fue el puntapiie inicial que lo puso frente a la cámara y sin saberlo en el camino a la inmortalidad. A lo largo de esa etapa trabajó al lado de verdaderas leyendas, compartió escenas con Cantinflas, ese gigante que representaba al pueblo con una verborrea única y también con Pedro Infante, el ídolo inmortal de la canción y el cine. Para Ramón, que venía de un barrio humilde, estar rodeado de esos nombres, era casi deforme.
Pasaba de fabricar camas para sus hijos a estar en un set con las figuras más grandes del espectáculo mexicano. En total participó en más de 45 películas. Muchas de ellas bajo la sombra protectora de Tin Tan. Pero lo importante es que allí fue afilando su estilo, aprendiendo los códigos de cámara, entendiendo cómo robarse una escena con un simple gesto.
Y lo más valioso, mantuvo intacta su humildad. Nunca buscó robar protagonismo, simplemente hacía lo suyo con un talento tan natural que no necesitaba forzarse. Esa escuela cinematográfica combinada con su vida llena de oficios fue el entrenamiento perfecto para lo que vendría después. un personaje en televisión que parecía hecho a su medida, aunque en realidad era simplemente él mismo.
El salto de Ramón Valdés a la televisión fue casi natural después de su paso por el cine, pero lo que lo esperaba ahí era mucho más grande de lo que cualquiera podía imaginar. A finales de los años 60, Roberto Gómez Bolaños, todavía lejos de ser chespírito para todo el continente, armaba un proyecto humorístico llamado Los supergenios de la mesa cuadrada.
Era un sketch donde cuatro personajes se reunían para discutir temas de actualidad, siempre con humor, sarcasmo y una dosis de absurdo que rompía con lo que se venía haciendo en televisión. La primera chispa entre Ramón Valdés y Roberto Gómez Bolaños no se dio en la vecindad, sino en el cine. Coincidieron durante el rodaje de la película mexicana, El cuerpazo del delito, en 1968.
Una comedia dividida en tres episodios, la insaciable, La Rebelde y La Seductora. Fue en La Rebelde donde compartieron escena por primera vez y ahí quedó claro que había química. La interacción entre los dos fue tan natural que no solo funcionó en pantalla, sino que sembró la semilla de una amistad que después explotaría en televisión.
Por eso, cuando Chespirito armó su propio equipo para la tele, no dudó en llamarlo. Ahí estaba Gómez Bolaños junto con Rubén Aguirre y María Antonieta de las Nieves y entre ellos apareció Ramón Valdés. Lo curioso es que desde el primer momento se notó algo distinto. Mientras los demás leían guiones, Ramón parecía improvisar con una naturalidad que sorprendía hasta su propio jefe.
No estaba interpretando, simplemente era el mismo con esa chispa única que convertía cualquier frase en un remate. Chespirito lo supo de inmediato. Había encontrado a alguien especial. De hecho, Ramón fue uno de los pocos actores a los que Gómez Bolaños le permitió improvisar sin restricciones. Esa confianza lo acompañaría durante toda su carrera televisiva y sería clave para que Don Ramón se convirtiera en uno de los personajes más queridos de Latinoamérica.
Ese pequeño sketch que nació como un espacio secundario fue el laboratorio donde Chespirito probó fórmulas, personajes y dinámicas. Y entre todas esas pruebas encontró que con Ramón había algo diferente. No necesitaba actuar, bastaba con ser él. Y de ahí poco a poco germinó la idea del personaje que lo inmortalizaría, Don Ramón, el vecino cascarrabias de la vecindad más famosa de México y más tarde del mundo.
Cuando el Chavo del Ocho salió al aire en 1971, era difícil prever que se convertiría en un fenómeno continental. Al principio no era más que una serie sencilla, un patio de vecindad, unos pocos personajes, diálogos rápidos y situaciones repetitivas que parecían casi teatrales, pero la magia estaba en la naturalidad de quienes lo interpretaban y ahí, en el corazón de la vecindad, apareció Don Ramón.
En teoría, iba a ser un rol secundario, el vecino pobre, desempleado que siempre debía la renta. Sin embargo, apenas Ramón Valdés entró a cuadro, el público sintió que estaba viendo a alguien real. Su ropa no era vestuario, eran sus propias camisetas gastadas, sus pantalones viejos y el sombrero que usaba en la vida diaria.
Su manera de pararse, de rascarse la barba o de mirar con fastidio a Kiko no era actuación, era el mismo. Lo que más sorprendió a sus colegas fue que no necesitaba guion para brillar. Mientras el resto del elenco seguía palabra por palabra lo que Chespírito escribía, Ramón tenía un permiso especial.
