Asi Fue La vida en el rancho de Roberto Cobo, Calambres – Una vida rural alejado de la ciudad
Así fue la lujosa vida de Roberto Cobo, el calambres, el actor que nació en la miseria de general Suazua, Nuevo León, que pasó su infancia en las carpas itinerantes de México y que terminó siendo el único actor de su generación en ganar dos veces el premio Ariel, en aparecer en más de 80 películas, en filmar con Luis Buñuel y en dejar un patrimonio construido ladrillo a ladrillo durante 55 años de trabajo sin pausa.
¿Cuánto dinero generó realmente Roberto Cobo a lo largo de una carrera que empezó en 1947 y no terminó hasta la última semana de su vida? ¿Cómo era el departamento en Tlatelolco donde vivió durante décadas? Ese edificio que el terremoto de 1985 intentó llevarse con él adentro y del que salió entre los escombros para volver a las cámaras.
¿Qué había en esa vida privada que construyó con tanto cuidado detrás de los personajes que interpretaba una vida que incluía automóviles de los que muy pocos hablaron, propiedades en las que nadie reparó y una colección de objetos de arte que sus conocidos describen como uno de los interiores más personales y más inesperados que habían visto en la casa de un actor mexicano.
¿Y qué hay detrás del secreto más guardado de su existencia? Esa relación con el comediante el Borolas, que los dos hombres sostuvieron durante años en silencio, mientras la sociedad mexicana de los años 60 y 70 no estaba preparada para escuchar la verdad, porque la historia de Roberto Cobo es la historia de un hombre que interpretó en pantalla lo que no podía ser en público, que vivió doble durante décadas con una dignidad que le costó la mayor parte de su tranquilidad y que al final construyó algo más sólido que cualquier papel que
haya interpretado. Una vida completamente suya, aunque muy pocos la conocieron del todo. General Suasua, Nuevo León, un municipio del noreste de México, donde en los años 30 del siglo pasado la vida no tenía los adornos que la fama posterior de uno de sus hijos le añadiría con el tiempo. El 20 de febrero de 1930 nació Roberto García Romero.
Roberto Cobo todavía no el calambres, no el hombre que Luis Buñuel elegiría 20 años después para interpretar al personaje más complejo y más aterrador de la historia del cine mexicano de la época de oro. Solo un niño de Nuevo León con el destino escrito en un escenario que todavía no existía. Sus padres eran actores.
Luis García y Ernestina Romero formaban parte del mundo de las carpas. Esos teatros ambulantes que recorrían los pueblos y las ciudades de México, llevando espectáculos de comedia, canto y pantomima a públicos que no tenían acceso a los grandes teatros de la capital. En ese mundo itinerante, Roberto aprendió a actuar antes de aprender a leer, no como lección formal, como supervivencia.
Cuando uno crece entre bambalinas de un espectáculo que se monta y se desmonta y se vuelve a montar en otro pueblo la semana siguiente, la actuación no es un arte que se estudia, es el idioma de la familia. A los 8 años, Roberto hacía sus primeras apariciones en los escenarios de la compañía de sus padres. Y ya entonces había algo en él que hacía que el público mirara, no su tamaño, que era pequeño, no su voz, que era ordinaria, era el movimiento, una manera de ocupar el espacio escénico que generaba atención sin pedirla, sin el tipo de
esfuerzo visible que distingue a los que aprendieron a actuar de los que lo saben hacer de verdad. La muerte de su padre fue el primer golpe. Su madre se casó nuevamente con Alejandro Cobo y de ese apellido tomó Roberto el que el mundo conocería para siempre. El apellido Cobo no era un apellido de alcurnia ni de abolengo artístico, era simplemente el apellido del segundo esposo de su madre.
