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El Escalofriante Detalle del Calendario que Conecta el Cisma de Hoy con el de 1988

Hay fechas, hermano, que parecen malditas, días señalados en el calendario que la historia, por alguna razón que se nos escapa, se empeña en repetir. Como si el tiempo, en lugar de avanzar siempre hacia adelante en línea recta, a veces girara sobre sí mismo y volviera a pasar por el mismo punto otra vez la misma herida.

 Y hoy, el día en que te hablo es una de esas fechas. Hoy la historia ha vuelto a girar sobre sí misma y lo que ha traído de vuelta es doloroso. Quiero que me acompañes con calma en esto porque no es una noticia cualquiera de esas de usar y tirar, de esas que llenan un titular hoy y mañana, ya nadie recuerda. Es algo más hondo.

 Es un misterio del tiempo, un eco que atraviesa casi 40 años y que cuando lo veas completo, cuando ates cabigo, te va a dejar pensando durante días, porque hay cosas que cuando las ves bien, ya no las puedes dejar de ver. Soy el padre Samuel y déjame que empiece por lo que acaba de pasar para que luego entiendas el escalofrío.

 Ayer primero de julio, un grupo dentro de la iglesia, la fraternidad sacerdotal San Pío X, rompió con Roma. Consagró cuatro obispos sin el permiso del Papa León XIV y con ese acto se consumó una ruptura, un cisma, y cayó sobre ellos la excomunión. Ya te he hablado de esto en otra ocasión, de los hechos, del qué y del por qué, de cómo se llegó hasta aquí.

 Pero hoy no vengo a repetirte la noticia. Hoy vengo a mostrarte algo que casi nadie ha visto. Un detalle que se esconde en el calendario, agazapado entre las fechas y que cuando lo descubres pone la piel de gallina. Porque esto que pasó ayer, hermano, ya pasó antes. Y no me refiero a algo parecido. No hablo de una cosa vagamente similar, de un aire de familia entre dos sucesos distintos.

 Hablo de lo mismo, exactamente lo mismo, en el mismo lugar del mundo, hecho en parte por los mismos hombres. Y lo más estremecedor de todo, lo que me ha llevado a sentarme hoy contigo a contártelo, la respuesta de la iglesia, tanto entonces como ahora, cae en el mismo día del calendario, un 2 de julio. Deja que te lo diga despacio, muy despacio, para que lo captes en toda su dimensión.

 Hace 38 años, en 1988, hubo una ruptura idéntica a la de ayer. Idéntica. Y cuando la Iglesia respondió oficialmente a aquella ruptura, cuando el Papa de entonces firmó el documento que hablaba de aquel cisma, ¿qué día lo firmó? Lo firmó un 2 de julio. El 2 de julio de 1988. Y hoy, hermano, ¿sabes qué día es hoy? Este día en que yo te hablo y tú me escuchas.

 Hoy es 2 de julio, 38 años exactos después. Y hoy se espera la respuesta oficial de León XIV a la ruptura de ayer. Detente y míralo conmigo pieza por pieza. El mismo acto. Consagrar obispos sin el Papa. El mismo lugar un rincón de Suiza. La misma consecuencia, la excomunión. Y la misma fecha en el calendario para la respuesta de Roma, casi cuatro décadas después.

¿Es casualidad, hermano? Es una simple coincidencia del azar, de esas que a veces ocurren y no significan nada. ¿O hay algo más profundo aquí? Una de esas lecciones que la vida y la historia nos repiten una y otra vez con paciencia hasta que por fin las aprendemos. Eso es lo que quiero explorar contigo hoy.

 No la noticia, sino el eco. No el que pasó, que ya lo sabes, sino por qué la historia se empeña en repetirse de esta manera tan exacta. Y sobre todo, ¿qué nos está queriendo decir con esta repetición? Porque yo creo, hermano, y te lo digo de corazón, que cuando la historia se repite con tanta precisión, no es para asustarnos, es para enseñarnos algo que todavía no hemos querido aprender.

 Y para entenderlo, tenemos que hacer un viaje. Un viaje en el tiempo. Tenemos que retroceder 38 años hasta aquel primer desgarro, hasta la primera vez que esta misma herida se abrió en el cuerpo de la iglesia. Porque solo cuando conozcas bien lo que pasó en 1988 con sus nombres, sus fechas y sus protagonistas, entenderás por qué lo de ayer es tan estremecedor y por qué esa fecha, el 2 de julio, se ha convertido en una especie de cita del destino entre esta fraternidad y Roma.

 Ponte cómodo, hermano, que nos vamos a 1988. Retrocedamos en el tiempo, hermano. Cierra los ojos un momento si puedes e imagina que estamos a finales de los años 80 del siglo pasado, otra época, otro mundo casi. Y déjame que te presente a un hombre porque toda esta historia, la de ayer y la de hace 38 años, empieza con él.

 Se llamaba Marcel Le Febre. era un arzobispo francés y quiero que lo veas bien, sin caricaturas, porque para entender esta historia hay que ser justo también con él. No era un cualquiera, ni un exaltado sin más. Era un hombre de fe profunda, inteligente, culto, con una larga vida de servicio a la Iglesia a sus espaldas. Había sido misionero en África durante años.

 Había entregado su juventud a llevar el evangelio a tierras lejanas. había sido superior de su congregación, arzobispo, una figura importante y respetada durante muchísimo tiempo. Cuando uno cuenta esta historia tiene que empezar por ahí. Lefebre no era el villano de un cuento. Era un hombre que, equivocándose gravemente, como veremos, creía defender lo más sagrado.

 Pero a Lefebre le tocó vivir una época de cambios enormes en la iglesia. Y aquí tengo que explicarte algo para que entiendas todo lo demás. En los años 60 hubo un acontecimiento gigantesco, uno de los más importantes de la historia reciente de la Iglesia, un gran concilio, una reunión de todos los obispos del mundo entero que se llamó el Concilio Vaticano Segundo.

 Imagínate los obispos de todo el planeta reunidos durante años para pensar cómo debía la iglesia anunciar el evangelio en el mundo moderno. Y aquel concilio trajo muchas renovaciones, muchos cambios. La misa cambió en parte su forma. Se empezó a celebrar en las lenguas de cada pueblo, en español, en francés, en lo que hablara cada uno y no solo en el latín de siglos.

 El sacerdote, que antes celebraba de espaldas al pueblo, pasó a hacerlo de cara. Se abrieron puertas al diálogo con los cristianos de otras confesiones y con las otras religiones. Y se habló de la libertad religiosa de una manera nueva, afirmando que nadie debe ser forzado a creer, que la fe tiene que ser un acto libre. Para la inmensa mayoría de la iglesia, hermano, todo aquello fue una primavera, una renovación necesaria, un soplo de aire fresco que muchos vieron y ven como guiado por el Espíritu Santo para acercar la Iglesia al hombre de hoy.

Pero para lefebre y para los que pensaban como él, aquellos cambios no fueron una primavera, fueron una traición. Lo vivieron así con ese dramatismo. Creyeron que la Iglesia se estaba desviando de su camino de siempre, que estaba abandonando la tradición de siglos, que se estaba rindiendo al mundo moderno y a sus modas. Y se resistieron.

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