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López Portillo era un niño retraído, de lentes, blanco fácil de los abusos callejeros . Durazo, en cambio, poseía los puños duros del norte y una innegable habilidad para la pelea de barrio . Arturo defendía a “Pepe” en los callejones; Pepe ayudaba a Arturo con las tareas escolares . Aquella vieja lealtad infantil sembró una semilla que, cuarenta años más tarde, se convertiría en una factura impagable para la nación. Cuando José López Portillo asumió la presidencia de México en 1976, nombró a su amigo de la infancia como jefe de la policía capitalina , y no conforme con ello, le otorgó por decreto presidencial el rango de General de División, a pesar de que Durazo jamás había pisado un cuartel militar . El uniforme verde y las estrellas doradas le fueron entregados como un disfraz, humillando a los mandos reales del ejército, quienes se vieron obligados a cuadrarse ante el amigo del mandatario .

Tlaxquake y el Grupo Jaguar: La fábrica de culpables inocentes
Con la placa oficial respaldada por la oficina presidencial, Durazo perfeccionó la policía como si fuera su empresa criminal privada. Su cuartel general se ubicó en Tlaxquake, un edificio grisáceo del centro histórico que albergaba a la División de Investigación para la Prevención de la Delincuencia (DIPD) , bajo el mando operativo de su mano derecha, el coronel Francisco Sahagún Baca .
Adentro de Tlaxquake se diseñó una auténtica factoría de tortura y confesiones falsas . En sótanos oscuros y estrechos, mediante golpes y asfixia con trapos mojados, se arrancaban declaraciones pre-mecanografiadas a personas vulnerables (albañiles, vagabundos, migrantes pobres) para resolver de cara a la prensa los robos más escandalosos de la ciudad . Mientras los inocentes poblaban las cárceles tras montajes mediáticos perfectamente ensayados, los verdaderos criminales seguían libres operando bajo la protección de la misma corporación . Para ejecutar las tareas más oscuras del régimen, se creó el “Grupo Jaguar”, un cuerpo de élite policial con licencia estatal para secuestrar, extorsionar y matar .
La masacre del río Tula: El botín de los 120 millones de pesos
El horror del río Tula no fue un simple ajuste de cuentas entre bandas de narcotraficantes como los periódicos oficialistas intentaron hacer creer inicialmente al identificar que once de las víctimas eran de nacionalidad colombiana . El cabo suelto de la masacre fue el cuerpo número doce: Armando Mogollán Pérez, un taxista mexicano de 29 años que vivía en el centro histórico . El 7 de junio de 1981, Armando salió de casa prometiéndole a su madre, Estela Pérez, que solo llevaría a unos clientes colombianos a conocer el Estadio Azteca . Nunca regresó. Al día siguiente, agentes de la DIPD saquearon su departamento .
Estela Pérez, una humilde mesera que trabajaba dobles turnos, inició un calvario de búsqueda en cárceles, hospitales y dependencias . Su denuncia quedó registrada con el número 15434/81 en la propia jefatura de Tlaxquake ; irónicamente, la policía recibía la queja contra sí misma . La verdad detrás del crimen tardó años en salir a la luz: los ciudadanos colombianos formaban parte de una exitosa banda de asaltabancos que había acumulado un botín aproximado de 120 millones de pesos de la época . El grupo de Durazo y Sahagún Baca los secuestró y los mantuvo cautivos en prisiones clandestinas durante seis meses, bajo torturas brutales, con el único fin de obligarlos a confesar la ubicación del dinero . Una vez que los mandos policiales se repartieron los millones y vaciaron el botín, decidieron que las víctimas sabían demasiado. El agente Rodolfo Reséndiz sacó a los doce hombres del penal de Santa Martha Acatitla, los llevó a la lumbrera del drenaje profundo y los ejecutó .

El Partenón de Zihuatanejo: Esclavitud moderna en el Pacífico
Con ganancias calculadas en 800 millones de pesos mensuales en su época de esplendor —una fortuna que rozaba los mil millones de dólares a nivel global, comparable a la de dictadores internacionales — Arturo Durazo mandó construir su obra cumbre: “El Partenón” de Zihuatanejo . Tras expropiar a precios irrisorios más de 20,000 metros cuadrados de terrenos ejidales frente a la hermosa playa La Ropa , erigió una copia monumental del templo griego de Atenas con 42 columnas dóricas recubiertas de mármol de diez metros de altura .