Pero con el tiempo ese apellido se convertiría en la marca más reconocida del cine mexicano de personajes secundarios que en el fondo son los verdaderos protagonistas de las historias que importan. Roberto Cobo, el calambres. La carrera cinematográfica comenzó en 1945 con un papel pequeño en una producción que nadie recuerda con particular devoción, pero fue suficiente para que Roberto Cobo entendiera algo que muchos actores tardan décadas en aprender, que los papeles pequeños son los que construyen la carrera real y que la manera de
ejecutar un papel pequeño determina si el director siguiente va a llamar o no va a llamar. En esa lógica, Roberto construyó durante los primeros años de su carrera una reputación de actor confiable, el tipo que llegaba al set preparado, que se aprendía el libreto, que no creaba drama y que cuando la cámara encendía entregaba lo que el director necesitaba sin que hubiera que pedírselo dos veces.
Y entonces, en 1950 llegó Luis Buñuel, Los Olvidados. La película que Luis Buñuel rodó en la ciudad de México en 1950 con una mirada sobre la pobreza urbana y la violencia juvenil que México no había visto en ninguna pantalla anterior. No la pobreza idealizada de las películas populares donde los pobres son simpáticos y cantores y tienen el corazón más grande que los ricos.
La pobreza real, la que produce violencia, la que destruye a los niños antes de que puedan ser otra cosa, la que el cine mexicano de la época de oro, de los grandes estudios y los grandes contratos de Televisa, no podía ver sin incomodarse. Buñuel eligió a Roberto Cobo para interpretar a El Jaio, el líder de una banda de jóvenes delincuentes en los arrabales de la Ciudad de México, un personaje sin redención.
Sin la humanización compasiva que el cine popular habría exigido, sin el final moralizante que los productores conservadores hubieran pedido. Solo el Jaibo, tal como era, violento, manipulador, carismático de la manera en que son carismáticos los que tienen poder sobre los que no tienen nada. Y Roberto Cobo lo interpretó con una precisión que dejó sin palabras a todos los que vieron la película por primera vez. Tenía 20 años.
La Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas le otorgó el premio Ariel como mejor actor joven, el primer Ariel de una carrera que acumularía premios y reconocimientos durante cinco décadas más. Los Olvidados fue declarada en 2004 parte de la memoria del mundo por la UNESCO. Eso significa que la interpretación de Roberto Cobo como el Jaibo es oficialmente parte del patrimonio audiovisual de la humanidad.
Pocos actores mexicanos de cualquier generación pueden decir eso, pero lo que los Olvidados le dio a Roberto Cobo no fue solo el reconocimiento, le dio también el tipo de libertad artística que los actores encasillados en roles de galán o de cómico nunca tienen. la libertad de interpretar personajes que no caben en ninguna categoría limpia, personajes que el cine popular no sabía cómo manejar porque eran demasiado reales para el formato del entretenimiento y demasiado entretenidos para el formato del arte. Roberto Cobo
navegó entre los dos mundos durante 50 años con la misma elegancia con que navegó entre sus otras dos vidas, la vida que el público no veía. En algún momento de los años 50, Roberto Cobo conoció a Joaquín Vargas García, el Borolas, comediante de carpa convertido en estrella de cine gracias a su trabajo con Tintán y a una presencia cómica que el público de las clases populares mexicanas amaba con la fidelidad que solo se le da a los que hacen reír de verdad.
Lo que ocurrió entre los dos hombres fue, según personas que los conocieron en esa época y que hablaron años después con discreción sobre el asunto, algo más profundo de lo que cualquiera de los dos habría podido admitir públicamente. Se dice que vivieron juntos en un departamento en el barrio de Tlatelolco, en la ciudad de México durante una parte de los años 60, no como compañeros de cuarto, como lo que eran.
En una época en que México era un país donde el machismo funcionaba como estructura social obligatoria y donde un actor que fuera gay podía perder contratos, perder credibilidad y perder la carrera que había construido con décadas de trabajo, la decisión de mantener esa relación en silencio no era cobardía, era el tipo de pragmatismo que solo entienden los que han tenido que elegir entre ser felices y ser seguros.
Eligieron los dos mientras pudieron. Y cuando ya no pudieron, la historia tomó el giro más doloroso de los dos. Circuló el rumor de que Roberto Cobo había tomado dinero del Borolas para alimentar una adicción a las drogas, que en esos años había empezado a aparecer en su vida como consecuencia de las presiones de una carrera y una existencia que exigían cosas que nadie en su entorno estaba dispuesto a nombrar.

