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Emilio”EL INDIO”Fernández: El Oscuro Motivo Que Llevó al Hombre Más Poderoso de México aSer Olvidado

Imagina la escena. Es 1968, Ciudad de México. Un hombre camina solo por los pasillos de los estudios churubusco. Lleva sombrero de aa ancha, botas de punta y una pistola en la cadera que nadie se atreve a cuestionar. Tiene 60 años, el cuerpo de alguien que vivió 10 vidas  y los ojos de quien vio demasiado.

 Los técnicos lo saludan con reverencia. Los directores más jóvenes bajan la mirada. Las actrices lo observan desde lejos con esa mezcla específica de admiración y miedo que solo generan los hombres que realmente no tienen límites. Este hombre fue el rostro del cine mexicano  durante su época dorada. Trabajó con John Ford.

 Dirigió a María Félix a Pedro Infante a Dolores del Río. Sus películas ganaron premios en Can. Su cara sirvió de modelo para el Óscar más famoso del mundo. Su voz llenó salas de  toda América Latina durante década. Y sin embargo, hay algo que ese hombre carga esa tarde en los pasillos del estudio. Algo que no cabe en el sombrero, ni en las botas, ni en la pistola, algo que lleva consigo desde que era un niño sin zapatos en Coahuila.

 Algo que lo acompañará hasta el final, hasta esa madrugada de 1986, en que muera solo, casi olvidado, en una casa que solía ser un castigo. Guarda esta imagen en tu mente. El hombre más poderoso del cine mexicano caminando  solo. Eso es lo que vas a entender hoy. La historia de Emilio el indio Fernández es una de las más brutales, más oscuras y más fascinantes que ha producido este país. Fue soldado antes de ser actor.

Fue fugitivo antes de ser director. Fue ídolo antes de ser olvidado. Y detrás de cada uno de esos títulos hay una herida que nunca  cerró del todo. La verdad de su historia te va a sorprender. Quédate hasta el final y descúbrela completa. Sobre todo si eres fan del cine mexicano y te gusta conocer lo que se esconde detrás de los mitos más grandes de nuestra culpa.

 Antes de empezar quiero decirte cuatro cosas que vas a descubrir en este documental. Cuatro verdades que la historia oficial del cine mexicano nunca quiso contarte completas. Primera, el origen real del indio Fernando. No el que él mismo inventó y repitió durante décadas, sino el que está documentado, la mentira que construyó desde niño y que fue la base de todo lo que vino después.

 Segunda, la relación entre su poder, su violencia y las mujeres que lo rodearon. Lo que se vivió dentro de esa casa que él mismo y que llamaba su fortaleza. Lo que sus contemporáneos vieron y prefirieron callar.  Tercera, el incidente que lo destruyó. Un disparo. Una condena. Un hombre que cruzó la línea que llevaba toda la vida caminando cerca.

 Y cuarta, lo que quedó, el legado que se pudre cuando nadie lo cuida. La forma silenciosa, casi cruel, en que México olvidó al hombre que más hizo por ponerlo en el mapa del cine mundial. Cuatro revelaciones.  45 minutos empezamos. Hay lugares que no te forman, te deforman. Sabinas Hidalgo, Nuevo León, 1904.

 Un pueblo polvoriento en el noreste de México, donde el calor aplasta los techos de adobe y los hombres trabajan o mueren. No hay término medio. Aquí el 26 de marzo nace Emilio Fernández Romo, el hijo de un militar revolucionario de nombre Emilio Fernández García y de una mujer indígena Kikapú, Sara Romo. Esa mezcla es importante, guárdala.

 Es hombre de armas, hombre de la revolución, hombre que vive entre batallas y cuarteles y sabe exactamente cuánto vale una bala y cuánto no vale una lágrima. El pequeño Emilio crece en ese ambiente de órdenes y silencios. Aprende desde muy temprano que el mundo se divide en dos, los que mandan y los que obedecen.

Emilio “El Indio” Fernández - Kiosco de la historia

 Y aprende también con esa claridad brutal que solo tienen los niños que crecen entre soldados, que él quiere estar del primer lado. La madre es otra cosa, es la tierra, es el silencio de los cerros del norte, la piel oscura, los ojos que ven sin juzgar. Emilio hereda de ella la cara, esa cara que décadas después lo haría famoso.

 Esa cara de piedra tallada que parecía sacada de un mural de Diego Rivera. Una cara que no pertenece al cine europeo ni al cine americano. Una cara que pertenece a este continente y a ningún otro. Pero la belleza de esa herencia tiene un precio. México en 1904 es un país que lleva años construyendo una ficción de modernidad sobre una realidad de miseria.

 El porfiriato en sus últimas horas. Las haciendas todavía dueñas de los cuerpos de miles de  indígenas. La sangre indígena, la sangre de la madre de Emilio, es en ese México una marca, a veces una condena. El pequeño Emilio lo siente. Lo siente en la escuela cuando los otros niños usan esa cara como arma. Lo siente en la calle cuando el apellido de su padre no alcanza para borrar lo que los ojos de la gente ven primero.

 Lo siente en el espejo, donde ya de muy joven aprende a mirarse con esa mezcla extraña de orgullo y vergüenza. que solo conocen quienes heredaron algo hermoso  dentro de un mundo que no lo valoran. De ese dolor nacen dos cosas. La primera, la necesidad de ser más grande que todos los demás, de ser tan imposible de ignorar que nadie pueda reducirlo a su origen, de creartar con la vida entera lo que la boca no puede decir la segunda, la violencia.

 esa compañera silenciosa que lo seguirá toda la vida y que aparecerá en los momentos más inesperados,  como la fiebre que regresa cuando el cuerpo ya creía estar curado. La Revolución Mexicana está ya en 1910. Emilio tiene 6 años. Para cuando cumple 12, el país lleva años desangrándose. Las facciones pelean entre sí, los trenes llevan hombres al frente y regresan con cuerpos.

 El padre de Emilio está en el medio de todo eso. La infancia del indio no fue una infancia. Fue un  entrenamiento. No había muñecos ni juegos de niños en esa casa del norte. Había rifles limpios sobre la mesa. Había conversaciones sobre estrategias militares. Había hombres que llegaban con la ropa manchada y se iban antes del amanecer.

 Había una madre que rezaba en silencio mientras afuera el mundo se deshacía. Y había hambre. Esto es algo que el indio nunca habló en las entrevistas de la época dorada. Nunca habló de los días sin comer. Nunca habló de los zapatos rotos. Nunca habló del frío de Coahuila en enero. Ese frío que entra por las paredes de adobe y se instala en los huesos de los niños que no  tienen suficiente cobija.

 En cambio, construyó una versión heroica de su origen. Se inventó  batallas, se inventó hazañas, se construyó a sí mismo como personaje antes de construir a ningún personaje en pantalla. Esa primera mentira, esa primera necesidad de ser más de lo que era es la clave de todo.

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