogados redactando cláusulas póstumas. Una de ellas, según una versión que sus enemigos sembraron y que la familia no pudo desmontar nunca del todo.
Llegó a tener listo un acuerdo de exclusividad sobre las grabaciones inéditas para el día siguiente del entierro. Ellos lo negaron. Ese acuerdo jamás apareció firmado en ningún expediente público. Y aquí llega la primera cosa que te prometí, el expediente médico original, el que estaba dentro del sobre de cera roja en la pared falsa del estudio, el que la familia nunca vio.
Lo que ese documento dice, leído esta madrugada por la doctora forense que acompañaba a Harf, es lo siguiente. Tres médicos firmaron una evaluación preopatoria el 12 de abril de 1966, una semana antes de la cirugía. Dos de esos médicos recomendaban diferir la operación 6 meses. Solo uno la autorizaba de inmediato. La autorización inmediata se basaba en un estudio que, según el propio documento, no se había realizado en el paciente.
Era un estudio copiado de otro expediente de otro hombre. La firma del médico responsable de ese estudio era una firma que no coincidía con la del titular. era una firma falsificada. El expediente original explicaba el lenguaje técnico de la época que Javier Solíss no tenía indicación de cirugía urgente, que su cólico vesicular respondía bien al tratamiento médico, que la pared del órgano estaba inflamada así, pero no en estado crítico, que la operación podía esperar, que dos colegas firmaban en contra de operar antes de octubre. que un colega, el único que
firmaba a favor, era el mismo que después realizaría la cirugía, el mismo que cobraría a los honorarios, el mismo que estaba endeudado con una persona del medio musical por una suma que el expediente menciona, pero no detalla. Esa persona del medio musical operaba como intermediario. Un hombre que arreglaba contratos entre disqueras y artistas.
Un hombre cuyo nombre en 1966 todo el mundo conocía, pero nadie pronunciaba en voz alta. Un hombre que dos meses después de la muerte de Javier Solíss abrió una empresa nueva dedicada a la gestión de derechos póstumos. Una empresa que, según los registros que la notaria revisó esta madrugada con luz de linterna, firmó su primer contrato exactamente 11 días después del entierro.
El contrato era sobre las grabaciones de Javier Solís que aún no se habían publicado. Si esto sale mal, le dijo Javier Solís a un amigo músico la noche del 15 de abril, 4 días antes de morir, que sepa Blanca que no era necesario. Me lo dijeron tres médicos antes. Para esa frase vamos a volver, pero todavía no. Antes necesitas saber por qué los rumores sobre la cirugía no son rumores y por qué tres médicos sí se lo dijeron.
¿Y por qué el expediente original estuvo 42 años escondido en la pared de su estudio sin que su esposa supiera? Se decía en el medio que Javier Solís no descubrió la posible manipulación por casualidad. Lo descubrió porque un médico amigo de la familia, un internista de la colonia Roma llamado don Eustaquio Hernández Bremón le pasó una copia del estudio preoperatorio antes de la firma.
Don Eustaquio había sido el doctor de la familia desde 1960. Había visto crecer a los dos niños. Cuando vio el expediente con la firma del estudio falsificado, le habló a Javier Solís a su casa. Le pidió que pasara por su consultorio antes de internarse. Javier fue, vio el expediente, lo guardó y aún así, tres días después entró al quirófano.
¿Por qué entró si sabía que el estudio era falso? Porque uno de los términos del nuevo contrato discográfico, el más grande, exigía que el cantante demostrara salud certificada antes de la firma. La cirugía iba a ser la prueba. Si Javier Solís reculaba, perdía el contrato. Si firmaba sin operarse, la compañía rival podía argumentar incapacidad y romper la negociación.
Estaba atrapado entre dos firmas y eligió la que le pareció menos riesgosa. Lo que no sabía es que tres médicos habían sido contactados semanas antes por alguien que les pagó por adelantado para presentar un escenario médico distinto al que la realidad médica indicaba. Lo que no sabía es que dos de esos tres médicos en los 7 días previos a la operación recibieron transferencias bancarias.
desde una cuenta panameña. Lo que no sabía es que esa cuenta panameña pertenecía, como descubriría la notaria al revisar los documentos de la Caja del Estudio, a una sociedad fantasma constituida en 1964 por dos accionistas. Dos accionistas que firmaban con iniciales. Dos accionistas que hasta esta madrugada nadie había podido identificar con nombre completo.
