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La Historia De Domingo Soler, Perdió a Quien Mas Quería

Un accidente automovilístico destruyó al actor más querido del cine mexicano. Domingo Soler tenía 60 años cuando murió, pero su corazón se rompió 8 años antes. La muerte de su hija Neli, a los 11 años transformó al hombre alegre que hacía reír a todo México en una sombra de sí mismo. Hoy te cuento como la tragedia que nadie vio venir acabó con la estrella que interpretó a más de 20 curas, pero no pudo salvarse a sí mismo.

Pero antes de que todo se derrumbara, Domingo Soler era el hombre más feliz de la industria. Imaginen a un hombre de casi 50 años que llegaba a los sets de filmación Silvando, que hacía reír a sus compañeros con chistes y frases ingeniosas, que cobraba 20,000 pesos por película cuando el salario promedio en México era de 300 pesos al mes.

 Ese era Domingo Soler en 1952. Su esposa, la actriz Margarita Cortés, lo esperaba en casa. Su hija Nelly, de 11 años era la razón por la que trabajaba incansablemente. Tenía todo: fama, dinero, una familia que lo adoraba y el respeto de toda la industria cinematográfica. Entonces ocurrió lo impensable.  Un accidente automovilístico le arrebató a Nelly.

 11 años, una niña con toda la vida por delante. La noticia sacudió al medio artístico mexicano,  pero lo que nadie imaginaba era como ese golpe transformaría al actor más bonachón del cine nacional. Domingo envejeció de la noche a la mañana.  Su rostro alegre se volvió sombrío. Las canas aparecieron en semanas.

 Sus compañeros lo notaron de inmediato. Algo fundamental se había roto en su interior. Pero déjenme llevarlos atrás en el tiempo, porque para entender su caída necesitan conocer su gloria.  Domingo Díaz Pavía llegó al mundo el 17 de abril de 1901 en Chilpancingo, Guerrero. Sus padres, Domingo Díaz e Irene Pavía, eran actores de teatro que adoptaron el apellido Soler para sus carreras artísticas.

 Así nació una de las dinastías más importantes del cine mexicano. La vida en una compañía teatral itinerante no era fácil. La familia Soler viajaba de ciudad en ciudad  montando obras en carpas y teatros improvisados. Los niños crecieron entre bambalinas, aprendiendo  el oficio desde que daban sus primeros pasos.

 A los 8 años, el pequeño Domingo ya estaba sobre las tablas. Su carácter bonachón y su talento natural lo hacían parecer mayor de lo que era. El público lo adoraba. Había algo en ese niño que irradiaba calidez y autenticidad. A esa edad hizo su primera gira teatral a Los Ángeles junto a sus hermanos Fernando, Andrés y Julián.

 Los hermanos Soler no solo compartían sangre y apellido, compartían una química especial en escena que el público adoraba. Crecer juntos en el teatro los había convertido en un equipo perfectamente sincronizado. Cada hermano Soler tenía su papel definido, casi como si el destino mismo hubiera diseñado sus personalidades para complementarse.

Fernando era el galán mundano con ese aire de conquistador otoñal, cuya debilidad por las mujeres siempre lo metía en problemas. Andrés hacía de tío Pícaro, ese personaje que todos tenemos en la familia y que siempre tiene un chiste bajo la manga. Julián interpretaba personajes distinguidos como doctores y abogados con esa presencia seria y respetable.

 Y a domingo le quedaban perfectos los papeles patriarcales. Había algo en su mirada, en su voz, en su forma de moverse que inspiraba confianza y respeto. Desde joven parecía llevar la sabiduría de un hombre mayor. Trabajaron juntos en decenas de películas, a veces los cuatro en el mismo film, creando escenas memorables que los espectadores comentaban durante semanas.

 La química entre ellos era real, auténtica. No estaban actuando, eran hermanos dentro y fuera de la pantalla. Pero de todos ellos, Domingo era quizás el más querido por el público, no por ser el más talentoso o el más guapo, sino por esa calidez inexplicable que emanaba de su presencia. Y fue precisamente esa calidez la que cambió su vida para siempre.

DOMINGO SOLER, La Barraca (1945), f17018 | eBay

 En 1933, el productor Arcadi Weitler buscaba desesperadamente un actor con características especiales para su nueva película. Necesitaba a alguien con presencia, con ese aire misterioso pero confiable, alguien que pudiera ser amenazante y protector al mismo tiempo. Encontró a Domingo Soler. La película se llamaba La mujer del puerto.

 Domingo interpretó a un enigmático marino junto a Andrea Palma. El film se convirtió en un clásico instantáneo del cine mexicano y domingo pasó de ser otro actor de teatro a una estrella indispensable. La década de los años 30 fue para los hermanos Soler de enorme creatividad y éxitos.

 Comenzaba el cine sonoro y su amplia formación teatral les permitió contar con los papeles más ventajosos en la resplandeciente industria fílmica. Los contratos se multiplicaban. Los productores competían por tenerlo en sus repartos. Su carácter alegre y su profesionalismo lo hacían el actor favorito de directores y compañeros. No era galán, pero eso resultó ser su mayor ventaja.

 Como actor de carácter podía hacer de todo.  Comedia, melodrama, drama social. Pasaba de un género a otro con una facilidad magistral. Vistió la sotana en más de 20 películas para interpretar curas bonachones. Los representaba como nadie, con esa mezcla perfecta de autoridad espiritual y ternura humana. Pero había una película que definiría su carrera y su vida.

 En 1944 llegó La Barraca, dirigida por Roberto Gabaldón. Domingo protagonizó junto a Anita Blanch y Amparo Morillo. Su actuación fue tan poderosa, tan viseral, que le valió el premio Ariel como mejor actor del año. Era la consagración definitiva. A sus años, Domingo Soler estaba en la cúspide. Cobraba hasta 20,000 pesos por película cuando otros actores ganaban dos o 3000.

 Participó en cerca de 200 obras de teatro dentro y fuera de México. Filmó con los mejores directores de la época de oro, Emilio Fernández, Alejandro Galindo, Ismael Rodríguez  y lo mejor de todo, conoció a Margarita Cortés, actriz como él, mujer de su vida. Se casaron y formaron un matrimonio sólido en medio del caos de la farándula.

 Cuando nació Nelli, Domingo sintió que su vida estaba completa, pero el destino tenía otros planes. Nadie sabe exactamente cómo ocurrió el accidente que le arrebató la vida a Nelly. Los detalles se perdieron entre el dolor y la discreción de la familia Soler. En esa época,  las tragedias personales de las estrellas se manejaban con más respeto y menos sensacionalismo que ahora.

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