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El Genio que RECHAZÓ 1 MILLÓN de Dólares | Grigori Perelman

Este hombre desaliñado que huye de la cámara con barba descuidada y vestimenta desgastada podría confundirse con un vagabundo cualquiera en las frías calles de San Petersburgo. Sin embargo, es uno de los matemáticos más brillantes de la historia. El 1 de julio de 2010, Gregory Perelman rechazó un premio de millón de tras resolver uno de los siete problemas matemáticos del milenio.

La conjetura de Poencaré, el único que se ha resuelto hasta el momento. ¿Por qué alguien rechazaría semejante fortuna viviendo al límite de la pobreza? No era la primera vez que rechazaba reconocimientos. 4 años antes había dicho no a la medalla Fields, considerada el Nobel de las matemáticas con una respuesta categórica.

No me interesa el dinero ni la fama. No quiero que me exhiban como un animal en un zoológico. Mientras matemáticos de todo el mundo estudian su trabajo, Perelman vive recluido en un modesto apartamento en el conocido como el Bronx de San Petersburgo, completamente aislado del mundo académico que una vez dominó. Esta es la historia del hombre que resolvió el misterio matemático del siglo y luego simplemente desapareció.

Bienvenidos a la historia de Gregory Grisa Perelman. Gregory Jacoblevich Perelman nació el 13 de junio de 1966 en Leningrado, hoy San Petersburgo. Desde pequeño su madre Lubov, una matemática que abandonó sus estudios para crear una familia, supo que grisa, como le llamaban en casa, era diferente.

Su madre pronto vio algo en él y logró inscribirlo en un programa especial dirigido por Serg Rusin, reconocido profesor soviético que formaba los jóvenes prodigios matemáticos del país. Allí, Grisa encontró algo más que números y ecuaciones. Encontró su verdadera pasión. Las matemáticas eran un refugio perfecto para alguien como él, solitario, meticuloso y obsesionado con la perfección.

En la escuela secundaria número 239 de Leningrado, especializada en ciencias exactas, grisa sobresalía en todo, excepto en educación física. Su mente parecía diseñada exclusivamente para resolver problemas complejos, aunque para despertar su ambición hacía falta un catalizador, el fracaso. Grisa tenía 10 años cuando llegó al círculo de matemáticas de los jóvenes pioneros de Leningrado.

Estos centros de élite repartidos por toda la Unión Soviética eran como grandes clubes donde funcionaban numerosos espacios de conocimiento creados para niños, de matemáticas, de ajedrez, de deportes o de música. Grisa, de hecho, llegó a este centro en su ciudad sabiendo ya tocar el violín, instrumento que también dominaba su madre.

Ya destacaba por su talento excepcional para las matemáticas, pero ahora tenía competencia. La competición con sus compañeros se convirtió en su primer gran reto. Durante los cuatro primeros cursos, el alumno número uno de la ciudad fue otro joven, Alec Levin. El primer fracaso para Perelman llegó durante el octavo curso.

Quedó segundo en la Olimpiada Matemática de la ciudad. también tuvo que conformarse con la segunda plaza en la de toda la Unión, pero los supuestos fracasos despertaron su verdadero talento y a partir de ese momento nunca más volvió a perder una competición. A pesar de su dificultad para comunicarse con otros, Perelman siguió su carrera matemática con relativa normalidad, sobre todo gracias a las personas que viendo su talento, lo protegieron y consiguieron que fuera admitido en la discriminatoria Facultad de Matemáticas de la Universidad de

Leningrado, que solo aceptaba a dos judíos por año. La táctica seguida para ello fue conseguir que Perelman formara parte del equipo olímpico ruso de matemáticas, ya que sus miembros ingresaban automáticamente en la universidad que eligieran. Grisa no solo lo consiguió, sino que a sus 16 años alcanzó su primera gran victoria internacional.

Logró extraordinario resultado en las olimpiadas matemáticas de Budapest con 42 problemas resueltos de un total de 42, resultado perfecto y medalla de oro. Su prestigio crecía a pasos agigantados dentro del competitivo sistema soviético y eso le permitió acceder directamente y sin examen a la prestigiosa universidad estatal.

Era una época en la que Perelman vivía en su propio mundo, ignorando la realidad del mundo exterior, que creía que era justo y que funcionaba como debía, siguiendo reglas claras establecidas. Nunca se interesó por la política, tampoco por sus relaciones personales. Su madre, sus profesores y entrenadores se preocuparon de protegerle de esa realidad exterior, de solucionar sus problemas y de garantizar que pudiera dedicarse exclusivamente al mundo que le apasionaba, a las matemáticas.

Se doctoró en 1990 y rápidamente comenzó a trabajar en el prestigioso Instituto Stecklov, el centro matemático más importante del país. Todo marchaba según lo previsto, pero entonces algo cambió. La Unión Soviética colapsó y muchos científicos se vieron forzados a emigrar en busca de mejores oportunidades.

Ante la difícil situación de la Unión Soviética, en septiembre de 1992, Perelman abandona el país. El matemático ruso, que acaba de cumplir 26 años, aterriza en Nueva York para realizar una estancia en el reconocido Instituto Curán de Ciencias Matemáticas. Le cuesta adaptarse a su nueva vida. Vive en un modesto apartamento y muestra total indiferencia hacia las atracciones de Manhattan.

Para Grisa, Estados Unidos no es un destino turístico, sino un laboratorio matemático. Mientras otros investigadores socializaban, él prefería la soledad de los problemas matemáticos. Pero su talento no pasó desapercibido. Los matemáticos americanos quedaron impresionados por su capacidad para ver conexiones que nadie más podía ver.

Tras su tiempo en Nueva York, Perelman se trasladó a la costa oeste para disfrutar de una prestigiosa becaley en California. Allí conoció al joven profesor chino Gantian, con quien estableció una inusual amistad. Cada semana Perelman y Tian alquilaban un coche y conducían hasta Princeton para asistir a conferencias de los mejores matemáticos.

Fue durante uno de esos viajes cuando ocurrió el encuentro que en realidad cambiaría su vida. Allí conoció a Richard Hamilton, uno de los más destacados especialistas en geometría, quien le cuenta que está trabajando en el llamado flujo de Richi, una herramienta matemática que podría ser la clave para resolver la conjetura de Poncaré, uno de los siete problemas del milenio.

Después de la conferencia, Hamilton le confiesa que cree que es el camino, pero que él había quedado atascado en un punto específico, las llamadas singularidades. El encuentro fue decisivo para Perelman porque evidentemente ya conocía la conjetura y vio algo que Hamilton no había visto, una posible solución a ese problema de las singularidades.

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