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La Amante De Fernando Soler, Se volvió Millonaria Por estar Con El

Fernando Soler murió en 1979. Al día siguiente, una mujer misteriosa retiró millones de pesos de un banco en la Ciudad de México. Los papeles desaparecieron. La familia Soler guardó silencio. Esa mujer era Emilia Guu, la actriz que todos creían pobre, pero que vivió como reina gracias a un secreto que duró 30 años.

 Hoy te revelo la verdad que la  dinastía Soler intentó sepultar. Fernando Soler murió en 1979. Al día siguiente, una mujer misteriosa retiró millones de pesos de un banco en la Ciudad de México. Los papeles desaparecieron. La familia Soler guardó silencio. Esa mujer era Emilia Guu, la actriz que todos creían pobre, pero que vivió como reina gracias a un secreto que duró 30 años.

 Esta es la historia que jamás se contó sobre la verdad de la relación entre Emilia Guu y Fernando Soler, uno de los hombres más poderosos del cine mexicano.  Una historia de amor prohibido, fortunas ocultas y un pacto de silencio que la farándula mexicana intentó sepultar para siempre. En plena cúspide del cine de oro, Emilia Guu no era una actriz más del montón.

 Su porte europeo y su figura imponente la convirtieron en una de las mujeres más deseadas de la pantalla grande. Pero detrás de su aparente éxito por talento propio, existía un vínculo íntimo, secreto y poderosísimo con uno de los actores más respetados, intocables y millonarios del espectáculo, Fernando Soler.

 Lo que nadie te contó, ni revistas de la época, ni biógrafos oficiales,  ni documentales de televisión, es que durante más de 30 años Emilia y Fernando fueron amantes y que gracias a esa relación secreta, ella acumuló una fortuna millonaria que le permitió vivir como reina hasta sus últimos días en San Diego, California. Pero había algo que nadie sabía sobre cómo comenzó todo  esto.

 Corría el año de 1945 y Emilia Guu acababa de protagonizar una película de nombre Club Verde, papel que la catapultó como mujer fatal dentro de la industria. Tenía apenas 22 años y ya era vista como un símbolo erótico dentro del conservadurismo nacional. Fue durante una comida organizada por el productor Gregorio Valerstein,  que conoció por primera vez a Fernando Soler.

 Él tenía 52 años, 30 años mayor que ella. Estaba casado, con fama de hombre recto, trabajador y discretamente adinerado. Dicen que la mesa se quedó en silencio cuando Fernando la miró por primera vez, que sus ojos no se despegaron de ella durante toda la comida y que al terminar el almuerzo le pidió al chóer que la llevara personalmente a su casa para asegurarse de que llegara bien.

 Pero lo que ocurrió después nadie lo esperaba. Lo que comenzó como un simple gesto de caballerosidad se convirtió en un intercambio de cartas, llamadas telefónicas nocturnas y encuentros discretos en una casa de descanso en Tlalpan, propiedad que en realidad Fernando tenía a nombre de un testaferro para sus escapadas privadas.

 Para 1946, la relación ya era un secreto a voces entre quienes trabajaban cerca del clan  Soler, pero nadie se atrevía a hablar. Fernando era demasiado poderoso, su familia demasiado influyente y su fortuna demasiado grande como para arriesgarse a enemistarse con él. Durante la década de 1950, mientras Emilia aparecía en cintas como la Venus de fuego, aventurera y sensualidad, su estilo de vida era desproporcionado al salario que cobraba por película.

 completamente desproporcionado. Un exempleado de los estudios Churubusco reveló en 1987 que Emilia llegaba en cadilac negro con guardaespaldas y joyas que no tenían ni las esposas de los políticos más importantes. Nadie entendía de dónde salía tanto dinero, pero la respuesta estaba clara para quienes trabajaban cerca del clan Soler.

Según un chóer que trabajó para la familia durante más de 20 años, Fernando le compró a Emilia un departamento de lujo en Polanco, dos terrenos en Cuernavaca, y la mandaba constantemente a Estados Unidos en viajes que pagaba con efectivo para no dejar rastro. Pero eso no era todo. Le mandaba sobres con dinero cada  semana, cantidades que equivaldrían hoy a miles de dólares.

La llevaba de viaje a Nueva York y Buenos Aires con identidades falsas, registrándose en hoteles de cinco estrellas como el Señor y la señora González. Y lo que descubrió uno de sus hermanos casi destruye todo. Incluso llegó a ponerle una casa completa en la colonia Nochebuena a nombre de su cuñado para evitar escándalos con su esposa oficial.

Fernando Soler, un saltillense de oro

 Esa casa, según testimonios de vecinos, era visitada por Fernando al menos tres veces por semana,  siempre después de las 10 de la noche, siempre en un automóvil diferente. En 1954, uno de los hermanos Soler, algunos afirman que fue Julián, otros dicen que fue Andrés, descubrió una carta comprometedora de Emilia en el saco de Fernando.

 Una carta de amor que no dejaba lugar a dudas sobre la naturaleza de su relación. Al confrontarlo, Fernando respondió tajantemente, “Es mi vida y si alguien la toca, se acaba la dinastía.” El mensaje era claro. O guardaban silencio o perdían todo. Desde entonces, la familia Soler mantuvo un pacto silencioso. Nadie mencionaría a Emilia, nadie haría preguntas,  nadie se metería.

 La prioridad era conservar el prestigio de la familia, pero el secreto se convirtió en un elefante en la habitación. Aún así, no todos pudieron quedarse callados para siempre. Una actriz de teatro llamada Luz María Sagal aseguró años después que en una borrachera en Acapulco, Emilia se jactó de que hasta la esposa de Fernando sabía que él dormía en su casa, que la señora Solera había decidido hacer la vista gorda a cambio de mantener su posición social y su estatus de esposa legítima.

 Sin embargo, el verdadero escándalo estaba por estallar. Cuando Fernando Soler enfermó por primera vez en 1963, hubo movimientos extraños en varias cuentas bancarias en Texas y Guadalajara. Movimientos que llamaron la atención de más de un contador. Un contador cercano de la Asociación Nacional de Actores afirmó que se transfirieron fondos de origen desconocido a una cuenta a nombre de Emilia Gu por una suma de más de 5 millones de pesos de la época.

 una fortuna absoluta para ese tiempo.  Pero cuando ocurrió algo inexplicable, esos documentos, por razones nunca explicadas, fueron desaparecidos del archivo fiscal en los años 80, como si alguien hubiera querido borrar cualquier evidencia de esas transferencias. Lo más extraño de todo es que esas transferencias no fueron las únicas.

 Según testimonios de empleados bancarios que hablaron años después, bajo condición de anonimato, existían al menos tres cuentas más a nombre de personas que actuaban como intermediarios para Emilia. Una de esas cuentas estaba en un banco de Houston, Texas, otra en Guadalajara y una tercera en la Ciudad de México. Todas manejaban sumas millonarias que entraban y salían sin dejar rastro oficial en los registros fiscales mexicanos.

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