Con claridad, el Borolas, que había construido parte de su estabilidad emocional alrededor de la certeza de tener a Roberto, reaccionó a esa posible traición con el tipo de herida que los que han amado en secreto durante años cargan de una manera diferente a la que cargan el amor declarado. La ruptura fue devastadora para los dos.
Para el Borolas, la espiral que siguió a esa ruptura fue la que describe la historia que él mismo vivió en los años siguientes. El alcohol, las drogas, la estafa de un joven bailarín que lo dejó sin nada y finalmente la muerte el 13 de mayo de 1990 y tres de un paro respiratorio. Para Roberto Cobo, la ruptura fue diferente, pero igualmente profunda, porque Roberto no fue al fondo de la misma manera que el Borolas, pero sí cargó ese peso durante años, el peso de lo que se perdió, el peso de lo que nunca se dijo en público, el peso de una
historia que dos hombres vivieron en el único espacio que les dejaba su época, el silencio. años después, en una entrevista a la jornada, Roberto Cobo le dijo al periodista algo que en retrospectiva tiene la claridad dolorosa de una confesión codificada. Hoy soy asexual”, dijo, “no me interesa eso. Un hombre de 69 años que le dice al mundo que ya no le interesa el sexo.
” No exactamente la declaración que uno esperaría de quien había sido la Manuela en el lugar sin límites 20 años antes y quien había interpretado durante toda su carrera a personajes que luchaban con sus propias verdades más profundas. Pero era lo que podía decir. Lo que no podía decir lo había dicho con los personajes.
Hablemos ahora del dinero y del patrimonio. Porque Roberto Cobo no fue un artista que dilapidó sus ingresos, ni que dependió de la caridad del gremio cuando las cosas se pusieron difíciles. Fue un hombre que entendió desde muy temprano en su carrera que en el mundo del cine mexicano la estabilidad financiera no venía de los contratos de las grandes productoras, sino de la disciplina personal con lo que esos contratos pagaban.
80 películas entre 1947 y 2002, 55 años de presencia constante en la industria cinematográfica mexicana. Los cachés de un actor de su nivel en el cine mexicano de los años 50 y 60 variaban enormemente según la producción. Pero para alguien con el perfil de Roberto Cobo, en sus años de mayor demanda, los ingresos por película se estimaban en el sector entre los 20,000 y los 50,000 pesos de la época, equivalentes hoy a entre 300,000 y 800,000 pesos por cada producción.
Con cuatro o cinco películas anuales en sus temporadas más activas, los ingresos anuales de Roberto Cobo durante sus mejores décadas superaban los 2 millones de pesos actuales solo de trabajo cinematográfico. A eso hay que sumarle el trabajo en televisión, que desde los años 70 fue una fuente de ingresos adicional constante para los actores del cine mexicano, cuya fama les abría puertas en las telenovelas de Televisa y los trabajos en teatro.
que Roberto Cobo mantuvo durante toda su carrera como la actividad que más satisfacción le generaba y que en sus últimos años, cuando preparaba el monólogo titulado Héroes club privados, que su hospitalización interrumpió, era el centro de su vida artística, el departamento de Tlatelolco, la propiedad que representa la parte más dramática y más conocida de la historia patrimonial de Roberto Cobo, el conjunto habitacional Nonoalcotel del Olco, construido en los años 60 bajo el gobierno de Gustavo Díaz Oordaz como el proyecto habitacional más ambicioso que
México había visto. Era también en esa época uno de los conjuntos residenciales más elegantes de la capital. El edificio Nuevo León, donde vivía Roberto Cobo, era una de las torres de 15 pisos que le daban al conjunto la escala que sus arquitectos habían imaginado. El 20 de septiembre de 1985, cuando el terremoto de 8.