Podía improvisar y lo hacía con una naturalidad cósmica. De esa improvisación nacieron frases inmortales como, “Con permisito”, dijo Monchito, o sus miradas de fastidio que no estaban escritas, pero se volvieron parte de la memoria colectiva de millones. En poco tiempo, Don Ramón dejó de ser un personaje más y se transformó en el alma de la vecindad.
Tenía un equilibrio raro, era cascarrabias, sí, pero tierno, flojo, pero noble, siempre en deuda, pero jamás sin dignidad. era el tipo que huía de la chancla de doña Florinda, que peleaba con Kiko, que le debía meses de renta al señor barriga, pero que a la vez abrazaba a la Chilindrina como el padre más amoroso del mundo.
Su hijo lo resume con una frase que parece escrita para un epitafio y tenía razón. A mí me llama mucho la atención algo que más de una persona en diferentes países me han dicho, que es el papá que todos hubieran querido tener o que gracias a Don Ramón su infancia fue la mejor y prendía en la tele y obvio todo el programa no completo, pero había algo en Don Ramón que les hacía felices más que otros y como tú decías, ¿no? Quizás de manera negativa por sus deficiencias ahí en la vecindad, pero al mismo tiempo también un hombre ejemplar, ¿no? Para miles de
niños que veían la serie, Rondamon representaba al papá cariñoso, divertido y auténtico, que aunque no tuviera dinero, estaba siempre presente. No necesitaba regalos ni lujos, con una mirada, una sonrisa ladeada o un gesto de ternura alcanzaba para sentirse querido. Y esa mezcla de realismo y ternura explica por qué Don Ramón trascendió tanto.
No era un personaje inventado en un guion de televisión, era la vida misma puesta en pantalla con todas sus dificultades y su magia cotidiana. Lo que hizo inolvidable a Don Ramón no era un libreto genial, una caracterización espectacular, mucho menos efectos de producción, fue algo mucho más simple y mucho más espectacular al mismo tiempo.
Era un fiel reflejo de la vida de la de quién era realmente Ramón Valdés. Lo que veíamos en pantalla estaba profundamente enraizado, como quién dice, en su vida personal. Porque si algo definió a Moncho desde joven, fue su capacidad de hacer de todo. Antes de ser comediante, antes de los aplausos y la fama, fue obrero, pintor, zapatero, carpintero, comerciante, un verdadero sobreviviente.

En la serie, Don Ramón aparecía buscando oficios para ganarse unas monedas. Pintor, plomero, albañil. Y en la vida real, Ramón había aprendido cada uno de esos trabajos a fuerza de necesidad para mantener a su familia. Por eso lo ves haciéndolo también cuando corta un pedazo de madera, cuando usa un martillo y clava un clavo, cuando pinta, o sea, tenía él la mano así, le no creas que era así.
Él sabía cómo hacer la brocha así, cómo hacerla así. También pintaba, por cierto, tenemos algunas pinturas que mi papá hizo en el libro. También hay una imagen muy divertida que es precisamente los oficios de Don Ramón, muchos de losales también hizo mi papá en la vida real, ¿no? Entonces me me da un poco de gracia o de risa que en el día del trabajo de muchos lugares del mundo, los memes más compartidos son Don Ramón y todos los oficios que él hacía, ¿no? Esa veracidad hacía que no pareciera un actor imitando.
Era como si la vida misma hubiera escrito el personaje. Antes de convertirse en el papá de la Chilindrina en la ficción, Ramón Valdés ya era un tipo que la había remado con todo. Su vida estaba marcada por la chamba diaria, los oficios improvisados y la falta de lujos. De hecho, su situación económica se parecía demasiado a la de su personaje, siempre con lo justo, incluso sin poder pagar la renta en la vida real, pero sin perder la dignidad jamás.
No tenía él para comprarnos camas, los muebles los conseguía, tal vez alguien se los regalaba, pero mi papá sí sabía de carpentería, entonces conseguía la madera, la cortaba, la pegaba y nos hacía nuestras camas. Entonces, no tenía para comprar una, pero sí sabía cómo hacértla. Y entonces aquí hay otro dibujo interesante respecto a eso.
Mira ahí tú puedes ver a mi papá con todo lo que le gustaba, que era tocar la guitarra, escuchar la música, ver televisión y allá atrás se ven unas camas. A las camas que hay una abajo y otra arriba. Tenemos esos recuerdos muy lindos porque yo en el libro lo comento, no sé cuántos niños, ricos o pobres, duermen en una cama hecha por su papá y no creo que muchos.
