Posted in

ARMANDO GONZALEZ: La TRAGEDIA que SOPORTO para JUGAR el MUNDIAL

ARMANDO GONZALEZ: La TRAGEDIA que SOPORTO para JUGAR el MUNDIAL

Armando la Hormiguita González es la nueva revelación del fútbol mexicano. Fue campeón de goleo de la Liga MX en 2025. Quedó a tan solo un gol de conseguir el bicampeonato de goleo para un mexicano. Una hazaña que no se logra desde hace más de 20 años cuando el último en conseguirlo fue Jaret Borgetti.

 Javier Aguirre lo convocó para el mundial y lo tiene como su bajo la manga. Pero lo que muchos no saben es que este chavito estuvo a punto de nunca convertirse en futbolista. Lo rechazaron en el club de sus amores. Seis técnicos distintos no lo tomaron en cuenta y aún así jamás se rindió. Esta es la historia jamás contada de Armando González y te aseguramos que lo que estás por conocer te dejará impactado.

 Para entender por qué a este chavito lo subestimaron tanto tiempo, hay que volver al principio. Y el principio no tuvo nada de espectacular. No hubo academia europea, ni reflectores, ni un niño prodigio del que todos hablaban. Hubo, eso sí, un apellido pesado y una sombra difícil de cargar. Armando González nació en abril de 2003 en Celaya, Guanajuato, aunque se hizo hombre y se hizo futbolista en Aguascalientes, pateando lo que se pudiera patear en cuanto cancha encontraba y no eligió el fútbol por casualidad, lo trajo en la sangre. Su

padre, también llamado Armando González, al que en el medio conocieron como Mandín, había vestido la camiseta de las Chivas en los años 90. El sobrenombre con el que hoy lo grita un estadio entero tiene un origen humilde, casi de cuento familiar. Cuentan los suyos que se le quedó pegado de niño tras una anécdota en un hormiguero de un rancho de la familia.

 Y la verdad es que el mote le quedó perfecto, porque una hormiga es pequeña, casi invisible, fácil de ignorar, pero es incansable, terca, capaz de cargar mucho más de lo que su tamaño sugiere. Esa palabra [carraspeo] iba a terminar definiendo no solo su personalidad, sino su carrera entera, porque ese tamaño, ese cuerpo menudo que de niño lo hacía ver frágil, fue exactamente lo que estuvo a punto de robarle el sueño antes de empezar.

 Tenía apenas 12 años cuando los visores de Chivas se fijaron en él y lo citaron a una prueba en San Rafael, Jalisco. Para un niño que crecía idolatrando al rebaño, era el día más importante de su corta vida. Preparó la maleta con la ilusión de quien siente que el destino por fin lo llama. y se presentó a mostrar lo único que sabía hacer mejor que nadie, meter goles.

 Pero los goles no alcanzaron, lo rechazaron no por falta de talento, no por falta de actitud, sino por algo que él no podía controlar. Lo consideraron demasiado pequeño, demasiado liviano para aguantar el rose del fútbol grande. Le dijeron, en pocas palabras, que su cuerpo no daba. Lo regresaron a casa con la mochila a cuestas y el primer gran no de su vida clavado en el pecho.

 Para la hormiga fue lo que tocó su fibra más íntima, fue gasolina. Según cuentan los suyos, en lugar de hundirlo, aquel portazo lo encendió. Lo que ni él ni nadie imaginaba es que aquella primera humillación iba a ser apenas el inicio de un patrón, porque a la hormiga el fútbol mexicano lo iba a ignorar muchas, muchas veces más y la siguiente forma de ignorarlo sería todavía más silenciosa, más larga y en el fondo más cruel.

 El goleador que vivía en las sombras, el fútbol cuando quiere da segundas oportunidades y Chivas, tiempo después de aquel rechazo, volvió a seguirle la pista. Esta vez el muchacho no dejó lugar a dudas. En su segunda prueba convenció a los entrenadores, se ganó un sitio en las fuerzas básicas del Guadalajara y empezó a recorrer una a una las categorías inferiores, sin privilegios, sin apellido que le abriera puertas.

 Desde abajo, como siempre, y desde abajo empezó a hacer lo que mejor sabía. En la camiseta sub-18 firmó números de escándalo, alrededor de 25 goles en poco más de 30 partidos, cifras que no se explican solo con talento, sino con esa terquedad de hormiga que ya le conocíamos. Después vino la U23 y ahí la explosión fue total.

 Se convirtió en campeón y goleador de la categoría en una de las figuras más determinantes de toda la cantera roj y blanca. El muchacho al que rechazaron por pequeño se estaba volviendo imposible de esconder. Su buena estrella se cruzó. Además con un problema del primer equipo, porque mientras la hormiga rompía redes en juveniles, las Chivas mayores sufrían para meter goles.

 Y cuando un club necesita goles y tiene en casa un canterano que no para de hacerlos, la matemática se resuelve sola. Prácticamente saltó de las categorías juveniles al máximo circuito, casi sin escala prolongada en el filial. El 13 de enero de 2024 llegó el día con el que había fantaseado toda su vida. Debut en primera división con la camiseta de sus amores frente a Santos Laguna.

 Entró de cambio, todavía con cara de niño, a cumplir un sueño que de chico le habían negado. Y aquí es donde la historia se pone de piel chinita, porque hay coincidencias que parecen escritas por alguien allá arriba. La hormiga eligió para ese debut el dorsal 34, el mismo número que su padre había usado décadas antes. Y no solo eso, Mandín González también había debutado en su momento contra Santos Laguna.

 Dos generaciones de la misma familia, el mismo club, el mismo número, el mismo rival. El fútbol que tantas veces le había cerrado la puerta le devolvió ese día un guiño imposible de inventar. El debut no fue el final del camino, sino el comienzo de una travesía larga y poco agradecida, porque la hormiga tuvo que abrirse paso en un vestidor donde competía nada menos que contra Javier Chicharito Hernández y Alan Pulido, dos referentes históricos del ataque mexicano.

 Tuvo que sobrevivir además a un carrusel de entrenadores que mareaba a cualquiera. Por su proceso pasaron media docena de técnicos. Fernando Gago le dio el debut, otros lo vieron de reojo y cada cambio de mando significaba empezar de cero, volver a convencer, volver a pelear por un lugar que nunca le regalaron. Mientras todo esto ocurría, la selección mexicana lo ignoró por completo.

 No hablamos de un descuido, hablamos de años. El chavito que metía goles a montones nunca, [música] ni una sola vez fue convocado a una categoría juvenil del tri, ni sub 15, ni sub17, ni sub20. El sistema que presume de detectar talento dejó pasar temporada tras temporada a uno de los goleadores más natos de su generación y con el periódico del lunes quizás se podría decir que se le estaban guardando para la máxima cita del fútbol mundial.

Aprendió a convivir con esa frustración sin soltar el balón y mientras esperaba un llamado que no llegaba, siguió acumulando momentos que lo iban haciendo grande dentro de Chivas. El más emotivo llegó en un clásico nacional contra el América. entró desde la banca y cambió el partido con un gol que hizo estallar al rebaño.

Read More