La mañana del 20 de mayo de 2026 comenzó como cualquier otra en el suroccidente de Bogotá. Kevin Santiago Ángel Garzón, un respetado y querido profesor de tecnología e informática de 31 años, se preparó para cumplir con sus labores educativas en el Colegio Santiago de las Atalayas, ubicado en la populosa localidad de Bosa. Con su habitual chaleco azul reflectivo, un pantalón gris y una chaqueta impermeable, se despidió de su hogar sin saber que estaba dando sus últimos pasos en libertad. Kevin no era un ciudadano común; representaba el esfuerzo de la clase media bogotana por salir adelante a través de la educación, el trabajo honrado y el compromiso con su comunidad. Además de dictar clases a cientos de niños y jóvenes, complementaba sus ingresos trabajando como conductor en las plataformas de transporte DiDi y Uber, y dedicaba su tiempo libre a promover la paz en las tribunas del fútbol colombiano como líder social e hincha del club Millonarios. Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos, su brillante futuro fue truncado por una organización criminal que planificó su muerte con una frialdad espeluznante.
La desaparición de Kevin Santiago encendió las alarmas de su familia de forma casi inmediata debido a la estrecha y constante relación que mantenía con su madre, la señora Marta Garzón. A lo largo del día, madre e hijo solían comunicarse con frecuencia. Alrededor de las seis y veinte de la tarde de aquel miércoles, extrañada por la falta de noticias, doña Marta le envió un mensaje preguntando por su paradero. La respuesta de Kevin fue inusualmente corta y lacónica: “Estoy en el gimnasio”. Se refería al establecimiento SmartFit del barrio Gran Colombiano, en la vecina localidad de Kennedy, donde solía entrenar al término de sus jornadas pedagógicas. Aquel texto fue el último rastro directo que se tuvo del profesor. A partir de ese instante, el teléfono móvil del docente se convirtió en un agujero negro de silencio. Aunque los mensajes posteriores enviados por su angustiada madre aparecían como leídos, con el doble check de la plataforma de mensajería activado, ninguna respuesta volvió a llegar. En la madrugada del 21 de mayo, a la una y quince, el
dispositivo móvil perdió definitivamente su conexión a internet y las llamadas empezaron a desviarse directamente al buzón de voz. La angustia se transformó en desesperación, obligando a la familia a acudir a la Fiscalía General de la Nación, donde se activó el Mecanismo de Búsqueda Urgente.
Mientras la familia y los colegas del Colegio Santiago de las Atalayas recorrían hospitales, estaciones de policía y centros de salud en una búsqueda frenética, las cámaras de seguridad del barrio La Rivera, en la localidad de Kennedy, captaban una secuencia de eventos de carácter sumamente siniestro. Los registros fílmicos revelaron que el profesor Kevin Santiago nunca regresó a su casa después del gimnasio porque fue conducido mediante engaños a un inmueble de tres pisos de fachada sencilla. Las imágenes de las cámaras exteriores muestran al docente llegando al lugar en su motocicleta alrededor de las diez de la noche, acompañado por una misteriosa mujer. Los investigadores de la policía judicial señalan que existía un vínculo previo de confianza entre Kevin y esta mujer, sugiriendo que podría tratarse de una conocida, una aparente clienta de los servicios de transporte por plataforma, o alguien que utilizó una fachada laboral o académica para atraerlo. Lo cierto es que el profesor confió plenamente en ella e ingresó a la vivienda, ignorando que en su interior no lo esperaba una reunión social, sino un grupo de hombres armados con intenciones criminales.