Entonces era era muy hermoso. Esas camas ya no las tenemos, obviamente, ya pasaron muchos años, pero sí tenemos algunas de las pinturas que él hizo. Esa frase pinta perfecto al verdadero Don Ramón, humilde, ingenioso y con un corazón enorme. El que cuando la billetera estaba vacía, en lugar de rendirse, se arremangaba y construía con madera y clavos las camas de sus hijos.
Nada de lujos, nada de pretensiones, soluciones prácticas para problemas reales. Esa anécdota se convierte en metáfora de toda su vida. Un hombre que no se quejaba del vacío lo llenaba con ingenio y amor. Esa autenticidad se trasladó sin filtros a la pantalla. En la ficción, Don Ramón era un padre soltero que luchaba por sacar adelante a la Chilindrina en medio de carencias, injusticias y deudas eternas con el señor Barriga.
En la vida real, Ramond también enfrentaba esas sombras, 10 hijos, la necesidad de rebuscárselas a diario y la ternura inagotable que lo definía. Nunca nadó en la abundancia, pero jamás dejó de dar lo que tenía. Ahí está el secreto de por qué lo queríamos tanto. No era un personaje gracioso, era un ser humano completo.
El público no veía un estereotipo inventado, veía a sus propios padres, a sus vecinos, a ellos mismos. La deuda de la renta, los trabajos improvisados, el aguante frente a las broncas injustas. Eran escenas que resonaban porque eran reales. Y sin embargo lo más impresionante es que Ramón jamás perdió la dignidad ni el humor.
Frente a cada injusticia sacaba un chiste. Frente a cada derrota, una sonrisa ladeada. Era la muestra viva de que el humor no es solo entretenimiento, es un escudo para enfrentar lo turbio de la vida. Por eso, para millones, Don Ramón fue más que un personaje, fue un espejo que reflejaba nuestras propias luchas con una mezcla de picardía, ternura y humildad que lo hicieron eterno.
El éxito de El Chavo del Ocho fue tan explosivo que no solo llenó pantallas, también empezó a llenar de tensiones el detrás de cámaras. Cuando un programa se vuelve fenómeno continental, la fama y el dinero no tardan en traer consigo celos, roces y disputas de poder. Y Don Ramón, con su espíritu libre y sin filtro, estuvo en el centro de varias de esas tormentas.
En un inicio, el ambiente era casi familiar. Todos eran amigos, se visitaban en sus casas, los hijos jugaban juntos y hasta compartían comidas como si fueran una gran vecindad detrás de cámaras. Era tan natural que para ellos crecer rodeados de los hijos de Kiko o cerca de la Chilindrina, que era casi lo mismo que estar en su propia casa.
antes de esa gran fama, es decir, cuando los supergenios de la mesa cuadrada para ubicar el tiempo, ¿no? Eh, llegamos a ir más de una vez a un rancho o granja que tenía Rubén Aguirre y ahí vamos todos los los hijos de mi papá, mi mamá, los hijos de Chespirito, los hijos de Rubén, fuimos más de una vez y nosotros jugábamos entre los hijos de cada matrimonio.
Nos íbamos allá a buscar frutas en un árbol y tal y los papás se quedaban, como decimos acá, cotorreando, ¿no? y tomando y disfrutando y al programa quizás dos, tres veces máximo, mi papá nos llevó a las grabaciones, a los foros y pues era muy divertido, muy interesante, pero al final nos aburríamos como niños y nos salíamos y nos íbamos a otros foros, pero al final sí tuvimos interacción y mucho apego con amigos de mi papá, en especial yo tengo hasta la fecha comunicación con mi hermanita María Antonietta de las Nieves, que está en
Perú trabajando en este momento, Carlos Villagrán, que también está en Perú. y Edgar Vivar, que creo que también está en Perú. Creo que por primera vez los tres están en Perú porque es la época de circos allá y ya los demás no los conocí tanto, eh, pero los mejores amigos de mi papá, que son esos tres, sí nos quieren y los queremos.
No había aún egos desbordados ni pleitos de contratos. Al principio todo era camaradería, risas y un compañerismo auténtico que hacía que grabar fuera más bien como convivir en familia. Pero con el paso del tiempo empezaron los conflictos. Uno de los más recordados fue con Florinda Mesa. Se cuenta que ella, cada vez con más influencia en la producción y en la vida de Chespirito, veía a Ramón con cierta incomodidad.
