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Tiraron La Comida De Una Abuela Y El Chapo Se Levantó — Y El Karma Llegó Al Instante

 

El sonido de platos estrellándose contra el pavimento corta el aire de la tarde como un cuchillo. Una anciana de 76 años observa impotente mientras su comida del día se derrama por la banqueta de Culiacán. Pero lo que esta mujer no sabe es que a 20 met de distancia alguien acaba de presenciar toda la escena.

Y ese alguien no es precisamente conocido por su paciencia con los abusivos. Son las 2:30 de la tarde del jueves 14 de agosto de 1997 en la avenida Obregón, una de las arterias principales de Culiacán, Sinaloa. El calor es insoportable, de esos que convierten el asfalto en una plancha ardiente y hacen que hasta respirar se sienta como trabajo forzado.

Doña Esperanza Morales camina lentamente por la acera cargando una bolsa de plástico transparente con tres tacos de carne asada envueltos en papel de estraza. No son tacos de ningún restaurante elegante. Los compró en un puesto callejero por 15 pesos, usando el último dinero que le quedaba después de pagar la renta de su cuarto en una vecindad del centro.

 Doña Esperanza lleva 40 años viviendo en Culiacán. Llegó desde un pueblo de Durango cuando tenía 36, huyendo de un matrimonio que casi la mata a golpes. Trabajó durante décadas limpiando casas ajenas, lavando ropa a mano, cuidando niños de familias que apenas le pagaban lo suficiente para sobrevivir. Ahora, a sus 76 años, sus rodillas ya no soportan las jornadas de 12 horas.

 Sus manos artríticas apenas pueden sostener una escoba. Su única fuente de ingresos es vender chicles y cigarros sueltos en las esquinas, ganando entre 30 y 50 pesos diarios cuando tiene suerte. Esos tres tacos representan su única comida del día. Desayuno, comida y cena condensados en tortillas grasosas con carne dura que masticará lentamente para hacer que duren más.

Ha aprendido a estirar cada peso como si fuera elástico, a sobrevivir con lo mínimo, a mantener la dignidad incluso cuando el estómago ruge de hambre. Su rostro está marcado por arrugas profundas que cuentan historias de décadas de sol, pobreza y soledad. Sus ojos, sin embargo, conservan algo parecido a la esperanza, una luz tenue que se niega de él a extinguirse completamente.

Camina despacio, muy despacio, no por elección, sino porque cada paso le duele. La artritis ha convertido sus piernas en dos columnas de dolor constante. Sus pies hinchados apenas caben en los zapatos desgastados que rescató de un basurero hace 3 años. Pero sigue adelante como ha hecho toda su vida, porque la alternativa es rendirse y ella nunca ha sabido cómo hacerlo.

Frente a ella, ocupando casi toda la banqueta, hay un grupo de cinco hombres jóvenes. Rondan entre los 22 y 28 años. Todos visten ropa cara que contrasta violentamente con el entorno humilde del barrio. Camisas de marca, tenis que cuestan más que el salario mensual de un trabajador promedio.

 Cadenas de oro que brillan bajo el sol implacable. Son el tipo de hombres que Culiacán conoce bien. Muchachos que encontraron dinero fácil en el negocio, que nunca se menciona, pero que todos conocen. Están bebiendo cerveza a pleno día, escuchando música norteña a todo volumen desde una camioneta estacionada con las puertas abiertas.

Las carcajadas resuenan por toda la cuadra mientras cuentan historias que probablemente son mitad verdad y mitad fantasía, inflada por el alcohol. Ocupan el espacio público como si les perteneciera, como si el resto del mundo fuera simplemente decorado en su película personal. Doña Esperanza llega hasta donde están ellos.

 La banqueta está completamente bloqueada por sus cuerpos, sus piernas extendidas, sus posturas arrogantes. Ella se detiene esperando pacientemente que se muevan o al menos que dejen un espacio por donde pueda pasar. No dice nada, no quiere causar problemas, solo espera con la resignación de quien ha aprendido que a veces la invisibilidad es la mejor estrategia de supervivencia.

Uno de ellos, el más alto del grupo, finalmente la nota se llama Cristian, aunque sus amigos lo llaman el flaco por su constitución delgada que disfraza una crueldad desproporcionada. Tiene 26 años y en los últimos tres ha desarrollado la costumbre de medir su valor por cuánto puede humillar a otros sin consecuencias.

La anciana frente a él representa el objetivo perfecto, alguien que no puede defenderse, alguien que su grupo de amigos encontrará gracioso molestar. Órale, señora dice con voz arrastrando las palabras por el alcohol. No ve que estamos platicando. Váyase por otro lado. Doña Esperanza levanta la vista hacia él.

 Su voz es suave, educada, cargada con la cortesía que le inculcaron hace décadas en su pueblo natal. Disculpe, joven, es que no hay por dónde pasar. Si me permiten solo un segundito. La petición es tan razonable, tan humilde, que en cualquier sociedad funcional habría sido suficiente. Pero el flaco no vive en una sociedad funcional.

Vive en un ecosistema donde la compasión se interpreta como debilidad y donde cada interacción es una oportunidad para establecer jerarquías. Sus amigos lo observan esperando su reacción, listos para reírse de cualquier cosa que haga, porque esa es su función en esta dinámica tóxica. Un segundito. El flaco se burla mirando a sus compañeros que ya comienzan a sonreír anticipando el espectáculo.

¿Y qué me va a dar a cambio, señora? Aquí nada es gratis. Doña Esperanza siente que algo malo está por suceder. Lo intuye en el tono de voz, en las miradas cómplices entre los jóvenes, en la forma como el aire mismo parece volverse más denso, pero no tiene opciones. Necesita pasar. Necesita llegar a su cuarto antes de que los tacos se enfríen completamente.

Son su única comida y no puede darse el lujo de desperdiciarlos. No tengo nada que darle, joven. Solo quiero pasar. Es la respuesta equivocada, aunque no existe una respuesta correcta en esta situación. El flaco se levanta de donde está sentado, sus casi 2 metros de altura proyectando una sombra que cubre completamente a la anciana.

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