Un sacerdote latinoamericano descubierto celebrando misa en secreto en Yemen. Se lo llevaron y en el momento en que todo parecía terminado, una voz salió de una radio vieja en el rincón en un idioma que nadie en esa habitación pudo identificar. Había tres hombres en esa habitación y yo sabía que no había venido por voluntad propia.
El único sonido era la estática de una radio vieja en el rincón, ese ruido blanco y continuo que llena el silencio sin llenarlo realmente, que está ahí como el sonido de fondo de los lugares donde el tiempo ha dejado de moverse con normalidad. Y yo estaba pensando en el olor del pan en la sacristía de mi parroquia en Cochabamba. No sé por qué el cerebro hace eso, porque en el momento en que todo se estrecha, hasta un solo punto elige abrir una puerta hacia algo completamente distinto, hacia algo tan pequeño y tan concreto como el olor del
pan que la señora Amparo dejaba cada domingo envuelto en un trapo azul con flores blancas para que yo comiera algo antes de la misa de las 12. Estaba pensando en ese trapo, en esa mujer, en esa parroquia que quedaba al otro lado del mundo y los tres hombres seguían ahí y la radio seguía con su estática y yo sabía que lo que venía a continuación no iba a ser una conversación.
Hoy voy a contarles lo que pasó ese día en el Shemen y por qué Carlo Acutis estuvo en esa habitación, aunque nadie lo hubiera invitado. Mi nombre es el padre Esteban Morales. Tengo 60 años y soy sacerdote desde hace 34. Nacido en Cochabamba, Bolivia. Ordenado en Roma después de 7 años de seminario, devuelto a Cochabamba por los caminos que tienen las vocaciones de regresar siempre al lugar donde comenzaron.
Soy un hombre de parroquia, de barrio, de nombres conocidos y de misas de los domingos con la misma gente en los mismos bancos que conozco de memoria desde hace tres décadas. No soy un misionero en el sentido clásico de la palabra. No fui formado para zonas de conflicto ni para países donde la cruz no puede mostrarse en público. Fui formado para Cochabamba.
para sus calles y sus mercados y sus familias que llegan a misa con los niños y los abuelos y los problemas de siempre. Lo que me llevó al Shemen fue una cadena de decisiones que en el momento cada una parecía razonable y que en conjunto me pusieron en esa habitación de concreto en San tres hombres y una radio transmitiendo estática.
Pero no voy a adelantarme. Hay que contar las cosas desde el principio del día, porque este tipo de historia solo tiene sentido si se cuenta en orden. Esa mañana me desperté antes del amanecer. No por la alarma, por el silencio. El Shemen tiene un silencio particular en las horas anteriores al amanecer, especialmente en los barrios viejos de Saná, donde las casas de torre de piedra yeso blanco absorben el sonido de una manera que no he experimentado en ningún otro lugar.
Es un silencio denso, casi material, que uno puede sentir como una presencia en el cuarto y que en esas semanas que llevaba en el país había aprendido a reconocer como la señal de que el día estaba a punto de comenzar antes de que ningún otro signo lo confirmara. Me levanté, me vestí en la oscuridad del cuarto pequeño que me habían asignado en la casa de la familia Adad, una familia cristiana de las pocas que quedaban en ese barrio de Saná, que me habían recibido con la hospitalidad específica de las personas que viven en minoría y que saben lo que significa recibir a
alguien de la misma fe. La casa tenía tres pisos, paredes de piedra de medio metro de espesor que mantenían el frío de la noche hasta bien entrada la mañana y una ventana en mi cuarto desde la que se veían los minaretes de dos mezquitas que a las 5 de la mañana comenzarían el primer llamado a la oración. Escuché ese llamado mientras terminaba de prepararme.
Lo había escuchado cada mañana de esas semanas y había aprendido recibirlo, no como amenazas, sino como lo que era la oración de otros, sincera y antigua y perteneciente a una tradición que no era la mía, pero que tampoco era mi enemiga. Eso también lo había aprendido lentamente con los años, con los viajes, con las conversaciones que uno tiene cuando sale del propio barrio y descubre que el mundo es más complicado y más rico de lo que el propio barrio permite ver.
Bajé al patio interior de la casa a las 5:40. El patio era el corazón de la casa Dad, el espacio alrededor del cual todo lo demás se organizaba. Tenía un suelo de piedra gastada por décadas de pisadas, una higuera en el centro que en esa época del año no tenía hojas, pero que tenía la presencia firme de los árboles viejos que no necesitan hojas para demostrar que están ahí.
y contra el muro norte una serie de sillas plásticas blancas que Calilad, el hijo mayor de la familia, había conseguido y que cada semana acomodaba en filas de cuatro o cinco para la misa. Conté las sillas esa mañana mientras el cielo sobre el patio pasaba del negro al azul oscuro del amanecer. Había 15 sillas para 15 personas que eran todas las que venían cada semana a esa misa que no existía oficialmente, que no tenía anuncio ni horario público ni ningún tipo de registro que pudiera llegar a los oídos equivocados.
