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La vida y las brutales mu3rt3s de Qusay y Uday Hussein

El 22 de julio de 2003 marcó el final definitivo. Ese día en Mosul, las tropas estadounidenses tomaron por asalto su último escondite. Udai y Kusai Hussein no eran políticos esperando heredar el país, sino los verdugos principales del régimen. Mientras Adam gobernaba desde arriba, sus dos hijos desataban el terror en las calles mediante pura crueldad.

 Toda su historia de violencia terminó exactamente el 22 de julio de 2003. El 18 de junio de 1966 nació el hijo mayor del temido dictador iraquí. Para ese momento histórico, su padre enfrentaba graves cargos políticos. Saddam ocupaba una celda. A diferencia del líder, Udai fue un estudiante bastante mediocre durante toda su vida.

 Simplemente poseía un apellido intocable. El muchacho alardeaba sin descanso de sus ambiciosas metas. Soñaba con ser un brillante físico nuclear para impulsar el poderío militar nacional. Pero esa fantasía chocó de frente con su absoluta falta de talento intelectual. Terminó matriculándose en la inmensa Universidad de Bagdad, el centro educativo más importante del país.

 Allí consiguió un diploma. Lo obtuvo mediante pura intimidación política y presiones directas. Esa peligrosa arrogancia creció vertiginosamente mientras caminaba por los pasillos universitarios. Se sentía dueño del mundo. Con apenas 21 años recibió el definitivo encargo que marcó su sangriento legado. El régimen le entregó la presidencia del Comité Olímpico Iraquí y la Asociación de Fútbol.

 Así inauguró su represión oficial. Al entrenador lo arrastraron por la grava gruesa del patio interior frente a sus propios subordinados. Las piedras afiladas le desgarraron la piel de la espalda por un simple error táctico durante el partido. A los 21 años, Udai convirtió su nuevo cargo burocrático en el primer centro de castigo físico bajo su mando directo.

 El deporte nacional pasó a ser su feudo personal. La mecánica de su misión comenzaba con el club deportivo Al Rashid. Los mejores atletas de Irak recibían una invitación que no podían rechazar. quienes intentaban negarse o transferirse a otros equipos desaparecían. Quienes perdían competiciones internacionales enfrentaban consecuencias inmediatas en los sótanos de la sede del Comité Olímpico.

 En los pasillos subterráneos de este inmenso edificio gubernamental, el eco de los latigazos resonaba con una frecuencia metódica. Udai no dejaba los castigos al azar, sino que diseñaba métodos específicos para destruir las herramientas de trabajo de sus jugadores. Los futbolistas que fallaban penaltis. Debían patear balones de hormigón armado hasta romperse los dedos.

 A los corredores les azotaban las plantas de los pies con cables de acero hasta dejarlos en carne viva. La sangre manchaba el suelo de cemento de las celdas de aislamiento. El Comité Olímpico de Irak se convirtió en el único ministerio deportivo del mundo con cámaras de tortura oficiales integradas en su estructura organizativa. El terror no dependía de la lealtad política, sino de los cambios de humor del hijo del dictador.

 Un atleta podía recibir un coche de lujo por la mañana. Por la noche, ese mismo hombre podía terminar encadenado a una pared por no sonreír en una fotografía. Nadie sabía qué gesto, palabra o mirada desataría la violencia. Los deportistas salían al campo paralizados. Un error significaba el sótano. Esperaban en silencio. Las cámaras de tortura en la sede deportiva eran solo el escaparate oficial de su sadismo.

 ¿Cómo salvaba la élite iraquí a sus hijas de Udei? falsificando documentos y enviándolas a aldeas remotas. Una noche, sus hombres armados irrumpieron en una boda de la alta sociedad. Los guardaespaldas apartaron a la multitud a empujones. Arrancaron a la novia en pleno vestido nupsial frente a los invitados. Ude la secuestró bajo las luces de su propia fiesta. Nadie intentó detenerlos.

 La población de Bagdadaba los 4 millones de habitantes, pero ningún estatus garantizaba la seguridad de una mujer. Cuando el convoy de Udei salía a la ciudad, las calles se vaciaban por completo. Los peatones bajaban la mirada. Su fama de seductor solo encubría a un depredador violento. El secuestro demostró que los amigos del régimen también eran presa fácil.

 El pánico corrió rápido. Los padres dejaron de enviar a sus hijas a las escuelas. Celebraban matrimonios en secreto para despistar a los informantes. La única respuesta fue una falsificación masiva de registros civiles por parte de los padres. Esa impunidad total frente a las familias iraquíes empujó a Udei a cruzar la última línea roja golpeando al círculo íntimo de su padre.

 Camel Hannegeo ocupaba un puesto clave. era el guardaespaldas personal y el catador oficial de comida de Saddam Hussein. En 1988, durante una elegante recepción gubernamental, Udei lo asesinó frente a toda la élite del régimen. El ataque estalló como un arranque de rabia incontrolable en medio de los invitados. El sonido sordo de una porra de madera aplastando un cráneo apagó las conversaciones festivas.

 Ude lo molió a palos hasta matarlo sin que nadie interviniera, demostrando que su violencia ya no respetaba ni al propio dictador. Saddam tomó este asesinato como una traición personal y un riesgo grave para su gobierno. El presidente lo encerró brevemente y luego lo desterró a Suiza. Esa nación europea destaca mundialmente por su estricto control policial, pero incluso bajo esa vigilancia constante, el heredero iraquí provocó varios altercados físicos con las autoridades locales.

 El castigo europeo duró muy pocos meses. Su madre utilizó toda su influencia privada sobre Saddam para conseguir un perdón rápido. Gracias a esa presión familiar directa, Udai subió a un avión y regresó a Irak. El exilio europeo no reparó la mente de Udei. 1995, al pisar suelo iraquí, transformó sus venganzas personales en una estructura paramilitar autorizada.

 fundó los Fedallines de Saddam, una milicia privada bajo su único mando. En su apogeo, las filas de este escuadrón superaron los 30,000 fanáticos fuertemente armados. No rendían cuentas al ejército, solo al hijo mayor del líder. El diseño visual de la fuerza buscaba el miedo inmediato. Vestían uniformes negros inspirados directamente en Darth Vader.

 Cascos oscuros y rostros tapados. marchaban por los barrios como tropas de choque. Su objetivo principal era quebrar a la población. Las ejecuciones en las plazas se convirtieron en un espectáculo habitual. Los ciudadanos eran obligados a mirar a los condenados. El dolor dejó de ser un arrebato en una fiesta para volverse un método ordenado.

 En los cuarteles cerrados, la tortura era una rutina diaria. Los guardias ataban a los prisioneros a sillas de metal. Encendían el equipo pesado. Los militantes empleaban taladros de construcción para perforar los cráneos de los detenidos mientras aún respiraban. Esta cacería pronto desbordó el territorio nacional. Los comandos de Udei recibieron nuevas órdenes para localizar a los traidores fugados.

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