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¡El Papa Leo XIV aparece en plena misa del Padre Pistolas… y lo que hace PARALIZA a todos!

A ver, cabrones, hoy es día de confesarse. No sean La muerte nos llega cuando menos lo esperamos. La voz ronca y potente del padre Pistolas resonaba entre las paredes de la pequeña iglesia de Chucándiro, Michoacán. Los feligreses, lejos de escandalizarse, sonreían o asentían con la cabeza. Después de casi dos décadas escuchando sus peculiares sermones, ya estaban acostumbrados a su forma directa y sin filtros de predicar la palabra de Dios.

Antes de seguir con esta historia, deja tu like, suscríbete al canal y escribe en los comentarios desde dónde nos acompañas. Con tu apoyo llevamos esperanza a quienes más la necesitan. Jesús Alfredo Gallegos. Lara, de 74 años, ajustó su revólver en la cintura antes de continuar con la misa. Ese gesto que para cualquier otro sacerdote resultaría escandaloso, para él era tan natural como persignarse.

El arma, una vieja calibre. 45 que decía era similar a la que usó el general Paton. Lo acompañaba desde que los sicarios y el crimen organizado habían convertido Michoacán en una zona de guerra. La Virgen de Guadalupe nos protege, pero esta belleza de acero nos defiende, solía decir, generando tanto admiración como críticas en todo México.

La iglesia estaba a reventar como cada domingo. Gente de todos los rincones del país viajaba para escuchar sus controvertidos sermones, conocer sus remedios de hierbas para el cáncer y la diabetes o simplemente para constatar con sus propios ojos si era cierto que un sacerdote oficiaba misa armado. El evangelio de hoy habla del perdón, pero no sean hyes.

Una cosa es perdonar y otra dejarse. Si llegan los sicarios a tu casa, no les vas a dar un abrazo, ¿verdad? Pues hazte de un arma y defiéndete. Los apóstoles también cargaban espadas, caray. Los murmullos de aprobación se mezclaban con algunas risitas nerviosas. El padre Pistolas se pasaba la mano por su cabello canoso y seguía con la ceremonia, mezclando sabiduría popular con un profundo conocimiento teológico que sorprendía a quienes lo subestimaban por su lenguaje florido.

En la primera fila, como cada domingo, estaba doña Lupita, una anciana de 92 años que juraba haber sanado de un cáncer terminal gracias a las hierbas del padre. Junto a ella se sentaban varios políticos locales que aunque criticaban en público al sacerdote, en privado buscaban su bendición y más importante aún su influencia con el pueblo.

El Papa Francisco nos dejó hace menos de un mes. Que Dios lo tenga en su gloria. Ahora tenemos al Papa León XIV. ¿Quién lo hubiera pensado? un gringo con corazón latino. Dicen que vivió en Perú, así que al menos conoce lo que es la pobreza real, no como otros que nunca han salido de sus palacios de oro. Mientras continuaba con su homilía, nadie notó que en la última fila había aparecido un hombre vestido con una elegante sotana negra, acompañado por dos personas más que permanecían discretamente en las sombras.

El recién llegado observaba al padre pistolas con una mezcla de curiosidad y preocupación. Y hablando de nuestro nuevo Papa León 14, les digo una cosa. Ojalá que venga a México y vea la realidad que vivimos. Aquí no se necesitan discursos bonitos ni rezos suaves. Aquí se necesita acción para enfrentar al narco, para que los jóvenes tengan trabajo, para que las mujeres no sean maltratadas.

Ah, y para que algunos obispos dejen de vivir como reyes mientras el pueblo se muere de hambre. Varios feligreses aplaudieron espontáneamente. El hombre de la última fila se removió incómodo en su asiento. Uno de sus acompañantes le susurró algo al oído, pero él negó con la cabeza. El padre Pistolas continuó con la Eucaristía.

Cuando llegó el momento de la consagración, sostuvo la en alto mientras pronunciaba las palabras sagradas. La iglesia quedó en completo silencio, solo interrumpido por el ocasional llanto de algún bebé y el gorjeo de las palomas en el techo de madera. Este es mi cuerpo que será entregado por ustedes. Fue en ese preciso momento cuando el hombre de la última fila se puso de pie.

Los presentes comenzaron a girar sus cabezas, desconcertados por la interrupción en el momento más solemne de la misa. Algunos jadeos de sorpresa se escucharon cuando el desconocido comenzó a caminar hacia el altar. El padre Pistolas, concentrado en el ritual, no se percató inmediatamente de lo que ocurría.

Cuando finalmente notó el movimiento, bajó la y miró directamente al hombre que se aproximaba. Su mano derecha por instinto se movió ligeramente hacia donde llevaba su revólver. “No interrumpa la consagración, por favor”, dijo en voz baja, pero firme el padre pistolas. “Si quiere hablar conmigo, espere a que termine la misa.

” El desconocido no se detuvo. Sus zapatos negros, perfectamente lustrados, resonaban en el suelo de piedra mientras avanzaba por el pasillo central. Los murmullos comenzaron a extenderse como fuego entre los asistentes. Algunos sacaron sus teléfonos móviles para grabar lo que presentían. Sería un momento histórico. ¿Qué chingados quiere?, preguntó el padre pistolas, olvidándose momentáneamente de la solemnidad del momento.

¿No ve que estoy en plena consagración? El hombre llegó hasta las escaleras del altar y entonces levantó la vista. La luz que entraba por los vitrales iluminó su rostro y varios feligreses ahogaron un grito. No era un desconocido cualquiera. “Buenos días, padre gallegos”, dijo con voz calmada y un ligero acento americano.

Soy Robert Prebost, el Papa León XIV. Por favor, continúe con la misa. No quisiera interrumpir más de lo que ya lo he hecho. El silencio que siguió fue tan profundo que podía escucharse la respiración de cada persona en la iglesia. El padre Pistolas, por primera vez en muchos años, se quedó sin palabras.

Su mano, que instintivamente se había acercado a su arma, cayó flácida a un costado. Miró la que sostenía, miró al hombre frente a él y luego volvió a mirar la como si esperara que le diera alguna respuesta divina. Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, pero fueron apenas unos segundos, el padre Pistolas hizo lo que nadie esperaba.

Se echó a reír una risa sincera, sonora, que resonó en las paredes de la iglesia. “Pinche Toñito”, dijo dirigiéndose a su monaguillo. “Ya viste quién vino a visitarnos, el mero Papa León 14 en persona.” Y yo aquí diciendo pendejadas. Luego, dirigiéndose al pontífice con una mezcla de respeto y su característica franqueza, añadió, “Perdón por mi lengua, Santo Padre, es que en Michoacán así hablamos cuando nos sorprenden.

Pero pase, pase al altar, esta es su casa.” Aunque con todo respeto, no podía esperar a que terminara la misa, el Papa León XIV sonríó con amabilidad, sin rastro de ofensa en su expresión. Tienes razón, padre Gallegos. Ha sido una descortesía de mi parte. Por favor, continúe con la Santa Misa. Yo puedo esperar. Y para asombro de todos, el Papa León XIV se dirigió a un banco en la primera fila que rápidamente fue desocupado por los feligres que lo ocupaban.

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