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Alberto Vázquez: La ASQUEROSA Traición que Isela Vega se Llevó a la Tumba

 

Ciudad de México, 1960. En un país que todavía no sabía exactamente qué hacer con el rock and roll, un joven de 19 años subió a un escenario por primera vez con una guitarra prestada, el cabello peinado hacia atrás con brillantina y una voz que nadie en esa sala había escuchado antes.

 No era la voz más técnica de su generación, no era la más entrenada ni la más refinada. Era algo más difícil de explicar y más difícil de olvidar. Era una voz que sonaba como si le estuviera hablando directamente a ti, solo a ti, como si el resto del mundo no existiera mientras esa canción durara. El joven se llamaba Alberto Vázquez Currola y esa noche, sin saberlo todavía, comenzó a construir la leyenda más brillante y más costosa de su vida.

 Brillante porque lo que vino después fue real. Los discos vendidos por millones, los teatros llenos en México, en Argentina, en España, las jovencitas que lloraban en las primeras filas sin saber exactamente por qué lloraban. Los títulos, El ídolo de ídolos, la voz de México, el hombre que podía cantar cualquier cosa y convertirla en algo eterno.

 Todo eso fue real, costosa, porque detrás de cada luz que iluminó ese escenario había una sombra que Alberto Vázquez eligió no ver. o eligió ver y decidió ignorar. Que en esta historia, como vas a descubrir, es exactamente lo mismo. Hoy vas a conocer cuatro cosas que la historia oficial de Alberto Vázquez nunca contó completa. Primero, como un hombre que lo tenía absolutamente todo, fama, dinero, un contrato discográfico que otros cantantes habrían vendido su alma por conseguir y literalmente un león de mascota en su casa. Eligió no estar para

el hijo que más lo necesitaba. Segundo, la verdad sobre Isela Vega, la mujer más valiente y más devastadora que cruzó su vida, lo que le ocultó, lo que él hizo cuando lo descubrió y lo que ninguno de los dos fue capaz de decirse en voz alta mientras el tiempo que les quedaba seguía corriendo. Tercero, la rivalidad con Enrique Guzmán.

 No la versión simpática de dos viejos roqueros que se lanzan indirectas en televisión. La versión real, la que tiene raíces en décadas de competencia, de comparaciones que ninguno de los dos pidió y de un odio que cuando finalmente salió a la superficie lo hizo con una brutalidad que dejó al descubierto algo mucho más oscuro que una simple pelea de egos.

 Y cuarto, la escena más dura de todas. El momento en que Alberto Vázquez, ya con más de 80 años, tuvo que enfrentarse a la pregunta que había evitado toda su vida. No desde un escenario, no frente a un micrófono, sino en la voz de su propio hijo, diciéndole que no tenían apego, que nunca lo habían tenido.

 Ni él hacia él, ni él hacia su padre. Guarda esta frase desde ahora. El ídolo era de todos menos de los suyos. Porque cuando lleguemos al final vas a entender que Alberto Vázquez no perdió lo que perdió por mala suerte ni por las traiciones de una industria despiadada. lo perdió por la misma razón que lo hizo grande, porque eligió el escenario cuando debió elegir la casa, porque eligió los aplausos cuando debió elegir el silencio de una habitación donde un niño esperaba que su padre llegara.

Alberto Vázquez no quiso hablar de la muerte de su ex Isela Vega, pero  apoya a su hijo Arturo | Univision Famosos | Univision

 Y ese niño esperó mucho tiempo, demasiado. Para entender lo que Alberto Vázquez perdió, hay que entender primero lo que tuvo. Y lo que tuvo fue una de esas vidas que desde afuera parecen inventadas, demasiado completas para ser reales, demasiado brillantes para no esconder algo oscuro en el centro. Nació el 13 de agosto de 1940 en la Ciudad de México, en una familia que tampoco tenía nada que ver con el espectáculo.

No había artistas en su sangre, no había discos en su casa. No había nadie que le dijera desde pequeño que esa voz que tenía era algo extraordinario. Lo descubrió él solo de la manera en que se descubren las cosas que realmente importan por accidente en un momento donde nadie estaba mirando. Cuando la voz salió y el silencio que dejó atrás fue diferente a todos los silencios anteriores.

A finales de los años 50, México estaba viviendo algo que no sabía cómo nombrar todavía. El rock and roll había llegado desde Estados Unidos con la fuerza de algo prohibido y necesario al mismo tiempo. Las familias conservadoras lo miraban con desconfianza. Los jóvenes lo abrazaban con una urgencia que no era solo musical, era generacional.

 Era la necesidad de tener algo propio, algo que los padres no entendieran, algo que perteneciera únicamente a ellos. Alberto Vázquez entendió eso antes que casi nadie. entendió que el rock and roll en México no era una copia de lo que ocurría en Estados Unidos, era una traducción y que traducir no significaba imitar, sino tomar algo ajeno y convertirlo en tuyo con tanta convicción que el original quedara atrás.

 Eso fue exactamente lo que hizo. Su voz tenía una cualidad que los productores de la época buscaban desesperadamente y raramente encontraban. Era una voz que no sonaba a esfuerzo. Sonaba a naturalidad absoluta, como si cantar fuera para el tan sencillo como respirar, como si las notas más difíciles fueran apenas el camino más corto entre lo que sentía y lo que el público necesitaba escuchar.

Esa ilusión de facilidad es la más difícil de construir y la más poderosa de sostener. Las disqueras lo notaron rápido, los productores lo notaron rápido, el público lo notó en la primera canción. Lo que nadie notó o lo que todos eligieron no notar fue lo que esa velocidad le costaba. Porque cuando la fama llega así de golpe, antes de que un hombre haya terminado de construirse por dentro, lo que ocurre no es que la fama lo complete.

 Lo que ocurre es que la fama ocupa el espacio que debería haber ocupado otra cosa. Y ese espacio vacío, ese hueco donde debería haber estado la vida que no se vivió porque el escenario no daba tiempo, ese hueco tiene consecuencias. Las consecuencias de Alberto Vázquez no llegaron en forma de escándalo inmediato, no llegaron en forma de crisis pública ni de colapso visible.

Llegaron de la manera más silenciosa y más irreversible posible. Llegaron en forma de un niño que creció sin él. En los años de mayor gloria de Alberto Vázquez, cuando los discos se vendían por cientos de miles y su rostro aparecía en todas las revistas y las jovencitas escribían su nombre en los cuadernos del colegio.

 Él conoció a Isela Vega. Y conocer a Isela Vega no era algo que le ocurriera a cualquiera de la misma manera, porque Isela Vega no era cualquier mujer, era actriz, era fotógrafa, era una presencia que llenaba cualquier espacio donde entrara sin hacer el menor esfuerzo por llenarlo. Tenía esa clase de belleza que no pide permiso y esa clase de inteligencia que tampoco lo pide.

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