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Lo Mataron por Denunciar la Corrupción: El Presentador de TV más Querido de Ecuador

Ecuador en marzo de 2020. Guayaquil fue una de las ciudades más golpeadas del mundo en los primeros meses. Las imágenes de cadáveres en las calles, de familiares que no podían recoger a sus muertos, de hospitales colapsados, circularon por todos los medios internacional. 27 de enero de 2021, a las 7 de la mañana, Efraín Ruales salió del gimnasio en el norte de Guayaquil, como lo había hecho cientos de veces antes, 36 años.

En la cima de su carrera, el presentador más reconocido de Ecuador conducía su SV por la avenida Juan Tancamarengo cuando un gran bitara azul lo interceptó. Desde ese vehículo dispararon cuatro impactos en el automóvil. El proyectil fatal entró por el intercostal izquierdo, atravesó el pulmón, el esófago, el intestino.

Efraín Ruales murió por hemorragia interna masiva antes de llegar al hospital. Los sicarios huyeron. El gran Vitara fue incendiado horas después en el suburbio de Guayaquil. Su teléfono celular, sus pertenencias, todo quedó intacto en el vehículo. No era un robo, era una ejecución. Hoy, 5 años después, los autores intelectuales de ese crimen siguen sin ser condenados.

Y en los últimos meses, un testigo protegido que fue compañero de celda del narcotraficante Leandro Norero, acaba de señalar con nombre y apellido a quienes habrían dado la orden de matar al presentador más querido de Ecuador. Esta es la historia completa. Efraín Ruales nació en Guayaquil en 1984. Creció en una familia de clase media, en una ciudad que para entonces ya empezaba a mostrar las grietas de la desigualdad, que con los años se harían insalvables.

Estudió comunicación, trabajó desde joven como músico, la tocó el bajo en la banda Equilibre entre 1999 y 2005. Grabó el tema. Cuéntame que tuvo cierta circulación en el circuito de rock ecuatoriano de la época, pero su vocación real, la que terminaría definiéndolo públicamente era la pantalla. La televisión ecuatoriana de los años 2000 era un universo dominado por un puñado de cadenas nacionales donde el camino de quien quería construir una carrera como comunicador pasaba inevitablemente por Ecuavisa, el canal

de mayor alcance del país. Ruales llegó a Ecoavisa, demostró lo que tenía y fue escalando. actuó en telenovelas, fue conduciendo programas de entretenimiento, perfeccionó ese registro específico que mezcla la cercanía con el espectador con la credibilidad suficiente como para que la gente te escuche cuando hablas de algo que importa.

llegó a En Contacto el programa matinal de mayor audiencia del país y se  instaló ahí como una de esas figuras que el público convierte en parte de su vida cotidiana sin que nadie lo haya decidido conscientemente. Estaba en la pantalla de Ecuador todos los días de la semana. Hablaba de familia, de fe, de los problemas de la gente común.

Tenía casi 2 millones de seguidores en Instagram. era, según cualquier métrica disponible, el presentador más popular del país. Pero Efraín Rales no era solo el hombre de la pantalla, era también alguien que en los últimos años de su vida  había empezado a usar esa popularidad de una manera que en Ecuador tiene consecuencias.

Sobre la pandemia de COVID-19 llegó ALES y convirtieron a Guayaquil en el símbolo más brutal de lo que ocurría  cuando un sistema sanitario débil encontraba a una pandemia sin preparación ni recursos suficientes para enfrentarla. Lo que empezó a emerger después fue la historia de cómo alguien se había enriquecido con eso.

Las investigaciones periodísticas y judiciales que siguieron a los peores meses de la pandemia revelaron una red de corrupción en la compra de insumos médicos y bolsas para cadáveres en los hospitales del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social,  el IESOS, sobre precios sistemáticos, contratos adjudicados sin transparencia,  dinero público que había ido a parar a bolsillos privados mientras la gente moría en los pasillos de los hospitales y en la calle  frente a sus casas sin poder ser recogida.

Efraín Ruales comenzó a hablar de eso en sus redes  sociales, no de manera críptica, ni con las precauciones propias de  quien teme las consecuencias. De manera directa hablaba de las mafias, hablaba  de los santos, entre comillas, hablaba del contraste entre quienes sufrían la pandemia y quienes se beneficiaban de ella.

Su audiencia creció. Sus videos de los domingos empezaron a circular más allá de su círculo habitual. Y en junio de 2020, Efraín Ruales  publicó un video en el que hablaba sobre amenazas que había recibido por el contenido de sus críticas. Era un video premonitorio que 7 meses después sería visto con una claridad perturbadora que en el momento de su publicación todavía era solo una advertencia.

La pregunta que ese video plantea y que el crimen de enero de 2021 convirtió en urgente es exactamente quién le estaba advirtiendo y por qué. Esa pregunta tardó años en empezar a tener respuesta y las respuestas que han llegado conectan el asesinato de un presentador de televisión con una trama que sube hasta los niveles más altos  del poder político y económico ecuatoriano.

Para entender esa trama, hay que entender primero quién es Daniel Salcedo Bonilla y qué papel juega la familia Bucaram en la historia del Ecuador contemporáneo. Daniel Salcedo Bonilla era en 2020, un empresario relativamente joven que había construido una red de negocios con conexiones en el sector de salud y con vínculos documentados con figuras políticas de primer nivel.

Su nombre saltó a la primera plana de los medios ecuatorianos en junio de 2020, no por sus negocios, sino por la manera en que intentó evitar la justicia. Cuando las autoridades fueron a buscarlo en el marco de las investigaciones por corrupción en los hospitales durante la pandemia, Salcedo intentó huir del país en una avioneta que se dirigía hacia Perú.

El vuelo no llegó a completarse. La avioneta fue forzada a aterrizar y Salcedo fue detenido. El intento de fuga fue cubierto en tiempo real por los medios ecuatorianos y se convirtió en la imagen más vívida de lo que las investigaciones estaban encontrando. Un empresario con vínculos en el gobierno intentando escapar cuando la justicia empezaba a cerrar el cerco sobre la red que había saqueado el sistema de salud en los peores meses de la pandemia.

Los vínculos entre Salcedo y la familia Bucaram comenzaron a aparecer en las investigaciones que siguieron a su detención. Abdalá Bucará Ortiz, el expresidente ecuatoriano  que había sido destituido por el Congreso en 1997 por incapacidad mental y que desde entonces alternaba entre el exilio y los intentos de retorno a la política ecuatoriana.

tenía hijos que habían continuado en la arena política del país. Dalukaram, uno de esos hijos, era una figura activa en la política ecuatoriana con sus propias aspiraciones y sus propias redes de poder. La familia Bucaram y Daniel Salcedo aparecen vinculados en las investigaciones sobre la corrupción hospitalaria bajo el gobierno de Lenín Moreno.

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