15 personas que llegaban de A una o de A2, con intervalos de 10 o 15 minutos entre cada llegada, por calles diferentes, sin saludarse en la calle si se cruzaban, con la discreción aprendida de quienes saben que la fe en ese lugar tiene un costo que hay que calcular cada vez que se decide pagarlo. Las conocía a todas.
Llevaba semanas entre ellas y en ese tiempo había aprendido sus nombres y sus historias con el detalle que da la intimidad de compartir algo que no se puede compartir en público. Estaban los Hadad, la familia anfitriona, Kalil y su esposa Marsham y sus dos hijos adolescentes que venían con la seriedad de quienes han crecido entendiendo que lo que hacen tiene peso.
Estaba la señora Nadia, 65 años, que había sobrevivido a más gobiernos que años tenía yo de sacerdocio y que cada semana traía flores del mercado envueltas en papel de periódico y las ponía en el suelo frente al altar improvisado con una naturalidad que me conmovía. Estaban los hermanos Amir y George, tre y tantos años los dos, que trabajaban en un taller de carpintería y que llegaban siempre con las manos todavía con rastros de acerrín, por más que se lavaran.
Estaban otros, cada uno con su historia, cada uno con su manera específica de llevar esa fe en ese lugar. 15 personas, 15 sillas plásticas blancas en el patio de piedra de la casa Dad, bajo el cielo de Sana, que se aclaraba despacio. En el bolsillo interior de mi chaqueta llevaba algo que el día cono 26 años, me había puesto sin decirme que era en el aeropuerto de Cochabamba el día de mi partida.
Me había dicho solamente, “Padre, ya sabrá cuándo usarlo.” Era el santito de Carlos Cutis, un joven de 15 años, pelo oscuro, sonrisa abierta, con los ojos de alguien completamente presente. Lo conocía. Beatificado en 2020 en camino a la canonización, el joven italiano que había construido el catálogo de milagros eucarísticos en internet y que la gente joven de todo el mundo había adoptado con una espontaneidad que siempre me había parecido significativa, precisamente porque era espontánea, porque nadie se la había pedido. Lo
llevaba en el bolsillo desde Cochabamba. No lo había sacado todavía. Las personas comenzaron a llegar a las 6:15. De a una, de a dos, por la puerta lateral quedaba una callejuela secundaria. Cada llegada era un saludo breve, una sonrisa contenida, la alegría específica de los encuentros que no pueden mostrarse en voz alta, pero que por eso mismo tienen una intensidad que los encuentros públicos rara vez alcanzan.
Calil cerraba la puerta con llave después de cada llegada y volvía a su lugar con la atención de alguien que sabe que su trabajo en esa misa no es solo espiritual. A las 7:15 estaban todos. Me puse la estola sobre la chaqueta. Era una estola blanca, simple, la más discreta que tenía, sin los bordados elaborados de las que usaba en Cochabamba para las grandes fiestas.
En ese patio, bajo ese cielo, con esas 15 personas en esas 15 sillas blancas, la estola blanca simple era exactamente lo que correspondía. Comencé la misa. En 34 años de sacerdocio, he celebrado misas en catedrales y en capillas de montaña y en salas de hospital y en el patio de una cárcel en Santa Cruz de la Sierra, una vez que no olvidaré nunca.
Cada misa tiene su propia textura, su propio peso, su propia manera de estar presente. Pero hay ciertas misas que son diferentes de todas las otras, no por la solemnidad del lugar, ni por la cantidad de personas, sino por la calidad de la atención de quienes están ahí. La misa en ese patio de saná era de ese tipo.
15 personas que habían calculado el costo de estar ahí y que habían decidido que el costo valía. 15 personas que escuchaban cada palabra con la concentración de quien sabe que esas palabras tienen un precio. Cuando llegué al momento de la consagración, el patio estaba en silencio absoluto. Tomé el pan, dije las palabras, las mismas palabras de siempre, las que llevo diciendo 34 años, que en Cochabamba digo con la fluidez de lo conocido, y que en ese patio en San decía con una densidad diferente, como si el aire del lugar les diera un peso adicional que en otro contexto no
tendrían. Esto es mi cuerpo. El silencio después de esas palabras duró tal vez 3 segundos. En esos 3 segundos escuché el viento sobre los muros del patio y el canto lejano de un pájaro que no identifiqué y nada más. Y entonces escuché otro sonido. No era el viento, no era un pájaro, era el sonido de algo contra la puerta lateral, el sonido de alguien que prueba si una puerta está con llave, que descubre que si está con llave y que a continuación toma la decisión de no esperar a que le abran. Calil se puso de pie, me miró.

Su expresión contenía una información que los dos recibimos al mismo tiempo. La puerta se vio de un golpe. Entraron cuatro hombres con la postura y la autoridad de quienes representan algo oficial en ese contexto, aunque sin que yo pudiera identificar exactamente qué. El que entró primero tenía unos 45 años, cara de alguien que ha hecho este tipo de entrada antes y que ha aprendido a hacerla sin emoción visible.