La diferencia de personalidades era abismal. Ella disciplinada y controladora, el desfachatado, improvisador y de alma libre. Eso chocaba en el set. A esto se sumó un hecho que para Ramón fue definitivo, su amistad con Carlos Villagrán Kiko. Cuando Villagrán tuvo problemas contractuales y terminó dejando el programa, Ramón decidió acompañarlo aún sabiendo que estaba renunciando a un lugar privilegiado en la televisión.
Fue un acto de lealtad pura, una de esas decisiones que se toman con el corazón más que con la cabeza. Para él la amistad valía más que la fama. Su hijo lo recuerda con una mezcla de orgullo y tranquilidad. Eh, cuando mi papá termina ya de participar en el programa de del Chavo y el Chapulín con Chespirito y todo el grupo, para ese tiempo mi papá ya había formado su tercer familia después de mi mamá, ya tenía una tercera esposa y dos hijos pequeñitos.
Entonces, ya nosotros no vimos eso de que ya se fue a otro país porque ya no vivía con nosotros de por sí. Es decir, aunque el público sintió su ausencia como un vacío enorme, en su casa no hubo drama. Ramón había tomado la decisión convencido de que la vida seguía y que la felicidad de su familia no estaba atada a un programa de televisión, por exitoso que fuera.
Claro, su salida dejó heridas. El público lo extrañó al instante. Los episodios ya no se sentían iguales sin la picardía y la ternura de Don Ramón. Y dentro del elenco también quedó un hueco imposible de llenar. Pero lo que más resalta de todo este episodio no es la polémica, sino la coherencia del hombre detrás del personaje nunca cambió sus principios.
Ramón prefería tener la conciencia tranquila y conservar su esencia, aunque eso significara decir adiós a la serie que lo había hecho eterno. Si quitamos a don Ramón como pieza de ajedrez y ya no está Kiko, doña Florina se queda sin hijo y a quién pegarle. La bruja de 71. Su motivo de vivir en la vecindad era Don Ramón.
El señor barriga el único que no pagaba la renta era Don Ramón, el protector del Chavo. La Chilindrina queda huérfana. Claro. Quitas a Don Ramón y se acaba el programa. Después de su salida, el vacío que dejó en el Chavo del Ocho era evidente. La audiencia lo sentía, los niños lo extrañaban y el elenco mismo notaba la falta de esa chispa única.
Por eso, cuando Ramón Valdés regresó en 1981, aunque fuera por poco tiempo, la emoción fue indescriptible. No se trataba solo de la vuelta de un personaje, era como recuperar un pedacito de infancia perdido. Los niños frente al televisor sintieron que la vecindad volvía a estar completa. Don Ramón entró con su sombrero de siempre, su camiseta gastada y esa mirada pícara que parecía decir, “Ya volví y qué.
” Y bastó eso para que todos se olvidaran de los meses de ausencia. La escena más recordada de aquel regreso es la que protagonizó con La Chilindrina. Don Ramón apareció de sorpresa. Ella lo vio y de inmediato corrió a abrazarlo. Pero lo que pasó ahí no fue solo actuación. María Antonieta de las Nieves, que fuera de cámaras veía a Ramón como un verdadero padre, no pudo contenerse.
Las lágrimas que se derramaron en ese momento eran genuinas, no estaban en ningún guion. [Música] El abrazo no fue de personaje a personaje, fue de hija a padre y millones de personas lo sintieron igual desde sus casas. Ese instante tuvo un efecto mágico. Rompió la barrera entre la ficción y la realidad. La vecindad dejó de ser un set televisivo para transformarse en un espacio donde los vínculos humanos eran reales.
Fue un recordatorio de que lo que hacía grande al Chavo del Ocho no era solo el humor, sino el cariño sincero que existía. entre algunos de sus integrantes. Claro, el regreso no duró mucho. Ramón, fiel a su estilo libre y sin ataduras, volvió a alejarse pronto, pero ese breve retorno alcanzó para dejar una huella indeleble.
fue como una última visita de aquel vecino querido que todos teníamos ganas de volver a ver aunque fuera un ratito. Y así quedó inmortalizado, no como un regreso lleno de glamour o contratos millonarios, sino como un acto de amor espontáneo, cargado de verdad, un momento sencillo pero eterno que hasta hoy pone la piel de gallina cada vez que se recuerda.
