EL CASO QUE OCURRIÓ EN 2026 Y CONGELÓ VENEZUELA: PADRE E HIJA DESAPARECIERON EN EL MAR
El caso que ocurrió en 2026 y congeló Venezuela, padre e hija desaparecieron en el mar. Uno de los casos más silenciados y más dolorosos que hemos investigado en este canal. Una historia que ocurrió en enero de 2026 en las costas del estado Sucre, Venezuela, y que el gobierno hizo todo lo posible por enterrar, un padre, una hija, un mar embravecido y un silencio que pesa más que cualquier tormenta.
Quédate hasta el final porque este caso tiene más capas de las que imaginas y cada una de ellas te va a helar la sangre. Antes de que sigas escuchando, necesito pedirte algo muy importante. Suscríbete a este canal ahora mismo. Activa la campana de notificaciones para no perderte ningún caso. Da like a este video porque nos ayuda a seguir trayendo historias como esta.
Y cuéntanos en los comentarios desde qué ciudad o país estás viendo este video. Hay personas de toda América Latina siguiendo este canal y queremos saber de dónde eres tú. El 6 de enero de 2026 amaneció con ese tipo de luz que engaña. En Kumaná, capital del estado Sucre, el sol salía lento sobre el Caribe, pintando el horizonte de naranja y rosado, como si el mar quisiera lucirse ante los turistas, que ese día habían decidido cruzar hacia la isla de Mono.
un destino pequeño, tranquilo, conocido entre las familias venezolanas que aún podían permitirse unas vacaciones. El calor llegaba temprano, pero esa mañana había algo diferente en el aire, una humedad espesa, casi pegajosa, que se metía en la ropa y en los pulmones. Los pescadores del puerto lo sabían. Algunos se miraron entre sí cuando vieron las nubes al fondo del horizonte.
Esas nubes bajas oscuras que en el Caribe venezolano significan que el mar está a punto de cambiar de humor. Pero Pedro Valdías no era pescador, era contador. Tenía 55 años, cabello canoso, manos gruesas y callosas de años de trabajo frente a una computadora en una empresa de distribución de alimentos en Barcelona, estado Anzoegui.
Era un hombre de rutinas, de horarios fijos, de domingos en familia y de pocas palabras cuando algo lo preocupaba. Sus colegas lo describían como serio, pero justo, el tipo de persona que llega primero a la oficina y se va de último, no por ambición, sino por responsabilidad. Llevaba 22 años casado con Mariela, una enfermera de carácter fuerte y corazón blando, con quien había criado a tres hijos.
El mayor, Ernesto, tenía 24 años y trabajaba en Caracas. El del medio, Samuel, estudiaba en Maturín. Y la menor Julia tenía 13 años y era, según todos los que la conocían, la que más se parecía a su padre en el silencio y más a su madre en la sonrisa. Julia Díaz era el tipo de niña que lee libros en vez de revisar redes sociales, que pregunta el porqué de las cosas y que cuando algo la entusiasma lo hace con todo el cuerpo.
En los últimos meses había estado obsesionada con el mar. Había visto documentales sobre arrecifes de coral. Había pedido clases de natación y había convencido a su padre, con argumentos y no con llanto, de que ese viaje a la isla era exactamente lo que ambos necesitaban. Pedro Bal había accedido.
Mariela, que no podía tomarse días libres del hospital, los había despedido en la madrugada del 5 de enero con una bolsa de arepas para el camino y una lista de instrucciones que Pedro Bal guardó en el bolsillo sin leer, como siempre hacía, porque Mariela siempre tenía razón en todo. El viaje desde Barcelona hasta Kumaná tomó unas 4 horas en autobús.
Llegaron la noche del 5, se hospedaron en una posada pequeña cerca del terminal marítimo, comieron carne en vara en un puesto callejero y durmieron con el ventilador puesto porque el aire acondicionado no funcionaba. Julia anotó todo eso en una libreta rosada que llevaba consigo. Esa libreta días después sería una de las pocas pertenencias recuperadas.
La mañana del 6, Pedro Bal se despertó a las 5:30, salió al balcón de la posada, encendió el único cigarrillo que se permitía al día y miró el mar desde lejos. Había algo en esa vista que lo inquietó, aunque no sabría explicar qué. Más tarde, cuando ya era demasiado tarde para cualquier explicación, Mariela recordaría que Pedro Bal le había enviado un mensaje a las 6 de la mañana que decía simplemente, “El maro hoy, pero Julia está emocionada. Salimos en dos horas.
La lancha se llamaba La esperanza y eso a posteriori resultaría cruel hasta lo insoportable. Era una embarcación de madera y fibra de vidrio de unos 8 m de largo con un motor fuera de borda de 40 caballos que había sido reparado al menos tres veces en el último año. El operador era un hombre llamado Rómulo, de unos 40 años, conocido en el puerto por ser barato y puntual, aunque algunos pescadores de la zona sabían que su lancha no estaba en las mejores condiciones.
Ese día, además de Pedro Valal y Julia, abordaron otras seis personas, dos parejas de mediana edad provenientes de Maturín, una joven universitaria que viajaba sola y un hombre mayor que llevaba una nevera pequeña y apenas habló durante todo el trayecto. Salieron del muelle a las 8:15 de la mañana. El sol ya calentaba fuerte, el mar parecía tranquilo en la superficie y Julia se sentó en la proa con los brazos abiertos, dejando que el viento le golpeara la cara.