Recorrió el patio con los ojos una sola vez. tomó nota de las 15 personas en las sillas blancas del mantel sobre la mesa del cáliz de mi estola. Luego me miró a mí, dijo algo en árabe. Yusuf, que era el único del grupo que hablaba algo de inglés, tradujo en voz baja desde su silla. Dice que sabían que esto estaba pasando, que llevan semanas con información, que usted es el responsable.
Me quedé de pie frente al altar improvisado con la patena todavía en las manos. No la solté. No sé por qué. Tal vez porque soltarla habría sido el primer gesto de rendición y algo en mí no estaba listo para ese gesto. Yusuf tradujo algo más. Dice que todos deben quedarse, que nadie se mueve. Los cuatro hombres se distribuyeron por el patio con la eficiencia de quien conoce el procedimiento.
Las 15 personas en las sillas blancas no se movieron. La señora Nadia tenía las manos juntas sobre el regazo. Los hermanos Amir y George se miraron brevemente y luego miraron hacia delante. Los hijos adolescentes de Calil estaban juntos, el mayor con la mano sobre el hombro del menor.
Un gesto tan pequeño y tan completo que lo vi desde donde estaba y que me quedó grabado con la precisión de los detalles que el cerebro elige guardar cuando todo lo demás es demasiado grande para guardarlo entero. Calil intentó hablar. El hombre mayor lo interrumpió con una sola sílaba y Calil se sentó. El hombre mayor caminó hacia mí, se paró un metro, me evaluó en silencio, luego señaló la estola.
No me moví durante un segundo. Luego me la quité y la puse sobre el altar, sobre el mantel blanco, sobre el cáliz y la patena. El hombre mayor la recogió y se la pasó a uno de los suyos. Luego dijo algo directamente en árabe, sin esperar traducción. Yusuf tradujo desde su silla con voz muy baja, dice que usted viene con ellos, que los demás se quedan hasta nuevo aviso.
Miré a las 15 personas en las sillas blancas. Miré a Calil. Miré a la señora Nadia, que me miró con unos ojos que eran al mismo tiempo miedo y algo más antiguo que el miedo, algo que venía de décadas de haber aprendido a no dejar que el miedo fuera la última palabra. Hice un gesto pequeño con la mano, un gesto que en 34 años había aprendido a hacer cuando necesitaba decir algo sin palabras.
Tranquilos. 13. No sé si aquí significó lo mismo, pero lo hice. Luego salí del patio siguiendo al hombre mayor por la puerta lateral hacia la callejuela, hacia la mañana de San que afuera seguía siendo la misma mañana de siempre, con el sol ya sobre los minaretes y el ruido del barrio comenzando a despertar, y los vendedores del mercado cercano abriendo sus puestos con la normalidad perfecta de un día que no sabe lo que está pasando a 20 m.
Me llevaron en un vehículo. No vi el recorrido porque iba en el asiento trasero entre dos personas y el respaldo del asiento delantero bloqueaba la vista de todo lo que había delante. El trayecto fue silencioso. Duró lo que duran los trayectos cuando uno no puede medir el tiempo con referencia exterior.
Pudo ser 10 minutos o 40. El edificio donde me llevaron era de exterior sin marca visible. Entramos por un costado, por un corredor, hacia una habitación interior. La habitación tenía paredes de concreto sin pintar, una sola bombilla colgando del techo, una silla, una mesa pequeña y en el rincón, sobre la mesa, una radio portátil de las antiguas con antena extensible, ideal de sintonía manual que transmitía una estática baja y constante, como el sonido de fondo de un lugar que no espera visitas. Me senté en la silla.
El hombre mayor se quedó. Los otros salieron, cerró la puerta. Durante varios minutos no dijo nada. Se paró frente a mí con los brazos cruzados y me miró con esa expresión de evaluación que ya conocía. La radio seguía con su estática. La bombilla oscilaba levemente, aunque no había viento en esa habitación, un detalle pequeño e inexplicable que noté con la nitidez que tien los detalles pequeños cuando todo lo grande es demasiado para procesarlo de golpe.
Luego habló. Esta vez no había Yusuf, solo él y yo y un idioma que él tenía y yo no tenía. Y la única comunicación posible era la que pasaba por debajo del idioma, por el tono, por el gesto, por lo que el cuerpo dice cuando las palabras no se comparten. Señaló hacia mí, luego señaló hacia afuera. Luego hizo un gesto con la mano que en el contexto de esa habitación y de esa mañana significaba probablemente la cosa más simple y más definitiva.
No necesitaba palabras para entenderlo. Lo entendí. Salió de la habitación. Me quedé solo. Metí la mano en el bolsillo interior de la chaqueta. No porque hubiera decidido hacerlo, sino porque la mano fue sola con el instinto de quien busca algo cuando no queda nada más que buscar. Mis dedos encontraron el santito laminado de Carlo Acutis.
Lo saqué despacio. Lo sostuve en la palma y lo miré. El joven de 15 años, con la sonrisa abierta y los ojos completamente presentes, me miraba desde la pequeña imagen plastificada. El hombre había salido. Los minutos pasaban. La radio transmitía su estática sin interrupción. Empecé a rezar, no con las palabras de la liturgia, con las palabras que salen cuando la situación es más grande que cualquier forma aprendida para contenerla.