Cuando Ramón Valdés dejó el Chavo del Ocho de manera definitiva, no significó que se alejara del público. Al contrario, se lanzó a recorrer nuevos caminos, siempre con la misma chispa que lo caracterizaba. Y esos caminos fueron tan variados como inesperados, desde escenarios improvisados en circos hasta sets de televisión en otros países.
Porque cuando él sale la primera vez con Shespirito, un año y medio después regresa todavía hace unos programas y después se va nuevamente y ahí es cuando empieza a trabajar ya en forma con Kiko, con Carlos Villagrán en el circo o en programas de Argentina. Inclusive creo que fueron para allá, hicieron algunos programas o giras o circos que ya no les fue tan bien.
Uno de los pasos más recordados fue su alianza con Carlos Villagrán. Kiko. La amistad entre ambos era tan fuerte que cuando Villagran emprendió su propio proyecto después de su ruptura con Chespirito, Ramón no dudó en acompañarlo. Así nació A Kiko, un programa hecho en Venezuela donde de nuevo la fórmula era simple: humor blanco, personajes entrañables y la autenticidad de dos figuras que el público ya adoraba.
Aunque el programa no tuvo la misma repercusión que El Chavo, sí fue un éxito en varios países latinoamericanos, sobre todo en giras en vivo. Los circos fueron otro escenario donde Ramón brilló. Para muchos puede sonar extraño, un ídolo televisivo en carpas ambulantes presentándose frente a familias enteras que iban a verlo en directo. Pero ahí está lo mágico.
Su carisma no necesitaba sets costosos ni cámaras. Bastaba con su presencia para encender la risa. En esas giras, Ramón era recibido como una estrella. Había largas filas de niños y adultos que querían verlo, abrazarlo o sacarse una foto. Su sola aparición arrancaba ovaciones. Y lo curioso es que él jamás perdió la humildad.
Se subían al escenario con la misma naturalidad con la que saludaba a un vecino en la calle. Mira, los que no han ido al circo. ¿Por qué no han ido al circo ustedes, chavos y chavitas? Pero mira, no han ido a ver la pelangochita. Hubo también un capítulo especial en esta etapa. Su última aparición televisiva fue en Ake Kiko en 1987.
En ese episodio, Don Ramón y Kiko entraban a un cementerio en medio de la neblina. La escena terminaba con Monchito perdiéndose entre la bruma en un ambiente que parecía más de despedida que de comedia. Con el paso de los años, muchos la recordaron como algo casi premonitorio, el último registro en vida de un hombre que incluso en la debilidad de sus últimos días siguió haciendo reír.
No sabemos si él lo sintió así, pero la verdad es que quedó como un cierre simbólico. La imagen de Don Ramón alejándose en la oscuridad, dejando trás de sí un legado que nunca se apagaría. Y así en circos, en programas alternativos y en giras internacionales, mantuvo viva la llama de Don Ramón, confirmando que lo suyo no era un personaje pasajero, sino un pedazo eterno del corazón de la gente.
En medio de esas giras y proyectos, hubo alguien que siempre estuvo a su lado y que se convirtió en una parte esencial de su vida. María Antonieta de las Nieves, la eterna Chilindrina. La relación entre ambos fue mucho más que la de dos compañeros de trabajo. Ramón la veía como a una hija y ella lo consideraba un verdadero padre dentro y fuera de la ficción.
Una relación de padre e hija, o sea, así tal cual. Eh, ella lo veía a mi papá como padre, o sea, lo amaba. Inclusive estaba más apegada a mi papá que a su papá biológico. Ella cuenta que cuando murió su papá biológico, estaba trabajando una obra de teatro, volteó a ver a su esposo Gabriel que estaba llorando, llorando, llorando y ella ya entendía, seguro mi papá ya murió, o sea, el padre biológico.
Terminó la función, se fueron, no sé si al hospital y ya lo lloró y lo sufrió, ¿no? Pero estaba en Perú precisamente cuando se entera por una reportera que mi papá ya había muerto y no se fue al hospital. Ella al hospital no pudo terminar porque así lo veía como un padre más que a su propio padre biológico le afectó.
Y mi papá también la veía a ella como una hija, porque ella nos cuenta, según ella lo vivió también, que cuando llegaban a un hotel, mi papá en el en el buró, en el escritorio, ponía nuestras fotos de sus hijos y al final ponía la de la de Marita de las Nieves, que era que la consideraba como una hija, ¿no? Yo hasta la fecha la veo y le digo, “Hermanita.