Una versión que la familia nunca quiso confirmar, pero que circuló durante años entre los músicos viejos del medio. sostiene que Javier Solís intentó cambiar de hospital 48 horas antes de la cirugía, que llamó a un médico militar conocido suyo para pedirle que lo operara en el Hospital Central Militar, que el médico militar aceptó, pero que algo, alguien hizo que esa llamada nunca se tradujera en un traslado, que cuando la ambulancia del Hospital Militar llegó a la clínica privada en la colonia Roma, donde Javier estaba internado,
Le dijeron que el paciente ya había sido sedado y que la cirugía había empezado 30 minutos antes. Si fue verdad o no, solo dos personas lo supieron. Una era el propio Javier, la otra era el médico militar. Los dos están muertos. La hija del médico militar en una entrevista de radio en 2018 dijo que su padre lloró durante años por esa llamada.
No quiso dar más detalles. Esa llamada nunca se documentó. La familia del médico militar la sigue desmintiendo hasta hoy. Mientras tú salías a misa el domingo 18 de abril de 1966, Javier Solís llevaba dos días en su cama de las águilas. Con dolor abdominal severo, la cirugía había salido mal. Le habían abierto tres veces en un solo día.
La doctora forense que acompañaba a Harf, leyó esta madrugada las notas del cuarto médico que entró a la casa. un médico privado contratado por la familia cuando todo empezó a verse mal. Las notas dicen textualmente que la herida quirúrgica presentaba indicios de manipulación posterior, que la cavidad abdominal mostraba un material extraño que no debería estar ahí después de una colecistectomía estándar, que la fiebre era inexplicable según los protocolos del momento.

El cuarto médico recomendó traslado de emergencia. La familia lo solicitó. La ambulancia tardó 3 horas. Para cuando llegó, Javier Solís había entrado en coma. Murió a las 4:25 de la mañana del 19 de abril de 1966. Esa escena nadie la presenció, pero quienes los conocían imaginaban que pudo haber sido así.
La habitación estaba en penumbra, las cortinas medio cerradas. La luz del pasillo entraba por una rendija debajo de la puerta. Blanca Estela Saens estaba en una silla al lado de la cama, sosteniendo la mano izquierda de su marido. La mano derecha la tenía Javier sobre el pecho, apretando un escopulario. La temperatura había subido a 40 gr desde la madrugada.
La fiebre lo hacía hablar en frases cortas, a veces con sentido, a veces no. La hija mayor, Blanca Estela, de 5 años, había sido sacada de la casa esa tarde para que no escuchara. El niño Javier de 4 estaba en el cuarto de al lado jugando con un caballo de madera que su padre le había traído de Guadalajara dos meses antes.
En algún momento, según una versión que solo conocían tres personas, Javier abrió los ojos por última vez, le apretó la mano a Blanca y le dijo algo que ella nunca repitió, algo de cinco o seis palabras. Después cerró los ojos. La doctora que estaba en la casa, anotó la hora exacta del fallecimiento. 4 horas 25 minutos.
Blanca se quedó dos horas más sentada en esa silla sin moverse. Cuando finalmente se levantó, fue al estudio del segundo piso, cerró la puerta y se quedó adentro hasta el atardecer, sola, con la libreta que ella no sabía que existía y con la pared falsa que ella jamás miró. A las 11:30 de esa misma mañana, dos representantes de una de las dos compañías discográficas estaban en la sala de la Casa de las Águilas.
Le ofrecían a la viuda Blanca Estela Sa un convenio sobre las grabaciones inéditas del marido. Le ofrecían 300,000 pesos en efectivo depositados ese mismo día a cambio de la firma sobre 11 temas que Javier había grabado en febrero y marzo. 11 temas que la disquera había mantenido en bóveda esperando la firma del nuevo contrato.
blanca con 48 horas sin dormir, con dos niños llorando arriba, con el marido todavía sin enterrar, firmó. Esos 11 temas se convirtieron en los se meses siguientes en el disco póstumo en su lecho de muerte. Un disco que vendió 5 millones de copias, un disco por el cual la viuda recibió durante los siguientes 30 años regalías equivalentes al 8% de lo que el disco facturó, no el 80, el ocho.
