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Un presidente entró al estudio rodeado de preguntas-trampa, pero una hoja secreta cambió todo: “¿Quién los vigila a ustedes?”

Nayib Bukele acababa de sentarse frente a las cámaras cuando Jorge Ramos dejó caer sobre la mesa una carpeta roja como si fuera una sentencia.

El estudio entero entendió que aquello no iba a ser una entrevista, sino una emboscada. Las luces eran blancas, frías, casi quirúrgicas. El público estaba quieto, incómodo, esperando el primer golpe. María Antonieta Collins acomodó sus tarjetas con una sonrisa medida. León Krause miró de reojo a Ramos, como quien confirma que la trampa ya está lista.

Bukele no se movió. Llevaba el saco cerrado, las manos juntas y esa calma que parecía irritar más que cualquier grito.

Ramos abrió el programa con voz solemne.

—Señor presidente, gracias por aceptar venir.

—Gracias por invitarme —respondió Bukele.

La cortesía duró menos de 3 minutos.

Hablaron de seguridad, de democracia, de imagen internacional. Todo sonaba normal, pero cada pregunta venía envuelta en una acusación. El público lo notaba. Los técnicos también. Nadie respiraba del todo tranquilo.

Entonces Ramos levantó la carpeta roja.

—Usted habla de transparencia, pero muchos dicen que gobierna atacando a la prensa. ¿No le parece peligroso que un presidente decida qué medio dice la verdad y cuál no?

Collins inclinó la cabeza, lista para entrar. Krause apoyó los codos sobre la mesa. Era el momento que habían preparado.

Bukele miró la carpeta, luego miró al público.

—Lo peligroso no es cuestionar a la prensa. Lo peligroso es que la prensa crea que nadie puede cuestionarla.

Un murmullo cruzó el estudio. No fue aplauso todavía, pero sí fue una grieta.

Ramos apretó los labios.

—Eso suena a amenaza.

—No —dijo Bukele—. Suena a responsabilidad.

Collins intervino con un tono más duro.

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