” Ella me abraza y me dice, “Mi hermano, y la amo como una hermana y ella también a nosotros así nos ve.” Ese gesto dejaba claro que la Chilindrina no era solo un personaje, era su hija de corazón. Porque lo que nació como una relación de ficción en la vecindad terminó siendo una familia real.
Aunque millones lo recuerdan como el vecino cascarrabias de la vecindad, lo cierto es que en casa Ramón Valdés era todo lo contrario, un hombre dulce, cariñoso y presente. Y lo más importante, un padre que no tenía miedo de mostrar afecto en una época donde a muchos hombres se les educaba para reprimirlo. Ramón no era de lujos ni de grandes promesas, era de acciones simples.
se levantaba temprano para ayudar a su esposa, cargaba a sus hijos en brazos, jugaba con ellos y cuando hacía falta construía con sus propias manos lo que la casa necesitaba. Eh, para ser un hombre de origen latino, que supuestamente los hombres latinoamericanos, bueno, es un mito o una tradición incorrecta, ¿no? Que que los hombres no lloran o que los hombres no deben abrazar, que no deben besar.
Y mi papá si algo hizo fue besarnos, cargarnos, arrullarnos, ayudando a mi mamá. Mi papá le ayudaba y nos cambiaba el pañal, nos bañaba y mi mamá también. Entonces era era muy muy tierno. Lo hacías enojar, se enojaba, ¿no? Pero era muy muy de besarnos, de de abrazarnos. Entonces eso es lo que más extraño y mis hermanas también.
Esa imagen se aleja mucho de la figura del papá distante o autoritario y lo coloca en un lugar especial, el de un hombre que entendía que la paternidad también se trata de dar cariño. En casa no era Don Ramón el que se peleaba con doña Florinda, ni el que debía meses de renta. Bueno, quizás esto último sí.
Era Ramón Moncho, el papá que hacía reír con una mueca, el que convertía cualquier situación en un juego, el que enseñaba con el ejemplo de la humildad. Para sus hijos no necesitaba ser famoso, bastaba con que estuviera presente. Esa forma de ser también explica el magnetismo que tenía en pantalla. Cuando abrazaba a la Chilindrina cuando se preocupaba por el chavo o cuando defendía lo poco que tenía con dignidad.
En realidad estaba reflejando lo que hacía a diario en su vida personal. No actuaba. Era el mismo proyectado en un personaje. Incluso en momentos difíciles, cuando la salud empezó a deteriorarse, mantuvo esa ternura intacta. No quería que sus hijos lo vieran como un hombre derrotado, al contrario, buscaba sostenerlos con el mismo humor que lo había acompañado toda la vida.
Y eso quizá sea la mejor herencia que dejó, la certeza de que se puede enfrentar lo turbio de la vida con amor y con risa. Los últimos años de Ramón Valdés fueron una mezcla de resistencia, humor y dignidad. En pleno auge de su popularidad, cuando parecía que la gente nunca se cansaría de ver a Don Ramón, llegó la noticia más dura.
le detectaron cáncer de estómago. Para cualquiera hubiera sido un golpe devastador, pero Moncho lo enfrentó como había enfrentado toda su vida, con humor y sin rendirse. El cigarro, que había sido casi una extensión de su personalidad, se convirtió en su peor enemigo. Los médicos fueron claros, si quería luchar contra la enfermedad, debía dejarlo.
Pero Ramón, testarudo como siempre, nunca lo soltó. Era parte de su identidad, de sus rutinas, de su forma de sobrellevar la vida. Sabía que jugaba con fuego, pero eligió mantenerse fiel a sí mismo. Cuando recibió el diagnóstico, los médicos no fueron optimistas. Le quedaban pocos meses de vida. Sin embargo, su familia tomó una decisión valiente y dolorosa a la vez.
En 1985 le mi papá tenía ya muchos dolores muy fuertes en su estómago y pues ya que lo operan, le detectan el estómago invadido tres cuartas partes de su estómago, se lo quitaron porque tenía cáncer. Y con esa situación y esa perspectiva, los doctores le diagnostican máximo 6 meses de vida. Nosotros como familia decidimos no decirle eso a mi papá.
Él se imaginaba tal vez algo porque sus hermanos y su papá murieron de cáncer. Pero fue bueno no decirle porque de alguna manera eso a él le dio energía mental, emocional y física porque duró 3 años y medio más. Y lo increíble es que funcionó. Contra todos los pronósticos, Ramón vivió más de lo que los doctores habían calculado.
