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Así es la Humilde Vida de Pablo Aimar a Sus 45 Años, de la Fama al Silencio

Así es la Humilde Vida de Pablo Aimar a Sus 45 Años, de la Fama al Silencio

¿Alguna vez te has preguntado cómo es el hombre que inspiró al mejor jugador de la historia? Lionel Messi dijo que Pablo Aimar era su ídolo desde que era un niño en Rosario. Le pidió la camiseta temblando de nervios después de un partido en el Camp. La guarda entre sus mejores recuerdos. Y Maradona, el más grande de todos, dijo algo que muy pocos le oyeron decir de alguien más, que Aimar era el único jugador por el que pagaría una entrada para verlo jugar.

Ese hombre vive hoy en Río Cuarto, la misma ciudad donde nació, la misma ciudad de siempre, sin mansión, sin guardaespaldas, sin chóer. Sale a entrenar chavales de la selección argentina, toma mate con sus amigos del barrio y va a ver los partidos de Estudiantes, el club donde todo empezó. Esta es la historia de Pablo Aimar después del fútbol y es más sencilla, más profunda y más hermosa de lo que cualquier resultado puede mostrar.

Para entender a laimar de hoy, hay que ir al principio. Hay que ir a Río Cuar. Río Cuarto es una ciudad del centro de Córdoba, a unos 215 km de la capital provincial. No es un lugar que aparezca seguido en los titulares deportivos. Es una ciudad tranquila, de clase media, con una identidad propia que no necesita del ruido de Buenos Aires para sentirse completa.

Pablo César Aimar nació allí el 3 de noviembre de 1979. Creció en una familia sencilla, en un barrio donde el fútbol era lo que había entre el colegio y la cena. No había academia con césped sintético ni entrenadores con título universitario. Había una pelota, una calle y horas que pasaban sin que nadie las midiera. Desde pequeño mostró algo que los que lo vieron describían siempre igual.

Magia, no velocidad, no fuerza, no tamaño, magia. La capacidad de hacer con una pelota cosas que nadie esperaba, de cambiar el ritmo de un movimiento en el último segundo, de ver el juego antes que todos los demás. Dio sus primeros pasos en Estudiantes de Río Cuarto, el club de su ciudad. Allí lo vieron crecer, allí lo conocieron.

Era el chico del barrio que se quedaba pateando cuando todos se iban a casa. Daniel Pasarella lo descubrió y lo llamó a Riverplate. Pero el padre de Pablo tomó una decisión que no es frecuente en el fútbol argentino. Dijo que era demasiado pronto que el niño volviera a casa. No era ambición lo que faltaba, era convicción de que apresurarse no era la respuesta.

Que Río Cuarto primero, Buenos Aires después. Cuando Pasarella insistió, el padre aceptó. Pablo Aimar llegó a las inferiores de River a mediados de 1996 con 16 años con el mismo bolso sencillo con el que había crecido y empezó una vez más desde el principio. El debut llegó el 11 de agosto de 1996. Pablo Aimar tenía 16 años y Riverplate era campeón de la Copa Libertadores.

El equipo estaba lleno de figuras, no había espacio fácil para nadie, pero Aimar no pedía espacio, lo creaba. Sus primeros contratos en River no superaban los $,500 mensuales, una cifra que en el fútbol argentino de esa época era normal para un juvenil con proyección, no importaba. Aimar no estaba contando el dinero, estaba contando los toques.

Lo que construyó en River entre 1996 y 2001 fue uno de esos ciclos que la memoria del fútbol argentino no suelta. Junto a Saviola, Juan Pablo Ángel y Ariel Ortega formó una delantera que los hinchas del Monumental llamaron Los Cuatro Fantásticos. Ganó el torneo Apertura de 1999 y el clausura de 2000.

Fue figura indiscutida, ídolo de una hinchada exigente y voraz. En la selección juvenil fue campeón mundial sub 2-0 en Malasia en 1997 junto a Riquelme, Cambiazo y una generación que hoy se recuerda como una de las más brillantes de la historia. fue figura del torneo. Todo eso fue visto, todo eso fue evaluado y Europa tomó nota.

En enero de 2001, el Valencia Club de Fútbol pagó 24 millones de euros por él, convirtiéndolo en el fichaje más caro de la historia del club hasta ese momento. Un número que en España sonó como una apuesta enorme. AR tenía 21 años y cruzó el Atlántico con la misma calma con que siempre había vivido, sin fanfarrias, sin declaraciones grandilocuentes, con una pelota y la certeza de que el juego era lo único que necesitaba demostrar.

En Valencia encontró su escenario europeo. La ciudad mediterránea, vibrante y apasionada, recibió a ese enganche argentino de 1 70 m con escepticismo inicial y lo terminó convirtiendo en leyenda. Su primer contrato con el Valencia le reportó alrededor de 2 5 millones de euros anuales, cifra que creció con los títulos y los títulos llegaron con una velocidad que nadie discutía.

En su primera temporada completa 2001 hasta 02, Valencia ganó la Liga española. Aimar fue pieza central de ese equipo dirigido por Rafa Benítez, el mismo que después ganaría Champions Leagues con Liverpool. En 2003 hasta 04, Valencia volvió a ganar la liga y además conquistó la Copa de la UEFA, derrotando al Olimpic de Marsella en la final disputada en Gotemburgo.

También ganó la Supercopa de Europa. En total, 8 años entre Valencia y Zaragoza, 215 partidos en la liga y el reconocimiento de la afición valenciana que hoy todavía nombra a Aimar como uno de los suyos. Pero la historia de esos años tiene una sombra que no se puede obviar, las lesiones. La pubalgia que empezó a castigar su cuerpo desde 2004 fue recortando su rendimiento de manera progresiva, silenciosa y cruel.

No era un problema que se viera desde afuera. Era un dolor que se vivía adentro, partido a partido, entrenamiento a entrenamiento. Aimar nunca se quejó en público, nunca señaló la lesión como excusa. Siguió jugando cuando podía, trabajó cuando no podía jugar y cuando le dijeron que ya no tenía lugar en Valencia, aceptó la decisión con la misma dignidad con la que había aceptado todo lo demás.

Esa forma de procesar la adversidad en silencio no era resignación, era carácter. En 2006, el Real Zaragoza pagó 11 millones de euros por él, convirtiéndolo en uno de los fichajes más caros de la historia del club aragonés. Las expectativas eran altas, los resultados irregulares, las lesiones seguían, el Zaragoza descendió, pero en el verano de 2008 llegó la sorpresa más grata de sus últimos años como jugador.

El Benfica de Lisboa, uno de los clubes más grandes de Portugal, decidió apostar por él. El director deportivo era Ruis Costa, leyenda del fútbol europeo y admirador de Aimar desde siempre. pagó 6 5 millones de euros. Le dio un contrato de 4 años. Los primeros meses en Portugal fueron difíciles. Las lesiones otra vez, la presión de una hinchada que esperaba más, los silvidos en el estadio da Luz cuando el rendimiento no llegaba.

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