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Raphael le ocultó que casi muere — y la última en enterarse fue su propia mujer

4 años le mintió a la prensa. “Solo somos buenos amigos”, le dijo al periodista. Y mientras tanto, ella iba dejando atrás su carrera, su nombre en los créditos, su voz en antena, sin que nadie se lo pidiera en voz alta, sin que nadie le preguntara qué dejaba. Esta es la historia de Natalia Figueroa, la única que todavía no se ha contado.

 El  17 de diciembre de 2024, en el teatro Príncipe Gran Vía de Madrid, Rafael estaba grabando un especial de Navidad cuando empezó a decir frases que no tenían sentido. La producción paró, llamaron al Samur. Llegaron dos ambulancias y mientras toda España miraba las noticias sin entender lo que estaba pasando, Natalia Figueroa, 85 años, salió a hablar delante de las cámaras. Lo que dijo fue sencillo.

 Dijo que el tratamiento iba bien. Dijo que el viernes se irían a casa. dijo que todo seguía su curso. Lo que no dijo porque nunca lo dice, es lo que llevaba 54 años sin decir. Natalia Figueroa no es conocida por lo que ha dicho, es conocida por lo que no ha dicho, por los pasos que no ha dado hacia delante, por las entrevistas que no ha concedido, por la carrera que no siguió.

 Hay una España que la recuerda presentando programas en televisión española a finales de los años 60. Una España que leyó sus libros, que escuchó su voz en antena,  que la vio recoger el premio Antena de Oro en 1972. Y hay otra España, la mayoría, que solo la conoce como la mujer de Rafael. Esas dos Españas nunca se pusieron de acuerdo sobre quién es ella realmente.

 El diagnóstico que los médicos del hospital 12 de octubre confirmaron pocos días después fue linfoma cerebral primario con dos nódulos en el hemisferio izquierdo. Rafael tenía 81 años, llevaba 60 de ellos en los escenarios y la única persona que estaba ahí sosteniéndolo era la misma que había estado ahí siempre, desde que nadie los conocía juntos, desde antes  de que se conocieran.

 ¿Cuándo decidió Natalia Figueroa que esa sería su vida? ¿Qué entendió en aquel momento en Venecia en julio de 1972? sobre lo que estaba eligiendo. Hubo un instante en que supo que su nombre iba a quedar en segundo plano y lo aceptó de todas formas. Para entender lo que significó ese diciembre de 2024, hay que volver mucho antes, a cuando los dos eran dos desconocidos en una gala de premios y ella tenía una vida propia que todavía no había puesto en pausa.

 En 1968, Natalia Figueroa tenía 29 años y un nombre propio en el mundo de la comunicación española. Había presentado programas en televisión española.  Había publicado dos libros. Había firmado artículos en ABC. En los círculos de la alta sociedad madrileña se la conocía como la hija del marqués de Santo Floro, nieta del Conde de Romanones, bisnieta de un ministro de Sagasta que había presidido el Congreso de los Diputados.

 Pero en los plató de TBE se la conocía simplemente como Natalia, periodista, escritora, una voz que interesaba por lo que decía, no solo por quién era su familia. Ese año en una gala de premios, le tocó entregar un trofeo a Rafael. Él se acercó después le dijo, “Me llamo Rafael. ¿A ti se te puede llamar por teléfono?” Era el cantante más famoso de España.

 Había participado en Eurovisión dos veces. Llenaba teatros en América. Su cara aparecía en portadas de revistas que las mujeres de la generación de Natalia guardaban en cajones.  Y sin embargo, lo que él hizo al acercarse a ella no fue actuar como una estrella. fue preguntar. Durante los cuatro años siguientes, nadie supo nada con certeza.

 La prensa especulaba, los fotógrafos buscaban y Rafael cuando le preguntaban lo negaba sin vacilar. Solo somos buenos amigos  lo dijo en el periódico pueblo. Lo repitió en otras ocasiones. Lo dijo con la misma seguridad con que cantaba, con la misma convicción con que llenaba el Madison Square Garden. Mintió con oficio.

 Mientras tanto, Natalia seía apareciendo en televisión, publicando, trabajando. Sus caminos profesionales corrían en paralelo sin tocarse en público. España los veía por separado y no terminaba de entender qué había entre ellos. si es que había algo. Lo que había era esto, una relación que los dos habían decidido proteger del único modo que conocían.

 Con silencio, con negación, co una disciplina de pareja que no se aprende de un día para otro. El 14 de julio de 1972, un grupo de invitados recibió instrucciones de presentarse en el aeropuerto de Barajas a una hora determinada. Nadie les dijo el destino. Hubo escala en Roma. Cuando aterrizaron en Venecia y los llevaron a la iglesia de San Zacarías, entendieron que estaban en una boda, que era la boda del cantante más famoso de España con la nieta del Conde de Romanones, que habían conseguido mantener el secreto hasta casi el final,

porque la prensa llegó igualmente a la puerta de la iglesia y los novios resignados les dejaron entrar y posaron. La portada de Hola de esa semana fue la imagen que España eligió  quedarse. Dos personas jóvenes elegantes en Venecia, una historia de amor que parecía sacada de una película. Lo que esa portada no mostraba era lo que ella había dejado en el camino para llegar hasta allí, ni tampoco lo que estaba a punto de dejar.

 Hay una pregunta que la prensa del corazón española nunca se molestó en hacer con seriedad porque la respuesta parecía obvia. ¿Por qué eligió Natalia Figuero a Rafael? La respuesta obvia era el amor. La respuesta obvia siempre es el amor. Pero las respuestas obvias rara vez explican por qué alguien con el nombre, el linaje y la carrera que tenía ella decidió a los 33  años empezar a retirarse de los focos.

El amor no explica eso solo. Lo que lo explica es algo más complejo. La clase de admiración que se siente hacia alguien que ha construido todo desde cero. Cuando tú has heredado todo desde siempre. Natalia Figueroa había nacido con un apellido que abría  puertas. Rafael había nacido en Linares, hijo de un albañil, y había tenido que abrirlas él solo a golpe de voz y de voluntad.

 Esa diferencia que para la familia de ella era el problema central. Era para ella, según distintos  testimonios de la época, precisamente lo que la fascinaba, no la fama, la tenacidad. No solo es tenaz, le dijo en algún momento a un amigo común. Es valiente, no da un paso atrás. Lo que construyeron juntos en los primeros años no fue solo un matrimonio, fue un sistema de protección mutua.

 Él la protegía de los rumores que circulaban sobre ella en los círculos aristocráticos, que había roto con su clase, que había elegido mal, que había desperdiciado su posición. Ella lo protegía a él de la imagen de artista sin raíces, sin anclaje social, vulnerable a la fragilazta que acompaña a toda fama construida sobre el aplauso.

 Juntos eran algo que ninguno de los dos era por separado,  una pareja que desafiaba las categorías de la España de entonces. Tuvieron tres hijos, Jacobo, Alejandra, Manuel. Los criaron con una discreción que en aquella época no era común entre los famosos españoles.  No los llevaban a portadas, no los usaban como decorado.

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