Pedro Val tomó una foto de ella en ese momento, una foto que Mariela atesoraría como la última imagen viva de su hija. Cabello negro revoloteando, sonrisa completa, ojos cerrados, completamente feliz. Durante los primeros 40 minutos, todo fue como debía ser. Las olas eran suaves, el motor funcionaba bien, el cielo seguía azul en la dirección que navegaban.
Rómulo fumaba en la popa y guiaba con una mano, como quien conoce ese trayecto de memoria. Las dos parejas de Maturín tomaban fotos. La joven universitaria dormitaba con audífonos puestos. El hombre de la nevera miraba el horizonte en silencio. Fue Julia quien lo vio primero. Se giró hacia su padre con una expresión que él no supo leer de inmediato y señaló hacia el noroeste.
Pedro Bal siguió su dedo con la mirada y entonces lo entendió. Una masa de nubes oscuras, compactas, casi negras en el centro, avanzaba desde el horizonte con una velocidad que no parecía natural. El viento cambió en segundos. El mar, que minutos antes era una superficie relativamente calma, comenzó a arrugarse, a levantarse, a mostrar sus dientes.
Rómulo apagó el cigarrillo y aceleró. Intentó virar hacia la costa más cercana, pero el motor empezó a fallar. un golpeteo irregular, un humo gris saliendo por el costado y luego, en el peor momento posible, el motor se apagó por completo. La lancha quedó a merced del oleaje que en cuestión de minutos pasó de medio metro a casi dos. El agua empezó a entrar por los costados, las mujeres gritaron.
Rómulo intentó reiniciar el motor una y otra vez sin éxito. El hombre de la nevera comenzó a rezar en voz alta. Pedro Való a Julia del brazo y la llevó hacia el centro de la embarcación, lejos de la proa, donde el golpe de las olas era más brutal. Buscó los chalecos salvavidas que estaban apilados sin orden bajo uno de los asientos.
Tomó uno y se lo puso a Julia con manos que temblaban, pero que no se equivocaron ni un solo movimiento. Luego tomó otro para él. A las 9:47 de la mañana, Pedro Valal llamó a Mariela. La llamada duró 2 minutos y 16 segundos. Mariela estaba en el hospital cuando sintió vibrar el teléfono. Salió al pasillo y contestó. Lo primero que escuchó fue el viento, un rugido profundo y constante, y luego la voz de Pedro Bal, que intentaba sonar tranquilo y no lo lograba del todo.
Mariela, escúchame. Estamos en el mar. Hubo una tormenta. El motor falló. Julia está conmigo. Está bien. Tiene el chaleco puesto. No sé exactamente dónde estamos, pero salimos de Cumaná hacia la isla. Llama a la guardia costera. Llama a quien sea. Diles que somos 10 personas en una lancha que se llama La esperanza, salida del muelle principal de Kumaná.
Mariela escuchó todo sin interrumpir. Luego le preguntó si Julia podía hablar. Hubo un segundo de silencio, un ruido de fondo que ella describió después como el sonido de algo rompiéndose y entonces escuchó la voz de su hija clara y cercana al teléfono. “Mami, no te preocupes, papi está aquí.” Esas fueron las últimas palabras que Mariela escuchó de su hija.
La llamada se cortó 4 segundos después. Mariela salió del hospital corriendo. Llamó a su cuñado. Llamó al número de emergencias marítimas que encontró en internet. Llamó a la guardia costera de Kumaná. Llamó a una emisora local. En todos los casos, la respuesta fue la misma. Estamos tomando nota. Le avisaremos. Nadie la llamó de vuelta.
Esa tarde, cuando el sol comenzaba a bajar sobre el Caribe y la tormenta había amainado, una embarcación de pescadores encontró los restos de la esperanza a poco más de 11 km al noreste del punto de salida. La lancha estaba semiundida, inclinada sobre su costado derecho con la proa destrozada. A bordo no había nadie. Encontraron dos pares de zapatos, una mochila con ropa de niña, una libreta rosada con las páginas mojadas, pero todavía legibles, y un chaleco salvavidas flotando a pocos metros, sin nadie dentro. De las 10 personas que
habían abordado esa mañana, no apareció ninguna de inmediato, pero en los días siguientes, ocho de ellas fueron localizadas con vida, algunos en playas cercanas, otros rescatados por embarcaciones pesqueras, con heridas, con trauma, con historias fragmentadas de lo que había pasado. Dos personas nunca aparecieron.
Pedro Val Díaz, 55 años. Julia Díaz, 13 años. Y lo que vino después no fue una búsqueda, fue un silencio. Cuando Mariela Díaz llegó a Kumaná en la madrugada del 7 de enero, no encontró una operación de búsqueda. Encontró una oficina cerrada, un funcionario de guardia que le entregó un formulario para llenar y le dijo que regresara en horario hábil y una costa oscura y quieta que no le devolvía nada.
