El silencio en aquella fría habitación hospitalaria en la inmensa ciudad de Nueva York era tan pesado que casi se podía tocar. Atrás, muy atrás, habían quedado los aplausos ensordecedores de las multitudes, el vibrante eco de las tamboras y el brillo de las luces en los escenarios de toda América Latina. En esa cama, rodeado por el monótono zumbido de las máquinas médicas de cuidados intensivos, yacía Alejandro Wigberto Bueno López, el hombre que durante más de cuatro gloriosas décadas le puso voz y alma al sentimiento puro
de todo un país. su cuerpo. Aquel frágil vehículo terrenal que le permitió entregar su talento a millones de personas estaba física y mortalmente agotado. La feroz batalla contra el cruel cáncer cerebral había sido sumamente ardua, valiente y llevada con una dignidad asombrosa. Pero en esos últimos momentos ya no había rastro de dolor físico en su rostro marcado por los años.
Lo que israbiaba ahora era una paz absoluta y serena que trascendía por completo cualquier comprensión humana. Alex sabía, con la certeza de quien ha vivido 1 vidas en una sola, que el viaje físico llegaba a su inevitable fin. Su espíritu, fortalecido por las tormentas que había enfrentado y superado, se preparaba pacíficamente para el vuelo final hacia los brazos de la eternidad.
Quienes conocieron de cerca a nuestro amado Mayinbito, los que vieron más allá del brillo del artista, saben que su historia no fue únicamente un desfile ininterrumpido de triunfos musicales. Él conoció de primera mano las sombras más profundas del alma. Caminó a ciegas por los peligrosos valles del exceso y sintió en carne propia el peso solitario de la caída.
Sin embargo, para admiración de todos, fue precisamente en esa oscuridad donde encontró su luz verdadera. Hace años, en un acto de suprema valentía y humildad, Alex tomó la decisión inquebrantable de entregarle su corazón roto y su voluntad a Dios. Logró, con ayuda divina, romper definitivamente las pesadas cadenas de sus adicciones terrenales, convirtiéndose en un testimonio viviente de redención.
Por eso, en esa gris madrugada de junio, frente al inminente umbral de la muerte, no había miedo en su mirada. Él ya conocía íntimamente al buen pastor, a ese mismo que él le cantó con tanta devoción. Y fue exactamente en esa quietud sagrada, sostenido por el amor infinito de su fiel esposa Sara y por la fe cristiana que lo mantenía a flote, que Alex reunió con esfuerzo sobrenatural sus últimas fuerzas para elevar una plegaria silenciosa.
Fue una oración que, aunque no quedó plasmada en discos, resonará para siempre en la majestuosidad de los cielos. Cerramos los ojos por un instante y guiados por el respeto, podemos imaginar la sobrecogedora profundidad de ese momento íntimo. Con el alma intacta y reluciente, imaginamos su corazón hablando de manera directa, sin intermediarios con el creador supremo, desnudando su ser por última vez.
Señor, habrá susurrado en lo más inalcanzable de su espíritu libre. Aquí está tu humilde hijo. Aquí tienes de regreso al muchacho campesino de San José de las Matas, aquel niño de las montañas que un día soñó con cantar y al que tú le regalaste una voz prodigiosa para tocar las fibras de la gente. Hoy vengo a presentarme ante tu trono divino, no como la estrella ni el ídolo que el mundo aplaudía de qui, sino como el hombre frágil, imperfecto y eternamente agradecido, que tú rescataste piadosamente del abismo.
Te doy infinitas gracias, Padre Celestial, por cada nota afinada que me permitiste alcanzar, por cada lágrima sentida que pude acompañar con mi modesta garganta. Todo talento que alguna vez hubo en mi ser, toda nota que hizo vibrar un corazón, siempre fue exclusivamente tuya.
Yo fui tan solo un instrumento de tu infinita gracia en la tierra para llevar consuelo a mis hermanos. La sentida oración de despedida, tejida con la misma sensibilidad con la que interpretaba sus boleros, continuaría pidiendo fervientemente por los suyos. Dios de infinita compasión, te imploro que envuelvas con tu cálido manto a mi amada esposa, a mis queridos hijos y a toda mi familia.
Por favor, Señor, no permitas que la tristeza marchite sus días venideros. Dales la sabiduría y la fortaleza espiritual necesaria para entender que no los abandono en la soledad, sino que simplemente me estoy adelantando en el hermoso camino de regreso hacia tu casa celestial. Ayúdales a recordar siempre los invaluables años de luz resplandeciente, de sobriedad absoluta y de amor profundo que me permitiste vivir plenamente junto a ellos después de la tormenta de mi juventud.
Que mi inevitable partida física no sea jamás un motivo de onda desesperanza, sino un claro recordatorio para el mundo entero de que tu amor infinito siempre perdona, siempre restaura y siempre salva a quien te busca hasta en el último aliento de vida. Y entonces, en ese diálogo absolutamente final, el noble pensamiento de Alex Bueno inevitablemente volaría cruzando el mar hacia su amada tierra caribeña, hacia esa isla bañada por el sol, que lo amó incondicionalmente.
Padre amado, bendice inmensamente a mi amada República Dominicana, bendice a mi pueblo, a esa gente buena que me perdonó públicamente mis errores, que me levantó con sus oraciones cuando caí más bajo, que hizo suyas cada una de mis canciones y que nunca me soltó la mano. Ellos, mis seguidores, son mi otra gran familia.
Dale, Señor, el consuelo y la inmensa paz de saber a ciencia cierta que me fui de este mundo en total tranquilidad, con el corazón rebosante de gratitud. que cuando escuchen un merengue encendido o una bachata cortavenas con mi voz, no lloren recordando este día gris, sino que sonrían al cielo, porque a través de esa misma música yo les prometo que seguiré eternamente vivo.

El implacable reloj marcaba pesadamente los agónicos minutos finales en aquella fría mañana del 18 de junio. Pero en el noble espíritu del irrepetible Ruisseñor de la Sierra solo existía una brillante melodía de total entrega. Padre celestial, creador del universo, habría concluido su alma envuelta en un suspiro.
Mi cuerpo herido ya no tiene fuerzas para sostenerse. Esta dura enfermedad ha consumido mi frágil carne, pero no ha podido tocar mi fe en ti. Hoy te entrego de vuelta mi voz terrenal con la firme esperanza de unirme al coro celestial de tus ángeles. Te ruego que perdones todas mis faltas, que limpies cualquier mancha en mi corazón y que me recibas con los brazos abiertos en tu sagrado reino de luz eterna.
Ya no siendo miedo, amado Señor, en tus preciosas y santas manos encomiendo finalmente mi espíritu cansado. Hágase tu divina voluntad. Amén. Tras esas silenciosas palabras, inaudibles para los mortales, pero claras para el universo entero, la respiración del gigante de la música tropical se fue haciendo cada vez más pausada. El hombre valiente que había transitado por el dolor, la fama, la adicción y la gloria artística, finalmente encontraba el descanso perfecto.
La máquina médica registró un solo y último latido, confirmando a las 9 de la mañana con 43 minutos que Alejandro Wigberto Bueno López había cerrado sus ojos al mundo terrenal. Pero justo en ese indescriptible instante, mientras las lágrimas brotaban incontrolables dentro de aquella habitación, los cielos se abrían majestuosamente de par en par.