El análisis cronológico de los videos de vigilancia privada del sector desnudó la frialdad y coordinación de los delincuentes. A las doce y cincuenta de la madrugada del jueves 21 de mayo, un hombre vestido con saco oscuro y pantaloneta arribó al inmueble a bordo de una bicicleta. Tras ingresar por unos momentos, el sujeto volvió a salir a la calle con la única función de cumplir tareas de vigilancia y contra-avanzada, observando minuciosamente las esquinas del barrio para garantizar que ningún vecino o patrulla de la Policía Metropolitana de Bogotá percatara lo que estaba sucediendo dentro de la estructura. La tensa calma de la noche en Kennedy contrastaba de forma desgarradora con la violencia extrema que se desarrollaba detrás de los muros de la edificación, un lugar que los habitantes de la zona comenzaron a denominar con temor como “la casa de los espectros” debido a los movimientos extraños e ilegales que allí solían registrarse de manera clandestina.
El punto álgido y más horroroso de la grabación se registró cerca de la una y treinta de la madrugada. La misma cámara de seguridad captó la salida de tres hombres desde el interior de la vivienda de La Rivera. Entre ellos cargaban, con evidente esfuerzo físico debido al peso, una voluminosa maleta de viaje de color café. Para intentar ocultar las formas de la carga, los sospechosos colocaron encima de la maleta una toalla de color naranja brillante. El video muestra cómo los sujetos avanzaban por la acera de forma errática, deteniéndose en varias ocasiones para mirar a su alrededor, conscientes del riesgo de ser descubiertos en flagrancia. Minutos después, a la una y cuarenta y cinco de la mañana, un vehículo tipo taxi se detuvo exactamente frente a la vivienda. Las puertas se abrieron con presteza y los tres individuos introdujeron la pesada maleta café dentro del baúl del automotor, emprendiendo la huida de forma inmediata por las desiertas calles bogotanas.
La Fiscalía General de la Nación y el Cuerpo Técnico de Investigación lograron reconstruir con precisión milimétrica la ruta de escape empleada por los criminales. El taxi recorrió una distancia aproximada de 4,6 kilómetros desde el barrio La Rivera hasta un sector desolado conocido como El Tintal, también en la localidad de Kennedy. El trayecto se completó en un tiempo inferior a los diez minutos debido a la nula congestión vehicular de la madrugada. El destino final escogido por los asesinos fue un potrero abandonado en el sector de Tintal II, un terreno baldío cruzado por caminos de tierra, matorrales y zanjas de aguas negras, utilizado habitualmente por recolectores de escombros y ciclistas. En este punto ciego para las autoridades, aprovechando la oscuridad reinante, los delincuentes bajaron la maleta del baúl del vehículo y la arrojaron junto a unos montículos de basura y residuos orgánicos, asumiendo de manera errónea que el hedor propio del lugar camuflaría el crimen. Antes de huir, los criminales prendieron fuego parcialmente a la maleta en un intento desesperado por destruir las huellas dactilares y el material genético que pudiera ligarlos con el asesinato, para posteriormente abordar nuevamente el vehículo y perderse en la noche.
El macabro hallazgo del cadáver ocurrió en la tarde del viernes 22 de mayo, dos días después de que se perdiera el contacto con el profesor. Una mujer de la zona, dedicada a la recolección de materiales reciclables en compañía de un amigo, se adentró en el potrero de El Tintal II en busca de elementos reutilizables. De repente, su acompañante regresó corriendo hacia ella con el rostro desencajado y presa del pánico, gritando que había encontrado un muerto dentro de una maleta. Al acercarse para verificar la dantesca escena, la mujer confirmó el horror: de una de las esquinas de la cremallera de la maleta incinerada sobresalía una pierna humana. Consternados, los testigos buscaron ayuda de inmediato y lograron detener una patrulla motorizada de la Policía Nacional que realizaba labores de control en las inmediaciones. Los uniformados acordonaron la zona de manera inmediata y solicitaron la presencia urgente de las unidades forenses del CTI para realizar los actos urgentes y el levantamiento del cuerpo.