1 en la escala Ricter sacudió la Ciudad de México a las 7:19 de la mañana, el edificio Nuevo León colapsó. Dos de sus tres secciones cayeron en cuestión de segundos. Entre 200 y 300 personas murieron en ese edificio esa mañana. Roberto Cobo quedó atrapado bajo los escombros. Cuando los rescatistas lo encontraron, él bromeó con esa capacidad para el humor, que era su manera de manejar, lo que de otra forma sería insoportable.
aquí de vacaciones, amigo, les dijo, no tenía idea de lo que había pasado. Tenía fractura de cadera, cirugía, meses de recuperación, la posibilidad real de no volver a caminar. Pero Roberto Cobo volvió a caminar y volvió a las cámaras y siguió construyendo su patrimonio con la misma determinación de quien sabe que los edificios pueden colapsar, pero que la vida hay que seguir armándola igual.
Después del terremoto, Roberto Cobo se mudó. Ya no volvió a vivir en Tlatelolco. La nueva residencia que eligió fue un departamento en una colonia del centro poniente de la Ciudad de México, más pequeño que el de Tlatelolco, pero completamente diferente en su carácter. Sus allegados, que lo visitaron durante los años 90 describen ese espacio con la coherencia de quien ha entrado a un lugar donde todo tiene su razón de estar.
Las paredes con fotografías de producciones que abarcaban cinco décadas de historia del cine mexicano. El Jaibo, la Manuela, los personajes que Roberto había habitado durante semanas o meses cada uno y que habían dejado en él algo que la fotografía fijada en la pared documentaba, una colección de libros sobre cine, sobre teatro, sobre literatura latinoamericana que sus conocidos estimaban en varios cientos de volúmenes, acumulados con la misma disciplina metódica con que Roberto había acumulado todo lo que consideraba valioso. objetos de arte popular
mexicano, máscaras, piezas de cerámica de Oaxaca, textiles de distintos estados del país, coleccionados con el ojo de alguien que había recorrido México durante 50 años de filmaciones en locaciones y que en cada región había encontrado algo que valía llevarse a casa y los automóviles. Roberto Cobo tenía una relación con los automóviles que sus amigos describen como la de alguien que no los necesita para impresionar a nadie, pero que aprecia la calidad funcional.
En sus años de mayor ingreso, entre los años 70 y los 80, manejaba un sedan Dodge Dart de color oscuro, que su chóer de confianza llevaba a los sets de grabación y que Roberto usaba también para sus desplazamientos personales. No un Rolls-Royce, no un Ferrari, un Dodge Dart, funcional, robusto, el tipo de automóvil que dice que su dueño ganaba suficientemente bien para comprarlo y que no necesitaba que el carro hablara en su lugar.
En los años 90, cuando sus ingresos eran más moderados pero suficientes, cambió a un vehículo similar de una marca mexicana que sus vecinos del conjunto habitacional donde vivía en esa época recuerdan simplemente como el carro del calambres, un carro ordinario para un hombre extraordinario. Esa combinación era exactamente el tipo de imagen que Roberto Cobo eligió proyectar siempre.
El segundo premio Ariel llegó en 1978 por su interpretación de la Manuela En el lugar sin límites. La película de Arturo Ripstein, que pasó a la historia del cine latinoamericano como la primera en incluir un beso gay explícito entre personajes masculinos. Ese beso que Roberto Cobo interpretó con la misma profundidad con que había interpretado a El Jaibo 28 años antes, generó conversaciones en México que la sociedad no estaba cómoda teniendo.
¿Qué decía ese beso sobre el actor que lo daba? Roberto respondió con la precisión de alguien que había tenido décadas para preparar esa respuesta. No quiero ser conocido como el homosexual de la pantalla, dijo en una entrevista de 1978. Era un hombre de su época, pero también era el hombre que había pasado parte de su vida adulta, amando a alguien a quien no podía nombrar públicamente.

Esa tensión entre lo que se dice y lo que se vive es la atención de toda una generación de artistas mexicanos que construyeron sus carreras en el espacio estrecho entre lo que la sociedad toleraba y lo que el corazón necesitaba. Roberto Cóbola navegó con más dignidad que la mayoría. Los últimos años de su vida, Roberto Cobo siguió trabajando, no como estrella principal, como actor de carácter, el tipo de actor que en una película transforma una escena de 2 minutos en algo que el espectador no olvida. en Dulces Compañías en 1996,
en carambola en 2003, su última película junto a Diego Luna y Jesús Ochoa, donde interpretó al personaje El Desdentado con la misma intensidad de siempre y el monólogo Héroes Club Privados, una obra escrita específicamente para él que estaba preparando con el cuidado de un hombre que sabe que cada trabajo puede ser el último y que por eso mismo hay que hacerlo como si fuera el primero.
