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“EL CACHETES”: cómo un MENOR VINCULADO AL NARCO terminó EJ3CUT@DO y convertido en meme

Al menos nueve disparos rompen la tranquilidad de la noche en la alcaldía Gustavo Adolfo Madero. La noche del 23 de noviembre de 2023. Una motocicleta huye de la escena con dos sospechosos, la víctima, un joven de 15 años cuyo apodo había sido repetido en innumerables notas y memes. El cachetes, ¿quién era y sobre todo qué decisiones llevaron a un menor a terminar acbillado en esa esquina? Recuerda que detrás de cada caso hay víctimas culpables y secretos.

Recuerda que esto es Crónicas del Crimen. Y si te gusta este tipo de historia, solo tienes que suscribirte, dejar tu like, dejar un comentario con tu opinión o proponiendo un tema y seguir mi contenido. La noche del 23 de noviembre de 2023 en la colonia Cocoyotes en lo alto de la alcaldía Gustavo Adolfo Madero, la ciudad ya estaba acostumbrada a los ruidos que nadie quiere escuchar.

Motores viejos subiéndola pendiente, perros ladrando, alguna moto acelerando de más. Pero ese jueves, en el cruce entre la calle Pantera y la avenida del Trabajo, el silencio del barrio se rompió con disparos. El reporte que llegó al centro de mando fue frío pero rutinario, persona lesionada por disparos de arma de fuego  en ese cruce de cocoyotes.

Patrullas de la Secretaría de Seguridad Ciudadana comenzaron a acercarse al punto señalado guiadas por las cámaras del C2 Norte. Las luces azules y rojas empezaron a reflejarse en las fachadas de las casas, en cortinas metálicas ya cerradas en las caras de los vecinos curiosos que se quedaban detrás de las cortinas de sus ventanas. Cocoyotes, una vez más era un punto en el mapa de una noche violenta.

Cuando los primeros policías llegaron a la escena, lo encontraron ahí un adolescente tirado sobre el asfalto boca abajo junto a una motocicleta de color azul que había quedado atravesada de lado como si se hubiera desplomado al mismo tiempo que su dueño. A pocos metros sobre el pavimento, los casquillos metálicos empezaban a brillar bajo las linternas.

De acuerdo con los reportes posteriores, le habían disparado al menos en nueve ocasiones. No hubo oportunidad de correr ni de responder. Los agentes acordonaron la zona mientras llegaban los paramédicos del Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas conocido como Erum. El protocolo es siempre el mismo: revisar signos vitales, buscar el  pulso, una respiración leve, cualquier indicio de vida, el que sea.

Esta vez el resultado también fue el mismo de tantas otras noches en la ciudad. El menor fue ya hallado sin vida con heridas  producidas por disparos de arma de fuego. La escena se congeló en esa imagen. Un cuerpo joven extendido en la calle, una moto azul justo a su lado y un círculo de luces policiales dibujando la frontera entre los curiosos y la muerte.

No tardaron en fijarse en un detalle. Bajo la luz blanca de las lámparas y los flashes de las cámaras forenses, en  la parte trasera de la cabeza del chico se alcanzaban a leer dos letras rapadas en el cuero cabelludo, una  C y una M. No eran simples iniciales improvisadas, eran marcas  que él había elegido en alusión a un alias que se había construido para sí mismo.

Esas letras terminaron siendo una de las claves para identificar el cuerpo de Christopher Adrián, el adolescente al que en el barrio conocían como el Cachetes. En los informes oficiales de aquella noche, la descripción fue escueta,  un menor de 15 años vinculado a un grupo delictivo que operaba en la zona  asesinado en la vía pública.

Otro joven abatido en la alcaldía de Gustavo Adolfo  Madero. Otro expediente que se había con términos repetidos hasta el cansancio. Posible ajuste de cuentas, agrupación delictiva local, antecedentes por narcomenudeo. Para la ciudad, para las estadísticas,  para las notas breves de la prensa.

En este momento Christopher no era mucho más que eso. Otro adolescente ligado al crimen muerto  a balazos en la calle. Lo que nadie imaginaba es que esa foto no iba a quedarse en el expediente policial, iba a convertirse en material de culto para  internet. Cuautepec es una de esas zonas que desde lejos parecen un manto de luces trepado sobre el cerro, pero de cerca esas luces cuentan otra historia.

Durante años, el norte de la alcaldía, Gustavo Adolfo Madero, fue conocido en los partes policiales como un punto rojo. Homicidios frecuentes, balaceras, disputas entre grupos  por controlar calles, rutas, puestos y hasta taxis. Dentro de ese entramado está la colonia Cocoyotes, un barrio popular donde casas de ladrillo descubierto se amontonan sobre calles estrechas como la Avenida del Trabajo o la calle Pantera, el mismo cruce donde horas antes quedó tendido el cuerpo de Christopher.

Ahí  entre tienditas, lonas de puestos ambulantes y escaleras improvisadas que suben por la ladera, vecinos  conviven con la que ya asumen como parte del paisaje, el narcomenudeo y la extorsión. Operativos de la policía capitalina han encontrado en esa colonia casas usadas como puntos de venta de droga y bodegas con autopartes robadas.

no son notas aisladas, sino piezas de una dinámica que lleva años ocurriendo. Es en este escenario donde surge el nombre de una célula criminal local, los escamos, a veces mencionados como los escamosos. No se trata de un gran cártel a nivel nacional, sino de una banda de barrio, pero con un poder muy real sobre la vida cotidiana de la gente en la zona.

De acuerdo con reportes periodísticos y testimonios recabados por la prensa, este grupo se dedica al narcomenudeo, robar, extorsionar a comerciantes y mantener vínculos incluso con homicidios ocurridos en la colonia Cocoyotes. Algunos  periodistas que siempre siguieron de cerca lo ocurrido en esta región, como Carlos Jiménez C4,  lo describen como una típica célula del norte de la capital.

Jóvenes armados montados en motocicletas, control de puntos de venta, amenazas a quien se niega a pagar derecho de piso y uso sistemático del miedo como herramienta de control.  En sus publicaciones, Jiménez los vincula directamente con la extorsión, el trasciego de drogas y la violencia letal contra rivales y contra quienes se interponen en su negocio.

Para muchos vecinos, la presencia de grupos así se sienten en pequeños detalles en la esquina donde pronto ya no se puede  poner un puesto sin pedir permiso. En el joven que comienza a pasar cada noche cobrando una cuota en la patrulla que no siempre sube a las calles más altas. Algunos medios han recogido testimonios de habitantes que dicen vivir sometidos a anarcomenudistas que cobran por protección y que rara vez ven rondines constantes en las periferias.

Y es en el medio de este contexto donde los menores de edad se convierten en el recurso más fácil para reclutar. Al fin y al cabo se trata de mano de obra disponible. Conocen el barrio, no levantan tantas sospechas al principio y sobre todo la ley suele tratarlos de forma distinta a los adultos. En los últimos años, no solo el caso del cachete, sino también el de otros adolescentes, como el llamado niño sicario en Tabasco, han encendido alarma sobre una tendencia.

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