Había viajado 6 horas en un carro que le prestó su cuñado, sin dormir, sin comer, con el teléfono pegado a la mano, esperando una llamada que no llegó. Su hijo Ernesto la acompañaba. Samuel había querido ir también, pero ella le pidió que se quedara en Maturín porque alguien tenía que estar disponible si llegaba una noticia.
La noticia no llegó esa noche ni la siguiente. El puerto de Kumaná a las 2 de la madrugada es un lugar extraño. Huele a sal, a motor quemado, a pescado seco. Las luces son pocas y amarillentas. Los perros callejeros rondan cerca de los contenedores. Mariela se sentó en un banco frente al muelle y no lloró. Ernesto me contó esto meses después con la voz entrecortada.
Mi mamá no lloraba. Eso me asustaba más que todo. Miraba el mar como si pudiera ver a través de él. A las 8 de la mañana del 7 de enero se presentaron en la sede de la capitanía del puerto. El oficial que los atendió era un hombre delgado, de uniforme impecable, que escuchó el relato de Mariela con una expresión que Ernesto describió como demasiado tranquila para la situación.

El oficial les dijo que ya tenían conocimiento del incidente, que se habían recuperado los restos de la embarcación y que ocho personas habían sido localizadas. Les confirmó que dos personas seguían sin aparecer. Les dijo que las búsquedas estaban en curso. ¿Dónde están buscando?, preguntó Mariela, en el área correspondiente al incidente.
Puedo ver el mapa. ¿Puedo hablar con los que están buscando? No es posible en este momento, señora. Es protocolo. Mariela puso las manos sobre el escritorio y habló despacio con una calma que costaba mantener. Mi esposo y mi hija de 13 años están en el mar desde ayer. Necesito saber qué está pasando.
El oficial le repitió que las búsquedas estaban en curso, que le avisarían ante cualquier novedad, que debía dejar un número de contacto, que el proceso podía tomar tiempo. Esa misma tarde, Ernesto intentó contactar a periodistas locales. Tenía el número de un reportero de una emisora de Kumaná que había cubierto noticias de la zona costera antes.
El reportero atendió, escuchó la historia con interés y le dijo que iba a consultar con su editor. Tres horas después volvió a llamar. Su voz había cambiado. Mira, yo quiero ayudarte, pero me dijeron que no puedo cubrir esto. Me dijeron que el caso está siendo manejado por autoridades y que cualquier información que publiquemos sin autorización oficial podría comprometer las operaciones de búsqueda.
¿Quién te dijo eso? No te puedo decir, pero te lo digo en serio. No insistas por este lado. Busca otro camino. Ernesto colgó y le contó a su madre. Mariela escuchó, asintió y dijo una sola cosa. Entonces, alguien quiere que esto no se sepa. Esa intuición que en ese momento podría haber parecido el pensamiento desesperado de una esposa y madre al borde del colapso resultaría ser completamente acertada.
En los días siguientes, la familia intentó múltiples vías. Contactaron a la Defensoría del Pueblo que los recibió, tomó nota y no volvió a comunicarse. Contactaron a un abogado en Kumaná que inicialmente aceptó el caso, pero que una semana después les devolvió los documentos sin explicación. Intentaron publicar en redes sociales con fotos de Pedro Valal y Julia pidiendo información.
Las publicaciones en algunos grupos locales de Facebook fueron eliminadas pocas horas después de ser compartidas, sin que los administradores respondieran por qué. Una mujer que prefirió no identificarse, vecina de uno de los sobrevivientes de la lancha, llamó a Ernesto al quinto día. le dijo que uno de los pasajeros rescatados, uno de los hombres de las parejas de Maturín, había estado hablando, que había visto cosas durante la tormenta que no encajaban con la versión oficial de un accidente, que había mencionado una embarcación grande,
sin luces, que se había acercado a la esperanza cuando el motor falló, que había escuchado voces que no eran de los pasajeros de la lancha. Ernesto intentó contactar a ese hombre. El número que le dieron no existía. Cuando fue personalmente a la dirección que le indicaron, los vecinos dijeron que la familia se había ido de Kumaná hacía 3 días.
El 15 de enero, 9 días después de la desaparición, la Capitanía del Puerto emitió un comunicado oficial de dos párrafos. decía que tras operaciones de búsqueda intensivas en la zona del accidente no se habían encontrado sobrevivientes adicionales, que el caso quedaba catalogado como accidente marítimo con desaparecidos, que las condiciones climáticas adversas y el tiempo transcurrido hacían improbable la localización de los cuerpos, que se cerraba formalmente la fase de búsqueda activa.
El comunicado no mencionaba los nombres de Pedro Bal y Julia Díaz. No mencionaba a ninguno de los desaparecidos por su nombre. Mariela leyó ese comunicado sentada en la posada donde seguían alojados porque no sabían qué más hacer, a dónde ir, cómo volver a sus vidas con esa ausencia abierta como una herida sin coser. Ernesto estaba a su lado.
Cuando terminó de leer, Mariela dobló el papel con cuidado, lo guardó en su cartera y dijo, “Esto no se queda así.” [carraspeo] Pero la realidad era que tenían muy poco con qué pelear. No tenían dinero para contratar abogados en Caracas. No tenían contactos políticos ni influencia mediática.
