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El CJNG Quiso Robar A Un Bigotudo Y Era El Chapo — Y Su Castigo Fue Inevitable Esa Misma Noche

 

Eran las 11:15 de la noche del martes 14 de octubre de 2008 en las afueras de Guadalajara, cuando un convoy de cinco camionetas suburban negras se detuvo frente a un puesto de tacos callejeros que olía a carne asada, cilantro y tortillas recién hechas. Lo que estaba por suceder cambiaría para siempre las reglas no escritas del crimen organizado en México.

 Del asiento trasero de la tercera camioneta descendió un hombre de estatura baja, complexión robusta y bigote tupido que había aprendido a ocultar su identidad entre la multitud. Vestía camisa de cuadros deslavada, jeans levis gastados y botas vaqueras que habían conocido mejores días. Nada en su apariencia sugería que era el hombre más buscado del hemisferio occidental.

Nada revelaba que controlaba rutas de narcotráfico que movían toneladas de cocaína cada semana hacia Estados Unidos. Joaquín Guzmán lo era el Chapo. Tenía hambre. Simple como eso, sus guardaespaldas formaron un perímetro discreto alrededor del puesto, mientras él se acercaba al taquero.

 Un hombre de 60 años llamado don Esteban, que había trabajado esa esquina durante 23 años. El anciano preparaba tacos de asada con movimientos precisos que solo vienen después de décadas repitiendo el mismo ritual. Sus manos curtidas por el calor del comal manejaban las tortillas con delicadeza de cirujano. “Buenas noches, jefe”, saludó don Esteban sin levantar la vista de su trabajo.

 ¿Qué se le ofrece? El Chapo estudió el menú escrito a mano en un pizarrón lleno de manchas de grasa, cinco tacos de asada bien dorados y un refresco de cola a tres calles de distancia en un churu gris. Con las luces apagadas, cuatro hombres observaban la escena con binoculares de visión nocturna. Pertenecían a una célula del cártel Jalisco Nueva Generación que operaba en la zona metropolitana de Guadalajara.

Su líder era un tipo de 28 años conocido como el flaco, un sicario que había ascendido rápidamente en la organización por su disposición a hacer trabajos que otros rechazaban. Mira nada más. murmuró el flaco a sus compañeros. Ese cabrón trae reloj de oro y botas caras. Seguro es narquillo de medio pelo que anda presumiendo.

Lo que el flaco no podía ver desde esa distancia era el detalle que habría salvado su vida. El bigote característico, la forma como los guardaespaldas se posicionaban en formación militar, la diferencia absoluta con que todos trataban al hombre bajo. El segundo sicario, apodado el greñas por su cabello largo y descuidado, sacó su pistola 9 mm y revisó el cargador.

Lo levantamos aquí mismo. No seas [ __ ] respondió el flaco. Tiene escoltas. Esperamos a que se mueva, lo seguimos unas cuadras y lo agarramos en un semáforo. Era el tipo de decisión que se toma mil veces en el mundo del crimen organizado. Un cálculo rápido de riesgo versus recompensa. Un hombre con guardaespaldas significaba dinero.

 Dinero significaba un buen rescate o como mínimo joyas y efectivo que repartir entre la célula. Lo que el flaco no sabía es que estaba calculando su propia ejecución. Don Estebán trabajaba en silencio, colocando la carne sobre las tortillas calientes con precisión de artesano. Agregó cilantro picado, cebolla y una salsa verde que había perfeccionado durante dos décadas.

 El Chapo observaba cada movimiento con la misma atención que usaba para evaluar rutas de contrabando o lealtades cuestionables. “¿Cuánto tiempo lleva aquí, Don?”, preguntó mientras esperaba. El taquero sonríó sin mostrar sus dientes faltantes. 23 años en esta esquina, joven. Llegué cuando mis hijos eran chicos y necesitaba sacarlos adelante.

Había algo en esa respuesta que resonó en el Chapo. Él también había empezado desde abajo vendiendo naranjas en la tunauato. También había conocido el hambre que obliga a trabajar bajo el sol o la lluvia. La diferencia era el camino que cada uno había elegido para escapar de la pobreza.

 Los cinco tacos quedaron listos en menos de 4 minutos. Don Esteban los envolvió en papel aluminio y los colocó en una bolsa de plástico junto con limones y salsa extra. 60 pesos, jefe. El Chapo sacó un billete de 500 pesos y lo dejó sobre el mostrador. Quédese con el cambio, don, y cierre temprano esta noche. Algo en el tono de esa última frase hizo que don Esteban levantara la vista por primera vez.

 Los ojos del cliente no coincidían con su apariencia humilde. Eran ojos que habían visto demasiado, que habían ordenado cosas que ningún hombre debería ordenar. El taquero sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. Sí, señor, muchas gracias. El Chapo regresó a su camioneta con los tacos calientes en la mano. Sus guardaespaldas se movieron como coreografía ensayada, abriendo puertas, verificando ángulos, manteniendo las manos cerca de sus armas.

 El convoy arrancó lentamente, girando a la derecha en la siguiente esquina. El surugis esperó 30 segundos antes de seguirlos. “Ahí van!”, dijo el flaco encendiendo el motor. “Manténganse listos. En cuanto paren en un semáforo, nos echamos encima.” Lo que ninguno de los cuatro sicarios notó fue la quinta camioneta Suburban que había estado estacionada dos cuadras atrás durante todo el tiempo.

 Ni se dieron cuenta de que esa camioneta ahora los seguía a ellos, manteniendo distancia suficiente para no ser detectada, pero lo bastante cerca para no perderlos de vista. El Chapo comía sus tacos en el asiento trasero mientras su chóer navegaba por las calles de Guadalajara. A su lado, su jefe de seguridad revisaba mensajes en un teléfono encriptado.

 Todo parecía rutinario. Una noche más, una cena rápida antes de regresar a la casa de seguridad. Pero el hombre que había sobrevivido dos fugas de prisiones federales no había llegado tan lejos confiando en las apariencias. “Nos vienen siguiendo”, murmuró sin levantar la vista de su taco. No era pregunta, era afirmación.

El jefe de seguridad asintió. “Turu gris, cuatro ocupantes. Los detectamos cuando salimos del puesto de tacos. ¿Quiénes son? No estoy seguro todavía, pero la quinta unidad tiene ubicados. El Chapo terminó su segundo taco y limpió sus dedos con una servilleta de papel. Su expresión no había cambiado. No mostraba miedo ni sorpresa, solo una calma absoluta que sus hombres habían aprendido a reconocer como la más peligrosa de todas sus facetas.

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