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Cómo Noreno Alias “El Patrón” Compró Jueces, Generales y Políticos

Un hombre muerto vuelve a la vida. Amasa 100 millones de dólares sin disparar un solo tiro. Desde una celda compra jueces como quien ordena comida. El estado ecuatoriano se derrumba en sus manos. Pero hay algo que Leandro Norero no pudo comprar. Su última llamada telefónica. 3 de octubre de 2022.

Cárcel de la Tacunga. La tarde transcurre en falsa calma hasta que a las 13:30 estallan los disparos. Durante 5 horas, el centro penitenciario se convierte en campo de batalla. Cuando la policía recupera el control, 16 cuerpos yacen sobre el cemento. Uno de ellos está decapitado, desmembrado, quemado.

Es Leandro Norero, alias el patrón, 36 años. El narcotraficante invisible que construyó un imperio sin banda propia, sin sicarios a su servicio, sin presencia en las calles, Chis un fantasma que movía cocaína hacia Europa y Estados Unidos como quien administra una cadena de supermercados. Ese mismo día, a las 10:30 de la mañana estaba programada su audiencia por narcotráfico.

No se celebró, su abogado no asistió. Horas después, Norero fue ejecutado en una emboscada orquestada desde el exterior de la prisión. Aquí surge la paradoja que define todo este caso. Norero había comprado protección con millones de dólares. Había sobornado a jueces nacionales, fiscales provinciales, generales de policía y directores de prisiones.

Controlaba los pabellones de su cárcel con un anillo de seguridad de 120 sicarios. había negociado treguas entre bandas rivales para consolidar su poder. Entonces, ¿quién lo mandó matar? ¿Y por qué precisamente ese día cuando iba a enfrentar la justicia? La respuesta está enterrada en 15 teléfonos celulares que guardaba en su celda.

19,000 páginas de chats que revelarían el entramado de corrupción más profundo en la historia del Ecuador. Una red tan extensa que alcanzaba hasta las más altas esferas del estado. Un cáncer judicial que la fiscalía bautizaría con un nombre apropiado. Metástasis. Monte Sinaí, sur de Guayaquil, 1986. Leandro Antonio Norero.

Tigua nace el 3 de julio en un barrio donde la pobreza no es metáfora, sino geografía. Calles sin pavimento que se convierten en lodasales con cada lluvia. Agua potable e inexistente, obligando a familias enteras a cargar baldes desde tanqueros. Electricidad intermitente que deja la noche en tinieblas. Violencia omnipresente que convierte cada esquina en territorio en disputa.

En este ecosistema, las pandillas no reclutan seca, sino que absorben a los jóvenes como única alternativa de supervivencia. No existen registros públicos de los padres de Norero, pero se deduce que pertenecían a la clase trabajadora informal, quizás comerciantes ambulantes luchando por subsistir en los márgenes de la economía guayaquileña.

De sus hermanos, Inteligencia Policial identificó al menos tres. El más visible será Israel William Norero Tigua, quien décadas después compartirá celda con Leandro y sobrevivirá milagrosamente a la masacre que lo ejecutará. Norero abandona la escuela primaria sin completarla, apenas cursando los primeros años.

Su educación real ocurre en el asfalto de Monte Sinaí, en esa universidad improvisada de lealtad pandillera, astucia para evadir la ley y logística básica de la delincuencia callejera que lo prepara mejor para el submundo criminal que cualquier salón de clases. A los 14 años, en 2001, Leandro da el paso irreversible hacia el crimen organizado al unirse a los nietas.

Pandilla de raíces puertorriqueñas que se había arraigado profundamente en prisiones y barrios de Guayaquil. La organización opera como red carcelaria y callejera dedicada a la extorsión de pequeños comerciantes, el microtráfico de drogas en esquinas controladas y las disputas territoriales sangrientas que caracterizan el sur de la ciudad.

El adolescente norero ascende rápidamente como operador de nivel intermedio. Participa en riñas brutales por el control de cuadras específicas en Montes Sinaí y barrios aledaños. Ejecuta esquemas de extorsión que le permiten ganar reputación como elemento leal dentro de la estructura pandillera. Pero lo que realmente lo distingue no es su brutalidad, sino su astucia.

se convierte en mediador de conflictos internos, figura que equilibra tensiones entre facciones y negocia con autoridades locales cuando es necesario. Acumula contactos, memoriza rostros, aprende nombres, construye capital social sin exponerse demasiado ante las autoridades. Su prontuario judicial permanece sorprendentemente limpio, considerando la intensidad de sus actividades criminales.

En 2006 enfrenta cargos por tenencia ilegal de armas que no prosperan. En 2012 se le procesa por robo agravado con dictamen abstentivo de la fiscalía. Sin los cargos por extorsión y riñas callejeras se evaporan mediante hábiles negociaciones o testimonios que desaparecen. Desde joven exhibe un instinto que lo distinguirá el resto de su vida criminal.

Evitar el protagonismo mediático para maximizar el beneficio económico. El punto de inflexión definitivo llega entre 2007 y 2017 durante el gobierno de Rafael Correa y su revolución ciudadana. El Ministerio del Interior impulsa un ambicioso proceso de pacificación de pandillas con incentivos sociales, promesas de empleabilidad, programas de formación técnica y crucialmente amnistías informales con promesas de no persecución a cambio del cese de actividades armadas.

Norero firma un acuerdo público con el Estado ecuatoriano como representante autorizado de Los Nietas, al lado de rivales históricos como los Latin Kings. Las ceremonias son públicas, transmitidas por medios nacionales, celebradas como triunfo de políticas sociales progresistas. El gobierno otorga personería jurídica a estas organizaciones.

Les permite constituirse como corporaciones que pueden solicitar créditos, capacitación y subsidios para crear empresas legales. Este programa diseñado idealmente para desmovilizar grupos violentos mediante reinserción social convierte en la más grande oportunidad criminal que Norero podría haber imaginado. El pacto le otorga impunidad temporal.

invaluable. Conoce políticos de alto nivel. Se fotografía con ministros en reuniones oficiales dentro del edificio del gobierno zonal de Guayaquil, en pisos donde el presidente Correa mantenía reuniones de gabinete bajo estricto círculo de seguridad. En una imagen de septiembre de 2009, Shock Norero aparece junto al presidente Rafael Correa y el ministro Ricardo Patiño, quien ocupó cargos de defensa y posteriormente relaciones exteriores.

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