Eran una familia de clase media de Anzoegui que había perdido a dos de sus miembros en un mar que el Estado se negaba a explicar. Y en Venezuela, en enero de 2026, eso significaba que podían desaparecer del registro oficial casi sin que nadie lo notara, salvo por una persona. Su nombre era Luisa Fernanda Marcano y era profesora de historia en la Universidad de Oriente, sede de Cumaná.
Tenía 41 años. Había crecido en el puerto, conocía a los pescadores de nombre, sabía leer el mar y sabía leer el poder. Cuando vio en el perfil de una prima lejana la foto de Julia Díaz, antes de que la publicación fuera eliminada, tomó una captura de pantalla, luego tomó otra, luego empezó a buscar. Luisa no era periodista ni activista.
Era una mujer que había aprendido desde joven, que en Venezuela, cuando el Estado guarda silencio, ese silencio tiene forma, tiene peso y tiene autores. Y cuando leyó el comunicado oficial, reconoció ese silencio de inmediato. Esa noche Luisa abrió su computadora y comenzó a escribir. Lo que escribió no era un artículo, era un registro, nombres, fechas, testimonios fragmentados de personas que habían hablado con ella en los últimos días sin saber que estaban construyendo un rompecabezas, un registro que si le pasaba algo
alguien más podría continuar, porque Luisa sabía algo que Mariela todavía no. Este caso no era el primero y si nadie hacía algo, tampoco sería el último. Hay cosas que el Caribe venezolano guarda con una discreción que ningún estado puede comprar ni prohibir. Las corrientes saben a dónde van los cuerpos, los pescadores saben qué embarcaciones salen de noche sin registro.
Los niños que crecen en los puertos aprenden desde pequeños a distinguir un accidente de algo que no lo es. Y los viejos que llevan décadas mirando ese horizonte pueden leer en el color del agua y en el comportamiento de las gaviotas si algo pasó donde no debería haber pasado. Ceferino Leal tenía 72 años y había pescado en las aguas del Golfo de Cariaco y el Caribe de Sucre desde los 12.

Era un hombre de pocas palabras, espalda torcida por décadas de trabajo físico y una memoria prodigiosa para los detalles del mar. Luisa Fernanda lo conocía desde niña porque Ceferino había sido amigo de su abuelo y porque en el puerto todos conocen a Ceferino de una forma u otra. Fue Ceferino quien la llamó el 17 de enero.
No le dijo mucho por teléfono, solo le dijo que fuera al muelle de los pescadores antes de que amaneciera, que llevara grabadora y que no le dijera a nadie a dónde iba. Luisa llegó a las 4:30 de la mañana. Ceferino la esperaba sentado sobre una caja de madera con un termo de café y la mirada puesta en el mar oscuro.
No la saludó con palabras, solo asintió cuando la vio llegar. Le sirvió café en una tapa de plástico y habló durante 20 minutos sin parar, en voz baja, mirando el agua. Lo que Ceferino le contó esa madrugada fue esto. La noche del 6 de enero, horas después de la tormenta, él y dos de sus compañeros estaban recogiendo sus redes a unos 16 km de la costa cuando vieron algo que no esperaban.
Una embarcación grande de al menos 15 m, sin luces de navegación, moviéndose en dirección contraria a cualquier ruta comercial conocida. se movía despacio, demasiado despacio para su tamaño, como si estuviera buscando algo o esperando algo. Ceferino conocía esa zona como la palma de su mano y esa embarcación no tenía razón de estar ahí.
Lo que lo hizo guardar silencio durante días fue lo que vio a continuación. Cuando la embarcación grande se alejó, uno de sus compañeros, que tenía unos binoculares viejos pero funcionales, vio que a Popa llevaba algo. No pudo determinar exactamente qué, pero describió lo que vio como bultos, muchos bultos cubiertos con lona.
Seferí no sabía lo que eso podía significar. Lo sabía porque no era la primera vez que algo así ocurría en esas aguas. En los últimos dos años había habido al menos tres casos de embarcaciones que desaparecían en rutas similares, siempre durante o después de tormentas, siempre en zonas donde el estado tenía presencia mínima. Los pescadores hablaban entre ellos, pero no hablaban con nadie más, porque los que hablaban con alguien más a veces tenían problemas.
¿Qué tipo de problemas?, preguntó Luisa. Ceferino tomó un sorbo de café y dijo, “El tipo de problemas que hace que la gente se vaya de Kumaná de un día para otro.” Luisa pensó en el hombre de Maturín, que había desaparecido de su dirección. Pensó en el abogado que había devuelto los documentos sin explicación.
pensó en el reportero que le había dicho a Ernesto que buscara otro camino. Le preguntó a Ceferino si sus compañeros estaban dispuestos a hablar. Ceferino negó con la cabeza. Uno se fue para Margarita la semana pasada. El otro tiene tres hijos y no quiere saber nada de esto. ¿Y tú por qué me estás diciendo esto a mí? El viejo la miró por primera vez directamente a los ojos.