Las regalías reales del catálogo de Javier Solís entre 1967 y 2015 fueron, según los cálculos que la notaria hizo esta madrugada en una hoja a lápiz mientras revisaba los recibos guardados en una caja de la sala, 240 millones de dólares acumulados. 240. La viuda recibió en ese mismo periodo alrededor de 6 millones. Sus dos hijos, después de la muerte de ella, recibieron 1.2 millones de cada uno.
El resto, 226 millones de dólares acumulados durante medio siglo, se quedó en cuentas sociedades y sucesores de las dos compañías que se pelearon su voz en 1966. Si tú alguna vez has visto morir a alguien y has visto como los abogados llegan antes que los curas, ¿entiendes lo que pasó con Javier Solís, solo que en este caso los abogados llegaron tres semanas antes, pero aquí viene algo que va a cambiarte la idea que tenías de esta historia y aquí llega la segunda cosa que te prometí, las cartas entre las dos compañías, las cartas que la
viuda jamás supo que existieron las cartas que estaban dentro del mismo sobre de cera roja atadas con un listón color vino dobladas en cuatro. Las cartas eran cinco, tres firmadas por un alto ejecutivo de la primera compañía discográfica, dos firmadas por un alto ejecutivo de la segunda. Estaban fechadas entre el 10 de febrero y el 18 de abril de 1966.
La última fechada un día antes de que Javier Solís muriera. Las cartas tenían el tono de una negociación dura. negociaciones explícitas sobre qué iba a pasar con el catálogo si el cantante no firmaba el contrato. ¿Y qué iba a pasar si el cantante no llegaba a firmar en absoluto, la primera carta del 10 de febrero contenía una oferta, la segunda del 20 de febrero contenía una contraoferta, hasta ahí una negociación normal.
La tercera del 3 de marzo contenía una frase que la doctora forense leyó dos veces antes de pasarle el papel a Harf. La frase decía textualmente que si el artista resultaba imposibilitado para firmar, ambas compañías acordarían una distribución del catálogo según las cláusulas adjuntas. La palabra elegida fue imposibilitado.
Una palabra con peso jurídico distinto al de muerto, una semana antes de que el primero de tres médicos firmara la autorización de cirugía urgente. La cuarta carta del 29 de marzo hablaba ya de un plazo para resolver la cuestión. El plazo era 19 de abril, la fecha exacta en la que Javier Solís murió. ¿Tú crees en las coincidencias? Tres semanas antes de que un hombre muriera, dos compañías acordaron por escrito un plazo que coincide al día con la fecha de su muerte, 20 días antes, y el plazo se cumplió.
Solo sin demora. La quinta carta del 18 de abril fue la más corta. Tres líneas. La frase decía que el plazo del día siguiente se mantenía, que las cláusulas adjuntas eran las acordadas, que se procediera, que se procediera a qué no se sabe. Las cláusulas adjuntas no estaban con la carta, tampoco se encontraron en el resto del sobre, pero aquí viene algo que nadie ha contado nunca.
Una versión que los enemigos de esas compañías sembraron y que la familia no pudo desmontar nunca del todo. sostenía que la quinta carta llegó a manos de Javier Solís dos horas antes de que entrara en coma, que un emisario vestido con saco bris dejó un sobre con la portería del hospital y se fue sin esperar respuesta, que la enfermera de turno se lo subió al paciente, que Javier, ya con fiebre alta alcanzó a leerla y que después de leerla antes de cerrar los ojos por última vez, le dijo a su esposa una frase que ella jamás repitió ante notario, ante policía ni
ante periodista. Una frase que se llevó a la tumba en 2020. Ella lo negó hasta el final, pero la versión se quedó. Antes de que volvamos a la libreta, necesitas entender algo más sobre la industria musical mexicana de 1965, porque sin eso las cartas que acabo de describirte no se explican. Tres cantantes habían cambiado el negocio en los 20 años anteriores.
Tres cantantes que dominaban las dos terceras partes del catálogo ranchero que se vendía en lengua española. Jorge Negrete, que había muerto en 1953 en Los Ángeles, a los 42 años por una enfermedad hepática que también dejó muchas preguntas. Pedro Infante, que había muerto en 1957 en Mérida a los 39 años en un accidente aéreo donde el avión llevaba sobrepeso y problemas de mantenimiento documentados, y Javier Solís, que estaba a punto de cumplir 35 años, en septiembre de 1966, 4 meses antes del aniversario, murió.
