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Asi fue la SORPRENDENTE vida de Antonio Aguilar en su Finca | Sus Matrimonios, Secretos y Más

Asi fue la SORPRENDENTE vida de Antonio Aguilar en su Finca | Sus Matrimonios, Secretos y Más

A unos 5 km del pueblo de Tayagua, en el municipio de Villanueva, Zacatecas, hay un rancho que se llama el Soyate. [música] No está en ninguna guía turística. No tiene horarios de visita, ni boletos de entrada, ni señalización en la carretera, que indica que ahí adentro descansa uno de los hombres más importantes que la música y el cine mexicano produjeron en el siglo [música] XX.

 Es un rancho de trabajo de caballos de tierra zacatecana que huele exactamente a lo que huele la tierra del centro norte de México cuando llueve después de semanas de sol. Y en ese rancho hay un mausoleo donde desde el 19 de junio de 2007 descansan los restos de José Pascual Antonio Aguilar Márquez Barraza, el hombre que el mundo conoció simplemente como Antonio Aguilar, el charro de México, que haya elegido ser enterrado en el Soyate y no en ningún panteón de la Ciudad de México, no en ningún mausoleo de Zacatecas capital, no en ningún lugar que el Estado pudiera

reclamar como monumento nacional, es la declaración más honesta que hizo en toda su vida sobre quién era y de dónde venía. venía de esa tierra, quería volver a esa tierra y cuando el cortejo fúnebre salió de la Ciudad de México el 21 de junio de 2007, pasó primero por Villanueva, donde las campanas de la iglesia local redoblaron durante todo el tiempo que tardó el cortejo en atravesar el pueblo, la misma iglesia donde su madre cantaba cuando él era niño.

Después pasó por Tayahua, donde vivió su infancia en una hacienda construida en 1596. Y finalmente llegó a El Soyate, [música] donde lo pusieron a descansar en la tierra que lo había formado. Ese recorrido del cortejo fúnebre es también el recorrido de toda su vida, solo que al revés.

 Pero antes de hablar de ese recorrido final, antes de hablar del soyate y de la fortuna que dejó y de los hijos que heredaron su nombre y su talento y sus complicaciones, hay una historia que casi nadie cuenta completa sobre Antonio Aguilar. Una historia que tiene un primer matrimonio que duró menos de un año y que el mismo inició por despecho.

 Un amor que vivió durante 9 años en la clandestinidad porque los dos estaban casados con otras personas. Una mujer que lo esperó mientras él resolvía lo que tenía que resolver. Una boda civil en 1959 y después 30 años más de espera para poder casarse por la iglesia porque los procesos de anulación de los matrimonios anteriores tardaron lo que tardaron.

 y una familia que cuando finalmente se constituyó de manera oficial se convirtió en la dinastía artística más reconocida de la música mexicana del siglo XX con hijos y nietos que hoy siguen llenando estadios con el mismo apellido y con canciones que deben algo, aunque no siempre lo digan explícitamente, a lo que el hombre de Tallagua construyó desde cero.

 Y hay el escándalo de 2024 que nadie en 2007 podía anticipar, el matrimonio de su nieta Ángela con Cristian Odal, que sacudió al mundo hispanohablante y que tiene un paralelismo con la historia de amor de sus abuelos, que la prensa señaló con una precisión que dolía de tan exacta. Todo eso es Antonio Aguilar, el Charro de México, el hombre que llenó el Madison Square Garden seis noches seguidas a los 78 años, el que actuó en 167 películas y grabó más de 160 álbumes.

 El que estudió ópera en Los Ángeles con un barítono español antes de cantar corridos en las fiestas de Pueblo del Norte, el que tardó décadas en poder casarse con la mujer que amaba y el que murió en junio de 2007 con las campanas de la iglesia de su pueblo redoblando. mientras el cortejo pasaba. Empecemos desde el principio.

 Antonio Aguilar nació el 17 de mayo de 1919 en Villanueva, Zacatecas. Su nombre completo era José Pascual Antonio Aguilar Márquez Barraza. Sus padres fueron Ángela Barraza, nacida en Colombia en una población llamada Ocaña y Jesús Aguilar, mexicano de Tayagua. Tuvieron otros seis hijos. En su infancia vivió en la casa grande de Tayagua, una hacienda adquirida por sus ancestros a principios del siglo XIX.

 La hacienda fue construida en 1596, 400 años de historia antes de que él naciera. Eso no es un dato folclórico para adornar una biografía, es la explicación de muchas cosas sobre lo que Antonio Aguilar fue después. El amor por los caballos, que no era un accesorio de escenario, sino una relación que venía de generaciones, la charrería que no aprendió en ninguna academia, sino que absorbió desde que tuvo edad para montar.

 El orgullo específico del hombre que sabe que lo que es tiene raíces más profundas que cualquier contrato discográfico o cualquier cartel de cine. En esa hacienda, Antonio aprendió a montar antes de aprender a leer. No es una exageración ni una forma poética de decir que montaba bien. Es la descripción de una realidad que en las haciendas del norte y del centro de México de principios del siglo XX era completamente normal.

 Los niños que crecían en esas propiedades aprendían el caballo con la misma naturalidad con que los niños de ciudad aprendían a caminar en la banqueta. Era simplemente parte de lo que hacías cuando vivías ahí. Y esa relación con el caballo que se construye desde los primeros años de vida es completamente diferente a la que puede construir un actor de ciudad que aprende a montar para una película.

 No es solo técnica, es comunicación. Es el entendimiento de que el animal tiene su propio carácter, sus propios miedos, sus propias maneras de responder al mundo y que la tarea del jinete no es dominar al caballo, sino entenderse con él de una manera que los dos puedan funcionar juntos como si fueran una sola cosa.

 Esa comunicación con los caballos que Antonio Aguilar mostraba en sus películas y en sus espectáculos secuestres no era algo que hubiera construido en los ensayos de una producción cinematográfica. Era algo que llevaba desde la infancia en la casa grande. Fue su madre Ángela Márquez quien le generó la vocación por el canto.

 Era cantante principal en la iglesia de Villanueva. Esa es la primera imagen musical de la vida de Antonio Aguilar, su madre, con la voz que llenaba el espacio de una iglesia de pueblo zacatecano. Una voz que el niño escuchó y registró sin saber todavía que ese sonido era el origen de todo lo que él llevaría más lejos de lo que ella podría haber imaginado.

 Su tío Mariano le ofreció pagar una carrera de aviación en Nueva York. Era la oportunidad que muchos jóvenes de provincia hubieran tomado sin pensarlo dos veces. Antonio fue a Nueva York, empezó los estudios de [música] aviación y entonces llegó algo que cambió el plan completamente, una beca para cantantes en la misma ciudad.

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