Un contador, una doble vida, un imperio construido con números y traición. 14 sicarios cruzaron los manglares en lancha para borrar al hombre que nadie veía venir. Esta es la historia de George Samir, maestre Mena, el contador que financió la muerte. El 12 de octubre de 2023, poco después de las 3 de la madrugada, la urbanización privada Seivos Norte, en la vía a la costa de Guayaquil dormía con la tranquilidad artificial que compra el dinero.
Jardines cuidados, seguridad privada, camionetas blindadas en los garajes, un vecindario donde los muros son altos por diseño y las preguntas son bajas por conveniencia. Un lugar donde nadie hace preguntas porque nadie quiere respuestas. Esa noche, sin embargo, algo cruzó los manglares. 14 hombres se desplazaron en silencio por el río Guayas.
Chuvenchas que no encendieron luces. Se apostaron en la vegetación oscura y densa que rodea la parte trasera de una mansión valorada en medio millón de dólares. La casa tenía seguridad, tenía cámaras, tenía muros, pero no tenía defensa contra alguien que llega por el agua en la noche sin apuro. Cortaron la cerca. Entraron sin ruido, subieron la escalera, encontraron a un hombre solo dormido en su habitación, lo amarraron, lo interrogaron con una meticulosidad que hablaba de preparación y deña.
Luego lo ejecutaron con 20 disparos. El cuerpo de George Samir, maestre Mena tenía 36 años. Tenía marcas de tortura en las manos y en el cuerpo. Tenía 20 impactos de bala en el torso y en la cabeza. Tenía también el silencio de quien muere solo en una casa que costó lo que cuesta una vida entera en el barrio donde creció.
Si la pregunta que se instala de inmediato no es cómo murió, es quién era realmente este hombre. Porque para el Guayaquil oficial, para los vecinos de Seivos Norte, para los registros mercantiles y los balances fiscales, Samir era un empresario, contador público autorizado, fundador de varias compañías registradas legalmente, un tipo que había salido del barrio pobre de la floresta y había construido algo, un profesional que exportaba servicios, que importaba mercadería, que pagaba sus impuestos y firmaba sus declaraciones.
Pero para la inteligencia policial ecuatoriana, Samir era otra cosa completamente distinta. El cerebro financiero y operativo de uno de los grupos criminales más violentos del país, la banda mafia 18 tiburones. El hombre que enviaba 20 toneladas de cocaína por mes a través de los puertos corruptos de Guayaquil hacia Europa y Estados Unidos.
alguien cuya fortuna estimada superaba los 80 millones de dólares construidos sobre el polvo blanco que llega desde Colombia y sale por los contenedores del Ecuador portuario. Esa contradicción, el profesional de cuello blanco que administraba el dinero de la muerte, es la columna vertebral de esta historia.
Porque Samir no fue un criminal que fingió ser empresario. Fue un empresario que decidió volverse criminal con plena conciencia, que usó cada herramienta de su educación formal, cada técnica aprendida en los libros de contabilidad, cada mecanismo de la economía legal para construir un imperio narco que funcionaba con la precisión de una firma contable de alto nivel.
El truco era ese. No parecía un criminal, no actuaba como uno. No vivía como los capos de película que despilfarran con ostentación y se rodean de guardaespaldas visibles. Vivía como alguien que había llegado, como alguien que se lo había ganado con trabajo y durante más de una década eso le funcionó. La pregunta entonces no es solo cómo murió, es como alguien que empezó con libros de contabilidad terminó con 20 impactos de bala en el pecho dentro de la mansión que el narcotráfico le había dado y que el narcotráfico finalmente
convirtió en su trampa. La respuesta está en las calles del sur de Guayaquil, en los puertos que nunca cierran, en las alianzas que se forman y se rompen con la misma velocidad y en la lógica implacable del narcotráfico, donde la traición no tiene precio fijo, pero siempre, sin excepción, se cobra. Para entender a Samir, hay que entender la floresta.
