ASÍ FUE la LUJOSA y TRÁGICA VIDA de JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ | Fortuna, Mujeres y un Final Devastador
murió a los 47 años con el hígado destruido por el alcohol, con dos mujeres llorándolo al mismo tiempo en su velorio y con más de 300 canciones que siguen sonando hasta el día de hoy. Hoy vamos a descubrir la vida de un hombre que nunca tuvo educación musical, que empezó limpiando mesas en un restaurante de la colonia Roma y que terminó siendo el compositor más influyente de la historia de México.
Porque hablar de José Alfredo Jiménez no es solo hablar de canciones, es hablar de tequila y desamor, de mansiones y ruina al mismo tiempo, de un hombre que vivió todo lo que cantó y se lo cobró caro. Acompáñanos a conocer al hijo del pueblo, al rey que se coronó sin pedir permiso a nadie. Quédate hasta el final porque lo que viene sobre sus amores, su fortuna y sus últimas horas.
Parte el alma. Comencemos aquí en Fortuna Salvaje. El niño de Dolores Hidalgo. José Alfredo Jiménez. Sandoval nació el 19 de enero de 1926 en Dolores Hidalgo, Guanajuato, [música] la misma ciudad donde México gritó su independencia, como [música] si el destino ya hubiera decidido que de ahí tenía que salir alguien que le pusiera voz alma de un país.
Su padre, Agustín Jiménez Albo, era el dueño [música] de la única farmacia del pueblo, la farmacia San Vicente. Su madre, Carmen Sandoval, se dedicaba al hogar. Eran una familia de clase media, no rica, no pobre, con lo suficiente para vivir con dignidad. José Alfredo creció con tres hermanos, Concepción, Víctor [música] e Ignacio. Pero esa estabilidad duró poco.
En 1936, cuando José Alfredo tenía apenas 10 años, su padre murió. De golpe, la farmacia, la tranquilidad, el futuro, [música] todo se fue. La familia quedó casi en la miseria. [música] Su madre, Carmelita, tomó una decisión valiente y desesperada al mismo tiempo, empacar todo y llevarse a sus cuatro hijos a la ciudad de México.
Abrió una pequeña tienda que nunca funcionó del todo bien y José Alfredo, con 11 años tuvo que dejar la escuela para ponerse a trabajar. Puede ser que ese golpe tan temprano, esa sensación de perder el piso de un día para otro [música] haya sido lo que le dio a sus canciones esa honestidad brutal. Quizá nadie puede escribir el rey sin haber sabido alguna vez lo que es no tener nada.
Limpió zapatos en las calles, cargó bultos en el mercado, vendió zapatos de mujer de puerta en puerta y eventualmente llegó a ser mesero en un restaurante yucateco en la ciudad de México llamado La Sirena. Ahí, entre mesas y bandejas, comenzó algo que nadie esperaba. [música] El hijo del dueño tocaba guitarra en un trío llamado Los Rebeldes.

[música] Y José Alfredo, en sus ratos libres comenzó a componer canciones sin saber sol feo, sin estudiar música, solo con lo que traía adentro. [música] ¿Se imaginan? Un joven mesero sin un peso componiendo canciones en las madrugadas de la capital. Hay gente que nace con algo que no se enseña.
José Alfredo Jiménez era de esa gente. El día que México lo escuchó. El verdadero cambio llegó gracias a un cliente habitual del restaurante, Andrés Huesca, el famoso arpista de Veracruz. Un hombre con oído fino y conexiones en la industria. Huesca escuchó cantar a José Alfredo entre mesas y quedó impresionado. Decidió grabarle una canción. Yo era 1950.
José Alfredo tenía 24 años y esa grabación [música] fue la chispa. En 1948 ya había debutado en la poderosa XEXAM y meses después en la XEUAM, la estación más influyente del país. El nombre de José Alfredo Jiménez comenzó a sonar en toda la República, pero fue una canción la que lo catapultó a la estratosfera.
Paloma querida la compuso para pedirle matrimonio a una joven llamada Paloma Gálvez. Jorge Negrete la grabó y México entero la adoptó como [música] suya. Hay algo fascinante en eso. Su carta de amor más personal se convirtió en el himno de amor de un país entero. Quizá porque cuando uno escribe desde el corazón sin filtros, sin [música] pretensión, llega a todos.
Entre 1949 y 1960, José Alfredo grabó 121 canciones propias para discos Columbia, acompañado casi siempre por el Mariachi Vargas de Tecalitlán. [música] De 1960 a 1973 siguió con RC A Víctor, [música] donde grabó 170 temas más. En total más de 300 canciones documentadas. aunque él mismo decía haber compuesto [música] más de 1000.
Entre sus más grandes éxitos están el rey, la media vuelta, caminos de Guanajuato, el jinete. Sí, nos dejan un mundo raro. Ella, [música] qué bonito amor. Serenata o azteca. Amanecí en tus brazos. Te solté la rienda. También actuó en películas. Entre 1951 y 1975 apareció en filmes [música] como Ahí viene Martín Corona, Los aventureros y cada quien su música.
