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ASCoco Chanel: La Reina de la Moda y el Secreto Que Tardó Décadas en Salir

ASCoco Chanel: La Reina de la Moda y el Secreto Que Tardó Décadas en Salir

En este preciso instante, en algún lugar del planeta, alguien está abriendo un frasco de perfume, un frasco pequeño de vidrio liso con un tapón cuadrado y una etiqueta que apenas dice un número. Se calcula que uno de esos frascos se vende en alguna parte del mundo cada 30 segundos.

Lo usaron reinas, primeras damas, actrices que ya no existen. Lo usó Marilyn Monroe, que según dijo, no se ponía nada para dormir, excepto unas gotas de ese perfume. Y sin embargo, casi nadie que lo usa conoce la verdad sobre la mujer que lo creó. Porque en los archivos secretos de los servicios de inteligencia alemanes, esa misma mujer aparece registrada con un nombre en clave y un número de agente.

Y durante 70 años alguien hizo todo lo posible para que esos documentos no salieran a la luz. Esta es la historia de Gabriel Chanel, la mujer que vistió al siglo XX, la que sacó a las mujeres del corsé y les enseñó a respirar, la que se convirtió en una de las personas más ricas de Europa partiendo de absolutamente nada y la que se llevó a la tumba un secreto que todavía hoy incomoda a medio mundo.

París, 10 de enero de 1971. Es un domingo gris, hace frío. En el corazón de la ciudad, sobre la elegante PL Vendom, se levanta el hotel Ritz, el hotel más lujoso de Francia. En el tercer piso, en una suite que ha sido su casa durante más de 30 años, una mujer de 87 años se está vistiendo para salir. Quiere dar un paseo, como cada tarde.

Se llama Coco. Ese nombre lo conoce el mundo entero. Pero la mujer que se mira al espejo esa tarde no se parece en nada a la leyenda. Está sola. No tiene marido, no tiene hijos, no tiene en realidad una sola persona en el mundo que sea suya de verdad. tiene un imperio que lleva su nombre, tiene una fortuna, tiene un perfume que factura millones y no tiene a nadie que le tome la mano esa tarde de domingo.

Es un contraste que cuesta entender cómo es posible que la mujer que vistió de elegancia a todo el planeta, la que millones de mujeres admiraban e imitaban, terminara sus días sin un esposo, sin un hijo, sin un solo familiar, esperando noticias suyas. De pronto se siente mal, se recuesta sobre la cama, llama a su sirvienta de confianza, una mujer que la ha acompañado durante años.

Y según contaría esa mujer, mucho tiempo después, Coco le habría dicho una frase que sonaba casi a reproche, casi a sorpresa, algo así como, “Así que de esto se muere uno.” Pocos minutos después deja de respirar. La mujer que cambió la forma en que las mujeres se visten, la que construyó una de las marcas más famosas de la historia, muere igual que vivió los últimos años, completamente sola en la habitación de un hotel.

And one two ningún familiar al lado, ningún esposo, solo el silencio de una suite de lujo y el ruido lejano de los carros sobre la plaza. ¿Cómo llega una mujer a tenerlo todo y a la vez a no tener nada? Para entender qué pasó realmente esa tarde de domingo, hay que rebobinar la cinta casi 90 años atrás, hasta un pueblo de provincia, hasta una sala fría que olía a desinfectante, hasta el día en que una niña nació en el lugar donde van a parar los que no le importan a nadie. 19 de agosto de 1883.

Saumour, una ciudad del oeste de Francia. Gabriel no nace en una casa, nace en un hospicio, en un asilo de caridad para pobres, atendido por monjas. Ese es el primer dato de su vida y es el que va a marcarlo todo. Su madre Jean es una mujer joven, enferma de los pulmones, que lava ropa para sobrevivir. Su padre Albert es un vendedor ambulante.

Va de feria en feria vendiendo telas, ropa interior, cosas baratas. Aparece y desaparece, promete y no cumple. La familia es tan pobre que se mudan constantemente persiguiendo cualquier trabajo. Gabriel crece entre cuartos prestados, mercados ruidos y la sensación desde muy temprano de que en este mundo nada es seguro.

Tiene apenas 11 o 12 años cuando ocurre lo que ningún niño debería vivir. Su madre muere agotada, enferma, gastada por la pobreza y por los partos. Jan se apaga a los 30 y pocos años y entonces el padre toma una decisión que Gabriel no le perdonaría jamás. Lleva a sus hijas a un orfanato, las deja con las monjas, promete volver, sube a su carreta y se va por el camino. Nunca vuelve.

Imagínate la escena. Una niña de 12 años parada frente a un edificio enorme de piedra, viendo como la única figura que le quedaba en el mundo se aleja y desaparece en el horizonte, y entendiendo poco a poco que ese horizonte no le va a devolver a nadie. El orfanato se llama Aubazin, está en la región de Correz, en el centro de Francia.

Es un antiguo monasterio frío, inmenso, en gobernado por monjas severas y por una regla de hierro, silencio, disciplina, trabajo. Las paredes son blancas, los hábitos de las monjas son negros, los pasillos largos, las baldosas dibujan figuras geométricas que la niña recorre todos los días. Hay un orden austero en todo. Nada sobra, nada decora. Todo es puro, despojado. Exacto.

Años después, muchos verán en esos colores y en esas formas el origen secreto de su estilo, el blanco y el negro, la simplicidad absoluta, la belleza sin adornos. Nunca se sabrá con certeza cuánto de aquello fue consciente, pero la coincidencia es difícil de ignorar. La vida ahí dentro tiene un solo ritmo y lo marca una campana. Suena antes del amanecer.

Las niñas se levantan en dormitorios helados, se lavan con agua fría, rezan, comen silencio, trabajan, vuelven a rezar, vuelven a dormir día tras día. Año tras año. No hay caricias, no hay cumpleaños, no hay nadie que la espere en la puerta los domingos y hay algo que duele todavía más que el frío. En ese mismo lugar conviven dos clases de niñas, las que pagan, hijas de familias que las internan por un tiempo y las de caridad, las huérfanas sin un centavo.

Gabriel es de las segundas y aprende a fuerza de pequeñas humillaciones lo que es estar del lado de los que no valen nada. Esa humillación no se le olvida nunca. La va a llevar puesta toda la vida debajo de los vestidos más caros del mundo. En Albesin, Gabriel aprende a coser, no por amor al arte, por necesidad.

Las huérfanas tienen que ganarse el techo con sus manos. Aprende a manejar la aguja, a cortar la tela, a hacer dobladillos perfectos. Aprende que sus manos pueden producir algo de valor. Es lo único que tiene y se aferra a ello. Porque mientras cose en su cabeza pasa otra cosa. Mira por las altas ventanas del monasterio hacia los campos y se imagina otra vida, una vida donde nadie la mira por encima del hombro.

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