No es un barrio que aparezca en las guías turísticas de Guayaquil. Está en el sur de la ciudad, lejos de los hoteles y los malecones restaurados, lejos de las urbanizaciones cerradas, donde más tarde viviría el propio Samir. La floresta es uno de esos sectores donde la ciudad muestra sus costuras, viviendas apiñadas, calles sin nombre en los mapas y la presencia constante de pandillas que no piden permiso para existir.
Un barrio que está cerca de los puertos de Guayaquil y de Posorja, dos de las zonas con mayor actividad de decomiso de cocaína del país. No por casualidad, la geografía del crimen organizado no es azarosa. Los barrios que rodean los puertos son barrios donde el narcotráfico encuentra mano de obra, complicidades y rutas naturales.
Che George Samir, maestre. Mena nació el 24 de marzo de 1987 en Guayaquil. Creció en ese barrio. Vio lo que se veía allí desde la infancia. La violencia como economía informal, el crimen organizado como estructura de ascenso, el dinero rápido como única alternativa visible al estancamiento. Vecinos que un mes tenían motocicletas nuevas y al siguiente desaparecían.
Amigos que empezaban con pequeñas comisiones de transporte y terminaban en morgue sin nombre. La floresta enseñaba esa lección todos los días a quien quisiera aprenderla o a quien no tuviera más remedio que verla. Pero Samir tenía padres que apostaban por otra salida y esa apuesta se materializó en algo concreto.
A los 19 años, Samir ingresó a la Universidad de Guayaquil. Estudió contabilidad con la seriedad de quien sabe que es su ticket de salida. Si se graduó como contador público autorizado. CPA era el tipo de logro que una familia de la floresta enmarca y cuelga en la pared del comedor. Una salida real, tangible, construida con años de esfuerzo en un sistema que pocas veces abre puertas hacia adentro.
Sus padres habían logrado lo que se propusieron, entregarle a su hijo una herramienta legítima para construir una vida diferente. Por un tiempo pareció funcionar, pero el barrio tiene gravedad propia. Y Samir a los 23 años se dio. Con todo el peso de esa decisión sobre sus hombros, tomó el camino que sus padres habían intentado cerrarle.
En 2010 se involucró con una banda criminal dedicada al tráfico de heroína hacia Estados Unidos. No como operador, no como logístico, no como el cerebro que más tarde sería, como Mula. El contador que había aprendido a balancear libros cruzó el océano con heroína escondida en el doble fondo de una maleta. Un movimiento primitivo para alguien que con los años se volvería sofisticado.
Pero era el primer paso y todos los primeros pasos en el crimen organizado parecen pequeños hasta que se miran desde el final. El aeropuerto internacional de Miami fue el primer escenario de su caída. Los agentes antinarcóticos de Estados Unidos revisaron el equipaje con la meticulosidad de quienes han visto ese truco cientos de veces.
Detectaron el doble fondo. Encontraron el alcaloide. Samir fue detenido en el acto. Un joven ecuatoriano de 23 años sin antecedentes penales, atrapado en uno de los aeropuertos de mayor control del mundo. La lógica del sistema judicial norteamericano le ofreció una salida parcial. Sin antecedentes y con voluntad de colaborar, Samir proporcionó información real que condujo a la detención de los cabecillas de la organización que lo había reclutado.
La justicia estadounidense redujo su condena al mínimo, 2 años en una cárcel norteamericana. Do años. No es un número pequeño, pero tampoco es el final. En la cárcel, Samir no estaba solo ni aislado del mundo criminal. Estaba rodeado de él. absorbía información sobre cómo funcionan las organizaciones que no cometen el error de usar mulas sin preparación.
Veía de cerca la diferencia entre los que caen y los que no. Entendía que su error no había sido entrar al negocio, sino hacerlo de la manera más expuesta y vulnerable posible. Cuando regresó a Ecuador no volvió reformado, volvió con un plan diferente. Si la diferencia entre el Samir de 2010 y el de 2012 era esta, ya no iba a arriesgar su cuerpo como transporte.
Su valor no estaba en sus piernas ni en su estómago. Estaba en su cabeza, en su formación universitaria, en la capacidad de hacer lo que ningún sicario sabe hacer y ningún capo quiere delegar. Administrar el dinero sin que nadie lo vea moverse. Mover fortunas a través de empresas legales, importaciones justificadas, contabilidades que aguantan cualquier auditoría superficial.