[música] Se dice que en aquellos años circuló el rumor de que José Alfredo compraba sus canciones a otros compositores y las firmaba como propias. Otros decían que alguien le escribía las letras porque él era analfabeta, pero no era verdad. La verdad es igual de impresionante. Nunca estudió música, nunca aprendió a leer notas y, sin embargo, compuso canciones que se estudian hoy en conservatorios de todo el mundo. Eso sí es talento.
[música] El rey y sus amores. José Alfredo Jiménez fue un hombre que amó con la misma intensidad con que vivió y eso, [música] como siempre, tuvo un costo muy alto. Su primer gran amor fue Paloma Gálvez. Ella era joven, elegante, [música] de esas mujeres que inspiran poemas. Él le compuso Paloma querida para pedirle que se casara con él.
Se llevó la canción Como serenata el 17 de diciembre de 1951 y el 27 de julio [música] de 1952 se casaron por la Iglesia y por lo civil. Fue una boda sonada. con artistas, periodistas y fanáticos como testigos. [música] Tuvieron dos hijos, José Alfredo Junior y Paloma, y también tuvieron años hermosos.
Pero José Alfredo Jiménez no era fácil de querer. El alcohol, las giras interminables, las otras mujeres. [música] Para 1960, Paloma Gálvez ya no pudo más. Se separaron, pero nunca se divorciaron ni anularon el matrimonio. [música] Eso cambiaría todo más adelante. Vale la pena preguntarse, ¿por qué un hombre tan capaz de describir el amor en sus canciones era tan incapaz de sostenerlo en su vida real? Quizá porque la poesía es lo que uno quiere que fuera verdad y la vida es lo que realmente pasa.
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[música] Después vino Mary Medell. Con ella tuvo cuatro hijos, José Alfredo, [música] Marta del Carmen, José Antonio y Lupita. Tampoco fue para siempre. Y luego llegó Alicia Juárez. Ella tenía 17 años cuando José Alfredo apadrinó su carrera como cantante. Él tenía más del doble, [música] era famoso, era intenso, era irresistible.
[música] Vivieron en unión libre. Nunca se casaron formalmente porque José Alfredo legalmente seguía casado con Paloma Gálvez. Se dice que José Alfredo compuso el rey con dedicatoria a Alicia Juárez y también que si nos dejan la escribió para Irma Serrano, la tigresa [música] que intercambiaron cartas de amor apasionadas hasta poco antes de su muerte.
[música] La relación con Alicia no fue idílica. Años [música] después, ella confesó que José Alfredo llegó a agredirla físicamente. El alcohol [música] lo transformaba y, sin embargo, ella volvió a su lado cuando él [música] ya no podía salir del hospital. Hay amores que no tienen nombre. La fortuna del rey. Cuesta trabajo contarlo porque la historia de la fortuna de José Alfredo es complicada.
Era de los artistas mejor pagados de México y al mismo tiempo derrochó casi todo. Durante sus años de apogeo en las décadas de los 50 y 60 las canciones de José Alfredo eran grabadas por todos. Pedro Infante, Jorge [música] Negrete, Lola Beltrán, Vicente Fernández, Julio Iglesias, Placido Domingo, Chabela Vargas.
[música] Cada vez que alguien grababa una de sus canciones, él cobraba derechos de autor. Multipliquen eso por más de 300 canciones, por décadas de royalties, por artistas de todo el mundo. Llegó a firmar contratos con discos Columbia primero y con RC a Víctor después. Sus discos se vendieron en toda América y en España.
[música] Se estima que a lo largo de su vida sus canciones vendieron más de 50 millones de discos. Probablemente nunca supo exactamente cuánto dinero tenía. Esa clase de hombres no llevan contabilidad. [música] Viven, gastan, componen y confían en que el río siempre va a tener agua. Con ese dinero llegaron las propiedades, una residencia en la ciudad de México, automóviles de lujo que en aquellos años eran símbolo de poder, fiestas que duraban tres días y tres noches sin parar, donde el tequila corría junto con el mariachi. Pero su hijo mayor lo

confesó sin rodeos. Años después, José Alfredo derrochó una fortuna enorme en excesos de alcohol, en mujeres, en fiestas interminables, [música] en noches que costaban lo que otros tardaban años en ganar. Al final de su vida no había mansiones, no había grandes ahorros, había canciones y la herencia más valiosa que podía dejar, el catálogo más grande de la música ranchera mexicana.
Ese catálogo se lo heredó todo a Paloma Gálvez, porque aunque vivía con Alicia Juárez, [música] legalmente seguía casado con Paloma. El precio del exceso. A finales de los años 60, los médicos le dieron una noticia que nadie quiere escuchar. Cirrosis hepática. [música] El hígado destruido poco a poco por años de alcohol. Al principio lo sobrellevó.
Siguió cantando, siguió componiendo, siguió de fiesta como si su cuerpo fuera de otra materia, pero la enfermedad no perdona. En febrero de 1973, poco después de cumplir 47 años, José Alfredo ingresó a la clínica Londres, al sur de la Ciudad de México. Los médicos lo internaron en la habitación 113. Esa habitación [música] se volvería histórica.