Porque esa niña tenía 13 años y porque llevo 60 años en este mar y no me queda mucho tiempo para arrepentirme de lo que no dije. Luisa grabó cada palabra. Cuando llegó a su apartamento, cerca de las 6 de la mañana transcribió todo en su registro y lo guardó en tres lugares distintos: un disco externo, una cuenta de correo electrónico con contraseña que solo ella conocía y en papel.
escrito a mano, guardado en un sobre en casa de su hermana en Barcelona. Ese mismo día, Luisa se presentó en la posada donde estaban alojados Mariela y Ernesto. Se identificó, les explicó quién era y les dijo que tenía información. Los tres se sentaron en la habitación pequeña y calurosa, con el ventilador girando, y Luisa les contó lo que sabía.
No todo, porque había cosas que todavía no podía confirmar, pero sí lo suficiente para que Mariela entendiera que la versión oficial de un simple accidente climático tenía agujeros enormes. Ernesto escuchó en silencio, luego preguntó, “Si no fue solo la tormenta, ¿qué fue?” Luisa eligió las palabras con cuidado. Hay una posibilidad que nadie quiere nombrar oficialmente.
Que esa lancha no estaba sola en el mar cuando el motor falló y que lo que le pasó a tu padre y a tu hermana no fue solo consecuencia del clima. El silencio que siguió a esas palabras duró casi un minuto. Mariela fue la que lo rompió. No con llanto ni con gritos, con una pregunta. Hay alguien que pueda confirmarlo.
Hay alguien que lo vio, pero no va a hablar en público. Y sin que hable en público, sin que hable en público, lo que tenemos es un registro incompleto, pero real. Y si llegamos a las personas correctas con ese registro, puede que alguien empiece a hacer preguntas que el gobierno no pueda ignorar.
Las personas correctas en ese contexto no eran medios venezolanos, eran organizaciones internacionales de derechos humanos que llevaban años documentando casos similares. Eran periodistas en el exterior que cubrían Venezuela y que tenían los recursos y la protección para publicar lo que los medios locales no podían.
Eran redes de activistas que operaban desde la diáspora y que conocían los mecanismos del silencio oficial venezolano mejor que nadie. Luisa [carraspeo] tenía contacto con al menos dos de esas redes. Había colaborado antes en documentar casos de desplazamiento forzado y desapariciones en zonas rurales del estado Sucre. sabía cómo funcionaba el proceso.
Lento, con riesgos, sin garantías, pero real. Lo que Luisa no les dijo esa tarde, porque no quería añadir más peso sobre una familia que ya cargaba demasiado, era lo que una de sus fuentes le había mencionado dos días antes. Una fuente que trabajaba en administración portuaria y que había visto de manera indirecta documentos internos relacionados con el incidente del 6 de enero.
Esos documentos, según la fuente, mencionaban el incidente, lo catalogaban y en la columna de clasificación no decía accidente marítimo, decía caso cerrado por razones de seguridad nacional. Lo que eso significaba exactamente, nadie en esa habitación pequeña y calurosa todavía lo sabía con certeza.
Pero todos sintieron al mismo tiempo que la historia que estaban comenzando a desenterrar era más grande, más oscura y más peligrosa de lo que habían imaginado. Afuera, el Caribe brillaba bajo el sol de enero, como si no supiera nada de todo esto, como si el mar, que se lo había llevado todo, guardara sus secretos con la misma indiferencia tranquila con la que devuelve las mareas.
Pero los mares nunca guardan los secretos para siempre. Hay una forma particular de resistencia que no tiene banderas ni discursos ni marchas en las calles. Es más silenciosa, más lenta, más vulnerable y precisamente por eso más difícil de aplastar. Es la resistencia de una madre que no acepta un papel doblado como respuesta, la de un hijo que sigue enviando correos que nadie responde.
La de una profesora que guarda registros en tres lugares distintos porque sabe que uno solo no es suficiente. La de un periodista en el exterior que recibe un archivo anónimo y decide que vale la pena el riesgo de publicarlo. Fue esa clase de resistencia la que mantuvo vivo el caso de Pedro Bal y Julia Díaz durante las semanas que siguieron.
El 22 de enero, Luisa Fernanda Marcano envió su registro completo a dos organizaciones. La primera era una plataforma de periodismo de investigación con sede en Ciudad de México que cubría sistemáticamente casos de violaciones de derechos humanos en Venezuela y otros países de la región. La segunda era una red de activistas venezolanos en el exterior con nodos en Miami, Madrid y Bogotá, que llevaba años documentando desapariciones y casos de represión que los medios venezolanos no podían cubrir.
No firmó el registro con su nombre. Usó un seudónimo y un correo electrónico creado específicamente para ese fin. Desde una conexión que no era la suya. había aprendido esas precauciones de colegas que habían tenido problemas antes. La respuesta de la plataforma mexicana llegó 4 días después. Una editora llamada Valentina, que llevaba 8 años cubriendo Venezuela, le escribió un correo breve y directo.
Recibimos tu material. Es serio. Necesitamos verificar. ¿Puedes hablar? Luisa respondió que sí. La llamada duró casi 2 horas. Valentina hizo preguntas precisas, específicas del tipo que hacen los periodistas, que saben exactamente qué necesitan para publicar algo que resista el escrutinio legal y editorial.