Sin orden, sin estructura, más grito interior que discurso. Y en algún momento de esa oración, el nombre que salió fue ese, Carlo. Carlo Acutis. No tengo una explicación teológica perfectamente ordenada para lo que hice en ese momento. Soy un sacerdote de parroquia de Cochabamba que estaba en una habitación de concreto en San Radio transmitiendo estática y que invocó el nombre que tenía en la mano porque era el nombre que tenía en la mano y porque cuando uno no tiene nada más usa lo que tiene. Los minutos pasaron, la radio
seguía transmitiendo estática y entonces, sin previo aviso, sin ningún cambio gradual, la estática se cortó. No hubo silencio. Lo que hubo fue otra cosa, una voz clara, definida, que venía del altavoz de esa radio vieja en el rincón de la habitación con una nitidez que no correspondía a ninguna frecuencia que yo hubiera escuchado antes en ese aparato.
Una voz que hablaba, no en árabe, no en español, no en ningún idioma que yo reconociera. Y llevo años escuchando idiomas distintos en distintos países y tengo el oído entrenado para identificar aunque sea la familia lingüística de lo que escucho. Era una lengua que no existía en ningún dial de ninguna radio.
Me quedé completamente inmóvil. La voz habló durante tal vez 20 o 30 segundos. Luego la estática volvió exactamente como antes, el mismo ruido blanco continuo de siempre, como si nada hubiera interrumpido nada. Escuché pasos en el corredor, muchos pasos, más de los que habían entrado antes y voces.
Y en las voces un tono que reconocía, aunque no entendiera las palabras, el tono de las situaciones que de repente se mueven en una dirección que nadie había previsto, el tono de personas que acaban de recibir una información que no esperaban y que no saben todavía qué hacer con ella. La puerta se abrió y el hombre mayor entró primero.
Detrás de él entraron dos de los que habían estado antes. Y en la cara del hombre mayor había algo que no había estado cuando salió, algo que le cambiaba la expresión de una manera que yo veía claramente, pero que no sabía nombrar todavía, porque era una expresión que no había visto en él en toda la mañana. No era la frialdad de la clasificación, no era la dureza de quien da órdenes.
Era algo más parecido a la desestabilización, a la cara de alguien que acaba de recibir una información que no encaja en ninguna categoría que tenga disponible y que todavía está procesando qué hacer con eso. Se paró en el centro de la habitación, miró la radio. La radio seguía transmitiendo su estática habitual, el mismo ruido blanco continuo de siempre, como si nada hubiera pasado en los últimos minutos, como si ninguna voz hubiera interrumpido nada.
El dial estaba en la misma posición en que había estado desde que yo entré en esa habitación. Nada había cambiado en el aparato de manera visible. El hombre mayor se acercó a la radio, la miró de cerca, extendió la mano y tocó el dial, sin girarlo, solo tocándolo, como si el contacto físico con el aparato pudiera dar la información que la vista sola no daba.
Luego retiró la mano, miró a los dos hombres que habían entrado con él. Dijo algo en árabe, breve, con un tono que era pregunta, aunque yo no entendiera las palabras. Uno de los hombres respondió. Movió la cabeza en un gesto que en cualquier cultura significa lo mismo. No sé. El otro hombre no respondió. Estaba mirando la radio con una expresión diferente a la de los otros dos, una expresión más intensa, más personal, como si lo que había escuchado le hubiera tocado algo específico que a los otros no les había tocado de la misma manera.
Tenía unos 30 años, el más joven de los tres, y en su cara había algo que yo, en 34 años de escuchar a personas en situaciones de impacto emocional, reconocí sin dificultad, era la cara de alguien que ha escuchado algo que no puede explicar y que por eso mismo no puede ignorar. El hombre mayor le dijo algo directamente.
El joven respondió despacio con cuidado, eligiendo las palabras como quién no quiere decir más de lo que puede sostener. El hombre mayor escuchó, luego volvió a mirar la radio, luego me miró a mí. Yo sostenía el santito de Carlo Acutis en la mano, igual que cuando el hombre había salido. No lo había guardado.
No había tenido razón para guardarlo y tampoco había tenido impulso de esconderlo. Estaba ahí en mi palma el joven de 15 años con la sonrisa abierta mirando hacia arriba desde la pequeña imagen plastificada. El hombre mayor miró el santito. Lo miró durante un momento que fue más largo que los anteriores, más deliberado.
Luego dijo algo que esta vez no iba dirigido a ninguno de los dos hombres, sino que parecía dirigido al aire de la habitación o a sí mismo, o a ningún lugar en particular con el tono de alguien que está pensando en voz alta sin haber decidido hacerlo. Y entonces hizo algo que no esperaba. se sentó, no en la silla donde yo había estado sentado, en el suelo contra la pared, con la espalda apoyada en el concreto y las rodillas recogidas, la postura de alguien que necesita un momento y que ha dejado de preocuparse por lo que esa
postura comunica. Los otros dos hombres lo miraron. Ninguno dijo nada. El silencio en esa habitación había cambiado de textura. Ya no era el silencio de la espera tensa, el silencio de los que tienen el control y lo saben. Era otro tipo de silencio, más abierto, más incierto, el silencio de personas que acaban de salir de un libreto que conocían y que todavía no han encontrado el siguiente.
