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El mecánico que modificó un bombardero SIN PERMISO y hundió una flota japonesa entera

El mecánico que modificó un bombardero SIN PERMISO y hundió una flota japonesa entera

2 de agosto de 1942, 3 de la madrugada, aeropuerto de Eagle Farm, Brisbane, Australia. El hangar está casi a oscuras. Solo una lámpara colgando de un cable pelado ilumina la nariz de un bombardero B25, Mitell, estacionado en el centro del galpón. Debajo del avión hay un hombre acostado boca arriba sobre el concreto frío.

Tiene 43 años, las manos negras de grasa, una colilla apagada entre los dientes y un soplete encendido en la mano derecha. Las chispas caen sobre su pecho. No se mueve, no la siente, está soldando una ametralladora calibre 50 directamente al fuselaje del avión. Nadie le dio permiso para hacer eso. Ningún ingeniero de la North American Aviation aprobó esa modificación.

Ningún manual técnico describe lo que está construyendo. Si un oficial superior entrara en ese hangar en ese momento, lo más probable es que terminara arrestado antes del amanecer. Pero él sigue soldando. Su nombre es Paul Irvin Gun. Los pilotos lo llaman Papi. Tiene una esposa, Poly, y cuatro hijos, Paul, Nathaniel, Connie y Julie.

La última vez que los vio fue en diciembre de 1941 en Manila, dos días antes de que los japoneses entraran en la ciudad. No sabe si están vivos, no sabe si comen, no sabe si los están torturando en este mismo [música] momento, mientras él suelda fierro en un hangar a 5000 km de distancia. Eso es lo que lo mantiene despierto.

Eso es lo que lo hace soldar a las 3 de la mañana sin permiso, sin descanso, sin pedir nada a cambio. Y eso es lo que dentro de 7 meses exactos hundirá una flota japonesa entera en el mar de Bismarck. Esta es la historia de [música] la Segunda Guerra Mundial que casi nadie cuenta. La historia del Pacífico, de los bombarderos americanos, del B25 Mitchell, [música] de la batalla del mar de Bismarck de marzo de 1943.

Es la historia de una de las tácticas militares más desconocidas y más decisivas de toda la guerra contra Japón. Una táctica que no nació en el Pentágono, ni en una academia militar, ni en un laboratorio de armas. Nació en el piso de un hangar en Australia, debajo de un avión, en manos de un civil que la guerra convirtió en arma.

Un mecánico al que nadie autorizó. un piloto que resolvió las matemáticas en una servilleta y desapareció antes de ver el resultado. Y un escuadrón que practicó durante seis semanas contra un casco oxidado encallado en un Recife, mientras Tokio creía que tenía el control absoluto del Pacífico. Para entender lo que Papy Gun estaba construyendo esa madrugada, hay que entender primero lo mal que iban las cosas para los americanos.

En julio de 1942, 7 meses después de Pearl Harbor, el general Douglas Macarthur estaba furioso. Comandaba el teatro del suroeste del Pacífico desde Brisbane. Y desde Brisbane veía como los convoyes japoneses cruzaban el mar una y otra vez, llevando tropas frescas, comida, munición y combustible [música] hasta la costa norte de Nueva Guinea.

Cada convoy que llegaba era un convoy que McArthur no podía detener. Y cada convoy que no podía detener era un paso más de los japoneses hacia Australia. Los números eran humillantes. Los bombarderos americanos atacaban desde los 3000 m de altura, como dictaba el manual. Soltaban las bombas, regresaban a la base y al día siguiente los aviones de reconocimiento mostraban los mismos barcos japoneses intactos, descargando soldados en las playas.

Un informe interno del quinto ejército del aire de aquellos meses lo decía sin adornos. Menos del 1% de las bombas soltadas desde altitud contra barcos en movimiento daban en el blanco menos del 1%. Macarthur ya había despedido a [música] dos comandantes aéreos por ese fracaso. Dos generales mandados de vuelta a Washington en silencio con sus carreras quemadas.

Y ahora Washington le mandaba al tercero, un hombre de 52 años nacido en Massachusetts, piloto de casa en la Primera Guerra Mundial, hasta entonces al mando de una unidad aérea en California, sin medallas famosas, sin fotos en los periódicos. Su nombre era George Churchill Kenny. Washington había ofrecido primero a Jimmy Dittle, el héroe del bombardeo sobre Tokio.

Marcarthur lo rechazó con una sola frase. No necesito a un actor de cine, necesito a alguien que arregle el problema. Eso fue lo que dijo. Según el propio Kenney, lo escribió después en sus memorias publicadas en 1949. Kenny llegó a Brisbulio [música] de 1942. A la mañana siguiente, exactamente a las 9, [música] entró en el despacho de Marcarthur.

Marcarthur no lo saludó, no le ofreció asiento. Empezó a hablar de inmediato [música] y habló durante 30 minutos sin parar. Le recitó la lista completa de los fracasos de la Fuerza Aérea desde Pearl Harbor. Filipinas perdida, Java perdida, [música] los convoyes japoneses intactos, los pilotos agotados, los mecánicos sin repuestos, [música] los aviones despedazándose en las pistas.

Kenny lo dejó terminar. Cuando McArthur por fin se quedó callado, Kenny habló y lo que dijo esa frase está documentada en el diario personal de Kenney y citada en cinco biografías distintas del general Marcarthur. General, [música] no me interesa lo que salió mal antes de que yo llegara. No puedo arreglar el pasado.

Si lo que usted quiere es a alguien que administre el desastre, [música] hay otros nombres en la lista. Yo no vine para eso. Yo vine a ganar. Marthur lo miró en silencio durante varios segundos. Después caminó hasta él, le puso la mano en el hombro y dijo una sola frase. Creo que vamos a llevarnos bien, Kenny. [música] Esa misma tarde, Kenny subió a un avión rumbo al norte.

No se quedó en Brisbane leyendo reportes. Voló a Nueva Guinea, caminó por las pistas embarradas, habló con los pilotos, habló con los mecánicos, vio con sus propios ojos el estado real de la fuerza aérea que acababa de heredar. Y mientras caminaba entre aviones reventados [música] y hombres exhaustos, escuchó por primera vez un nombre que nadie en Washington le había mencionado.

Papigan. Le dijeron que había un civil filipino americano en un hangar de Brisbane que estaba haciendo cosas con los aviones que nadie había autorizado, que volaba misiones sin uniforme, que reparaba motores con piezas que sacaba de aviones estrellados, que no respetaba ningún manual. Kenny sonrió.

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