Su hijo, José Alfredo Junior lo describió con una frase que duele. [música] En esos años ya era normal verlo internado en algún hospital. Lo que parecía una visita más resultó ser la última. Puede ser que en el fondo él lo sabía. Quizá por eso las últimas fiestas que dio fueron las más grandes.
Como quién [música] sabe que se acaba el tiempo y decide gastarlo todo de una vez. Las várices en el esófago se reventaban y causaban hemorragias. Los dolores en el abdomen se volvieron insoportables. Poco a poco dejó de poder moverse de la cama. Alicia Juárez, que se había alejado de él por los maltratos, regresó cuando supo que él ya no podía salir del hospital. Lo acompañó hasta el final.
El último trago. El 23 de noviembre de 1973, José Alfredo Jiménez Sandoval falleció. [música] Tenía 47 años, exactamente un año menos que el tiempo que había vivido. [música] La causa oficial fue cirrosis hepática, confirmada por Paloma Gálvez. Murió en la habitación 113 de la clínica Londres. la misma habitación que llevaría grabada en su tumba para siempre. México lloró.
Los periódicos lo anunciaron en primera plana. Las estaciones de radio pusieron sus canciones durante horas, una tras otra, como si el silencio fuera un insulto. La capilla ardiente se instaló en la colonia del Valle en Ciudad de México y ahí [música] ocurrió algo que nadie olvidó. Dos mujeres llegaron al mismo tiempo a despedirlo.
Paloma Gálvez, su esposa legal, la madre de sus dos primeros hijos, y Alicia Juárez, [música] la mujer con quien había vivido sus últimos años. Ambas presentes, ambas de luto, ambas diciendo adiós al mismo hombre en un gesto que solo puede entenderse como la mezcla de dolor y dignidad que traen los amores grandes.
Mary Medell, la madre de sus otros cuatro hijos, no apareció ni declaró nada. Quizá en ese velorio estaba resumido todo lo que fue José Alfredo, un hombre que despertó amores imposibles de borrar, que fue capaz de lo peor y lo más hermoso al mismo tiempo. Al día siguiente, su féretro emprendió el viaje a Dolores Hidalgo, de regreso al pueblo que lo vio nacer, tal como él mismo lo había cantado en Caminos de Guanajuato, tal como lo había pedido en Gracias, fue sepultado en el panteón municipal de Dolores Hidalgo, [música] Guanajuato.
Sobre su tumba se construyó un mausoleo con la forma de un sarape y un sombrero de mosaicos. En el sarape están inscritos los nombres de 117 de sus canciones. [música] En la parte superior, una cruz con 113 círculos. [música] El número de la habitación donde murió. El rey que no muere. José Alfredo Jiménez dejó más de 300 canciones documentadas.
Grabó 20 discos de larga duración. ganó cerca de 100 premios y reconocimientos. Sus canciones han sido vendidas en más de 50 millones de discos en el mundo. Pero más allá de las cifras, José Alfredo Jiménez fue el primer compositor en poner al hombre mexicano [música] de pie.
No al charro perfecto, no al héroe intachable, al hombre real, al que llora, al que bebe, al que pierde y sin embargo sigue de pie. al que canta el rey, [música] aunque no tenga un centavo en la bolsa. Vicente Fernández lo interpretó como nadie. Chabela Vargas llevó sus canciones por el mundo entero. Joan Báez lo cantó [música] en inglés. Julio Iglesias lo grabó en España.
Placido Domingo lo llevó a la ópera. Sus canciones no envejecen porque hablan de algo que no cambia. El amor que duele, la soledad que se [música] bebe, el orgullo que no dobla. Hay algo que vale la pena preguntarse. ¿Cómo pudo un hombre sin educación musical, sin estudios, sin una sola clase de teoría, escribir más de 300 canciones que un siglo después siguen siendo la banda sonora de millones de vidas? Quizá porque el talento de verdad no necesita permiso, solo necesita un corazón que haya sufrido lo suficiente
para decir la verdad. Aquel niño que quedó huérfano a los 10 años en Dolores Hidalgo, que vendió zapatos y limpió mesas para comer, que compuso sin saber solfeo, que amó sin medida y pagó el precio. Ese niño se quedó para siempre. Porque mientras alguien ponga un disco de José Alfredo, el rey nunca va a morir.
[música] Y esta historia de un hombre que convirtió el dolor en arte nos recuerda que los grandes no necesitan nacer con todo, solo necesitan tener algo genuino que decir. Pero hay otra vida que necesita ser contada, otra leyenda que merece ser recordada. [música] En el próximo video descubriremos la vida de Sara García, la abuelita de México, una mujer que perdió los dientes y los usó para crear personajes que hicieron llorar a toda una nación, que nunca tuvo los reflectores de [música] las divas y que, sin embargo, fue la actriz más querida de la época de oro.
[música] Porque no hay nada más poderoso que la gente real. Porque mientras alguien recuerde, los grandes nunca mueren.