La industria los llamaba en privado los tres gallos. Negrete, el gallo viejo. Infante, el gallo del pueblo. Solís, el gallo joven, el que iba a ser el rey de los siguientes 20 años, el que iba a llenar el vacío que dejaron los dos primeros. Hay quien dice todavía hoy que la maldición de los tres gallos no fue maldición, que las tres muertes juntas en 13 años le ahorraron a la industria discográfica el problema más caro de cualquier industria.
Pagarle a sus artistas vivos lo que les correspondía. Un gallo vivo cobra regalías. Un gallo muerto deja un catálogo que se administra. La diferencia entre cobrar regalías y administrar catálogos era en 1966, del orden de 500 a un. Por cada peso que recibía la familia del artista muerto, la compañía dueña del catálogo recibía 500.
Estamos sentados, tú y yo, escuchando esto a las 11 de la noche, mientras tu vecina probablemente está dormida y mientras la mayor parte del país jamás va a saber lo que tú estás sabiendo ahora mismo. Esto es lo que separa Antonia, la que sabe de la que solo recuerda canciones. 1965. Javier Solís firma un contrato exclusivo con la compañía A.
Le pagan 35,000 de anticipo. La compañía A se hace dueña de las grabaciones de cuatro discos. Un año después ya empieza a coquetear con la compañía B, que le ofrece más, mucho más. Pero hay un problema, una cláusula del contrato con la A. Si el artista cambia de sello durante el plazo, debe pagar tres veces el anticipo recibido, más una pena civil del 20%.
Javier no podía pagar eso. No tenía ,100,000 de la época en efectivo. Tenía ingresos altos, sí, pero también tenía gastos altos. Casa, familia, viajes, banda, vestuario, impuestos. Su patrimonio líquido en 1966 era de unos 400,000. La pena por romper el contrato superaba el patrimonio líquido.
La única forma de cambiarse a la compañía B sin pagar la pena era esperar al vencimiento del contrato con la A. El Benquini era en 1967, 16 meses por delante. Pero la compañía B quería atarlo antes y la compañía A quería renovarlo antes de que la B se acercara más. Las dos compañías metieron la presión en febrero de 1966 y le pidieron una sola cosa para entrar a la negociación seria, un certificado médico que demostrara que el artista podía cumplir el nuevo contrato.
La compañía A pidió ese certificado. La compañía B también. Y aquí está el detalle que las dos compañías compartían. Las dos pedían que el certificado lo emitieran los mismos tres médicos, los mismos. Un grupo elegido por las dos compañías a la vez, sin participación del artista en la designación.
Tres médicos que respondían en aquel momento a un intermediario llamado Don Eulalio Mendieta, un hombre que según se susurraba en los pasillos de la disquera principal también respondía a la dirección de las dos compañías. Don Eulalio Mendieta es el nombre que hasta ahora no había aparecido, pero es el nombre que conecta todo. Era el agente de varios artistas del momento.
Era el intermediario entre las dos compañías. era el que arreglaba la firma de contratos cuando las cosas se ponían difíciles y era el dueño de la sociedad panameña que recibió semanas antes de la cirugía los pagos que llegaron a las cuentas de dos de los tres médicos. Don Eulalio nunca fue juzgado por nada. Vivió hasta 1992. Murió en su cama en Cuernavaca, rodeado de su familia.
A los 81 años heredó a sus hijos una fortuna calculada en 45 millones de dólares de la época. Nadie le preguntó nunca de dónde había sacado tanto. Lo que se contaba en los velorios era que don Eulalio tenía la costumbre de visitar a sus artistas 48 horas antes de cualquier firma importante, que llegaba sin avisar, que se sentaba en la sala, que pedía un café y que cuando se levantaba dos horas después el artista firmaba lo que don Eulalio había traído sin negociar.
sin abogado, sin preguntar. Una empleada doméstica de Dane Eulalio, que prefirió no dar su nombre contó años después, que su patrón tenía en la oficina un archivero con expedientes médicos de varios cantantes mexicanos. Expedientes que no eran suyos, expedientes que él guardaba sin que las familias supieran. Esa empleada doméstica murió en 2015.
No dejó papeles. Lo que contó lo contó solo a una hermana en una conversación de cocina. La hermana, ya muy mayor, lo repitió a una sobrina. La sobrina lo subió a un blog que duró 3 meses en línea antes de que el dominio cayera por falta de pago. Esa versión los enemigos la sembraron y la familia no pudo desmontarla nunca del todo.