Fue como si su terquedad, esa misma que lo hacía enfrentarse al señor barriga o resistirse a la chancla de doña Florinda, ahora le sirviera para desafiar a la muerte. Aunque el cuerpo se debilitaba, no dejó de bromear ni de buscar la sonrisa de quienes lo rodeaban. nunca permitió que la enfermedad lo definiera.
Se aferró a la vida con la misma dignidad con la que había vivido siempre, convirtiendo cada día extra en un regalo. Incluso en sus últimos días, cuando ya sabía que el final estaba cerca, Ramón Valdés no dejó de ser el mismo. Conservaba ese sentido del humor que lo había acompañado toda la vida y lo usaba para aliviar a quienes tenía cerca.
en charlas íntimas con amigos como Carlos Villagrán, todavía sacaba chistes, comentarios ingeniosos y sonrisas, como si la risa fuera su forma de desafiar a la enfermedad. Fui a ver a Don Ramón, ya estaba muy malo, al hospital me despedí de él por precisamente por la gira que yo tenía. Empecé a llorar y me dijo, “Ya, ya no llores, cachetón.
Allá te espero, le digo, en el cielo con el señor. No te hagas tonto. Allá abajo. El 9 de agosto de 1988, a los 64 años, Ramón Valdés se despidió de este mundo. Pero su partida no fue una derrota, fue la demostración de que se puede enfrentar lo más turbio con autenticidad, con ternura y, sobre todo con humor.
Hasta el final, Ramón Valdés fue fiel a sí mismo y eso lo volvió eterno. Su funeral fue sencillo, sin lujos, como correspondía a un hombre que nunca se despegó de la humildad. No había reflectores ni grandes homenajes oficiales, solo un ataú rodeado por quienes realmente lo quisieron y eso en el fondo era lo más fiel a su espíritu. Ramón nunca necesitó pompas para ser eterno.
Entre los presentes hubo un instante que se volvió leyenda en la memoria de quienes lo vivieron. Angelines Fernández, la actriz que dio vida a doña Clotil de la bruja del 71, permaneció largo rato junto al féretro llorando desconsoladamente. Lo llamaba con cariño Mi rorro y su llanto reflejaba no solo la pérdida de un compañero de trabajo, sino de un verdadero amigo.
No hubo cámaras ni micrófonos, fue un momento íntimo, privado, donde lo único que importaba era el dolor sincero de una mujer despidiendo a alguien que consideraba familia. Bueno, yo estaba también con mis hermanas, pero estábamos aparte, no vimos quién llegó, quién se fue y sí hay más de una persona que dicen que llegó y estuvo llorando, dicen que 2 horas, yo no me di el tiempo, yo no sé si yo sí, pero estuvo ahí llorando y diciéndole, “Mi rorro, mi rorro.
” Y están eh enterrados, por así decirlo, en el mismo mausoleo, en el mismo panteón. Pero sí se querían mucho y pues gracias a mi papá, de hecho, no sé si lo sepan, es que Angelines entró en el programa de del Chavo. Esa escena transmitida luego de boca en boca por quienes la presenciaron, se convirtió en uno de los recuerdos más humanos y conmovedores de la despedida de Ramón Valdés.
Cuando Ramón Valdés interpretaba a don Ramón, llenaba la pantalla con su simpatía y los que tuvimos el placer de trabajar con él nos llenó la vida de alegría con sus ocurrencias. Te doy las gracias, papito lindo. Mi amor, cómo te quiero. Decadas después de su partida, el cariño por Don Ramón sigue siendo tan grande que incluso llegó a la pantalla en forma de Biopic.
En 2025 la plataforma Max estrenó la serie Chespirito. Fue sin querer queriendo una docu ficción que repasa la vida y legado de Roberto Gómez Bolaños y su troop. Y claro, uno de los grandes retos era quién se animaría a dar vida a Don Ramón. El elegido fue el actor Miguel Islas, que se metió en la piel de Valdés con un nivel de detalle que sorprendió hasta a los propios familiares.
El trabajo de caracterización fue minucioso, el sombrero ladeado, la camiseta gastada, el bigote, la manera de caminar y hasta los gestos que Ramón tenía cuando se rascaba la barba o ponía cara de fastidio. Miguel Isla, yo a Miguel lo conocí casi ya al final de la de la filmación. Me hubiera gustado tal vez estar más envuelto en alguna grabación o haberlo conocido antes para decirle, “No, mira, mi papá sí así y así está.