Pasaron varios minutos así. Yo no me moví, no hablé. Sostuve el santito y esperé con la paciencia que uno aprende cuando no tiene otra opción que ser paciente, cuando moverse o hablar podría cambiar el equilibrio frágil de un momento que todavía no ha decidido hacia dónde va. Fue el hombre joven el que habló primero.
No al hombre mayor, a mí en inglés. Un inglés básico construido con cuidado con las pausas de quien traduce mentalmente cada frase antes de pronunciarla. dijo la voz en la radio. ¿Usted la escuchó? Le dije que sí. Preguntó. ¿Usted sabe qué idioma era? Le dije que no, que no lo reconocí. Me miró durante un momento. Luego dijo despacio, eligiendo cada palabra.
Yo tampoco lo reconocí. Y yo conozco muchos dialectos de esta región. Mi abuelo era estudioso de las lenguas antiguas del sur de Arabia. Yo crecí escuchando esas lenguas. Lo que escuché en esa radio no era ninguna de ellas. No era ninguna lengua que yo haya escuchado antes. Hizo una pausa. Luego añadió, pero entendí el tono.
El tono era de alguien que protege algo. No respondí. No tenía palabras para responder a eso que fueran mejores que el silencio. El hombre mayor, que había escuchado todo desde el suelo con los ojos cerrados, dijo algo en árabe sin abrir los ojos. El joven tradujo, dice que esto no estaba en el plan de hoy. Hubo algo casi involuntariamente humano en esa frase.
Esto no estaba en el plan de hoy. Como si el plan de hoy fuera algo que todavía existía, algo a lo que todavía se podía regresar. Cuando todos en esa habitación sabíamos que el plan de hoy había dejado de existir en el momento en que una voz en una lengua imposible había salido de una radio vieja en el rincón, el hombre mayor abrió los ojos, se levantó del suelo con el movimiento deliberado de alguien que ha tomado una decisión mientras estaba sentado y que se levanta para ejecutarla.
Miró a los dos hombres. Les dijo algo breve. Luego me miró a mí y señaló hacia la puerta con un gesto que era diferente a todos los gestos anteriores, porque no era de orden, sino de indicación. No era, venga, era puede irse. Me quedé inmóvil un segundo. El hombre joven dijo en inglés, confirmando lo que yo había leído en el gesto. Puede salir.
Voy a acompañarlo. Me levanté de la silla. Guardé el santito de Carlos Acutis en el bolsillo interior de la chaqueta, en el mismo lugar donde había estado desde Cochabamba. Mis manos temblaban levemente, no de manera visible, pero sí de manera que yo podía sentir desde adentro. Ese temblor interior que el cuerpo produce cuando ha estado bajo una tensión sostenida y que cuando esa tensión empieza a ceder no sabe todavía cómo procesar la transición.
El hombre joven caminó hacia la puerta. Yo lo seguí. Salimos al corredor. Era la primera vez que veía ese corredor con luz suficiente para distinguir los detalles. Paredes de concreto, suelo de cemento, una ventana pequeña al fondo por donde entraba luz exterior. El hombre joven caminó hacia esa ventana y dobló a la derecha por otro corredor más corto que terminaba en una puerta de metal. Abrió la puerta.
Afuera había una calle secundaria estrecha, con paredes de adobe a ambos lados y el sol de mediodía de sana cayendo en diagonal sobre los adoquines irregulares. El aire afuera tenía el olor específico del barrio viejo, polvo y especias y algo vegetal que yo había aprendido a asociar con los mercados cercanos y que en ese momento, después de las horas en esa habitación, tenía la calidad del aire más limpio que había respirado en mi vida.
El hombre joven señaló hacia la izquierda. Dijo, “Dos cuadras. Hay una mezquita pequeña afuera. Hay un hombre que preguntó por un sacerdote boliviano esta mañana. Creo que lo está esperando. Lo miré. Le pregunté cómo sabía eso. Me dijo, porque yo estaba ahí cuando preguntó. No entendí completamente qué significaba eso. No entendí si era coincidencia o información o algo más y en ese momento no tenía la capacidad mental para desenredar esa pregunta.
lo que entendiera que había una dirección y que en esa dirección había alguien que me buscaba. Le dije, “Gracias.” Me miró durante un momento con esa expresión que había tenido desde que la voz del radio había sonado, esa expresión de alguien que está procesando algo que no encaja en ninguna categoría disponible.
Luego dijo casi para sí mismo más que para mí, “Lo que escuché en esa radio, yo no lo voy a olvidar.” No respondí. Asentí una vez. Luego empecé a caminar hacia la izquierda. Las dos cuadras las caminé despacio, no porque quisiera, sino porque las piernas no daban para más, con ese peso específico que tienen las piernas después de varias horas de tensión sostenida, como si la gravedad hubiera aumentado ligeramente durante ese tiempo y todavía no hubiera vuelto a su valor normal.