Quería saber si había más testigos además de Ceferino. Quería saber si existía algún registro oficial que confirmara la presencia de esa embarcación sin luces en la zona. Quería saber si la familia estaba dispuesta a hablar en un contexto de anonimato o de registro público. Luisa respondió lo que podía responder. Admitió los vacíos que existían.
Valentina escuchó todo y al final dijo algo que Luisa guardó. Los casos con vacíos son los más peligrosos de publicar, pero también son los más importantes, porque los vacíos no son accidentes, son decisiones. Mientras tanto, Ernesto Díaz había regresado a Caracas con una tarea que su madre le había dado antes de que se separaran, buscar un abogado que no tuviera miedo.
No era tarea fácil en Venezuela en 2026. Los abogados que se especializaban en derechos humanos y que no habían abandonado el país eran pocos y los que quedaban operaban con un nivel de cautela que a veces lindaba con la parálisis. Pero Ernesto tenía algo a su favor, un compañero de universidad, cuyo tío era abogado en Caracas y había llevado antes casos de desaparición en contextos políticos.
El abogado se llamaba Rodrigo Peña. Tenía 47 años. Era delgado, hablaba rápido y pensaba más rápido todavía. Cuando Ernesto les puso el caso en una reunión que duró tres horas en su oficina del este de Caracas, Rodrigo escuchó sin tomar notas, solo mirándolo, y al final dijo, “Lo que describes es un patrón, no un incidente aislado.
” le explicó que en los últimos 18 meses había recibido consultas sobre al menos cuatro casos con similitudes preocupantes. Embarcaciones que desaparecían o que tenían accidentes en zonas costeras del oriente venezolano, siempre con respuestas oficiales vagas, siempre con bloqueo mediático, siempre con presión sobre testigos y familiares.
En dos de esos casos, los familiares habían recibido visitas de funcionarios que, sin amenazar explícitamente, les sugirieron no agitar las aguas, como dijo uno de ellos literalmente. ¿Hay un vínculo entre esos casos?, preguntó Ernesto. No puedo probarlo todavía, pero la geografía sí.
Todos ocurrieron en una franja específica del Caribe venezolano entre el Golfo de Caríaco y las aguas. frente a las costas de Sucre, una zona que si uno mira los mapas de rutas migratorias clandestinas hacia Trinidad, Curazao y las costas colombianas, coincide perfectamente con los corredores más utilizados. Ernesto tardó un momento en procesar lo que eso implicaba.
está diciendo que mi padre y mi hermana podrían haber estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Rodrigo no respondió de inmediato, se levantó, fue a la ventana y dijo, “Estoy diciendo que hay personas que utilizan esas aguas para mover cosas que no deberían mover y que cuando algo interrumpe esas operaciones, ya sea una tormenta, un motor roto o una lancha llena de turistas que vio algo que no debía ver, la respuesta de esas personas no es llamar a la guardia costera.
El silencio que siguió a esas palabras fue diferente al de los silencios anteriores. Era un silencio con peso específico, con implicaciones que Ernesto no quería terminar de formular, pero que ya no podía ignorar. Rodrigo aceptó el caso sin honorarios por adelantado, porque sabía que la familia no podía pagarlos con la condición de que cualquier acción legal se coordinara con lo que Luisa y la plataforma mexicana estuvieran haciendo, porque la presión pública y la presión legal debían funcionar juntas para tener
algún efecto. Ariela, que seguía en Kumaná porque no encontraba razón para volver a una casa vacía de dos de sus personas, supo de estos avances por llamadas telefónicas que hacía desde el locutorio de la esquina, porque había aprendido a no confiar en que sus conversaciones desde el celular fueran privadas.
Cada vez que Ernesto o Luisa le contaban algo nuevo, escuchaba en silencio, preguntaba lo necesario y decía lo mismo al final. Sigan, no paren. El 3 de febrero algo ocurrió que nadie esperaba. Una mujer que vivía en un pueblo pesquero a 22 km de Kumaná se presentó en la posada donde Mariela seguía hospedada.
preguntó por ella específicamente. Se llamaba Gregoria. Tenía 53 años y su hijo había sido uno de los sobrevivientes de la esperanza, uno de los hombres de las parejas de Maturín. Se sentaron en el pequeño comedor de la posada con dos cafés que nadie tocó y Gregoria habló durante 40 minutos. le contó que su hijo, cuyo nombre pidió que no se divulgara, había pasado las semanas desde el accidente con pesadillas recurrentes y sin poder hablar del tema, pero que esa semana le había contado algo a ella, solo a ella, que lo había estado consumiendo desde el
6 de enero. Durante la tormenta, cuando el motor de la lancha falló y las olas empezaron a golpear con fuerza, el hijo de Gregoria había visto algo desde su posición en la borda. A través de la lluvia y el caos había visto una embarcación acercarse. No era grande como la que Seferino había descrito horas después.
Era mediana, de color oscuro, sin identificación visible. se había acercado hasta quedar a pocos metros de la esperanza y luego, en vez de ayudar había dado la vuelta y se había alejado. Pero antes de alejarse, el hijo de Gregoria había visto con sus propios ojos que alguien desde esa embarcación tomaba fotos o video con un teléfono, mirando directamente hacia la esperanza y que entre los pasajeros de la lancha accidentada, en ese momento de caos máximo, Pedro Valal Díaz era el único que estaba de pie, aferrado a la borda con una mano y sosteniendo a Julia
con la otra, completamente visible desde cualquier embarcación cercana. Mariela escuchó esto con las manos sobre la mesa y los ojos fijos en el café frío. Cuando Gregoria terminó, Mariela le preguntó una sola cosa. Esa embarcación volvió. Gregoria bajó la vista. Eso es lo que mi hijo no me quiso decir.