A los 25 años instaló una pequeña oficina en la floresta y empezó a ofrecer servicios contables. Para el barrio era el chico que había ido a la universidad y vuelto con su título. Para ciertos clientes que llegaban por recomendación y en efectivo era algo mucho más valioso, alguien que podía lavar el dinero con la ley de su parte.
Los primeros nombres importantes llegaron pronto. Wilder Sánchez Farfan, conocido en el mundo narco como el gato Farfán, era un capo con operaciones establecidas entre Ecuador y Colombia, rutas probadas y cargamentos regulares que necesitaban administración invisible. Telmo Castro Donoso, alias el Capi Castro, era otro peso pesado de la logística narcorregional.
Dos hombres que necesitaban exactamente lo que Samir podía ofrecer. Alguien que entendiera los números y que no hablara con nadie. Samir no les cobró en efectivo. Esta decisión, aparentemente menor, fue en realidad el movimiento más astuto de toda su carrera criminal. pidió que le pagaran con mercadería, ropa, electrodomésticos, madera, productos comprados en Panamá y Colombia para ser importados legalmente a Ecuador sin transferencias bancarias sospechosas, ship sin depósitos rastreables, sin movimientos de dinero
que pudieran encender alertas en la Unidad de Inteligencia Financiera del Estado. Con esa mercadería montó negocios reales, tiendas, depósitos, pequeñas empresas distribuidas en distintos puntos de la ciudad. El contador del barrio se había convertido en empresario. La policía antinarcóticos miraba a otro lado porque no había nada que ver.
Solo un tipo de la floresta que había salido adelante con esfuerzo y trabajo. Era la fachada perfecta construida ladrillo a ladrillo, número a número, empresa a empresa. Y era apenas el comienzo de algo que Samir todavía no había imaginado en su totalidad. En 2017, Samir tenía 30 años y una red de contactos que pocos en Ecuador podían igualar sin haber disparado un arma ni haber pasado por una celda propia.
Ese año fundó Samcat SA junto a su pareja Katiuska Caliset Seua Orellana. La empresa registrada legalmente en Guayaquil operaba en servicios de limpieza para edificios y viviendas, mensajería y servicios financieros. Tres rubros que tienen algo en común. alto volumen de operaciones menores, difícil trazabilidad y una lógica de movimiento constante de efectivo que se mezcla sin problemas con dinero sucio.
En el papel todo era impecable. En la práctica era el nodo central a través del cual circulaba el dinero del narcotráfico hacia el sistema financiero formal. Paralelamente, Samir figuraba como accionista en S Production and Entertainment SA, una firma de actividades artísticas y culturales. Dos empresas con giros completamente distintos.
Dos canales para justificar ingresos de procedencias que nadie preguntaba demasiado. El contador que había servido a otros capos ahora tenía su propio andamiaje legal. La arquitectura financiera que construyó era sofisticada, pero invisible desde afuera. Importaciones sobrevaloradas para justificar salidas de capital hacia el exterior.
Remesas enviadas a través de mecanismos formales para mover dinero sin levantar sospechas en los sistemas de monitoreo bancario. Empresas de papel que funcionaban como contenedores legales de fortunas ilegales. Facturas de bienes y servicios que cuadraban contablemente, pero que correspondían a operaciones que nunca existieron. El mismo modelo que usan los grandes carteles internacionales, pero ejecutado desde adentro por alguien que entendía la mecánica desde los libros del auditor, desde la mente del contador, no desde la intuición del criminal. Samir
no necesitaba aprender esas técnicas, las había estudiado. Las rutas físicas de la droga eran igualmente precisas y deliberadas. La cocaína salía desde Pasto, en el departamento de Nariño en el sur de Colombia, zona de producción histórica y punto de convergencia de varias organizaciones narcocolombianas. Cruzaba la frontera por pasos controlados, no al azar, sino por acuerdos y pagos de peaje a las estructuras que dominaban cada tramo del trayecto.
