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La Historia de Andrés Soler, Por Que Nunca Se Caso

Nunca se casó, nunca tuvo hijos propios, nunca fue protagonista en la mayoría de sus películas y sin embargo, Andrés Soler se convirtió en uno de los rostros más recordados del cine mexicano. ¿Cómo es posible que un actor secundario, el que siempre estaba un paso atrás, robara cada escena donde aparecía? Su tumba hoy parece olvidada en el panteón, pero su voz, su mirada, su presencia siguen vivas en más de 190 películas.

Hoy descubrirás la historia del hombre que entendió antes que todos que el verdadero poder estaba en ser inolvidable sin necesidad de protagonizar. Antes de ser don Andrés Soler, el eterno padrino regañón del cine de oro, fue simplemente Andrés Díaz Pavía. Nació el 18 de noviembre de 1898 en Saltillo, Coahuila, en tiempos donde Porfirio Díaz aún gobernaba México y la revolución ni se asomaba al horizonte.

Pero su fecha de nacimiento no fue lo que marcaría su destino, fue su familia. Su padre, Domingo Díaz García, era un actor gallego que llegó de España con la maleta llena de teatro. Su madre, Irene Pavía Soler, también se dedicaba al escenario. No había escapatoria. Ese niño había nacido destinado a las luces.

La familia era un verdadero escuadrón teatral. 10 hijos en total, aunque dos murieron jóvenes. Los ocho restantes crecieron entre telones, vestuarios y camerinos ambulantes que viajaban por toda Latinoamérica. De ese clan, cinco se lanzaron de lleno al espectáculo. Fernando, Julián, Domingo, Mercedes y, por supuesto, Andrés.

Su padre tomó una decisión estratégica que cambiaría sus destinos. decidió presentar a sus hijos como los hermanos Soler, usando el segundo apellido de la madre en lugar del primero. La razón era simple, pero efectiva. Sonaba más extranjero y en aquella época un apellido europeo abría más puertas que un español. Los cuatro hermanos varones comenzaron como un cuarteto infantil, actuando primero en las obras de sus padres y luego en sus propias giras por toda Latinoamérica.

Eran jóvenes talentosos que sabían cómo llenar teatros. México los abrazó, el público los quería, pero cuando estalló la revolución mexicana, la familia tuvo que huir a Estados Unidos. Ningún teatro podía resistir los tiros de una guerra civil. Se refugiaron allá hasta que el conflicto bajó de tono y pudieron regresar a un México que empezaba a modernizarse, trayendo consigo un cine que apenas estaba arrancando.

Al principio, la familia Soler veía al teatro como su verdadera trinchera artística. Les parecía más noble, más elegante que el cine, pero cuando descubrieron que la pantalla grande dejaba mejor paga en menos tiempo, cambiaron de carril sin mucho remordimiento. Sus hermanos Fernando y Julián se lanzaron de lleno, participaban en películas, acumulaban créditos, construían carreras.

Andrés, en cambio, se tomó su tiempo. Era el más reservado del clan, el más reflexivo. Mientras sus hermanos ya andaban filmando a todo vapor, Andrés parecía ir en cámara lenta. No es que le faltara talento, al contrario, lo que pasaba es que él parecía saber algo que otros actores tardaban años en aprender, que lo importante no era llegar primero, sino quedarse para siempre.

Su debut en el cine fue en 1935 con la película Celos, dirigida por Orquer Butler. Tenía 37 años. Para muchos actores esa edad ya representa la mitad de su carrera. Para Andrés era apenas la puerta de entrada. Un año después llegó su primer papel protagónico con Suprema Ley en 1936. Pero fue entonces cuando Andrés descubrió algo fundamental que lo definiría para siempre.

Lo suyo no eran las estelaridades. En vez de querer brillar por encima de todos, encontró su lugar exacto en los papeles de reparto. El mismo decía que un buen actor secundario podía sostener una escena entera y hasta robarle protagonismo al galán sin necesidad de figurar primero en los créditos. Y tenía razón. Cuando el cine mexicano empezó a despegar con fuerza, gracias en parte a que la Segunda Guerra Mundial frenó a Hollywood y Europa, la industria nacional experimentó un boom impresionante.

Ahí estaba Andrés, listo para tomar su lugar. Desde finales de los años 30 y a lo largo de los años 40, su rostro se volvió uno de los más recurrentes en las pantallas mexicanas. Si había una película importante, casi siempre salía un soler y casi siempre era Andrés. Dicen que llegó a filmar hasta 15 películas al año.

Una locura que solo alguien con esa entrega, memoria y Tempel podía manejar. Tenía una manera muy particular de interpretar. No necesitaba exagerar ni alzar la voz para captar la atención. Con una mirada, una ceja levantada, un suspiro bien puesto, ya tenía al público de su lado. No era el más guapo ni el más alto, pero su presencia era inconfundible.

Lo más notable era su versatilidad. Un día podía ser el tío bravo que ponía orden en la casa. Al siguiente, un cura bonachón y después un villano que te hacía rechinar los dientes. Su cara podía pasar de la ternura a la amenaza en segundos. En una época donde muchos actores hacían siempre el mismo papel, Andrés era oro puro.

Trabajó con todos los grandes, Jorge Negrete, Pedro Infante, Cantinflas, María Félix, Pedro Armendaris, Marga López, Tintán. La lista parecía no tener fin. Muchos directores lo pedían específicamente porque sabían que Andrés era garantía. llega puntual. Se aprende el libreto al dedillo y encima le da a su personaje una vida propia que a veces ni el guionista había imaginado.

Aunque su nombre no estuviera en letras grandes en los carteles, la gente salía del cine hablando de ese señor que hizo de papá gruñón, o del padre que defendió a los enamorados o de ese villano que daba miedo con solo fruncir el ceño. Su versatilidad era descomunal. Pocos actores podían moverse del drama a la comedia con tanta naturalidad.

Lo mismo hacía llorar que soltar una carcajada en el momento exacto. Tenía un ritmo perfecto. Sabía cuándo intervenir y cuándo dejar hablar a los demás. Esa habilidad tan rara y tan poco valorada fue lo que lo convirtió en una leyenda viva del reparto. Sus papeles más recordados son casi todos secundarios. En el bruto 1953, dirigida por Luis Buñuel, interpretó a Andrés Cabrera.

Su presencia se sentía intensa, firme, casi imponente, incluso compartiendo escena con Pedro Armendaris. Le valió una nominación al Ariel en la Oveja Negra 1949. hizo de tío Laureano, otro personaje que se metió al corazón del público. Otra nominación en No desearás la mujer de tu hijo 1950. Volvió a ser ese tío incómodo que más que aconsejar sentenciaba con la mirada.

en Los Fernández de Peralvillo 1954 interpretó a don Pancho un rol donde parecía que Andrés no actuaba, sino que simplemente era natural y directo, sin adornos ni exageraciones. Ese estilo tan suyo de pararse frente a la cámara como si estuviera en la sala de tu casa dándote una regañada. En la comedia también se movía como pez en el agua.

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