Pasé frente a una tienda de telas, frente a un puesto de especias con sacos abiertos que derramaban sus colores sobre elquín, frente a dos hombres que conversaban en la entrada de un edificio y que me miraron un segundo y luego dejaron de mirarme con la indiferencia de quién ha visto muchas cosas en ese barrio y que ha aprendido que mirar demasiado cuesta más de lo que vale.
La mezquita pequeña estaba donde el hombre joven había dicho. Era un edificio modesto, de fachada blanca, con una puerta de madera verde, sin el minarete alto de las mezquitas grandes, con la escala de los lugares de oración que sirven a un barrio y no a una ciudad. Afuera, apoyado contra la pared de la fachada con los brazos cruzados y la expresión de alguien que ha decidido que va a esperar todo el tiempo que haga falta, estaba Calilad.
Me vio desde la distancia. se separó de la pared. Caminó hacia mí con la rapidez contenida de alguien que quiere correr y que ha decidido que correr no es prudente en esa calle. Cuando llegó hasta donde yo estaba, se detuvo y me miró de arriba a abajo con la evaluación rápida de alguien que verifica que lo que ve corresponde con lo que esperaba encontrar.
Luego dijo en voz muy baja, “Padre, gracias a Dios.” Le dije, “¿Cómo sabías dónde estaba?” me dijo que no lo sabía, que después de que me llevaron había esperado en la casa con los demás durante dos horas, que los hombres que se habían quedado custodiando el patio habían salido a las 2 horas sin dar explicación, que cuando se fueron él había salido a buscarme sin saber por dónde empezar, que había caminado por el barrio preguntando con cuidado a las personas en las que confiaba, que alguien le había dicho que había visto llevar a un extranjero hacia
el sector donde estaba ese edificio, que él había venido. le había preguntado que le habían dicho que esperara fuera. Le pregunté quién le había dicho que esperara fuera. Me dijo que un hombre joven que salió un momento por esa misma puerta de metal que yo había salido después, que le dijo que esperara dos cuadras más adelante frente a la mezquita pequeña.
Nos miramos un momento. Ninguno de los dos dijo nada más sobre eso. Había cosas en esa mañana que pedían silencio, no por vergüenza, sino por respeto, por la conciencia de que ciertas experiencias se dañan si se las verbaliza demasiado rápido antes de que hayan tenido tiempo de asentarse en el lugar que les corresponde.
Caminamos de regreso a la casa Adad por una ruta diferente a la que Calil había venido, más larga, más cautelosa. El sol de mediodía de San caía sobre los tejados de las casas de torre y proyectaba sombras cortas y precisas sobre los adoquines. El ruido del barrio seguía siendo el ruido del barrio. Los vendedores y los motores y las voces en árabe que se mezclaban con el olor de las especias y del pan recién hecho de una panadería que pasamos y cuyo olor me golpeó con una fuerza desproporcionada, como si los sentidos estuvieran funcionando con una
sensibilidad mayor de lo habitual. Pensé en la señora Amparo y su trapo azul con flores blancas. Pensé en el olor del pan en la sacristía de Cochabamba que había estado pensando cuando todo comenzó esa mañana. Y luego pensé en la voz en la radio. Había estado tratando de no pensar en ella desde que salí del edificio.
No porque quisiera ignorarla, sino porque sabía que si empezaba a pensar en ella mientras caminaba por esa calle, no iba a poder hacer otra cosa, y en ese momento hacer otra cosa era necesario. Pero el pensamiento llegó de todas formas con la insistencia de las cosas que no aceptan ser postergadas indefinidamente.
Una voz en un idioma que nadie reconoció. un hombre de 30 años cuyo abuelo había sido estudioso de las lenguas antiguas del sur de Arabia, que conocía muchos dialectos de la región, que no la reconoció. Una voz que había salido de una radio vieja con un dialencia de estática sin que nadie tocara nada durante 20 o 30 segundos y que luego había dejado paso nuevamente a la estática como si nada hubiera ocurrido, y que había cambiado algo en la habitación de una manera que yo había visto con mis propios ojos en las caras
de los tres hombres que entraron después. No tengo una explicación para eso. He pensado en ello desde que pasó, en las semanas que han transcurrido y he construido varias explicaciones posibles con distintos grados de credibilidad y he descartado cada una por alguna razón que no me satisface completamente. Podría haber sido una interferencia de alguna frecuencia de radio antigua, un dialecto arcaico de alguna región remota que por alguna combinación de condiciones atmosféricas llegó a ese aparato en ese momento. Es posible.
No es imposible. Pero el hombre joven que conocía lenguas antiguas de esa región por herencia familiar dijo que no era ninguna de ellas. Y el hombre mayor, que había entrado en esa habitación, con la certeza de quién sabe exactamente lo que va a hacer, se sentó en el suelo contra la pared con los ojos cerrados durante varios minutos antes de decir que esto no estaba en el plan de hoy.