Una vez en Ecuador avanzaba por carreteras secundarias hacia Guayaquil, bajo la protección de redes de confianza que incluían no solo a criminales pagados, también incluían a personas con uniforme. Inteligencia Policial documentó que entre los contactos que Samir había cultivado durante años había policías y militares en servicio activo, además de jueces, checaabogados y fiscales que actuaban como paraguas institucional para blindar las operaciones en los momentos críticos, cuando había un decomiso que frenar, cuando había una
investigación que desviar, cuando había un imputado que liberar antes de que hablara demasiado. Esta red de complicidades estatales no era exclusiva de Samir, era parte de la infraestructura del narcotráfico ecuatoriano, pero Samir la había mapeado con cuidado y la había integrado a su operación como una línea más del presupuesto.
El destino final de cada cargamento eran los puertos de Guayaquil y Posorja. Ecuador no produce cocaína, no tiene plantaciones de coca ni laboratorios de procesamiento a escala. Su rol en la cadena global del narcotráfico es otro. es el corredor, el punto de salida hacia el mundo. Cor y eso lo convierte en un eslabón crítico y enormemente valioso para cualquier organización que quiera mover droga desde Sudamérica hacia los mercados de consumo en Europa o Estados Unidos.
Los contenedores que salen de los puertos ecuatorianos cargan banano, camarón, cacao, madera, productos de exportación legítimos que viajan en miles de embarques cada mes. La cocaína se contamina en esos contenedores antes de que salgan. escondida en dobles fondos, mezclada con la mercadería, sellada dentro de la fruta o los mariscos con técnicas que han ido evolucionando con cada generación de narcotraficantes.
Para llegar a esos contenedores, la droga necesita complicidades dentro de los propios puertos. estivadores, operadores de grúa, inspectores de aduana, funcionarios portuarios que miran hacia otro lado o que directamente facilitan el proceso. Ser Samir conocía esos engranes porque había pasado años aprendiendo el sistema de adentro hacia afuera.
Hacia 2019, la escala ya no era la de un contador que ofrece servicios a terceros, era la de un operador con autoridad propia. Samir era el hombre de confianza del gato Farfán, manejando rutas enteras, coordinando logística internacional, tomando decisiones que afectaban toneladas de mercadería y millones de dólares, y sus alianzas se extendían más allá de Ecuador.
El cártel de Sinaloa, uno de los grupos criminales con mayor alcance global, aparece en el mapa de sus relaciones como socio para exportaciones hacia México y desde allí al mercado norteamericano, el más lucrativo del mundo para el narcotráfico. La mafia albanesa, con sus redes consolidadas en Europa del Este y occidental era el canal de distribución para los cargamentos que cruzaban el Atlántico con destino a los puertos de Albania, Italia y los Países Bajos.
Leandro Norero, alias el patrón, era otro nombre clave en este mapa de alianzas. Narcotraficante ecuatoriano con conexiones amplias en el crimen organizado nacional e internacional. Norero era socio de Samir en operaciones de lavado de activos y envíos de droga. compartían estructuras, contactos y rutas.
Una alianza que parecía sólida, construida sobre intereses mutuos y negocios que generaban dinero para ambos. Más tarde, esa alianza se convertiría en uno de los catalizadores del ascenso definitivo de Samir, pero de una manera que ninguno de los dos habría elegido. Para proteger los cargamentos en ruta a través del territorio ecuatoriano, Samir tejió un acuerdo con José Adolfo Macías Villamar, una alias Fito, el líder de los choneros.
La organización criminal más poderosa del Ecuador, con presencia masiva en las cárceles del país y control efectivo de carreteras desde la frontera norte hasta los puertos de Guayaquil. La droga que llegaba desde Pasto viajaba por Ecuador bajo la cobertura operativa de los choneros. Era un peaje que Samir pagaba en dinero o en acuerdos de reciprocidad, pero que garantizaba que los cargamentos llegaran intactos al punto de embarque.