Don Eulalio jamás respondió. La familia de Don Eulalio sigue negando todo. Nunca se probó. Una hipótesis que jamás llegó a juicio sostenía que don Eulalio había heredado el archivero de un funcionario público de los años 50, un funcionario que tenía acceso a expedientes del seguro social. Un funcionario que le pasó a don Eulalio una serie de papeles a cambio de un porcentaje fijo de las firmas que el agente conseguía con esa información.
Esa hipótesis se le ocurrió en 1987 a un periodista de espectáculos que estaba investigando la muerte de un cantante de los años 60. El periodista publicó tres columnas en un periódico de la tarde. Después dejó de publicar, después se mudó a Mérida, después dejó de responder llamadas. Murió en 2002 de un infarto en su casa.
Solo sus archivos, según una vecina, fueron retirados por dos hombres que llegaron en una camioneta blanca tres días después del entierro. Ella lo vio desde la ventana. Nadie le preguntó nunca quiénes eran. La causa del infarto fue archivada en 48 horas. Hasta hoy nadie ha vuelto a abrir ese expediente.
Mientras tú comprabas leche en la cooperativa de la colonia con 5 pesos para que te alcanzara la quincena. Mientras tu mamá apartaba 10 pesos cada viernes en un sobre de la repisa de la cocina para emergencias, don Eulalio Mendieta cobraba $00,000 al mes en una cuenta panameña por arreglar contratos con la voz de hombres a los que jamás se les preguntó si querían que él los arreglara. Esa era la diferencia.
El juego nunca fue talento contra talento. Era una mesa donde alguien repartía cartas. Y los cantantes, los más grandes que tuvo este país, nunca supieron quién estaba sentado al otro lado. Hay una versión que solo conocían tres personas. Una ya murió. Las otras dos jamás van a hablar. Pero el rumor se quedó.
Esa versión sostiene que don Eulalio Mendieta no actuaba solo, que había un hombre por encima de él, un hombre que respondía a intereses de un grupo industrial mexicano de la época, un grupo industrial que tenía participación accionaria en las dos compañías a la vez, un grupo industrial cuyo nombre no se decía en voz alta porque tocaba a familias que aún hoy tienen apellido en los periódicos.
Esa versión no se pudo probar. Nadie quiso firmar una denuncia formal. Don Eulalio se llevó a la tumba la respuesta a la pregunta más cara de esa historia. ¿Quién le pagaba a él? Si no me crees, pregúntate esto. ¿Por qué un agente medio en 1966 podía pagar $100,000 al mes desde Panamá sin que ninguna autoridad mexicana le hiciera una sola pregunta? ¿Por qué nadie revisó nunca las cuentas de la sociedad fantasma cuando aparecieron los pagos a los tres médicos? ¿Por qué la familia de Javier Solís en los 6 meses posteriores a la muerte no fue
notificada de la existencia del expediente original? Esas tres preguntas tienen una sola respuesta y la respuesta no está en este guion. La respuesta está debajo del nombre que no se pudo pronunciar nunca. Y aquí llega la tercera cosa que te prometí, la libreta de tapas verdes oscuras. La libreta que Javier Solís guardaba en un cajón cerrado con llave del escritorio del estudio.
La libreta con sus conversaciones de las últimas seis semanas de su vida. Harf acaba de pedirle a la doctora forense que se la pase. La libreta es delgada, tapas verdes oscuras con esquinas reforzadas, lomo cosido a mano, 24 páginas. La letra de Javier Solís es firme, casi militar, una letra de hombre que aprendió a escribir en una escuela nocturna y nunca dejó de pulirla.
Lo primero que se ve al abrirla es una fecha. 5 de marzo de 1966. Y debajo una sola línea. La línea dice, “Don Eulalio vino otra vez. Trae lo mismo. Le dije que no firmo sin Lucio.” Lucio, ese era el segundo nombre. Lucio Mariscal, abogado de espectáculos en 1966. Asesor de Javier Solís desde 1962. Lucio había sido el que le revisó el contrato de 1965 con la compañía A.