Dijo que después de eso, no recuerda bien, que el golpe del agua lo tiró y que cuando volvió a la superficie ya no estaba la lancha oscura, pero tampoco estaban su padre y su hermana. Mariela asintió despacio. “Gracias por venir”, dijo. Y no dijo nada más. Pero esa noche, en la habitación pequeña de la posada, con el ventilador girando y el ruido del mar entrando por la ventana, Mariela Díaz escribió en una libreta con la misma letra cuidadosa con la que había escrito siempre una lista de nombres, los que habían ayudado, los que habían callado, los que habían
mentido. Y al final de la lista, con mayúsculas y sin adornos, escribió dos palabras que funcionaban como promesa y como ancla: No olvidar. Mayo de 2026. Han pasado 4 meses desde que Pedroal y Julia Díaz desaparecieron en el Caribe venezolano. El caso sigue sin tener resolución oficial. Los cuerpos no han aparecido.
El gobierno venezolano no ha emitido ninguna declaración adicional más allá del comunicado de enero que no mencionaba sus nombres. Las búsquedas formales, si es que alguna vez existieron de verdad, terminaron hace semanas. Pero algo ha cambiado. El 14 de febrero, la plataforma de periodismo de investigación con sede en Ciudad de México publicó un artículo extenso sobre el caso.
No usaba los nombres completos de los testigos, no afirmaba con certeza lo que había ocurrido, pero documentaba con precisión y con fuentes verificadas en la medida de lo posible la secuencia de hechos. la desaparición, el bloqueo mediático, la presión sobre testigos, la catalogación como caso cerrado por razones de seguridad nacional y el patrón de incidentes similares en la misma franja costera durante los últimos 2 años.
El artículo fue compartido más de 20,000 veces en las primeras 48 horas. fue citado por medios internacionales en Colombia, España y Estados Unidos. Organismos de derechos humanos lo referenciaron en informes sobre la situación en Venezuela. Una organización con sede en Ginebra solicitó formalmente al Estado venezolano una respuesta sobre el caso.
La respuesta oficial fue el silencio, que en estos contextos no es ausencia de respuestas, sino una respuesta en sí misma. Luisa Fernanda Marcano supo que el artículo había sido publicado a las 6 de la mañana cuando le llegó el enlace por un mensaje cifrado de Valentina. leyó el texto completo sentada en su cocina con un café en la mano y cuando terminó se quedó mirando la pantalla sin moverse durante varios minutos.
No era alivio lo que sentía, no era satisfacción, era algo más complicado. La conciencia de que algo que había estado enterrado ahora tenía forma visible y que eso era importante, aunque no fuera suficiente. Esa tarde recibió una visita en la universidad. dos hombres sin identificación visible que dijeron ser del Ministerio de Educación y que querían hablar con ella sobre irregularidades administrativas en uno de sus proyectos de investigación.
La reunión duró 20 minutos. Nadie mencionó el artículo ni el caso Díaz, pero las preguntas que hicieron, vagas y sin propósito aparente, eran el tipo de preguntas que no necesitan respuesta para cumplir su función. Eran preguntas diseñadas para que la persona interrogada supiera que estaba siendo observada.
Luisa los acompañó hasta la puerta, les dijo que con gusto revisaría la documentación que necesitaran y cuando se fueron entró al baño, cerró la puerta y permitió que las manos le temblaran durante 3 minutos. Luego se lavó la cara, salió y continuó con su clase de las 4 de la tarde. Esa noche llamó a su hermana en Barcelona y le dijo que guardara bien el sobre.
Rodrigo Peña desde Caracas había presentado el 10 de febrero una acción legal formal ante el Ministerio Público, solicitando la reapertura del caso bajo la figura de desaparición forzada en contexto de encubrimiento institucional. Era un paso que él mismo describió como más simbólico que práctico en el corto plazo, pero que era necesario para construir el expediente legal que podría ser presentado ante instancias internacionales si los canales venezolanos continuaban bloqueados.
La respuesta del Ministerio Público llegó a los 15 días. El caso había sido clasificado como accidente y no reunía los elementos para una reapertura. La acción fue archivada. Rodrigo apeló. Sabía que la apelación también sería rechazada, pero cada rechazo era un documento y los documentos se acumulan. Ernesto Díaz había vuelto a Caracas, pero no a su vida anterior.
La empresa donde trabajaba lo había recibido con la mirada que le reservan a los que han pasado por algo que los demás no saben cómo manejar. una mezcla de lástima y distancia. Ernesto llegaba, hacía su trabajo y por las noches respondía correos, coordinaba con Rodrigo, hablaba con organizaciones de la diáspora venezolana y mantenía vivas las cuentas en redes sociales que la familia había creado para documentar el caso, que cada tanto eran bloqueadas y cada tanto reaparecían bajo nombres ligeramente distintos.
no dormía bien. Su novia le había dicho con cuidado, pero con franqueza, que le preocupaba verlo así, tan atrapado en algo que no podía resolver. Ernesto le había respondido que entendía su preocupación y que la amaba, pero que mientras su hermana de 13 años no tuviera una explicación y su padre no tuviera un nombre puesto sobre lo que le había ocurrido, no podía simplemente seguir adelante como si nada.
