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EL CASO QUE CONGELÓ TIJUANA: todo era normal hasta esa noche y nunca más se supo de él

EL CASO QUE CONGELÓ TIJUANA: todo era normal hasta esa noche y nunca más se supo de él

Salió de su casa un martes por la noche. Solo llevaba un tanque de gas vacío y dinero justo para pagarlo. Nadie lo vio llegar. Y lo que descubrimos después el heló la sangre de todos los que conocían su historia. Tijuana tiene dos caras. Una la conoce todo el mundo. El ruido de la avenida Revolución, los tacos de adobada en el puesto de la esquina, el olor a fritanga que se mezcla con el polvo y el smoke del boulevard.

 La frontera que nunca duerme, dicen. La ciudad que pulsa a cualquier hora, que grita, que sangra y que de todas formas amanece. Pero hay otra Tijuana, una que existe detrás de las colonias, que no salen en los periódicos, en los callejones sin nombre, en las historias que las familias guardan para sí, porque sienten que nadie las va a escuchar.

 Esa Tijuana también existe y es en esa sombra donde empieza esta historia. El nombre del muchacho era Giovanni Reyes Portillo, 18 años. Nacido y criado en la colonia obrera en el lado este de la ciudad, donde las calles son de tierra compactada y los perros flacos duermen al sol sobre los montículos de arena. Una zona de casas de bloc sin pintar, de tendederos llenos de ropa de trabajo, de mujeres que se levantan antes del amanecer para calentar las tortillas y de hombres que salen con el termos de café en la mano cuando todavía está

oscuro. Giovanni era de esos muchachos que uno ve y no olvida, aunque no sepa bien por qué. No era el más guapo del barrio ni el más listo, era otra cosa. Tenía algo en la mirada, decía su mamá, doña Patricia, una seriedad que no correspondía a su edad, como si hubiera entendido muy joven que la vida no regala nada.

 Y en efecto, Giovanni no había tenido una vida fácil, pero tampoco se quejaba. Antes de que sigamos, si estás escuchando esto y todavía no te has suscrito al canal, hazlo ahora. Solo toma un segundo y nos ayuda un montón a seguir trayendo historias como esta. Hale like también, por favor, y cuéntame en los comentarios desde dónde estás viendo esto.

 Siempre me da gusto saber que estamos en distintos rincones y que a pesar de la distancia nos une el mismo interés por estas historias. Ya que lo hiciste, sigamos. Su papá, don Aurelio, era albañil. Había llegado a Tijuana desde Guanajuato cuando tenía 22 años con nada más que una mochila de lona y las ganas de trabajar. Se quedó porque encontró Chamba, luego encontró a Patricia, luego llegaron los hijos y la vida fue pasando sin que nadie le preguntara si así la quería.

Don Aurelio era un hombre de pocas palabras, de los que enseñan con el ejemplo. Nunca le dijo a Giovanni que lo amaba con palabras directas, pero se levantaba a las 5 de la mañana todos los días sin excepción. Y eso para Giovanni era suficiente. Era suficiente y lo entendía. Giovanni terminó la secundaria con calificaciones normales.

No hubo dinero para la prepa, o al menos eso fue lo que entendió sin que nadie se lo tuviera que decir en voz alta. La familia necesitaba más ingresos y Giovanni, sin drama, sin reclamos, simplemente agarró una pala y empezó a acompañar a su papá a las obras. 12 13 horas bajo el sol de Tijuana, cargando bloc, mezclando cemento, subiendo cubetas por escaleras de madera carcomida.

Eso era la vida de Giovanni Reyes a los 18 años y lo hacía bien. Los contratistas lo empezaron a pedir por nombre. Decían que era responsable, que llegaba puntual, que no se rajaba. Don Aurelio escuchaba eso con la misma expresión de siempre, sin sonreír. Pero quienes lo conocían sabían que por dentro ese hombre estaba orgulloso.

Entonces, nada en la vida de Giovanni Reyes parecía fuera de lo ordinario. Y sin embargo, algo estaba a punto de cambiar, algo que nadie vio venir. La obra donde estaban trabajando ese mes de octubre estaba en la colonia Independencia, a unos 20 minutos de su casa. Era un proyecto de remodelación de una bodega contratado por un tipo de Guadalajara que quería convertirla en una especie de minialmacén para renta.

Nada glamoroso, solo cemento, varilla y sudor. Fue ahí donde Giovanni conoció a Damián. Nadie sabe exactamente en qué momento llegó ese hombre al barrio. Ni siquiera está claro si trabajaba en la obra o si simplemente aparecía por ahí. Los compañeros de Giovanni declararon después cosas distintas.

 Unos dijeron que sí lo habían visto una vez de lejos. Otros dijeron que nunca lo habían notado. Y esa contradicción, esa niebla alrededor de Damián fue uno de los primeros elementos que hizo que el caso se volviera tan perturbador. Lo que sí se sabe es que Giovanni lo mencionó en casa. Una noche, mientras cenaban frijoles con arroz y tortillas de harina, Giovanni le dijo a su mamá que había conocido a alguien, un cuate que le caía bien.

 Doña Patricia no le dio mayor importancia porque iba a dársela Damián. Solo se sabe el nombre, no el apellido, no la dirección, no si era de Tijuana, de algún otro estado o incluso de si tenía papeles o no. En esta ciudad la gente llega y no siempre trae historia. Giovanni lo describió como un tipo tranquilo, mayor que él.

Quizás unos 25, quizás 30, no estaba seguro. Tenía la piel morena, el cabello oscuro cortado al rape por los lados y siempre andaba con una chamarra de mezclilla, aunque no hiciera tanto frío. Hablaba poco, pero cuando hablaba escuchaba diferente a la mayoría, como si en verdad estuviera prestando atención.

 Eso fue lo que le gustó a Giovanni, que Damián escuchaba. Los 18 años, cuando eres el hijo mayor y tienes que cargar block todo el día y llegar a casa con la espalda rota, a veces lo que más necesitas es alguien que te escuche sin juzgarte, alguien que no te diga que deberías estar agradecido, que hay gente peor, solo alguien que esté ahí.

 Y Damián estaba ahí. Los primeros días hablaron de cosas normales, del trabajo, del calor, de la Liga MX. Giovanni era del sholos, por supuesto, como casi todo el mundo en Tijuana. Damián dijo que él no era aficionado a ningún equipo. Lo dijo sin ninguna carga, simplemente como un dato. Y Giovanni lo encontró raro, pero lo dejó pasar.

 Las conversaciones fueron creciendo. Damián le preguntó sobre su familia, cuántos eran, cómo eran las cosas en casa. Giovanni contó sin pensar, “Porque así es cuando confías en alguien.” Le habló de su papá, de su mamá, de sus dos hermanos más chicos, Tomás de 14 y Renata de 11. Le contó que vivían en la obrera, que la casa era chica, pero que alcanzaban, que su mamá hacía las mejores enchiladas del mundo.

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