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Mauricio Garcés: De Ídolo de las Mujeres, a un ASQUEROSO Final en la Miseria

 

27 de febrero de 1989. Ciudad de México. Un hombre aparece muerto en su cama, vestido con una bata de dormir, rodeado por un libro abierto, periódicos viejos y un silencio que pesaba más que cualquier aplauso. No había una esposa llorando a su lado, no había hijos corriendo por el pasillo, no había fortuna.

 No había cámaras, no había mujeres rendidas a sus pies. Solo un cuerpo cansado, unos pulmones destruidos y el final miserable de quien alguna vez fue llamado el galán más irresistible del cine mexicano. Su nombre verdadero Mauricio Féz Yasbec, pero el mundo lo conoció como Mauricio Garcés, el hombre que decía una frase y hacía reír a todo México, el seductor elegante, el caballero del traje impecable, el hombre que en la pantalla parecía tener a todas las mujeres bajo control.

Pero fuera del cine, Mauricio no controlaba nada, ni su dinero, ni sus vicios, ni su soledad, ni la enfermedad que le fue robando lo único que lo hacía invencible, la voz. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian la forma de mirar a Mauricio Garcés. Primero, el golpe de 1933 que destruyó el negocio familiar en Tampico y sembró en él un miedo silencioso a la pobreza.

 Segundo, el secreto que durante años devoró su fortuna, las apuestas, los casinos, el hipódromo de las Américas y esos seis caballos de carrera que parecían lujo, pero eran una condena. Tercero, la caída física más cruel. El cigarro, El enfema pulmonar, La pérdida de la voz y la última película que marcó el cierre de su época dorada.

Y cuarto, la escena más humillante, el ídolo de las mujeres trabajando como animador en la feria del caballo de Teco mientras la gente pasaba frente a él como si ya fuera un fantasma. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes guarda esta frase. La sonrisa tenía que seguir intacta porque cuando entiendas lo que escondía detrás de esa sonrisa, vas a descubrir que Mauricio Garcés no murió el día que su corazón se detuvo.

 Empezó a morir mucho antes cuando la máscara del galán se comió al hombre que había debajo. Todo comenzó lejos de los reflectores, lejos de los trajes impecables, lejos de esa sonrisa que después iba a convertirse en una trampa. Tampico, Tamaulipas. 16 de diciembre de 1926. Un puerto caliente, húmedo, lleno de barcos, comerciantes, acentos mezclados y familias que llegaban desde otros mundos buscando una segunda oportunidad.

Ahí nació Mauricio Féz Yasbec, hijo de José Féz N. Y Magiva Yasbec de Féz, una familia de origen libanés que no venía a México a jugar a la elegancia, venía a sobrevivir. Y guarda este detalle porque aquí empieza la grieta. antes de que el país lo conociera como el hombre que parecía tener a todas las mujeres rendidas.

 Mauricio fue un niño parado frente a una tienda familiar llamada La primavera, en una esquina importante de Tampico, cerca de la plaza de armas. una tienda de productos importados, telas, objetos europeos, mercancía fina, todo eso que en los años 20 podía hacer que una familia inmigrante sintiera que por fin había construido algo propio.

 La primavera no era solo un negocio, era el orgullo de los Feres Jazbec, era la prueba de que el sacrificio de cruzar océanos había valido la pena. Pero en 1933, cuando Mauricio apenas era un niño, llegó el golpe que nunca se le iba a borrar del alma. Un huracán brutal cayó sobre Tampico y destruyó la tienda. El techo se dio.

 La estructura se vino abajo. El sueño familiar quedó convertido en escombros. Piensa en eso un momento. Un niño de 6 años viendo como lo que sus padres habían levantado con años de trabajo desaparecía en unas horas. No por culpa de un enemigo, no por una traición, por el cielo, por el viento, por una fuerza imposible de controlar.

 Tal vez ahí nació su primera obsesión. No volver a parecer pobre, no volver a sentirse vulnerable, no volver a permitir que el mundo lo hubiera derrotado. La familia tuvo que dejar tan pico y mudarse a la Ciudad de México. Ya no había tienda elegante, ya no había seguridad, ya no había esa fantasía de estabilidad. Mauricio creció con esa mezcla peligrosa de orgullo familiar, miedo a la ruina y necesidad de demostrar que podía ser alguien.

intentó estudiar química, pero la vida no le dio demasiado margen. Como tantos hijos de familias golpeadas por la pérdida, tuvo que trabajar, moverse, adaptarse, ayudar. La infancia se le acabó antes de tiempo y entonces apareció el espectáculo. No como un sueño romántico, no como una vocación pura desde la cuna.

apareció por redes familiares, por contactos, por esa comunidad libanesa que en México sabía abrir puertas cuando una puerta parecía cerrada. Su tío Tufik Jazbeck, fotógrafo, y el productor José Jasbeck, fueron piezas importantes en ese primer acercamiento al cine. En 1950 llegó La muerte enamorada y con esa película llegó también una decisión que parece pequeña, pero que en realidad lo cambió todo.

 Mauricio Férez Jazbec ya no bastaba. Primero usó el nombre de Mauricio Morel, después eligió Mauricio Garcés y no fue un simple capricho. Según algunos relatos, esa letra G tenía un peso casi mágico para él. G de Clark Gable, G de Gary Cooper, G de Carry Grant. Tres nombres que representaban una masculinidad elegante, poderosa, internacional.

Mauricio no solo quería actuar, quería fabricarse, quería ponerse encima un personaje tan perfecto que nadie pudiera ver al niño que perdió la primavera. Ese día nació la máscara. Mauricio Garcés empezó a caminar como si el mundo le debiera obediencia. Aprendió a mirar a las mujeres como si ya conociera el final de la escena.

Aprendió a hablar con esa voz baja, segura, seductora, como si cada palabra saliera envuelta en humo y tercio pelo. El público vio al galán, vio al soltero irresistible, vio al hombre que no perseguía a nadie porque todos parecían venir hacia él. Pero aquí viene lo que casi nadie mira de frente.

 Mientras en la pantalla dominaba el amor, fuera de ella no construyó una familia, no se casó. No tuvo hijos, no dejó una casa llena de herederos esperando su apellido. Algunos relatos señalan que su vínculo con su madre, Magiva, fue tan profundo, tan absorbente, que ninguna mujer pudo ocupar realmente ese lugar.

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