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Verónica Castro: El ASQUEROSO Favor que le Pidió Luis de Llano una Sola Vez… Cambió su Vida

Hay nombres en la industria del entretenimiento mexicano que no se pronuncian en voz alta. Nombres que durante décadas funcionaron como contraseñas secretas entre quienes trabajaban en los pasillos de Televisa San Ángel. Nombres que abrían puertas o que la cerraban para siempre. Luis de Llano Macedo fue uno de esos nombres y lo que le pidió a Verónica Castro una noche de 1986 en una oficina del tercer piso de Televisa que olía a cigarro y a poder concentrado, no solo cambió la vida de ella para siempre, cambió las reglas del

juego para todas las mujeres que vinieron después. Pero antes de llegar a esa noche, antes de entender qué fue exactamente lo que Luis de Llano le pidió a la mujer más famosa de México y por qué ese favor era tan repugnante que Verónica nunca lo reveló públicamente durante casi cuatro décadas, necesitamos entender algo fundamental.

Necesitamos entender quién era Verónica Castro antes de esa petición, quién era Luis de Llano cuando la hizo y sobre todo, qué tipo de máquina había construido Televisa para triturar a las mujeres que se atrevían a decir que no. Guarda bien esta frase porque la vas a necesitar más adelante. En Televisa las estrellas no nacían, se fabricaban y lo que se fabrica se puede destruir.

Verónica Judith Sainz Castro nació el 19 de octubre de 1952 en la colonia San Rafael de la Ciudad de México. Su padre, el ingeniero Fausto Sainz y su madre, Socorro Castro Alba, criaron a cuatro hijos en un hogar de clase media que no tenía absolutamente nada que ver con el mundo del espectáculo. Verónica creció sin contactos, sin padrinos, sin apellido que le abriera puertas.

Lo único que tenía era un rostro que la cámara adoraba, una sonrisa que podía iluminar un estudio de televisión completo y una determinación de acero forjada en las calles de una ciudad que no perdonaba la debilidad. A finales de los años 60, cuando Verónica tenía apenas 16 años, el comediante Xavier López, mejor conocido como Chabelo, la invitó a participar en su programa en familia.

Fue su primera aparición en televisión y aunque nadie en esa época podía predecir lo que vendría, los productores de Televisa anotaron algo inmediatamente. Esa muchacha tenía algo que no se podía enseñar en ninguna academia de actuación. Tenía magnetismo puro, el tipo de presencia que hacía que los televidentes dejaran de cambiar de canal.

Pero Verónica no se conformó con ser solo una cara bonita en la pantalla. Mientras trabajaba en televisión, se inscribió en la UNAM para estudiar la licenciatura en relaciones internacionales. Una carrera que no tenía absolutamente nada que ver con las telenovelas, pero que revelaba algo crucial sobre su carácter. Verónica Castro siempre tuvo un plan B.

Siempre entendió que depender completamente de una industria controlada por hombres poderosos era una sentencia de muerte profesional. Y esa intuición, esa negativa instintiva a entregar toda su autonomía sería precisamente lo que la pondría en la mira de Luis de Lellano años después. En 1974 sucedió algo que marcaría a Verónica de manera irreversible.

Se enamoró de Manuel Valdés, el famoso comediante conocido como el loco Valdés. La relación fue intensa, pero breve y de ella nació su primer hijo, Cristian, quien años después se convertiría en uno de los cantantes más exitosos de México. Pero lo que pocos saben es que Manuel Valdés nunca reconoció públicamente a Cristian como su hijo.

Verónica, con apenas 22 años se encontró sola con un bebé recién nacido y sin el apoyo del padre. En una industria donde la imagen lo era todo, ser madre soltera en los años 70 era prácticamente una sentencia. Los productores consideraban que una actriz con un hijo fuera del matrimonio perdía valor comercial.

Los ejecutivos preferían estrellas sin complicaciones personales. Las revistas de espectáculos trataban la maternidad soltera como un escándalo en lugar de lo que realmente era la realidad de millones de mujeres mexicanas. Pero Verónica hizo algo que desafió todas las expectativas. En lugar de esconderse, en lugar de disculparse, en lugar de buscar un matrimonio de conveniencia para limpiar su imagen como tantas actrices de esa época habían hecho, se presentó ante las cámaras con la frente en alto.

Soy madre, soy actriz y no voy a elegir entre las dos cosas. Esa declaración silenciosa, esa negativa a dejarse definir por las reglas de una industria machista, fue el primer acto de rebeldía de Verónica Castro contra el sistema. Y el sistema tomó nota. En 1979 llegó el papel que lo cambió todo. Mariana Villarreal en Los ricos también lloran.

La telenovela producida por el legendario Valentín Pimstein para Televisa se convirtió en un fenómeno de proporciones inimaginables. No solo dominó las audiencias en México, fue exportada a más de 150 países y traducida a 25 idiomas. En Rusia, donde la telenovela se transmitió después de la caída de la Unión Soviética, Verónica Castro se convirtió en un icono cultural tan grande que cuando visitó Moscú, miles de personas salieron a las calles para verla.

En Perú, su visita a Lima en 1981 provocó escenas de histeria colectiva que solo se habían visto antes con estrellas de la música internacional. De la noche a la mañana, Verónica Castro dejó de ser una actriz mexicana prometedora para convertirse en la estrella de telenovelas más grande del mundo. Y ahí, exactamente ahí, comenzó su problema con el poder.

Porque en Televisa las estrellas no mandaban, los productores mandaban, los ejecutivos mandaban, los hombres que controlaban los presupuestos, los horarios estelares, los contratos de exclusividad y las carreras de cientos de artistas eran quienes realmente tenían el poder. Y entre esos hombres había uno cuyo nombre se susurraba con una mezcla de admiración y terror.

Emilio Azcárraga Milmo, conocido como El Tigre, el dueño absoluto de Televisa y por extensión de la televisión mexicana entera. La relación de Verónica con el Tigre fue siempre compleja. Azcárraga reconocía el valor comercial de Verónica. Sabía que su rostro vendía millones en publicidad, que sus telenovelas generaban audiencias masivas, que su nombre en un proyecto garantizaba atención internacional, pero también esperaba lealtad absoluta, exclusividad total.

obediencia sin cuestionamientos. Y Verónica, con esa independencia que la había definido desde joven, no siempre estaba dispuesta a obedecer sin preguntar. El primer choque serio ocurrió en 1982, cuando después del éxito monumental de los ricos también lloran y del derecho de nacer, Verónica recibió una oferta irresistible de Argentina.

Le proponían protagonizar una telenovela en Buenos Aires con un contrato que superaba significativamente lo que Televisa le pagaba. Verónica, que estaba criando sola a Cristian y a su segundo hijo Michelle, nacido en 1981 de su relación con el empresario Enrique Niembro, necesitaba el dinero. No era capricho, no era traición, era supervivencia económica de una madre soltera.

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