Lucio era el que iba a revisar el nuevo contrato, pero Lucio Mariscal había muerto el 7 de marzo de 1966, dos días después de la entrada en la libreta en un accidente de tráfico en la carretera MéxicoTuca. Un camión que perdió los frenos, un coche que quedó debajo, un hombre que murió en el lugar. Una hipótesis que jamás llegó a juicio sostenía que el accidente del camión en la carretera México-Toluca no fue accidente, que el camión venía de un terreno donde lo habían dejado 3 horas antes con los frenos manipulados que el chóer del
camión apareció dos meses después en Guadalajara con una camioneta nueva y un negocio de transporte que no le habían financiado ningún banco. Esa hipótesis nunca llegó a las páginas de los periódicos. Lo que sí llegó fue la nota policial, accidente carretero, causa falla mecánica del camión. Caso cerrado en 4 días.
Ellos lo negaron, nunca se probó. Hay otra entrada en la libreta. 12 de marzo. La letra es la misma, un poco más rápida. La línea dice, “Sin Lucio no firmo. Don Eulalio dice que él me consigue otro abogado.” Le dije que no. 19 de marzo. La línea dice, “Don Eulalio llegó con tres médicos. ¿Quieren hacerme estudios?” Dije que sí.
Quiero ver qué van a decir. 28 de marzo. La línea dice, “Don Eustaquio me llamó. Vi el estudio. La firma no es de quien dice ser. Voy a esperar. Detente un segundo. Esa entrada de 28 de marzo es una de las dos entradas más importantes del cuaderno y nadie hasta esta madrugada había podido reconstruir lo que pasó esa tarde.
Don Eustaquio Hernández Bremón era el médico de confianza de Javier Solís desde 1962. Un internista de la colonia Roma. Cabello blanco, lentes de pasta gruesa. 67 años en esa fecha. Don Eustaquio había recibido por correo dos días antes una copia del estudio médico que firmaban los tres doctores de don Eulalio. Lo leyó en su consultorio, cerró la puerta, llamó a la casa de las águilas, pidió hablar con Javier, le dijo en voz baja que pasara esa misma tarde por su despacho.
Javier llegó solo, se sentó frente al escritorio de Roble. Don Eustaquio le mostró el estudio, le señaló la firma del tercer médico, le dijo que esa firma no era la del hombre que decía firmarla, que él conocía la letra de ese colega desde hacía 30 años, que esa rúbrica estaba mal hecha, estaba imitada por una mano más joven. Javier guardó silencio.
Dos minutos pidió un café. Se levantó, le pidió a don Eustaquio que no le dijera nada a nadie. Volvió a su casa y escribió en la libreta esa misma noche. Don Eustaquio murió en 1979. Nunca contó esa conversación a nadie. La hija de don Eustaquio, ya muy mayor, dijo en 2018 que su padre, en su lecho de muerte lloró por un cantante que él pudo salvar y no salvó.
Nunca dio el nombre. La hija lo intuyó. La hija no quiso confirmarlo nunca. 31 de marzo. La línea dice, “Don Eulalio insiste en operación urgente. Mi vesícula está mal, pero no para abrir mañana. Don Eustaquio recomienda esperar 6 meses. Voy a esperar 5 de abril.” La Limia dice, “Don Eulalio me dijo que si no opero pierdo el contrato.
La compañía B retira la oferta. La compañía A no renueva, me deja sin nada. 10 de abril. La línea dice, “No tengo opciones. Si no opero, pierdo todo. Si opero, arriesgo.” 14 de abril. La línea dice, “Llamé al doctor militar. Va a operarme él. Mañana le confirmo. La página del 15 de abril es la última que tiene tinta.
Tres días antes de internarse, 4 días antes de morir, la doctora forense la lee en voz baja, casi como si rezara antes de pasarle la libreta a Harf. La línea es más larga que las anteriores. La letra tiembla un poco en el final. La línea dice, “El doctor militar no llegó al teléfono. Don Eulalio, sí, me dijo que ya no hay tiempo.
Si esto sale mal, que sepa Blanca que no era necesario. Me lo dijeron tres médicos antes. Esa fue la última entrada. La libreta no tiene nada más. Los días 16, 17, 18 y 19 no fueron escritos porque Javier Solís ya no salió de la clínica, ya no volvió a su estudio, ya no abrió esa libreta. murió en su recámara encima de su propia cama, sin saber que esa última frase iba a quedar 70 años escondida en una pared, sin saber que el rey del bolero ranchero iba a tener 60 años después la confirmación final escrita de su puño de que tres médicos sí se lo dijeron y de
que no era necesario. ¿Cuánto crees que pesa una libreta de 24 páginas con la letra de un hombre que sabe que lo están matando? Piensa un número. Yo te lo digo. Pesa lo mismo que el silencio de cinco décadas. Pesa lo mismo que la cuenta panameña de Don Eulalio. Pesa lo mismo que los 240 millones de dólares que el catálogo facturó mientras dos niños crecían sin saber qué había detrás de la moldura del estudio.
