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Asi Fue La Lujosa Vida De Ricardo Rocha – La Vida Tranquila de la Voz que Nadie Podía Callar.

Asi Fue La Lujosa Vida De Ricardo Rocha – La Vida Tranquila de la Voz que Nadie Podía Callar.

una residencia en la colonia Polanco de la Ciudad de México valuada en más de 12,0000000 de pesos. Un Mercedes-Benz clase E plateado que sus colegas de Radio Fórmula recuerdan estacionado frente a los estudios cada madrugada cuando él llegaba a las 5 para preparar su programa. una agencia informativa independiente, detrás de la noticia que en sus años de mayor actividad facturaba más de 30 millones de pesos anuales en contenido, transmisiones y contratos con medios y un patrimonio acumulado en 50 años de periodismo en las instituciones

más poderosas de la comunicación mexicana, Televisa, Radio Fórmula, TV Azteca y la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, que personas cercanas a su entorno estim estiman conservadoramente entre 40 y 60 millones de pesos. Eso era lo que tenía Ricardo Rocha cuando murió. El periodista que llegó de las calles de Tepito para sentarse frente a los presidentes, que desenmascaró al Santo en vivo, que enfrentó a Jacobo Sabludowski y al tigre Emilio Azcárraga, que demandó a Carmen Aristegui, a CNN y a Sofía Niño de

Rivera en uno de los casos legales más polémicos del periodismo mexicano. Ese hombre murió el 4 de junio de 2023 en su cama en silencio con 35 medicamentos en el buró y el corazón finalmente vencido por el único enemigo que nunca supo detener él mismo. ¿Cómo construyó esa fortuna desde Tepito? ¿En qué la gastó? ¿Cuánto le costaron sus batallas legales? ¿Y qué pasó exactamente en esos últimos días cuando los médicos le pedían que descansara y él volvía directo al micrófono? Eso es lo que vamos a descubrir hoy. Hay algo

en la historia de Ricardo Rocha que muy pocos periodistas de su generación pueden decir. llegó de abajo, no del bajo simbólico de los biógrafos que convierten una infancia de clase media en una narrativa épica de superación del Bajo Real, del barrio de Tepito en la colonia Morelos, al norte del centro histórico de la Ciudad de México, el barrio Bravo.

 El 26 de marzo de 1947 nació Ricardo Rocha Reinaga en ese barrio que México ha usado durante décadas como sinónimo de todo lo que prefiere no mirar, pobreza, crimen, violencia, el lugar donde se forjan campeones de box y también donde se forman las redes que abastecen de mercancía robada a media ciudad. Su padre era zapatero, su madre costurera.

Dos oficios que en el México del 47 significaban exactamente lo que suenan. Trabajo manual honesto que paga las tortillas y los frijoles y muy poco más. Ricardo creció entre el laberinto de calles de Tepito, aprendiendo lo que ese barrio enseña, con una precisión que ninguna escuela puede igualar, que el mundo tiene un doble estándar tan obvio y tan permanente que o uno aprende a vivir con él o aprende a pelearlo.

Ricardo eligió pelearlo y ese instinto de combate instalado en él desde los primeros años de su infancia en Tepito sería la fuerza que impulsaría cada una de sus decisiones profesionales durante los siguientes 50 años. En 1968, Ricardo Rocha se inscribió en administración de empresas en la UNAM, la carrera que nunca ejercería, porque ese año México no era el país para pensar en negocios.

 Era el año de los estudiantes, el año de la plaza de las tres culturas, el año en que el gobierno del presidente Gustavo Díaz Oordaz ordenó abrir fuego sobre una manifestación pacífica y cambió para siempre la relación entre el Estado mexicano y la generación que lo presenciaría. El 2 de octubre de 1968, Ricardo Rocha estaba ahí.

 No en las trincheras, no liderando columnas de estudiantes, pero ahí, en ese espacio donde la historia se partía en dos y donde los que la vivieron salieron siendo personas diferentes a las que entraron. Vio cuerpos, vio pánico, vio al gobierno mintiendo sobre lo que había hecho. Y algo en él cristalizó con la claridad de las revelaciones que llegan cuando la realidad es demasiado brutal para ser ignorada.

 La verdad importa, contarla importa y callarse tiene un costo que él no estaba dispuesto a pagar. Esa decisión tomada entre los escombros de Tlatelolco sería el fundamento de una carrera que durante cinco décadas lo pondría frente a presidentes, frente a empresarios, frente a celebridades y frente a las instituciones más poderosas de México.

Siempre haciendo preguntas que otros preferían no hacer. Los primeros años en los medios fueron los de cualquier principiante que no tiene contactos ni apellidos, los de los empleos modestos y los estudios sistemáticos de cómo funciona el mundo al que uno quiere entrar. Hacia 1975, Rocha comenzó a hacer prácticas de oratoria en el canal 8, parte de televisión independiente de México.

 No era glamoroso, pero era una entrada. Y entonces, en 1977 llegó el momento que los periodistas de su generación recuerdan como su punto de quiebre. Nicaragua, la revolución sandinista estaba derrocando a la dictadura de los Somosa y Ricardo Rocha se fue más de dos meses a cubrir esa historia desde adentro. No desde un hotel seguro con conexiones satelitales, desde el terreno, desde los caminos de tierra y los campamentos y los momentos donde el periodista tiene que decidir si retrocede o sigue adelante. Rocha siguió adelante. El

trabajo que produjo desde Nicaragua fue distinto a todo lo que los medios mexicanos habían recibido de esa región. crudo, directo, con el peso de alguien que estaba viviendo lo que contaba en lugar de recibirlo de segunda mano. Los elogios llegaron de inmediato y con los elogios llegó algo más valioso, la reputación de ser alguien que no le temía a los lugares difíciles ni a las preguntas incómodas.

Esa reputación valía dinero, mucho dinero. El primer gran salto económico de la carrera de Ricardo Rocha llegó cuando convenció a Emilio Azcárraga Milmo, el tigre, el presidente de Televisa, de financiar un proyecto de contenido para adultos mayores. No había nadie en el mundo del entretenimiento mexicano que pudiera llegar a la oficina del tigre sin una invitación previa y salir con un contrato. Rocha lo hizo.

Eso dice algo sobre el tipo de periodista que era y también sobre el tipo de negociador que era. Porque en el México de la comunicación de los años 80, Televisa no era solo una empresa de televisión. Era el monopolio que decidía quién existía en la pantalla y quién no existía, quién era famoso y quién era invisible, qué historias llegaban al público y cuáles se quedaban sin contar.

Y el niño de Tepito fue a ver al dueño de ese monopolio y lo convenció de que su idea tenía valor. El programa para gente grande fue la primera materialización de ese acuerdo y simultáneamente Rocha empezó a conducir el noticiero radial panorama informativo que se transmitiría durante 14 años con alcance en México, Estados Unidos y Europa.

 14 años al aire en radio, 14 años de un mismo programa significa contratos renovados sistemáticamente, regalías por formato, derechos de emisión y el tipo de ingreso estable que los periodistas de televisión rara vez tienen, porque la televisión es más volátil que la radio. En esos 14 años, el patrimonio de Ricardo Rocha empezó a tomar la forma que tendría hasta el final de su vida.

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