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“VIGILANTE ESCOLAR JUSTICIERO” De Jalisco: Ramón Ríos Eliminó a 15 Sicarios Que M4taron a Su Hermana

En Jalisco existe una regla que todos conocen, pero que nadie dice en voz alta. Aquí los muertos con tatuajes no generan investigaciones, solo reportes, solo números, solo carpetas que se cierran solas. El 23 de noviembre, tres hombres aparecieron muertos en un callejón detrás del mercado de abastos, tres cuerpos tirados entre cajas de cartón y botellas vacías de cerveza.

Los paramédicos llegaron a las 6 de la mañana cuando un vendedor de frutas los encontró. No había casquillos, no había señales de pelea, no había nada que explicara por qué tres hombres jóvenes simplemente dejaron de respirar. Los forenses tomaron fotos de la escena durante dos horas. Los detectives hicieron preguntas que nadie contestó.

Para las 10 de la mañana, los cuerpos ya estaban en la morgue. Tres sicarios muertos sin explicación aparente en la ciudad. En realidad, esos tres solo cerraban una cuenta que llevaba meses abierta. Esos tres hombres no eran cualquier grupo de delincuentes que se cruzaron con la mala suerte. Eran los últimos de un grupo de 15 sicarios.

15 hombres que 9 meses antes habían acbillado a una mujer frente a una tortillería. una maestra de primaria llamada Leticia Ríos Mendoza, de 42 años. Una mujer que cometió el error de estar en el lugar equivocado. Los otros 12 sicarios ya estaban muertos cuando encontraron a estos tres. Algunos habían aparecido en callejones oscuros de la ciudad, otros en lotes valdíos donde nadie pregunta nada.

Algunos simplemente desaparecieron hasta que aparecían días después sin vida, 15 hombres muertos en 9 meses exactos. Y detrás de cada una de esas muertes silenciosas había un vigilante escolar, un hombre de 54 años que nadie notaba en las calles, un hombre invisible que decidió cobrar lo que el sistema nunca cobró, un hermano que tomó la justicia en sus propias manos.

Esta es la historia de cómo eso sucedió 9 meses antes. Ramón Ríos Mendoza tenía 54 años cuando todo comenzó. Trabajaba como vigilante escolar en la primaria Benito Juárez de la colonia Analco. Llevaba 17 años abriendo ese portón cada mañana a las 7 en punto. 17 años siendo parte del paisaje urbano de esa esquina.

17 años siendo completamente invisible para todos. Se levantaba todos los días a las 5:30 de la mañana sin necesidad de alarma. Preparaba café en una cafetera vieja que todavía funcionaba después de tantos años. Se fumaba dos cigarros faros en el patio mientras escuchaba las noticias. Salía de su casa a las 6:15 caminando las 15 cuadras.

El camión le daba mareos y prefería caminar, aunque hiciera frío. Los maestros lo saludaban con un gesto de cabeza cuando llegaban. Los padres de familia ni siquiera volteaban a verlo cuando dejaban a sus hijos. Para todos los que pasaban por ahí, Ramón era parte del mobiliario, un hombre con gorra azul que abría puertas y barría patios.

Nada más que eso en sus vidas ocupadas. Nadie nota a los vigilantes y eso, sin saberlo, iba a jugar a su favor. Ramón vivía solo en un departamento de dos cuartos en la colonia Ferrocarril. Su exesposa se había llevado todo cuando se fue hace 6 años atrás. Los muebles que habían comprado juntos a lo largo de los años, las cortinas que ella había escogido con tanto cuidado, hasta las fotografías de la pared donde aparecían juntos más jóvenes.

No tenía hijos que lo llamaran o lo visitaran. No tenía amigos cercanos con quienes salir los fines de semana. No tenía vicios más allá del tabaco barato y el café recalentado. Su vida era una rutina perfecta que no molestaba a nadie, pero tenía a Leticia, su hermana menor, 12 años de diferencia entre ellos desde que nacieron.

La única persona en el mundo que lo llamaba por teléfono cada domingo. La única que lo invitaba a comer a su casa cada 15 días. La única que recordaba su cumpleaños con un pastel de la panadería. La única conexión real que le quedaba con algo parecido a una familia. El tiempo que les quedaba juntos era mucho menos del que imaginaban.

Leticia era maestra de quinto grado en una escuela primaria de Tlaquepaque. Daba clases de español y cibismo desde hacía 15 años en el mismo lugar. Los niños la adoraban porque les leía cuentos después de terminar la tarea. Los padres la respetaban porque era estricta, pero nunca injusta con nadie.

era el tipo de maestra que todos recuerdan cuando crecen. Cada domingo llamaba a Ramón sin falta a la misma hora. Platicaban de cosas sin importancia durante media hora o más. Del clima que hacía en la ciudad esa semana, de algún niño que había hecho algo gracioso en clase, de lo caro que estaba todo en el mercado últimamente. Cada 15 días, Leticia cocinaba algo especial para los dos.

Ramón llegaba puntual a las 2 de la tarde con una botella de refresco. Comían juntos mientras veían algún programa en la televisión. Platicaban de sus semanas, de sus trabajos, de nada trascendental. Era lo único en la vida de Ramón que tenía algo parecido a calidez. En ese momento, Ramón no sabía que aquello era lo último intacto que le quedaba.

El 14 de febrero era jueves y el día estaba despejado. Leticia salió de la escuela a las 2 de la tarde como todos los días. Llevaba un suéter verde que le gustaba mucho y su bolsa de tela. Dentro de la bolsa iban cuadernos que todavía tenía que revisar. Hacía calor para hacer febrero y el cielo estaba completamente azul.

Caminó tres cuadras hasta la tortillería de don Alfredo, como siempre hacía. Era su rutina comprar tortillas frescas antes de irse a casa. Don Alfredo la conocía desde hacía años y siempre le daba las mejores. Ese día había una pequeña fila de tres personas esperando. Leticia se formó detrás de ellas pacientemente. A las 2:17 de la tarde exactamente, una camioneta blanca apareció.

No tenía placas visibles y venía a toda velocidad por la calle. Cuatro hombres iban adentro persiguiendo a alguien con urgencia. perseguían a un vendedor de droga que les debía dinero. El vendedor corría por la banqueta gritando, pidiendo ayuda a quien fuera. Los sicarios sacaron las armas por las ventanas de la camioneta.

Empezaron a disparar sin mirar a quién más estaba en la calle. Las balas salieron en todas direcciones buscando al vendedor. La gente en la banqueta se tiró al suelo gritando de terror. Leticia estaba formada esperando su turno cuando la primera bala alcanzó. La primera bala le dio en el hombro derecho con fuerza. La segunda atravesó su pecho destruyendo todo a su paso.

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