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Papa dice a Antonio Banderas que es un justiciero como El Mariachi en la Iglesia para detener el mal

El ruido llegaba antes que la luz. 12,000 personas dentro del Movistar Arena y la vibración del lugar se sentía en los huesos, en el pecho, en esa parte del cuerpo donde uno guarda las cosas que no sabe cómo nombrar. Antonio  Banderas lo sintió desde que bajó del vehículo blindado, rodeado de escoltas vaticanas y personal de seguridad  española que se movían con esa precisión mecánica que da más miedo que confianza.

 Alguien le ajustó  el micrófono de Solapa. Alguien más le susurró indicaciones sobre el protocolo. Él asintió a todo sin escuchar nada. Madrid en junio huele a jacarandas muertas y asfalto caliente. A él siempre le había parecido una ciudad que sudaba demasiado, que exigía  demasiado, que aplaudía demasiado fuerte para luego olvidar con la misma facilidad.

 Pero esa tarde  era distinta. Esa tarde había algo en el aire que no era turismo ni protocolo, ni religión institucional.  Era otra cosa, una tensión que parecía sostenida por miles de voces que aún no habían encontrado las palabras exactas. Entró por el túnel lateral. Las luces  del estadio lo golpearon de golpe, blancas y frías, como el interior de un quirófano.

 Y por un momento, solo un momento, cerró los ojos. 64  años, más de cuatro décadas construyendo personajes que nunca eran él, diciendo palabras  que otros habían escrito, llorando en escenas que fingían ser verdad. Y ahora aquí, en esta arena convertida en algo  que oscilaba entre el concierto de rock y la misa mayor, iba a hablar como Antonio Banderas, el hombre de Málaga, el hijo de  Ana, el que aprendió a rezar antes de aprender a actuar.

El  Papa ya estaba en el interior. León XIV había entrado poco antes y el estadio se había derrumbado sobre sí mismo en una tormenta de aplausos  que duró casi 7 minutos. 7 minutos. Antonio lo supo porque alguien a su lado los contó en voz alta con ese asombro  matemático que tienen los que no saben qué hacer con la emoción.

 El  pontífice Robert Francis Prebost, nacido en Chicago, forjado  en Perú. Elegido Papa el 8 de mayo del año anterior, tras cuatro rondas de votación en el cónclave, saludaba desde su  silla blanca con esa serenidad que no era distancia, sino otra cosa, algo más  difícil de nombrar.

 Presencia, quizás, la capacidad de estar completamente en un lugar. Antonio observó al hombre desde el margen del escenario. No era lo que esperaba,  aunque tampoco sabría decir que había esperado exactamente. Un papa estadounidense, agustino, misionero. Un hombre que había pasado décadas en  Chiclayo, en el polvo y el calor del norte peruano, antes de que Francisco lo llevara al Vaticano a examinar las nominaciones  de obispos en todo el mundo.

 un hombre que había elegido llamarse león como homenaje a otro león, el detimotercero, el del Rerum Novarum, el que puso a los trabajadores  en el centro cuando nadie en la iglesia quería siquiera mirar hacia ese lado. Había algo en sus ojos que Antonio reconoció sin poder explicarlo, la mirada de alguien que ha visto demasiado y ha decidido, contra toda lógica,  seguir mirando.

 El acto se llamaba Tejer redes. Lo había organizado la Archidiócesis de Madrid,  representantes de la cultura, el arte, la economía, el trabajo, el deporte. 12000 personas en las gradas. Carolina Marín estaba en algún lugar del protocolo. Sara Varaz también. Rosalén cantaría más tarde y Antonio Banderas, él específicamente con toda la carga de ese apellido que en los años 90 se había convertido en sinónimo de algo imposible de definir.

 Mitad España, mitad Hollywood, mitad personaje, mitad hombre real. había sido convocado para hablar, para hablar como él mismo. Eso era lo que le habían pedido, sin guion, sin personaje, con sus palabras. Llevaba tres semanas preparando lo que iba a decir y la noche anterior lo había tirado todo a la basura, no porque fuera malo, sino porque era demasiado perfecto, demasiado construido, demasiado actor.

 Así que ahí estaba, con algunas notas sueltas en el bolsillo del saco gris que había elegido, porque le recordaba al color de las procesiones de Semana Santa en Málaga, un gris que no era tristeza, sino solemnidad. Alguien le tocó el hombro derecho. Creyó que era uno de los organizadores, uno de esos hombres de auricular y credencial que en eventos como este proliferan como hongos después de la lluvia.

 se giró con la media sonrisa automática del que lleva cuatro décadas siendo reconocido en público. No era ningún organizador, era un hombre que no recordaba haber visto antes. Traje oscuro, corbata sin aflojar a pesar del calor de junio, pelo canoso recortado con precisión militar, unos 55 años, quizás 60, cara de quien duerme poco y lo lleva con orgullo, le sonrió de vuelta, pero la sonrisa no llegaba a ningún sitio.

 Se quedaba en la superficie como el aceite en el agua. Y antes de que Antonio pudiera decir nada, el hombre le puso algo en el bolsillo del saco, una presión rápida y discreta, de quien ha practicado ese gesto muchas veces, y siguió caminando como si nunca se hubiera detenido. Antonio miró el bolsillo, miró hacia donde el hombre había desaparecido entre el gentío de credenciales y escoltas.

 En ese momento, los presentadores Carlos Franganillo y Lara Ciscar comenzaron a llamar a los participantes. Su nombre sonó en el sistema de sonido con esa reverberación de estadio que hace que cualquier nombre suene más importante de lo que es. metió la mano en el bolsillo. Sus dedos encontraron papel, un sobre delgado, rectangular, cerrado con presión, como si quien lo había sellado quisiera asegurarse de que aguantara exactamente hasta que alguien lo abriera con intención.

 No lo abrió, no era el momento. Se subió al escenario y entonces habló. habló de Málaga con una honestidad que le sorprendió a él mismo, de su madre encendiendo velas, de las procesiones que huelen a cera y a incienso y a algo que no tiene nombre, pero que queda grabado en el sistema nervioso de los niños para siempre. Habló de cómo a los cuatro o cco años se le clavó una pregunta que solo contenía una palabra. Dios.

Habló del arte como el único lenguaje que no excluye a nadie, como un ágora donde nadie se siente extranjero. Citó a San Agustín, que era también el patrono del Papa, que lo escuchaba en silencio desde su silla blanca, y dijo algo que no había planeado decir, que la inteligencia artificial debería estar al servicio del ser humano y no al revés.

Porque si perdemos eso, perdemos todo lo que hace que el arte tenga sentido. El Papa lo escuchó sin moverse. Al terminar, Antonio bajó del escenario y volvió a su lugar entre el público. Aplausos, calor. Alguien le apretó el brazo. Rosalen estaba a punto de cantar y en el bolsillo de su saco gris el sobre esperaba.

 como esperan todas las cosas que van a cambiar todo. La habitación del hotel tenía esa frialdad clínica que comparten todos los hoteles de lujo del mundo, como si el dinero comprara no comodidad, sino ausencia, la ausencia de cualquier rastro de vida anterior, de cualquier historia que no fuera la propia. Mármol Beige, cortinas gruesas color crema.

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