La ostentación del recinto desafiaba cualquier límite moral: contaba con doce elevadores, un lago interior con olas mecánicas, una discoteca privada para mil parejas inspirada en el mítico Studio 54 de Nueva York, túneles subterráneos, helipuerto y jaulas con leones y tigres salvajes en la entrada . Lo más aberrante de esta megaestructura fue su mano de obra. Durazo no contrató constructoras; en su lugar, utilizó como esclavos a más de 500 policías en activo de la Ciudad de México . Agentes que debían vigilar las calles de la capital fueron trasladados a Guerrero en camiones militares y obligados a cargar pesadas varillas y bloques de mármol italiano bajo un sol sofocante de 40 grados, viviendo en barracones improvisados . Años después, al ser cuestionado por tal abuso, “El Negro” se limitó a responder con soberbia: “Yo tengo derecho a tener una casa en Zihuatanejo” .
La moneda de cambio: El infierno de Luis Miguel y Marcela Basteri
En ese escenario delirante de mármol, excesos y tigres reales, se cruzó el destino de la familia Gallego Basteri . Luisito Rey, un cantante español ambicioso, manipulador y adicto a las drogas, descubrió el talento vocal inigualable de su hijo mayor, Luis Miguel . Para impulsar su carrera en la hermética industria mexicana, Luisito Rey buscó la protección y el financiamiento de Arturo Durazo .
El precio exigido por el jefe policial fue de una bajeza inenarrable. De acuerdo con testimonios de allegados de la época como el agente Aldana, Luisito Rey pagaba los favores de Durazo y el suministro de cocaína con dos monedas : la primera era hacer cantar al pequeño Luis Miguel en las fiestas privadas del Partenón ; la segunda, la más dolorosa, era prostituir a su propia esposa, la italiana Marcela Basteri . Marcela, una madre aterrorizada, sin familia en México y sometida a la violencia de su esposo, era llevada directamente al despacho privado de Durazo en Tlaxquake o en las mansiones, donde permanecía encerrada por horas . Mientras estas vejaciones ocurrían en los pisos superiores, abajo, en las fiestas repletas de alcohol y drogas, un niño de 11 años era dejado completamente solo entre los invitados, observando, escuchando y registrando en silencio absoluto cada siniestro movimiento del entorno .
Esa nefasta alianza dio su fruto comercial el 29 de mayo de 1981, cuando Durazo utilizó su peso político para colar a Luis Miguel en la boda de Paulina López Portillo, hija del presidente, celebrada en el Colegio Militar . La interpretación impecable del niño deslumbró a la élite presidencial y le abrió de inmediato las puertas para firmar su primer contrato discográfico de por vida . Sin embargo, la sombra de Durazo cobró una última factura: una de las teorías más fuertes del medio artístico señala que Marcela Basteri falleció a finales de los 80 debido a una sobredosis o un tiroteo en una de las fincas del entorno de Durazo, una verdad que el actor Andrés García aseguró conocer perfectamente pero que decidió llevarse a la tumba por respeto al dolor del “Sol de México” .
Caída, extradición y el Tecniscismo de la impunidad
Ningún imperio levantado sobre el miedo es eterno. En 1982, el sistema económico de López Portillo colapsó bajo una devaluación histórica del peso . El nuevo presidente, Miguel de la Madrid Hurtado, asumió el cargo bajo la bandera de la “Renovación Moral” . Para legitimarse ante una sociedad harta de los saqueos, el gobierno necesitaba un chivo expiatorio de alto perfil, y Arturo Durazo era el candidato perfecto .
A sabiendas de que sus antiguos cómplices le darían la espalda, “El Negro” huyó a Brasil a finales de 1982, donde planeaba realizarse una cirugía plástica reconstructiva para cambiar totalmente su rostro y su identidad . Su suerte terminó de forma abrupta el 29 de junio de 1984 en el aeropuerto de San Juan, Puerto Rico, donde agentes del FBI lo arrestaron tras bajar de un avión comercial gracias al rastreo de sus huellas dactilares por parte de la Interpol . No obstante, el Estado mexicano operó una última traición hacia las víctimas. Debido al principio internacional de especialidad jurídica en los procesos de extradición, Estados Unidos solo entregó a Durazo por cuatro cargos económicos: fraude, contrabando, acopio de armas y abuso de autoridad . La brutal masacre de los doce jóvenes del río Tula y los crímenes de lesa humanidad cometidos en Tlaxquake quedaron legalmente fuera del juicio .
Arturo “El Negro” Durazo pasó solo seis años en prisión, obteniendo su liberación en 1992 por motivos de salud . Lejos de morir en la miseria o el arrepentimiento, pasó sus últimos años viviendo plácidamente como un jubilado de clase alta en una cómoda residencia frente al mar de Acapulco, rodeado de su familia y disfrutando de los millones de dólares que jamás pudieron ser localizados en los paraísos fiscales extranjeros . Murió el 5 de agosto del año 2000 , y a su entierro acudió un anciano y enfermo José López Portillo a despedir al cómplice de su infancia , sellando para siempre los secretos de una de las épocas más oscuras y sangrientas del México contemporáneo.