Ella lo había abrazado sin decir más. Samuel, el hijo del medio, había Kumaná en marzo para estar con su madre. Había dejado la universidad temporalmente con la intención de retomar en el segundo semestre. Mariela no le había pedido que fuera, pero cuando llegó, ella lo abrazó en el puerto con una fuerza que él no recordaba en ella desde que era niño.
Se quedaron dos semanas juntos. recorriendo los mismos pasos que ella y Ernesto habían dado en enero, hablando con las mismas personas que ya conocían la historia, añadiendo poco nuevo, pero confirmando que la memoria del caso seguía viva en esa comunidad costera que el Estado había intentado silenciar. Una tarde, Samuel fue solo hasta el muelle, se sentó en el mismo borde donde Ceferino acostumbraba a pescar.
miró el mar durante una hora y luego sacó del bolsillo la libreta rosada de Julia que Mariela le había dado para que la guardara. Las páginas estaban onduladas por el agua salada, pero todavía legibles. Samuel las leyó todas despacio. Julia había escrito sobre el viaje en autobús, sobre la posada, sobre la carne en vara, sobre las estrellas que había visto desde el balcón esa noche.
En la última página escrita, con su letra redonda y cuidadosa, había anotado, “Mañana el mar, por fin.” Samuel cerró la libreta y la guardó. No lloró en ese momento. Lloró más tarde en la posada, con la puerta cerrada y la cabeza enterrada en la almohada con ese tipo de llanto que no hace ruido porque ya no tiene energía para hacerlo.
Y luego se quedó dormido, que fue la primera vez en meses que dormía más de 3 horas seguidas. Mariela Díaz, a finales de mayo de 2026 seguía en Kumaná. había tomado la decisión que a algunos les parecía incomprensible y a ella le parecía la única posible, de no volver a la casa de Barcelona mientras el caso no tuviera alguna forma de resolución.
No tenía trabajo. Vivía de los ahorros familiares y de la ayuda que Ernesto y Samuel le enviaban cada mes. Se había convertido en una presencia conocida en el puerto, en las oficinas que la seguían recibiendo con formularios y sin respuestas, en la posada que ya le cobraba precio de residente. Las personas de Kumaná que la habían visto llegar en enero desesperada y casi sin palabras, la veían ahora diferente, no resuelta ni tranquila, porque esas no eran palabras que cuadraran con lo que vivía, sino consistente. La veían
aparecer, preguntar, insistir, volver con esa clase de presencia que no grita, pero que tampoco desaparece. Ceferino, cuando la cruzaba en el puerto le hacía un gesto con la cabeza, no de lástima, de reconocimiento. El caso de Pedro Bal y Julia Díaz no estaba resuelto en mayo de 2026.
No tenía final, no tenía cierre, no tenía esa clase de justicia que se puede mostrar en un papel o en una sentencia. Lo que tenía era esto, una familia que no aceptó el silencio como respuesta, una profesora que eligió registrar cuando otros elegían olvidar, un abogado que presentaba recursos sabiendo que serían rechazados, porque los rechazos también son parte del expediente.
Un [carraspeo] periodista en el exterior que recibió un archivo y decidió publicarlo. un viejo pescador que habló a las 4:30 de la mañana porque tenía 72 años y no le quedaba tiempo para arrepentirse de lo que no decía y un mar que sigue guardando lo que sabe, porque los mares guardan sus secretos durante un tiempo, pero el tiempo, que es lo único que no se puede silenciar, siempre termina siendo más largo que cualquier encubrimiento.
Lo que ocurrió con Pedro Val y Julia Díaz en enero de 2026 es uno de los tantos casos que el poder intenta enterrar en Venezuela y en muchos otros lugares del mundo. Casos que no llegan a los titulares, que no tienen juicios, que no tienen monumentos, que solo tienen familias que siguen preguntando y personas que eligen no mirar para otro lado.
Si llegaste hasta aquí, ya no eres alguien que no sabe. Y eso, aunque parezca poco, es exactamente lo que el silencio intenta impedir. Si esta historia te impactó, necesito que hagas tres cosas ahora mismo. Primero, suscríbete al canal si todavía no lo has hecho porque seguimos trayendo casos como este que no encuentras en ningún otro lugar.
Segundo, dale like a este video porque cada like le dice al algoritmo que estas historias importan y ayuda a que más personas las conozcan. Y tercero, escríbenos en los comentarios desde qué ciudad o país estás viendo este video. Hay personas en Venezuela, en Colombia, en México, en España, en Estados Unidos, en toda América Latina siguiendo este canal y queremos saber de dónde eres tú.
El caso de Pedroal y Julia Díaz sigue abierto. La familia sigue esperando respuestas y mientras haya personas dispuestas a escuchar, hay razón para seguir contando. Hasta el próximo caso.