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El Hijo del Capo más Peligroso del Mundo

24 de febrero de 1977. Medellín. Nace un niño que heredará el apellido más temido de Colombia. Su padre es Pablo Escobar, el hombre que pondrá de rodillas a una nación entera. El niño se llama Juan Pablo. No sabe todavía que su vida será un laberinto entre el amor patre derramada, que vivirá rodeado de elefantes y explosiones.

Que su apellido será una sentencia de muerte, que deberá morir para poder vivir. 2 de diciembre de 1993. Barrio Los Olivos, Medellín. Un hombre descalso vestido con jein y camisa azul, yace un techo manchado de sangre. Es Pablo Escobar. Acaba de cumplir 44 años. El bloque de búsqueda lo ha abatido tras 17 meses de cacería implacable.

Colombia respira, el mundo celebra. Pero en un hotel de Bogotá, un adolescente de 16 años recibe la noticia. que partirá su existencia en dos. Juan Pablo Escobar acaba de perder a su padre. Lo que nadie imagina es que esta muerte no será un final. Será el principio de una transformación que desafía toda lógica del crimen organizado.

Porque Juan Pablo no repetirá el camino de su padre, no heredará el trono del cartel, no se vengará, hará algo mucho más complejo. Pedirá perdón. Pero hay una contradicción que atraviesa esta historia como una grieta imposible de cerrar. Juan Pablo vivió dentro del epicentro del narcoterrorismo. Creció entre animales exóticos y arsenal militar.

Vio a su padre ordenar atentados. Presenció la construcción de un imperio que controlaba el 90% del tráfico de cocaína hacia Estados Unidos. Estuvo ahí cuando las bombas estallaban, cuando los sicarios recibían órdenes de matar jueces, periodistas, candidatos presidenciales. Y cómo se sale de eso se sobrevive al apellido Escobar sin convertirse en Escobar.

Esta es la paradoja. El hijo del narcotraficante más sanguinario terminó siendo arquitecto en Buenos Aires. El niño que nació en la cumbre del poder criminal terminó cambiando su nombre y mendigando asilo. El heredero natural del cartel se convirtió en conferencista de paz. ¿Fue redención auténtica o estrategia de supervivencia? ¿Se puede realmente escapar de la sombra de Pablo Escobar o solo se puede disfrazarla? Pablo Escobar construyó su imperio entre 1975 y 1984, cuando el tráfico de cocaína hacia Estados Unidos explotó como una

industria que movía miles de millones de dólares. Nacido en Río Negro, Antioquia, el primero de diciembre de 1949. Hijo de un granjero y una maestra. Mon Escobar creció en Medellín observando la pobreza y la desigualdad con una mezcla de resentimiento y ambición feroz. Comenzó robando lápidas en cementerios para revenderlas, contrabandeando cigarrillos, robando autos, pequeños delitos que anunciaban algo más grande.

Su verdadero salto llegó cuando comprendió la ecuación perfecta. Colombia producía la coca. Estados Unidos la consumía insaciablemente y nadie controlaba realmente la ruta entre ambos. A mediados de los 70, Escobar empezó moviendo pasta de coca desde Perú y Bolivia hacia laboratorios colombianos. Luego transportaba la cocaína procesada hacia Miami, escondida en llantas de aviones, en jeans de exportación, en dobles fondos de maletas.

 Era ingenioso, obsesivo, despiadado. En 1978, junto a los hermanos Jorge Luis, Juan David y Fabio Ochoa, Gonzalo Rodríguez Gacha, el mexicano, y Carlos Leder, el loco, fundó formalmente el cartel de Medellín. No era una organización vertical tradicional, sino una federación de clanes que operaban bajo el liderazgo de Escobar.

La estructura era brutal, pero efectiva. Escobar controlaba las rutas principales y comandaba la fuerza militar, un ejército de sicarios que ejecutaba sus órdenes sin preguntas. Los Ochoa, familia aristocrática de ganaderos, manejaban la logística sofisticada y las conexiones internacionales, especialmente con distribuidores en Estados Unidos y Europa.

Rodríguez Gacha, oriundo del Magdalena, medio, comandaba los ejércitos paramilitares y controlaba vastas zonas rurales donde operaban los laboratorios clandestinos. Bledder, visionario y errático, ya construyó la infraestructura aérea más audaz del narcotráfico. Compró Norman K, una isla en las Bahamas, y la convirtió en estación de reabastecimiento para vuelos clandestinos que transportaban toneladas de cocaína semanalmente.

Para 1982, Escobar manejaba el 80% del tráfico de cocaína hacia Estados Unidos. Su fortuna personal se estimaba en 3,000 millones de dólares. Gastaba $1,000 semanales solo en bandas elásticas para amarrar fajos de billetes. Tenía tanto efectivo acumulado que las ratas comían aproximadamente el 10% anual. No le importaba, ganaba más rápido de lo que podía contar.

 Ese mismo año, 1978, Escobar compró 3000 hectáreas en Puerto Triunfo, Magdalena medio antioqueño, y las bautizó Hacienda Nápoles. Un homenaje directo a Alcapone, el ganstermiraba obsesivamente. Allí construyó su refugio familiar, un paraíso privado que desafiaba toda lógica. Seis piscinas de dimensiones olímpicas, 27 lagos artificiales que reflejaban el cielo tropical, una pista de aterrizaje capaz de recibir jets privados, hangares que albergaban aviones y helicópteros, una plaza de toros privada donde organizaba corridas para invitados

selectos. construyó réplicas de pueblos griegos, una iglesia colonial, miradores con vista panorámica de la selva circundante y lo que más fascinaba a su hijo Juan Pablo. Un zoológico extraordinario con más de 19 animales exóticos traídos ilegalmente desde continentes remotos. La idea surgió tras visitar la hacienda Veracruz, propiedad de los hermanos Ochoa en Repelón, Atlántico, donde tenían su propia colección de fauna exótica.

Escobar quedó impactado. Ch visitó múltiples veces para aprender cómo funcionaba un zoológico privado. Compró la colección completa de enciclopedias National Geographic y estudió meticulosamente los climas, hábitats y requerimientos de cada especie. En un viaje a Estados Unidos en 1981, visitó un zoológico en Dallas, Texas, operado por dos hermanos apellidados Hunt, que capturaban animales en África y los vendían en Norteamérica.

Escobar negoció directamente. Pagó 2 millones de dólares en efectivo por el primer cargamento. Quería elefantes, rinocerontes, hipopótamos, jirafas, cebras, avestruces, flamencos, canguros, camellos, búfalos. No quería leones ni tigres. Los quiero libres, no enjaulados, explicaba. Los felinos requerían jaulas.

 Los demás podían vagar por las llanuras de la hacienda. Los animales llegaron en operaciones de logística criminal. El primer grupo grande fue transportado en un barco alquilado que atracó en Necoclí, puerto antioqueño sobre el Mar Caribe, a 400 km de Medellín. Luego, como los viajes marítimos eran lentos y riesgosos, Escobar ordenó traer los siguientes cargamentos en vuelos clandestinos.

Aviones de CE3 modificados aterrizaban en la pista de la hacienda Nápoles con jirafas, elefantes, rinocerontes acondicionados en compartimentos especiales. Una pareja de rinocerontes llegó desde Estados Unidos en uno de esos vuelos nocturnos. Las loras negras, especie protegida, llegaron desde Brasil mediante contrabando puro.

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