Y aquí llega la cuarta cosa que te prometí, la frase completa con todo su peso. Si esto sale mal, que sepa Blanca que no era necesario. Me lo dijeron tres médicos antes. Esa frase es una confesión más lúcida que un lamento, más concreta que un presentimiento. es una persona que sabe que va a entrar a un quirófano donde tres médicos están comprados, que dos colegas de esos tres habían recomendado no operarlo, que la operación es una excusa contractual, que si todo sale mal, la única persona que merece saber la verdad es su esposa y
que la única forma de dejarle esa verdad sin poder decírsela a la cara es escribirla en una libreta que después esconde en un cajón cerrado con llave dentro de un estudio donde nadie más entra. Esa libreta quedó en el cajón. Blanca Estela Sacience, cuando regresó a la casa después del funeral, vio el estudio, vio el escritorio, no tocó el cajón, no tenía la llave.
Buscó la llave en los bolsillos del saco que Javier llevaba puesto el día que se internó. No la encontró. Buscó la llave en las cajoneras de la recámara, no la encontró. Buscó la llave en la caja de seguridad del banco, no la encontró. Se rindió, cerró el estudio con candado y dejó el cajón sin abrir durante 54 años. 54 años.
Una mujer durmiendo encima de la respuesta sin saber que la respuesta estaba a 30 m de su cama. ¿Dónde estaba la llave? La llave estaba dentro de la pared falsa, junto al sobre, junto a los billetes. Era una llave pequeña, dorada, con un listón rojo del mismo tono que la cera del sobre. Harfus la encontró esta madrugada después de sacar el dinero.
La doctora forense subió al escritorio, probó la llave en el cajón, encajó. El cajón se abrió. La libreta estaba ahí. Como si Javier Solís la hubiera dejado el 15 de abril de 1966 y la hubiera esperado sin moverse durante seis décadas. Lo que vio Harf al final del cajón no fue solo la libreta, era también una fotografía pequeña en blanco y negro del propio Javier Solís en el escenario del Teatro Blanquita, vestido de charro, sonriendo, detrás de él, un hombre en saco oscuro mirando hacia la cámara.
La doctora forense le pasó la foto a Harfug. Harf la giró en el reverso, escrito a lápiz decía don Eulalio Mendieta, 28 de febrero, la noche que me pidió que no buscara abogado nuevo. Esa fotografía es la única que existe, hasta donde se sabe, de don Eulalio Mendieta junto a Javier Solís. La doctora forense la metió en una bolsa sellada, la numeró, la fotografió con un teléfono y la guardó en su maletín.
Hay un rumor que circula desde hace décadas entre los músicos viejos del Distrito Federal. Un rumor que nunca apareció en ningún libro, nunca en ningún documental, nunca en ninguna nota de prensa. Un rumor que solo se cuenta en mesa de cantina. Después de la tercera copa, cuando ya nadie está grabando con el teléfono.
El rumor habla de una grabación, una cinta de carrete pequeño, una cinta donde se escucha durante 10 minutos una conversación entre don Eulalio Mendieta y un hombre que no se identifica. La conversación, según el rumor, sucedió en febrero de 1966. La conversación, según el rumor, contenía la frase exacta sobre Javier Solís y sobre la fecha.
La cinta, según el rumor, sigue existiendo. Está en una caja, en una propiedad en Polanco. Tres personas saben dónde. Una está muerta, otra está enferma. La tercera prometió no decirlo nunca. Esa cinta nadie la va a encontrar. Pero el rumor se quedó. Esto te lo digo porque te lo van a preguntar mañana en la fila del Oxo y tú vas a saber qué responder.
La doctora forense empacó después cada hallazgo en bolsas selladas, una por una. Fotografió la pared falsa, la cavidad, el sobre de cera roja, los billetes, las cartas, la libreta de tapas verdes, la llave dorada y la foto del teatro blanquita. Numeró cada pieza. La notaria firmó un acta con el inventario completo.
