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13 seminaristas desaparecieron durante un retiro en Baja California — en 2020, un dron captó algo…

13 seminaristas desaparecieron durante un retiro en Baja California — en 2020, un dron captó algo…

En marzo de 2018, 13 seminaristas del seminario mayor de Tijuana desaparecieron durante un retiro espiritual en las montañas de Baja California. Sin dejar rastros, las autoridades nunca encontraron evidencia concluyente. El caso se enfrió con el tiempo hasta que en 2020 un dron captó algo que cambiaría todo para siempre.

El viento del desierto de Baja California susurraba entre los cactones y las rocas rojizas, llevando consigo el eco de oraciones que ya no se escuchaban. La casa de retiros San José, enclavada en las montañas a 2 horas de Tijuana, había sido durante décadas un refugio de paz para quienes buscaban fortalecer su vocación religiosa.

Sus muros de adobe y su pequeña capilla habían sido testigos de miles de confesiones, momentos de iluminación espiritual y decisiones que cambiarían vidas para siempre. Pero en marzo de 2018 ese santuario se convirtió en el epicentro de una tragedia que sacudiría a toda la Iglesia Católica de México.

13 jóvenes seminaristas con edades entre los 19 y 25 años habían llegado para un retiro de cuaresma que duraría una semana. Venían llenos de esperanza, con sus biblias gastadas y sus rosarios heredados de abuelas devotas, listos para profundizar en su camino hacia el sacerdocio. El padre Miguel Herrera, director espiritual del seminario, los había acompañado junto con el hermano Francisco, un veterano religioso conocido por su sabiduría y bondad. La rutina era conocida.

Oración matutina, meditación, conferencias espirituales, trabajo manual y reflexión personal. Nada indicaba que esa semana sería diferente. El último contacto con el mundo exterior fue el martes por la noche, cuando el padre Herrera envió un mensaje de texto al rector del seminario confirmando que todo marchaba bien.

Al día siguiente, el silencio se apoderó de las montañas. Cuando el viernes no regresaron como estaba planeado, las alarmas se encendieron. Lo que los equipos de rescate encontraron en la casa de retiros los dejó helados. Platos con comida intacta, camas sin deshacer y un silencio que gritaba desesperación. El detective Joaquín Morales había visto de todo en sus 20 años trabajando para la Procuraduría General de Justicia de Baja California.

Homicidios, narcotráfico, desapariciones forzadas, pero nunca algo como esto. Mientras caminaba por los pasillos vacíos de la casa de retiros, sintió un escalofrío que no tenía que ver con el viento de la montaña. “No tiene sentido, compadre”, le murmuró a su compañero, el detective Carlos Vázquez, mientras examinaban el comedor principal. Mira esto.

Los platos están servidos, la comida apenas tocada, como si hubieran salido corriendo en pleno almuerzo. Carlos, un hombre corpulento con bigote canoso, se agachó para examinar una silla volcada. Pero no hay signos de violencia, Joaquín. No hay sangre, no hay ventanas rotas, no hay señales de lucha.

Es como si se hubieran evaporado. Morales conocía bien ese sentimiento de impotencia. Había crecido en una familia profundamente católica en Tijuana. Y aunque su fe se había tan babeado con los años debido a la violencia que presenciaba diariamente, aún recordaba las lecciones de su abuela sobre milagros y misterios divinos.

Pero esto no se sentía como un milagro. El monseñor Ricardo Castellanos, obispo de Tijuana, había llegado esa misma tarde acompañado del rector del seminario, el padre Antonio Medina. Castellanos era un hombre imponente de casi 70 años con una presencia que comandaba respeto inmediato.

Sus ojos azules, poco comunes en su rostro moreno, parecían penetrar el alma de quien lo miraba. “Detective Morales”, dijo el obispo con voz grave, “Estos jóvenes son el futuro de nuestra iglesia. Cada uno de ellos había demostrado una vocación sólida, una fe inquebrantable. No es posible que simplemente hayan decidido irse. El padre Medina, nervioso y sudoroso a pesar del frío de la montaña, agregó, Miguel Herrera lleva 15 años dirigiendo retiros.

Es un hombre de una espiritualidad profunda, incapaz de cualquier irregularidad. Y el hermano Francisco, Dios mío, tiene 63 años y problemas del corazón. No pudo haber caminado muy lejos. Morales tomó notas mentalmente mientras observaba las expresiones de ambos religiosos. Había algo en la manera en que el padre Medina evitaba su mirada directa, algo en la tensión de sus hombros que le resultaba familiar.

En su experiencia, cuando las personas ocultaban información, su lenguaje corporal las delataba. “Padre Medina”, le dijo Morales con voz suave pero firme. “Necesito que me proporcione información detallada sobre cada uno de los seminaristas desaparecidos. sus antecedentes, sus familias, cualquier problema personal que pudieran haber tenido.

Por supuesto, detective, pero le aseguro que estos muchachos son eran ejemplares. Luis Martínez, de 24 años, venía de una familia humilde de Mexicali, pero tenía una inteligencia extraordinaria. José Ramírez, 22 años, había sido músico antes de ingresar al seminario. Pedro Salazar, mientras el rector desgranaba los nombres y las historias, Morales sintió que algo importante se le escapaba.

Había aprendido a confiar en su instinto y ese instinto le decía que la respuesta no estaba en los expedientes académicos o en las cartas de recomendación. La investigación inicial reveló detalles perturbadores. Los vehículos del seminario seguían en el estacionamiento con las llaves puestas. Las pertenencias personales de los seminaristas permanecían intactas en sus habitaciones.

Billeteras con dinero, teléfonos celulares, medicamentos necesarios. Más extraño aún, el libro de registro de la casa de retiros mostraba que habían llegado 15 personas, pero los testigos confirmaron que solo habían visto a los 13 seminaristas conocidos, el padre Herrera y el hermano Francisco. Cuando cayó la noche y los equipos de búsqueda regresaron sin resultados, Morales se quedó solo en la capilla de la casa de retiros.

La luz de las velas proyectaba sombras danzantes en las paredes de adobe y el crucifijo de madera parecía observarlo con una mezcla de dolor y esperanza. Por primera vez en años, el detective sintió la necesidad de rezar. Tres días después del descubrimiento, la investigación había tomado un rumbo inesperado. Morales se encontraba en su oficina de la Procuraduría, rodeado de fotografías de los desaparecidos, mapas topográficos de la región y reportes forenses que no arrojaban ninguna pista concreta.

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