Los restos mortales fueron trasladados a las instalaciones del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, en el centro de Bogotá, donde se conformó un equipo interdisciplinario integrado por patólogos, antropólogos y odontólogos forenses debido a la altísima complejidad que presentaba el caso. El director de Medicina Legal, Ariel Emilio Cortés, informó a los medios de comunicación y a la opinión pública que el proceso de identificación técnica fue sumamente riguroso debido a los severos signos de violencia y a las quemaduras parciales causadas por el fuego en el cuerpo de la víctima. El lunes 25 de mayo, mediante el cotejo de las huellas dactilares, los expertos confirmaron oficialmente que el cadáver correspondía al profesor Kevin Santiago Ángel Garzón. La entrega del cuerpo a sus familiares se postergó por varios días con el objetivo de realizar análisis patológicos complementarios que permitieran determinar con absoluta certeza científica la causa exacta de la muerte y verificar si el docente fue sometido a torturas antes de expirar.
La trágica confirmación del asesinato desató una profunda ola de indignación y dolor en la sociedad colombiana. Los compañeros de docencia y las familias de los estudiantes del Colegio Santiago de las Atalayas recordaron a Kevin como un maestro intachable, dinámico y profundamente comprometido con la juventud de Bosa. Paradójicamente, la comunidad estudiantil rememoró con profunda tristeza que el mismo día de su desaparición, el profesor había dictado una clase magistral sobre los peligros de las redes sociales y la importancia de la seguridad ciudadana en entornos digitales. La familia Ángel Garzón, sumida en un luto devastador, emitió un comunicado oficial donde agradeció el apoyo incondicional de la ciudadanía durante las horas de búsqueda y exigió de manera enérgica que el crimen no quede en la impunidad.

A medida que avanzan las investigaciones judiciales, la Fiscalía General de la Nación maneja hipótesis de alta complejidad que alejan este homicidio de un simple hurto callejero. Las autoridades han puesto bajo la lupa las asombrosas similitudes que existen entre el asesinato de Kevin Santiago Ángel y el caso de Neil Felipe Cubides, un profesor universitario que desapareció en enero de 2026 y cuyo cuerpo fue hallado con signos de violencia en una zona rural de la localidad de Usme, tras haber sido víctima de un secuestro extorsivo bajo la modalidad de “paseo millonario”. En ambos escenarios, las víctimas eran destacados profesionales del sector educativo, poseían perfiles ciudadanos intachables y fueron atraídos hacia viviendas o vehículos mediante personas que se ganaron previamente su confianza. Los investigadores sospechan la existencia de una estructura criminal organizada, con base de operaciones en los barrios del suroccidente de Bogotá, especializada en el perfilamiento de víctimas a través de redes sociales y aplicaciones de movilidad para posteriormente secuestrarlas, extorsionarlas y asesinarlas con extrema crueldad si las cosas no salían como ellos esperaban.
Hasta el momento, gracias a las nítidas imágenes recopiladas en el barrio La Rivera y a la interceptación de las líneas telefónicas, la Fiscalía tiene plenamente identificados a tres individuos como los principales indiciados del crimen material. Los videos permitieron establecer las características físicas y las prendas de vestir de los sospechosos: uno de ellos portaba una chaqueta azul y gorra, otro vestía una camisa de tonalidad naranja con pantalón oscuro, y el tercero llevaba ropajes completamente negros con una gorra azul. Asimismo, las autoridades vincularon la vivienda donde ocurrió el asesinato con un reconocido delincuente del sector con antecedentes penales por el delito de secuestro. A pesar de contar con retratos hablados, testimonios clave de vecinos de la zona y la plena identificación del taxi utilizado para el traslado de la maleta, el clamor ciudadano por la justicia sigue latente, ya que la Fiscalía aún no ha hecho efectivas las órdenes de captura contra los responsables directos. La historia de Kevin Santiago Ángel Garzón permanece en la memoria de Bogotá no solo como una dolorosa estadística de la violencia urbana, sino como el recuerdo de un maestro ejemplar cuya vida fue apagada de forma infame y por quien todo un país exige una respuesta judicial contundente.