” Pues él se lo estudió en todas las entrevistas y programas y películas y lo hizo perfecto. Entonces fue maravilloso. Lo más fuerte, sin embargo, no pasó frente a la cámara, sino detrás. Esteban Valdés cuenta que el día que llegó al set y vio a Miguel caracterizado como su papá fue un impacto brutal. Estuve en una grabación la primera vez.
Él estaba caracterizado de Don Ramón, no hablando como don Ramón, pero tú oyes la voz de Miguel y es muy grave. Y yo con todo el tatuaje y todo dije, decimos acá en México, “¿Qué onda? ¿Qué onda? Estoy viendo a mi papá.” Me emocioné y me pusí a llorar así en silencio porque dije, “Es que es mi papá.
” Ese momento muestra lo profundo que fue volver a ver, aunque fuera en otra piel, a su padre en carne viva. Esteban también dejó claro que la familia estuvo involucrada. Ellos autorizaron oficialmente el uso de la imagen de Ramón Valdés y no lo hicieron a la ligera. Querían asegurarse de que la representación fuera respetuosa, que no se deformara la esencia de Moncho.
Bueno, sí fuimos consultados en el área legal del Grupo Chespirito y los productores de esa serie para autorizar el uso de la imagen, el nombre, la vida de mi papá, de Ramón Valdés y de Don Ramón. Eh, hablamos como familia, mis hermanas y yo, que son los más cercanas que tienen esta autorización. decidimos darles luz verde independientemente si llegamos o no a un acuerdo, por ejemplo, económico, que la gente, oye, les pagaron, cuándo les dieron, tal, tal, tal, eso es aparte, ¿no? Pero sí autorizamos el uso de la imagen nombre y
vida, sin saber qué iban a escribir o cómo iban a pintar a mi papá. El resultado fue un homenaje en toda regla. Miguel Islas no solo interpretó un papel, sino que se transformó en un puente entre el recuerdo y la nostalgia. Para la familia fue volver a abrazar a Ramón, para el público fue reencontrarse con un pedazo de su infancia.
Han pasado más de tres décadas desde que Ramón Valdés dejó este mundo, pero su presencia sigue intacta. No importa la edad, no importa el país. Don Ramón vive en la memoria colectiva de millones de personas que crecieron viéndolo y en las nuevas generaciones que lo descubren a través de repeticiones, videos en internet y memes.
Lo más increíble es como su figura trascendió la televisión. Hoy Don Ramón es un icono cultural. Su imagen aparece en murales callejeros, en tatuajes, en camisetas, en stickers de WhatsApp y en cada rincón de la cultura popular latinoamericana. Se transformó en un símbolo de humildad, ingenio y picardía.
La frase, “Con permisito”, dijo Monchito, “sigue arrancando sonrisas y sus deudas eternas con el señor Barriga se convirtieron en una metáfora de la vida misma. Siempre estamos un poco atrasados, pero nunca dejamos de reír. Las nuevas generaciones, que nunca lo vieron en televisión abierta, lo conocen gracias a YouTube, redes sociales y plataformas de streaming y lo adoptan como si fuera un personaje actual. La razón es simple.
Don Ramón representa al hombre común, al vecino que lucha, que improvisa, que se equivoca, que a veces anda con el culo para el norte, pero que siempre mantiene la dignidad. Ese tipo de personajes no envejecen porque hablan directamente al corazón. Su legado no está en los contratos ni en los reconocimientos formales.
Su legado está en la memoria de un continente que lo adoptó como propio. Porque Don Ramón no fue solo un personaje, fue un espejo de nuestra realidad y por eso nunca se va. Hoy en cada repetición, en cada meme, en cada niño que todavía se ríe con sus escenas, Don Ramón está más vivo que nunca y probablemente lo estará siempre. La vida de Ramón Valdés fue tan sencilla como profunda.
Un hombre que nunca buscó la fama, la gloria, no percibió nunca la riqueza y sin proponérselo se volvió eterno. Porque lo que dejó no fueron lujos, no fueron premios, lo que dejó fue un cariño que no se va a acabar nunca. Y ese cariño es lo que hoy nos sigue reuniendo a todos nosotros alrededor de su recuerdo, como si él siguiera ahí en la vecindad, fumándose un cigarrito, esquivando la chancla de doña Florinda o, ¿por qué no? abrazando a la Chiledrina.
Más de 30 años después, seguimos sintiendo que Monchito sigue totalmente vivo en cada risa, en cada repetición en la televisión y en cada meme que las nuevas generaciones adoptan a su manera. Porque Don Ramón no fue un personaje de televisión, fue parte de nuestras vidas. Así que parafraseando al señor Don Ramón. [Música]
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