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La Caída de Alias Fito: El Narco que Tomó una TV en Vivo y Gobernó Ecuador desde la Cárcel

La mañana del 7 de enero de 2024, el Complejo Penitenciario de Guayas, en el corazón de un Ecuador que ya crujía bajo el peso del narcotráfico, guardaba un silencio inusual, casi espeso. No era la calma de la paz, sino el vacío que deja algo grande cuando desaparece sin hacer ruido.

 Cuando un contingente militar y policial de élite cruzó los perímetros de seguridad para realizar lo que debía ser un traslado rutinario de máxima seguridad, se toparon con una celda que, según los informes de inteligencia, no debería haber estado vacía, pero lo estaba. El hombre que sostenía los hilos de la organización criminal más poderosa del país, José Adolfo Masías Villamar, conocido por todos como alias Fito, ya no estaba allí.

 No hubo túneles excavados con cucharas ni muros derribados con explosivos. Hubo sencillamente una ausencia, una ausencia que en las siguientes 48 horas se transformaría en un estallido de violencia coordinada que pondría a una nación entera de rodillas y que terminaría con una imagen grabada a fuego en la retina del mundo.

 Un grupo de hombres encapuchados tomando por asalto un canal de televisión en plena transmisión en vivo. Para entender cómo Ecuador pasó de ser un país de tránsito a un campo de batalla de nivel de conflicto armado interno, es necesario desgranar la figura de este hombre fito, cuya trayectoria no es la de un simple delincuente de barrio, sino la de un estratega que supo leer las debilidades de un sistema penitenciario colapsado para convertirlo en su búnker personal.

José Adolfo Masías. Villamar no nació siendo el león de los choneros. Nacido en Manta el 30 de septiembre de 1979. Sus inicios en el mundo del Hampa fueron, de acuerdo con los registros policiales de la época, bastante rudimentarios. En el año 2000, un fito de apenas 20 años S fue detenido por primera vez por el robo de vehículos.

 era, a ojos de la justicia, un mecánico habilidoso que utilizaba sus manos para desarmar coches y venderlos por piezas en los mercados negros de la provincia de Manabí. Sin embargo, bajo esa apariencia de delincuencia común, se gestaba una mente capaz de tejer redes de lealtad que durarían décadas. Fue precisamente en esos años entre partidos de Ecuabolei, en el barrio La Paz de Manta, donde Fito conoció a Jorge Luis Zambrano, alias Rasquiña, el hombre que cambiaría su destino y el de todo el país. Rasquiña era el líder indiscutible

de los Choneros, una banda que en aquel entonces se dedicaba principalmente al asalto en carreteras y al robo de bancos. Fito no entró en la organización como un gatillero más. Entró como alguien que entendía la logística. Junto a sus hermanos Ronald Javier y William Leodán, alias Lan, Fito comenzó a escalar posiciones dentro de una estructura que pronto comprendería que el verdadero poder no estaba solo en las armas, sino en el control de las rutas de la droga que empezaban a brotar en la costa ecuatoriana.

Según la fiscalía, para el año 2006, los hermanos Masías Villamar ya eran hombres que generaban respeto y temor en el submundo de Manabí, especialmente durante la sangrienta guerra contra el grupo rival conocido como los Queseros. Pero el ascenso definitivo de Fito no se dio en las calles, sino tras las rejas.

En el año 2011 fue condenado a 34 años de prisión por una retaila de cargos que incluían asesinato, chat, narcotráfico y delincuencia organizada. Para cualquier otro, una sentencia de tal magnitud habría significado el fin de su carrera. Para Adolfo Masías fue el inicio de su reinado. Tras ser trasladado a la roca, la prisión de máxima seguridad de Guayaquil, que supuestamente era inexpugnable.

 Fito protagonizó en 2013 uno de los episodios más humillantes para el sistema carcelario de la época. Una fuga masiva junto a otros 17 cabecillas utilizando botes por el río Daule. Fue capturado tres meses después en su bastión de manta, pero ese breve periodo de libertad no hizo sino mitificar su figura. Al regresar a prisión, ya no regresó como un preso común, regresó como el hombre que podía burlar al estado cuando quisiera.

A partir de 2020, tras el asesinato de su mentor Rasquiña en un centro comercial de Manta, poco después de haber recuperado su libertad, Fito asumió el mando absoluto de los choneros. Las autoridades sostienen que bajo su liderazgo, la banda dejó de ser una agrupación local para convertirse en el brazo operativo principal en Ecuador de carteles transnacionales, específicamente del cartel de Sinaloa.

Fito transformó la cárcel regional de Guayaquil en su centro de mando. No era una metáfora. Los informes de requisas posteriores revelaron que su celda era en realidad un pequeño apartamento de lujo decorado con mármol. Equipado con sistemas de aire acondicionado, televisión por cable, internet de alta velocidad y un gimnasio personal.

 Mientras el resto de la población carcelaria se asinaba en condiciones infrahumanas, Fito organizaba fiestas con mariachis y juegos de azar, e incluso grababa videos musicales desde el interior del penal. Es en este punto donde la psicología de Fito se vuelve fundamental para entender la crisis de 2024. No buscaba solo el control criminal, buscaba la validación social.

 En 2023, en un acto de desafío sin precedentes, se publicó el video El corrido del león, un arco corrido interpretado por el dúo Mariachi Bravo, junto a la propia hija de Fito, conocida como Michelle. En el video, Masías aparece sentado en el patio de la prisión acariciando un gallo de pelea, presentándose como un hombre de familia, un caballero que cuida de los suyos y que ha sido víctima de traiciones.

Hablando en plata, Fito estaba haciendo marca personal. Nice estaba utilizando las redes sociales para llegar a los niveles de conciencia más bajos de la población joven, ofreciéndoles un modelo de éxito basado en la lealtad a la banda por encima de la lealtad a la ley. El sistema penitenciario no era una jaula para él, era su oficina de relaciones públicas.

De acuerdo con investigaciones judiciales, el control que ejercía Fito sobre el centro de rehabilitación social era tan absoluto que los propios guías penitenciarios se habían convertido en sus mensajeros o en muchos casos en sus sirvientes. Las bandas no solo metían drogas y armas, metían drones para vigilar el perímetro y hasta piscinas en los pabellones.

Fito había instaurado un sistema de extorsión interna donde cada preso debía pagar una cuota semanal por su seguridad. Generando Sane según estimaciones de la Dirección de Investigación Antinarcóticos, hasta $70,000 semanales solo en un pabellón. Era un estado dentro del estado, un ecosistema donde la figura del león era la única fuente de orden en medio de un caos que él mismo administraba con precisión quirúrgica.

Sin embargo, a finales de 2023, el tablero político cambió. La llegada al poder de Daniel Noboa con una promesa de mano dura y el anuncio de la construcción de nuevas cárceles de máxima seguridad estilo salvadoreño pusieron a Fito en una encrucijada estratégica. Las autoridades creen que Fito recibió un pitazo, un soplo desde las altas esferas del sistema penitenciario, advirtiéndole de su inminente traslado a la roca, donde su red de privilegios sería desmantelada.

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