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CHRISTIAN EBERE: La TRAGICA HISTORIA de la REVELACION de CRUZ AZUL

CHRISTIAN EBERE: La TRAGICA HISTORIA de la REVELACION de CRUZ AZUL

Cristian Ever pasó de ser el fichaje que nadie conocía a ser la gran figura sorpresa del Cruz Azul en la liguilla. Tres goles en tres partidos. Pero más allá de este gran momento, el nigeriano tiene una historia de vida tan dura y cruda que parece sacada de un cuento de ciencia ficción.muertes, abandonos y la estafa de su representante que lo llevó al punto de tomar la decisión de abandonar todo. Esta es la dura historia de Cristian Ever conocer te dejará impactado. IMO es un estado del sureste de Nigeria, una región que no aparece en los titulares del fútbol mundial, que no tiene academias famosas ni caza talentos que los clubes europeos rastrean con reporteros y tecnología de análisis de datos.

Es una zona rural donde la vida se organiza alrededor de la comunidad, donde la familia lo es casi todo y donde los niños aprenden desde muy temprano que el mundo no les va a regalar nada. Cristian Ever y lo primero que la vida le quitó antes de que pudiera entenderlo o recordarlo fue a su padre. murió cuando Cristian tenía apenas un año.

La ausencia más grande de la vida de un niño antes de que ese niño tenga siquiera la capacidad de procesar que esa ausencia existe. Y la madre se quedó sola con los hijos en una Nigeria que no tiene sistemas de protección social que amortiguen ese tipo de golpes con la única herramienta que tienen las madres que no se rinden seguir.

Ella quería que Cristian estudiara. No lo decía como capricho ni como falta de comprensión hacia lo que su hijo soñaba. Lo decía porque conocía la realidad del fútbol en Nigeria, porque sabía que ese camino es estrecho, que los que lo intentan son muchísimos y los que llegan son poquísimos, que el margen entre el talento y la carrera profesional está lleno de obstáculos [música] que no tienen nada que ver con lo que uno hace dentro del campo.

Pero hubo alguien que sí creyó en el camino del fútbol, el tío de Cristian. Y el apoyo del tío fue la diferencia entre un sueño que se queda en los potreros del barrio y uno que empieza a caminar hacia algo real. En Nigeria no hay divisiones juveniles profesionales con la estructura que existe en Sudamérica o en Europa. Lo que hay son academias locales, centros de entrenamiento comunitarios, torneos regionales donde los chicos se miden entre sí.

Y en alguna de esas academias, en alguno de esos torneos donde los ojeadores de la selección nigeriana sub-17 revisaban su lista de candidatos, el nombre de Cristian Ever apareció y lo que vino después fue el momento que cambió todo lo que seguía. Llegó el día. Cristian estaba rindiendo su último examen escolar. No un examen cualquiera, el examen que cierra la etapa, el que la madre esperaba que abriera la puerta hacia la universidad.

Y en medio de ese examen, en ese cruce exacto entre el futuro que la madre quería y el futuro que el hijo había estado construyendo en silencio, llegó [carraspeo] la llamada, una oportunidad para presentarse a las pruebas de la selección sub-17 de Nigeria. Cristian terminó el examen y después agarró un autobús de madrugada y viajó solo buscando la oportunidad que nadie le iba a guardar si no aparecía a tiempo.

De los 13 jugadores de su academia que fueron a esas pruebas, solo uno quedó seleccionado, él. Lo que siguió fueron 8 meses de concentración con la selección sub-17, sin teléfono, sin televisión, enfocados únicamente en el fútbol, en el trabajo colectivo, en la construcción de un equipo que iba a representar a Nigeria en el torneo más importante de esa categoría en el mundo.

Las eliminatorias africanas, la Copa África Sub17 y después el Mundial. En ese vestuario, en esos meses de preparación y de competencia, Cristian Everes se cruzó con dos nombres que el fútbol mundial iba a pronunciar muchos años después con mucho más frecuencia. Samuel Chucese, el extremo que llegó al Milan de Italia y Víctor [carraspeo] Osimen, el delantero que fue a Nápoli y que se convirtió en uno de los nueve centrales más temidos del fútbol europeo.