Una semana antes de ser hospitalizado, Roberto Cobo seguía ensayando. El 2 de agosto de 2002, a las 8:25 de la noche murió en un hospital de la Ciudad de México de un infarto provocado por una hemorragia esofágica. Tenía 72 años, 55 de carrera, 80 películas, dos premios Ariel, una canción no grabada en los estribos de un departamento en Tlatelolco que ya no existe.
Una relación que existió en silencio, un monólogo que quedó incompleto y las cenizas esparcidas en el océano Pacífico frente a Acapulco, tal como él había pedido. regreso final a la naturaleza de un hombre que en pantalla fue el más urbano de los actores y que en su último deseo eligió el agua.
El patrimonio que Roberto Cobo dejó fue el de un hombre que vivió sin excesos, pero también sin las privaciones que muchos de sus contemporáneos conocieron cuando las carreras se apagaron y los contratos dejaron de llegar. El departamento en la Ciudad de México, valorado en el mercado inmobiliario capitalino de los primeros años del siglo XXI en cifras que sus herederos estimaban cercanas a los 2 millones de pesos, la colección de arte popular y fotografías que sus allegados calculaban en otro millón de pesos de valor de colección.
Los derechos de imagen y de reproducción de sus películas que la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas administra y que generan liquidaciones periódicas a sus herederos legales, cada vez que una de sus 80 películas es reproducida, licenciada o exhibida. Los olvidados sola, que es parte de la memoria del mundo de la UNESCO y que circula en museos, en cinematecas y en plataformas de cine de arte de todo el mundo, genera regalías que llegan con la constancia de algo que fue hecho para durar. El
patrimonio total de Roberto Cobo, estimado a valores actuales, superaba los 10 millones de pesos. El hijo del zapatero de las carpas itinerantes. El muchacho de General Suasua, que aprendió a actuar antes de aprender a leer. Carlos Moncibis, el escritor y cronista más agudo de la cultura popular mexicana del siglo XX, escribió sobre Roberto Cobo con esa precisión que tenía para ver lo que otros no querían ver.
Desafortunadamente, Cobo no tuvo una oportunidad similar a los olvidados por años y deambuló por las provincias. y en películas cuyos nombres fueron afortunadamente olvidados. Era una observación dura pero honesta. El sistema de la industria cinematográfica mexicana no supo qué hacer con alguien del talento de Roberto Cobo durante las décadas intermedias de su carrera.
Lo usó como actor de reparto cuando debería haberle dado protagónicos. Lo relegó a películas menores cuando su capacidad era de las grandes. Pero Roberto Cobo no lo vio como una injusticia. lo vio como el trabajo. “Hice todo lo que el cine mexicano me dio a hacer”, decía. “Y lo hice lo mejor que pude.” Ese era el resumen de una vida sin amargura, sin el tipo de resentimiento que acumula quien cree que el mundo le debía algo que nunca le dio, solo el trabajo.
Y la certeza de que el trabajo hecho bien, aunque nadie lo reconozca en el momento, deja una huella que el tiempo no borra. Los olvidados es patrimonio de la humanidad. La Manuela es el primer beso gay del cine mexicano y el calambre sigue bailando en las pantallas de las cinematecas de todo el mundo. ¿Cuál fue el detalle de la vida de Roberto Cobo que más te sorprendió hoy? Los dos premios Ariel separados por 28 años.
La historia con el Borolas que los dos hombres guardaron en silencio durante décadas. La manera en que salió de los escombros del terremoto de 1985 bromeando con los rescatistas o el hecho de que una semana antes de morir seguía ensayando un monólogo. Cuéntanoslo en los comentarios. Y si este video te devolvió a esas películas del cine mexicano que viste de niño, sin entender del todo lo que estabas viendo, pero que te quedaron grabadas de una manera que no has podido explicar, comparte este video con alguien que
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