Eso es lo que sé. Eso es lo que puedo contar con precisión, porque lo vi y lo escuché. El resto, lo que eso significa, lo que lo explica o no lo explica, eso no me pertenece a mí decidirlo. Llegamos a la casa Adad a las 2:15 de la tarde. La señora Nadia estaba sentada en el mismo lugar donde la había dejado, en la misma silla blanca del patio, con las manos juntas sobre el regazo.
Cuando me vio entrar por la puerta lateral, cerró los ojos un momento, solo un momento, con la expresión de alguien que exhala algo que ha estado sosteniendo durante horas. Luego los abrió y me miró con esos ojos que esa mañana habían tenido algo más antiguo que el miedo y que ahora tenían algo diferente, algo que era reconocimiento y algo que era gratitud y algo que no tenía nombre, pero que yo entendí perfectamente.
Los hermanos Samir y Yoch estaban de pie junto a la higuera sin hojas del centro del patio. Samir dio un paso hacia delante cuando me vio entrar y dijo algo en árabe que Kalil me tradujo al oído. Dice que rezaron, que todos rezaron desde que se lo llevaron. Marham, la esposa de Kalil, trajo agua y pan desde la cocina con la eficiencia de alguien que ha decidido que lo que la situación necesita en este momento es algo concreto y que lo más concreto disponible es agua y pan.
Me senté en una de las sillas blancas y comí y bebí con el hambre y la sed de alguien que no había comido desde antes del amanecer y que recién en ese momento su cuerpo le informaba de esa ausencia. Los hijos adolescentes de Calil estaban juntos como siempre. El mayor con la mano todavía sobre el hombro del menor, o quizás era ya de nuevo, el mismo gesto de antes, que en ese momento tenía la misma calidad que había tenido en el patio durante la misa, esa calidad de los gestos pequeños que contienen cosas grandes sin necesitar explicación.
Pasé el resto de ese día en la casa dad. No salí. No hubo necesidad de salir y tampoco había razón para hacerlo. Kalil hizo algunas llamadas durante la tarde con la discreción de quién tiene canales de comunicación que no se explican pero que funcionan. y hacia el final de la tarde me informó que las personas correctas estaban al tanto de lo que había pasado y que en los días siguientes habría un proceso de coordinación para mi salida del país.
No me dio detalles. Yo no los pedí porque Calil era el tipo de persona que da la información que es necesaria en el momento en que es necesaria y que considera que más información de la necesaria es una carga innecesaria para quien la recibe. Esta noche comimos todos juntos en la sala principal de la casa, los adat completos y la señora Nadia que vivía sola y que Marsham había invitado con la naturalidad de quien considera que ciertas circunstancias crean obligaciones que no necesitan pedido explícito.
La cena fue simple y abundante y silenciosa en el sentido de que nadie habló de lo que había pasado durante el día, no porque fuera un tema prohibido, sino porque había una especie de acuerdo tácito de que ese día necesitaba ser digerido antes de ser discutido y que la cena no era el momento de la digestión, sino del sustento.
Dormí esa noche con el santito de Carlos Acuti sobre la mesa junto a la cama. No lo puse boca abajo, no lo guardé en la chaqueta. Lo dejé ahí sobre la madera de la mesa con la fotografía del joven de 15 años mirando hacia el techo, la sonrisa abierta y los ojos completamente presentes. La expresión que no cambia porque está fijada en el instante en que fue tomada y que, sin embargo, cada vez que la miro parece ligeramente diferente según el estado de quien la mira.
Esa noche en esa cama en la casa Adad en Saná la miré durante un tiempo que no me di y pensé en el diácono Tomás que me lo había puesto en el bolsillo en el aeropuerto de Cochabamba, diciéndome, “Padre, ya sabrá cuándo usarlo.” Lo había sabido. No de manera consciente y planificada, no como resultado de una decisión teológica ordenada.
Lo había sabido de la manera en que se saben las cosas en los momentos en que el tiempo se acorta y las opciones se reducen y lo que queda es lo esencial. que es siempre más simple de lo que uno pensaría en condiciones normales. Había dicho un nombre y algo había pasado. Permanecí en la casa Adad durante 4 días más mientras Chalil coordinaba lo que necesitaba ser coordinado.
Esos cuatro días tuvieron una calidad específica que no había experimentado antes en ningún viaje ni en ninguna situación. La calidad de los días que siguen a algo grande cuando el cuerpo y la mente todavía están procesando y el mundo exterior sigue su ritmo habitual. Pero uno no puede del todo acompañarlo porque una parte de la atención sigue en el momento que acaba de pasar.
Caminé por el patio varias veces al día. Miré la higuera sin hojas. Miré las sillas blancas apiladas contra el muro norte porque no había misa esa semana y no sabía cuándo volvería a verla. Hablé con la señora Nadia una tarde larga en la que ella me contó cosas de su vida que no me había contado antes, con la apertura específica de las personas que han estado cerca de algo importante y que por eso sienten que ciertas historias que habían guardado ya pueden salir.