Y mientras todo ese engranaje giraba en las sombras, Samir vivía en la urbanización Seivos Norte, mansión de medio millón de dólares con vista a los manglares del río Guayas, seguridad privada entrenada, vehículos blindados de alta gama en el garaje y en la floresta, a pocos kilómetros de distancia, pero a un mundo social de diferencia, ya grandes bodegas.
donde guardaba tanto la mercadería que recibía como pago de sus servicios como el alcaloide en tránsito que esperaba su momento de salir por los puertos. El hombre del barrio había llegado. Dos mundos completamente separados con Samir como único punto de contacto entre ellos. En uno, el empresario exitoso, en el otro el capo invisible.
El precio que pagaría por ese equilibrio todavía no aparecía en ningún balance, pero se acumulaba con intereses. En el narcotráfico, los grandes movimientos no ocurren por planificación, ocurren por vacíos. En febrero de 2023, las autoridades colombianas detuvieron a Wilder Sánchez Farfán, el gato Farfán, y lo extraditaron a Estados Unidos.
De un momento a otro, uno de los arquitectos del corredor narco, entre Pasto y los puertos ecuatorianos desaparecía del tablero. Sus rutas quedaron huérfanas, su estructura sin cabeza. Samir las tomó todas. El 100% de las operaciones del gato Farfán pasaron a manos del contador de la floresta. Ya no era el administrador ni el mano derecha, era el capo.
Con esa herencia, los volúmenes que manejaba Samir alcanzaron las 20 toneladas mensuales de cocaína. Un número que no tiene escala doméstica posible, 20 toneladas cada mes, saliendo de los puertos de Guayaquil hacia el mundo. Pero hubo otro vacío antes de ese. En octubre de 2022, Leandro Norero, alias el patrón, fue asesinado dentro de la cárcel de Cotopaxi.
Una muerte que sacudió al crimen organizado ecuatoriano y que dejó otro espacio en blanco en el mapa de las alianzas. Y Samir, que había sido socio de Norero, actuó rápido. Se quedó con sus rutas, con sus estructuras, con sus contactos. Ahora fue una traición en el lenguaje del narco, una apropiación que sus enemigos no olvidaron.
Para entonces, Samir ya había construido su propia organización. Mafia 18. Tiburones no era simplemente una banda del sur de Guayaquil. Era una estructura criminal con presencia en cárceles, con capacidad de expansión territorial, con células operando desde el Guasmo Sur la Nueva Prosperina y el noroeste de la ciudad.

Casas abandonadas convertidas en bodegas, pabellones controlados en la penitenciaría del litoral, una marca de terror que se escribía con sangre en los muros de los barrios rivales. Los enemigos eran claros. Por un lado, los tiguerones. Por otro, los lobos liderados por alias Pipo y sobre todo los lagartos liderados por un hombre conocido como el marino, una organización del sur de Guayaquil que disputaba el mismo territorio, las mismas rutas de contaminación de contenedores en los puertos, los mismos derechos de extorsión sobre comerciantes
y transportistas. La guerra entre Mafia 18 y los lagartos fue brutal. El Guasmo Sur se convirtió en zona de conflicto activo. Balaceras en plena calle, cuerpos sin identificar, negocios que cerraban porque nadie quería quedar en el fuego cruzado. En las prisiones, la tensión se convirtió en masacres entre reclusos.
Samir financiaba, ordenaba, administraba. Desde su mansión de Saivos Norte o desde sus oficinas con fachada legal, el capo que nadie había visto nacer seguía siendo invisible para quien no supiera buscarlo. Para la policía antinarcóticos era un empresario. Para sus hombres era la máxima autoridad y sin embargo, soy el sistema empezaba a mostrar sus grietas.
En marzo de 2023 Samir tomó una decisión que los analistas de inteligencia interpretaron después como una señal de alarma. vendió el 100% de sus acciones en Samcat SA a Corp Life Invest Sas, una empresa de cobranza con domicilio en Kennedy Norte. Al mismo tiempo, su pareja Katiuska transfirió las suyas a House CAS, dedicada a la venta mayorista de arroz y banano.
Movimientos societarios, transferencias de acciones, papel sobre papel. El capo estaba borrando huellas. Algo le indicaba que el tablero estaba cambiando, que las fichas que lo habían protegido durante años empezaban a moverse en su contra. Sospechaba que bandas enemigas lo buscaban. Sospechaba también que el cerco policial se cerraba.