12 páginas a máquina. 12. El acta describe cada objeto con sus medidas, su peso, su estado de conservación, su fecha presumida. La libreta queda registrada como pieza número 18, la llave como pieza número 19, la fotografía con la nota a lápiz como pieza número 20. Las llaves de la casa quedaron en custodia provisional.
La libreta de tapas verdes oscuras se trasladó al laboratorio de criminalística federal, donde durante los siguientes seis meses será sometida a peritaje caligráfico, peritaje químico de la tinta, peritaje de antigüedad del papel y peritaje de comparación con manuscritos verificados de Javier Solís archivados en la sociedad de autores.
Si las pruebas confirman lo que la madrugada parece haber probado, el expediente médico original será incorporado a una indagación que la Fiscalía Especializada va a abrir en mayo. Una indaración sobre operaciones discográficas de la década de 1960. Una indagación que va a tener por primera vez en 60 años nombre y apellido de funcionario judicial firmando.
Antes de salir, Harfuch volvió un momento al estudio del segundo piso. Caminó hasta la pared blanca, tocó la moldura que ya no encajaba con el resto y miró sobre el escritorio una foto enmarcada a que no estaba en el cajón. Era una foto de 1964. Javier Solís sentado en la sala de esa misma casa con su hija blanca Estela de 3 años en las rodillas con el niño Javier de dos en la alfombra junto a una guitarra de juguete sonriendo.
Pero los ojos del cuadro al óleo de la sala, el cuadro grande con polvo en el marco, no eran los ojos de esta foto. Los ojos de la foto sí llegaban a la sonrisa. Los del cuadro nunca llegaron. Esa fue la diferencia. Esa fue la cara que el público vio. Esa fue la cara que el padre de familia en privado tenía cuando todavía no sabía que tres médicos iban a tocarle la puerta.
Javier Solís, hijo, nunca cantó. Estudió contaduría. Vivió en la sombra del nombre del Padre durante 45 años. Falleció a los 52 años, en 2016, de un cáncer de páncreas. Murió en una casa modesta del Estado de México sin haber heredado más que un porcentaje mínimo del catálogo. La hija Blanca Estela dio entrevistas pocas veces.
La última en 2020 dijo algo que nadie tomó en serio. Entonces dijo textualmente que su madre guardó cosas que ella nunca vio, cosas que ella decía que estaban en una pared. Yo creí que estaba confundida. Su madre, blanca Estela Sains, murió tres meses después de esa entrevista. La hija sigue viva. Vive en una casa modesta en el norte del Estado de México.
Dice que ya no quiere saber nada, pero esta madrugada, cuando Harfus terminó el cateo, le mandó un sobre con copia certificada del inventario. Un sobre que ella va a abrir mañana en la mañana si quiere, o en 5 años o nunca. Esa es su decisión. Ahora tú sabes lo que dice el expediente original. Ahora tú sabes lo que decían las cartas entre las dos compañías.
Ahora tú sabes lo que escribió Javier Solís en su libreta el 15 de abril de 1966. Ahora tú sabes quién es don Eulalio Mendieta. El 97% del país no lo sabe. El 97% sigue creyendo que el rey del bolero ranchero murió de una cirugía malhecha. por descuido, por mala suerte, por destino. Tú ya no, tú ya tienes el dato y el dato no se desaprende.
¿Quién le pagó a don Eulalio Mendieta para que arreglara los tres médicos? ¿Por qué murió Lucio Mariscal en un accidente dos días después de la primera entrada del cuaderno? ¿Quién dejó el sobre con la quinta carta en la portería del hospital 2 horas antes del coma? ¿Qué decían las cláusulas adjuntas que la quinta carta menciona, pero no incluye? ¿Por qué la viuda nunca quiso hablar de la pared falsa del estudio si su hija dice que ella sabía que existía? Esa noche, antes de cerrar los ojos, piensa cuántas voces que crecieron en la
radio de tu casa son voces que alguien ya tenía vendido el catálogo desde antes del último concierto. El próximo cateo de Omar García Harfuk es otra casa en Cuernavaca, una hacienda con un panteón privado en el jardín, una tumba con el nombre completo de Antonio Aguilar y un detalle que la familia Aguilar nunca quiso explicar, porque la cripta del rey de los caballos tiene una segunda puerta que da hacia adentro de la casa y qué guardaron ahí los últimos tres días de su vida. Yeah.