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El Narco MÁS BUSCADO del Mundo Cayó Así después de 37 años

37 años. Eso fue lo que tardaron en volver a encontrarlo. 37 años huyendo después del asesinato de una gente de la DEA. 37 años desapareciendo entre montañas, ranchos y pueblos perdidos, donde el gobierno parecía terminar mucho antes de que empezara la sierra. Durante todo ese tiempo hubo operativos fallidos, filtraciones, recompensas multimillonarias y una obsesión silenciosa creciendo dentro de Estados Unidos.

 Rafael Caro Quintero, el hombre que ayudó a construir el narcotráfico moderno mexicano, el hombre que el FBI colocó entre los fugitivos más buscados del planeta. Y aún así, cuando finalmente lo encontraron, no estaba escondido en un búnker. No apareció rodeado de sicarios, no escapaba en un convoy blindado atravesando montañas.

 Estaba solo, oculto entre matorrales y según los reportes oficiales, quien terminó detectándolo no fue un satélite, no fue un dron militar, no fue un infiltrado dentro del cártel, fue un perro. Pero la historia no terminó ahí, porque apenas horas después de la captura, un helicóptero Black Hawk de la Marina Mexicana cayó del cielo en Sinaloa.

14 elementos murieron y desde ese momento lo que parecía el cierre definitivo de una persecución histórica empezó a sentirse como otra cosa, como una operación perseguida por una sombra que llevaba décadas creciendo, porque cuanto más se revisaban los detalles, más preguntas aparecían y la más inquietante de todas era una.

¿Cómo logró escapar durante casi cuatro décadas el hombre más buscado del continente? La respuesta empieza mucho antes de Chocs. Empieza en un México que ya no existe, un México donde el narcotráfico todavía no parecía una guerra abierta. No había convoyes armados atravesando ciudades. No existían drones lanzando explosivos sobre pueblos rurales.

No había videos de enfrentamientos circulando cada noche en redes sociales. La violencia ya existía, sí, pero todavía parecía lejana para gran parte del país. Todavía no se había convertido en paisaje. A finales de los años 70 y principios de los 80, varias organizaciones criminales mexicanas comenzaron a transformarse lentamente.

El negocio dejó de parecer simple, contrabando improvisado. Las rutas crecieron, el dinero aumentó, las estructuras se volvieron más complejas y entre todos esos nombres empezó a repetirse uno, Rafael Caro Quintero. Los investigadores estadounidenses dirían años después que aquella generación entendió algo antes que nadie, que el verdadero poder no estaba solamente en mover droga, estaba en controlar el sistema alrededor de la droga, controlar rutas, controlar silencio, controlar policías, controlar pueblos.

Mientras tanto, del otro lado de la frontera, las agencias estadounidenses empezaban a detectar algo extraño. El flujo de marihuana y cocaína seguía aumentando, aunque los decomisos crecían constantemente. Era como intentar detener un río usando las manos. Y entonces apareció un descubrimiento que cambiaría todo.

Rancho Búfalo, miles de hectáreas ocultas en Chihuahua. Plantaciones gigantescas, sistemas de riego, vigilancia armada, campamentos improvisados funcionando casi como infraestructura industrial. No parecía un sembradío clandestino, parecía una empresa. Cuando las autoridades destruyeron el lugar en 1984, las pérdidas económicas fueron enormes.

Pero el verdadero daño no fue financiero, fue psicológico, porque alguien había demostrado que incluso las operaciones más grandes podían ser descubiertas y después de aquello, el ambiente empezó a cambiar. Los reportes posteriores coinciden en algo inquietante. El asesinato de Kiki Camarena no pareció una reacción impulsiva, pareció un mensaje.

 En febrero de 1985, el agente de la DEA fue secuestrado en Guadalajara. Durante días, prácticamente nadie supo dónde estaba. Y cuando finalmente apareció el cuerpo, la relación entre Estados Unidos y el narcotráfico mexicano cambió para siempre. La persecución dejó de ser solamente antidrogas, se volvió personal y en medio de aquella obsesión apareció otra vez el mismo nombre, Rafael Caro Quintero.

Mientras Washington exigía capturas y aumentaba la presión diplomática, él ya estaba huyendo. Y el México de aquella época hacía todo más difícil. No existían drones, no había vigilancia digital masiva, no había sistemas modernos de rastreo. Mucho dependía todavía de informantes, seguimientos físicos y operaciones humanas extremadamente lentas.

Y México era demasiado grande. Montañas, desiertos, pueblos aislados, carreteras interminables. Desaparecer todavía era posible. Durante semanas circularon rumores constantes sobre su ubicación. Algunos decían que seguía dentro del país, otros hablaban de rutas clandestinas hacia Centroamérica hasta que finalmente apareció en Costa Rica.

Pero incluso aquella captura terminó sintiéndose incompleta, porque aunque Caro Quintero entró en prisión, las estructuras que habían nacido alrededor del narcotráfico siguieron creciendo y con los años México empezó a transformarse en algo mucho más oscuro. Los cárteles evolucionaron, [música] las rutas se multiplicaron, la violencia cambió y el país comenzó lentamente a acostumbrarse a escenas que antes parecían imposibles.

Convoyes armados, retenes clandestinos, helicópteros militares, pueblos atrapados entre facciones. La guerra moderna del narcotráfico estaba naciendo y aún así, incluso desde prisión, el nombre de Rafael Caro Quintero seguía conservando peso porque pertenecía a otra época, la época fundacional, la época donde muchas de las reglas modernas del crimen organizado todavía estaban naciendo y entonces ocurrió algo que nadie esperaba.

  1. Después de casi tres décadas encarcelado, un tribunal mexicano ordenó su liberación por cuestiones jurídicas relacionadas con la jurisdicción bajo la cual había sido procesado originalmente. La noticia cayó como una explosión política. Durante horas hubo confusión incluso dentro de agencias estadounidenses.

Algunos pensaron que la decisión sería revertida inmediatamente. Otros creían que se trataba de un error administrativo temporal. Pero mientras diplomáticos discutían, mientras la presión aumentaba detrás de cámaras y mientras los medios intentaban entender qué estaba ocurriendo realmente, Rafael Caro Quintero volvió a desaparecer otra vez, como si el tiempo hubiera retrocedido casi 30 años.

Las autoridades mexicanas terminaron revocando aquella liberación poco después, demasiado tarde. Ya no estaba. Y ahí comenzó la segunda cacería, la más larga, la más obsesiva, porque ahora no buscaban solamente a un narcotraficante prófugo, buscaban a un símbolo. Durante los años siguientes empezaron a circular reportes prácticamente constantes sobre posibles ubicaciones.

Algunos informes locolaban en Durango, otros en Sonora, otros entre las montañas de Chihuahua y Sinaloa, pero siempre ocurría lo mismo. Cuando las autoridades llegaban, el lugar ya estaba vacío. Vehículos abandonados, rastros recientes, comida todavía caliente, como si alguien hubiera avisado minutos antes.

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