Lo que no calculó fue la velocidad con que ambas amenazas convergieron. La noche del 11 al 12 de octubre de 2023 comenzó como cualquier otra en Seivos Norte. Las luces apagadas, los guardias en sus puestos, la ciudad afuera con sus ruidos distantes, sus sirenas lejanas, su caos habitual. Samir, el hombre que había pasado más de una década construyendo muros de protección, empresas, contactos, dinero, sicarios propios, dormía en el segundo piso de su mansión.
Pero en el río Guayas, en el silencio de los manglares que rodeaban la parte trasera de la propiedad, 14 hombres ya estaban en posición. El marino, líder de los lagartos, había ordenado la operación. Las razones eran múltiples y todas antiguas. La disputa por el sur de Guayaquil, el control de las rutas hacia los puertos, la sangre derramada en meses de guerra entre ambas organizaciones.
Pero había una razón más inmediata y más personal. Las traiciones acumuladas, los muertos de su bando, el poder que Samir había absorbido de aliados caídos sin compartir nada con nadie. Los sicarios llegaron por el agua, no por la puerta, no por el frente, por los manglares. Cortaron la cerca, neutralizaron la seguridad, subieron al segundo piso, encontraron a Samir solo, lo redujeron antes de que pudiera reaccionar.
Lo que siguió fue un interrogatorio. Los hombres del marino querían información, rutas específicas, nombres de contactos, bodegas, policías y militares en nómina, jueces y fiscales corruptos que operaban como escudo institucional para el narcotráfico de Mafia 18. Una radiografía completa del sistema que Samir había construido con tanta paciencia durante más de una década.
George, cuánto habló y cuánto cayó es algo que solo quienes estuvieron en ese cuarto saben. Lo que sí quedó registrado en el informe de medicina legal fue el resultado. 20 impactos de bala en el torso y la cabeza, marcas de tortura en el cuerpo, un hombre que fue interrogado durante un tiempo y luego ejecutado con una minuciosidad que no deja lugar a interpretación.
Cuando el personal de seguridad encontró el cuerpo al amanecer, los sicarios ya habían desaparecido de la misma forma en que habían llegado, por el río, por la oscuridad, sin dejar rastro visible. George Samir, maestre Mena, tenía 36 años, el contador de la floresta, el mano derecha del gato Farfán, el heredero de las rutas del patrón, el fundador de mafia 18 tiburones, el hombre cuya fortuna inteligencia policial estimaba en más de 80 millones de dólares del narcotráfico.
Sno fue encontrado en el segundo piso de una mansión que costó medio millón de dólares. Solo con las manos atadas, el mismo destino que había ordenado para otros. La noticia corrió rápido entre los círculos criminales del sur de Guayaquil. No era solo la muerte de un capo, era una señal de que el tablero se reorganizaba, que el equilibrio de terror que Samir había sostenido con su red de alianzas y su capacidad financiera se rompía y que alguien más vendría a reclamar lo que quedaba.
El vacío se abrió de inmediato y el primero en intentar llenarlo fue alguien que Samir mismo había elegido. Jeremy Zambrano, alias Frenillo, había nacido en la floresta en el año 2000. Era el aijado de Samir, el niño de bajos recursos del barrio al que el capo y su pareja habían decidido apadrinar. Una especie de deuda simbólica con el lugar del que venían.
Samir lo conoció desde pequeño, lo vio crecer y en algún punto lo incorporó al único mundo en el que él mismo había decidido vivir. Cuando Samir murió, Frenillo tenía 23 años y asumió el liderazgo de mafia 18 tiburones. Duró poco. El 25 de enero de 2024, las fuerzas armadas ecuatorianas lo capturaron en la floresta.
armas, municiones, vehículos robados, bloques de droga. El joven que había crecido bajo la tutela del contador capo fue imputado como cabecilla de Mafia 18 y de una subfacción conocida como los Pcky Blinders. Los cargos incluían terrorismo y lavado de activos. La historia se repetía con una generación menos y una esperanza de vida más corta.