Los tres formaban el ataque de esa Nigeria sub-17 y Ever Osimen no solo compartían el tridente ofensivo, compartían habitación. Dormían en la misma habitación. Hablaban de fútbol, de la vida, de lo que cada uno quería. Dos jóvenes nigerianos que en ese momento no podían saber del todo lo que el fútbol iba a depararles.

El Mundial Sub17 del 2015 los consagró. Nigeria ganó el torneo, derrotó a Malí en la final y se coronó campeón del mundo en esa categoría. Y en el camino hacia esa final, en las semifinales, Nigeria derrotó a México por marcador de 4 a2 en la disputado el 5 de noviembre de 2015. El partido se celebró en el estadio municipal de Concepción y Cristian Ever marcó un gol que en ese momento era parte del relato colectivo de una selección campeona y que con el tiempo iba a tomar otro significado.

El gol [carraspeo] de un chico de IMO, Nigeria, que se había subido a un autobús de madrugada después de rendir un examen escolar y que ahora estaba en un mundial sub-17 marcándole a México, país que en un futuro le abriría las puertas para desplegar su fútbol. El primer sueño roto. Después de un Mundial ganado, después de compartir el ataque con Chuku S y Osimen, después de marcar en semifinales contra México, lo que debería seguir es el club europeo, el contrato firmado, el siguiente capítulo de una carrera que acaba de validarse en

el escenario más grande de su categoría. Para Chuese siguió así, para Osimen siguió así, para Cristian Ever camino tomó una dirección diferente. Hubo una oferta, el Sint Truiden de Bélgica, un club real. de una liga real. Una oportunidad concreta de dar el salto profesional en Europa con toda la historia del Mundial Sub-17 como carta de presentación.

Las conversaciones avanzaron y entonces llegó el momento en que el representante de Ever pidió más dinero del que el club estaba dispuesto a pagar y el pase se cayó. No por el rendimiento, no por una lesión, no porque el club hubiera cambiado de idea sobre el jugador, sino porque alguien que estaba del lado de Cristian, alguien que debería haber estado cuidando sus intereses, tomó una decisión que cerró una puerta que en ese momento era quizás la más importante que se le iba a abrir en esa etapa de su carrera.

La diferencia entre el representante que trabaja para el jugador y el representante que trabaja para sí mismo. Cristian Ever iba a aprender esa lección de la manera más dura posible, pero eso vendría después. Lo que vino luego fue Argentina. Llegó a un centro de alto rendimiento en Canning, en el conurbano bonaerense, buscando mantenerse en forma, buscando opciones, buscando que alguien con posibilidades concretas lo viera jugar y decidiera apostar.

Y lo que encontró fue a Rosario Central. El club Rosarino lo incorporó para su reserva. Entre los 18 y los 20 años, Cristian Ever vivió en Rosario, entrenó en las inferiores de uno de los clubes históricos del fútbol argentino y marcó goles que sus compañeros de ese periodo todavía recuerdan, incluyendo uno ante News, en el clásico Rosarino Juvenil, que en Rosario es un partido que no tiene escala intermedia entre el triunfo y el desastre.

Pero justo en ese momento se produjo otra tragedia. La rodilla no aguantó. Una lesión frenó lo que hasta ese momento había sido un proceso de reconstrucción. Y cuando la rodilla no aguanta, cuando el cuerpo te para en el momento en que todo parecía estar encaminando hacia la dirección correcta, los clubes cambian sus cálculos con una velocidad que a veces resulta brutal para el jugador que está del otro lado de esa ecuación.

Rosario Central no le renovó, lo dejó libre. Y en ese momento Cristian Ever17, que había dormido en la misma habitación que el hombre que después llevaría al Nápoles a ganar un escudeto, que había marcado ante México y ante Newwells, tenía 20 años y no tenía club. Suema, nunca rendirse. Brasil fue el siguiente capítulo y Brasil fue durante un tiempo el capítulo más oscuro.

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