Le escuché con la atención que merecía. Hablé con los hermanos Amir y George sobre el taller de carpintería, sobre la madera que usaban, sobre los encargos que tenían, conversaciones completamente ordinarias que en ese contexto tenían una calidad extraordinaria simplemente por ser ordinarias, por demostrar que la vida continuaba con sus texturas cotidianas después de lo que había pasado.
Hablé con los hijos de Calil sobre Cochabamba. Les describí el mercado central, los colores de los tejidos en los puestos, el olor de la chicha y el sonido de las bandas de música en las fiestas del barrio. Me escucharon con la atención de los jóvenes que escuchan descripciones de lugares que no conocen y que por eso los imaginan con una libertad que los que los conocen ya no tienen.
Al quinto día, un lunes por la mañana temprano, Calil me llevó al aeropuerto. Antes de salir de la casa, reuní las pocas cosas que tenía el cuarto pequeño del tercer piso. El misal de tapa negra con los bordes desgastados, los corporales que la señora Amparo había bordado, el cáliz envuelto en ropa en el fondo de la mochila y el santito de Carlos Cutis que guardé en el bolsillo interior de la chaqueta, en el mismo lugar donde el diácono Tomás lo había puesto en el aeropuerto de Cochabamba.
Me despedí de la familia Adad en el patio junto a la higuera sin hojas y las sillas blancas apiladas contra el muro. Marham me dio un paquete con comida para el viaje sin decir nada, con el gesto directo y sin ceremonia de quien expresa afecto a través de lo práctico. Los hijos se despidieron con un apretón de manos que en el mayor tenía algo de la firmeza de los apretones de manos que uno recuerda.
Kalil me acompañó al vehículo. La señora Naria esperó hasta el final. Cuando todos los demás habían terminado sus despedidas, se acercó, pequeña y firme en sus 65 años, y me tomó las dos manos entre las suyas y me miró con esos ojos que habían tenido algo más antiguo que el miedo en la mañana de la misa y que ahora tenían algo más antiguo que la tristeza de la despedida.
No dijo nada durante un momento. Luego dijo en un inglés que nunca había usado conmigo antes, en todas las semanas que nos conocíamos, un inglés básico pero preciso. Rece por nosotros, padre. Le dije que sí, que siempre. El vuelo de regreso a Cochabamba con escala en Dubai y en Sao Paulo duró 22 horas.
Dormí durante partes de ese trayecto y durante otras miré por la ventana al mundo desde arriba, las nubes y los desiertos y los océanos que desde esa altura parecen pertenecer a otra escala de existencia. Una escala en la que los patios de piedra con 15 sillas blancas y las habitaciones de concreto con radios transmitiendo estáticas son detalles tan pequeños que no se ven, pero se sienten.
Llegué a Cochabamba un miércoles por la tarde. El aeropuerto olía, como siempre huele el aeropuerto de Cochabamba, a altitud y a algo vegetal que viene de los campos alrededor y que uno no nota cuando vive ahí y que después de semanas afuera golpea con la fuerza específica del olor del lugar donde uno pertenece.
El diácono Tomás estaba esperando en el área de llegadas con la expresión de alguien que ha estado esperando un tiempo y que ha aprendido durante ese tiempo que la espera era necesaria, pero que eso no la hacía más fácil. Me vio salir y caminó hacia mí con esa energía contenida de los encuentros que se esperan mucho.
Lo primero que me preguntó fue, ¿lo usó? Le dije que sí. me miró durante un momento. Luego asintió una sola vez con la seriedad tranquila de quien recibe una confirmación que esperaba, pero que de todas formas necesitaba escuchar. No me preguntó más en ese momento. Había tiempo para contar. Primero había que llegar.
Esa tarde, antes de ir a casa, fui a la parroquia de San Francisco. Era miércoles y no había misa y la iglesia estaba vacía con ese vacío especial de las iglesias en los días de semana. Ese vacío que no es ausencia, sino presencia de otro tipo, más silenciosa, más quieta. La presencia del lugar que sigue siendo lo que es, aunque nadie esté mirando.
Me senté en un banco, no en el primero ni en el último, en uno del medio, como cualquier persona que llega a una iglesia vacía y elige un banco sin razón particular. Saqué el santito del bolsillo interior de la chaqueta. Lo miré durante un tiempo que no me di. El joven de 15 años con la sonrisa abierta y los ojos completamente presentes.
Carlo Acutis, que había vivido 15 años con una claridad que muchos no alcanzan en el triple, que había dicho que todos nacemos originales, pero muchos morimos como fotocopias, que había construido un catálogo de milagros no porque nadie se lo pidiera, sino porque quería que otros pudieran ver lo que él veía.
La Iglesia de San Francisco olía a vela y a incienso y a la madera vieja de los bancos. El olor del hogar. El olor de 34 años. Afuera Cochabamba seguía siendo Cochabamba con sus calles y su mercado y sus familias que el domingo siguiente vendrían a misa con los niños y los abuelos y los problemas de siempre. Y yo estaría ahí en el mismo lugar de siempre, con el mismo mial de tapa negra, con los bordes desgastados y en el bolsillo interior de la chaqueta el santito de Carlo Acutis, que ya sabía cuándo usarlo. No.