Mientras Frenillo era procesado, los hombres viejos de Mafia 18 empezaban a caer uno por uno. Chap Braulio Vicente Bailón Ovando, alias Braulio, segundo al mando de la banda y posible sucesor natural de Samir, se convirtió en objetivo prioritario de los lagartos. El marino había decidido no dejar cabos sueltos, una limpieza sistemática de la vieja guardia. Braulio intentó escapar.
En septiembre de 2024 viajó a Perú, específicamente a Tumbes, cerca de la frontera con Ecuador. Su plan era establecerse en canoas de Puntaal y dirigir las operaciones de Mafia 18 desde el exilio, convertirse en un capo fantasma que moviera los hilos sin exposición. Pero seis sicarios, fuertemente armados, incluso con drones para seguimiento aéreo, le seguían la pista.
El 30 de octubre de 2024, la Policía Nacional del Perú, trabajando junto a inteligencia policial ecuatoriana, puest arrestó tanto a Braulio como al grupo de sicarios que se preparaba para ejecutarlo. Una operación binacional que por una vez salvó una vida antes de que se apagara, pero solo por un mes, sin cargos criminales que lo retuvieran en suelo peruano, Braulio fue liberado en noviembre de 2024 y regresó a Ecuador.
sus enemigos no habían olvidado. La noche del 2 de diciembre de 2024, mientras preparaba un asado en un departamento alquilado en Urdesa, al norte de Guayaquil, un grupo de sicarios disfrazados de militares entró al edificio usando una tarjeta electrónica conseguida con un soborno de $5,000 a un guardia de seguridad.
Detonaron 25 balas de fusil calibre 2.23 y 30 municiones de 9 mm. Braulio murió junto a dos acompañantes. Tenía 38 años, tres cabecillas de mafia 18 en poco más de un año. El fundador ejecutado en su mansión, el sucesor capturado en su propio barrio, el segundo al mando acribillado en un departamento del norte mientras asaba carne.
A noviembre de 2025, Mafia 18 tiburones sigue existiendo, pero reducida a su mínima expresión. 150 miembros activos, según estimaciones de inteligencia policial. Una cifra que suena pequeña hasta que se recuerda que son 150 personas con armas, con redes, con la voluntad de matar y morir por el control de rutas que siguen saliendo por los mismos puertos corruptos de Guayaquil.
Ecuador, mientras tanto, sigue siendo corredor. Los contenedores de banano y de camarón siguen navegando hacia Europa y hacia Estados Unidos. Los puertos siguen funcionando. Las alianzas entre el crimen organizado y sectores del estado siguen operando con una resiliencia que sobrevive a cualquier capo individual. Samir cayó, Frenillo cayó, Braulio cayó, pero la cocaína sigue llegando desde pasto, sigue cruzando la frontera, sigue contaminando cargamentos en los muelles.
El sistema no era Samir. Samir era solo uno de sus engranajes más eficientes. Lo que queda de esta historia es un retrato de la fragilidad del ascenso criminal en un país donde las estructuras del Estado y las del crimen organizado llevan décadas entrelazadas. Samir construyó un imperio con herramientas legítimas, una carrera universitaria, conocimientos contables, capacidad de gestión financiera, las puso al servicio del narcotráfico y durante más de una década fue prácticamente invisible para quienes deberían haberlo visto. Cuando
finalmente fue visible, ya era demasiado tarde para el sistema judicial y demasiado tarde para él. Las calles de la floresta siguen siendo las mismas. El barrio sigue teniendo sus pandillas, su gravedad propia, su capacidad de atrapar a los que intentan salir y también a los que ya salieron.
Samir escapó de la pobreza. Volvió al barrio con dinero, con poder, con el aijado que apadrinaba como si pudiera ofrecer una salida diferente a la suya, pero no pudo escapar de la lógica que gobierna ese mundo. En el narcotráfico, el ascenso no termina en la cima, termina en el punto exacto donde alguien decide que ya no te necesita vivo.
El contador que se convirtió en capo murió como todos los capos, solo con las manos atadas, con 20 balas que cerraron la cuenta definitivamente. Mafia 18. La floresta, la es máxima autoridad, hasta que dejó de serlo.