La historia del espectáculo está plagada de contrastes dolorosos, pero pocos resultan tan estremecedores como el de Javier Portales. Detrás del hombre que con una sola mirada era capaz de arrancar carcajadas a millones de espectadores, se escondía una existencia marcada por la fatalidad, el desamor y una serie de traiciones que lo condujeron a uno de los finales más tristes y solitarios que se recuerden en la cultura popular. Quien en su época de esplendor fuera la contrafigura indispensable del gran Alberto Olmedo, terminó sus días recluido, despojado de sus bienes materiales y consumido por una pena que la medicina jamás pudo curar.
Para comprender la magnitud de su caída, es necesario viajar a los cimientos de su identidad. Detrás del legendario seudónimo de Javier Portales se encontraba Miguel Ángel Álvarez, un joven introvertido nacido en la provincia de Córdoba en abril de 1937. Su llegada a Buenos Aires estuvo marcada por sueños artísticos, libretos bajo el brazo y una timidez que contrastaba con la fuerza que irradiaba sobre el escenario. La leyenda cuenta que su nombre artístico nació en una bohemia velada porteña, cuando un aficionado a la numerología le sugirió en la mesa de un bar adoptar un apellido que evocara “umbrales y accesos”, vaticinando que esto le abriría las puertas de la gloria. Y así fue. Portales demostró ser un artesano versátil de la ac
tuación, capaz de brillar en el teatro alternativo con complejas tragedias de Shakespeare o vanguardistas obras de Bertolt Brecht, ganándose el respeto de los críticos más puristas de la época.
Sin embargo, el destino le tenía reservado un papel que cambiaría su vida para siempre. Su talento innato para la comedia y el magnetismo con el público lo llevaron a cruzarse con Alberto Olmedo, formando un dúo que revolucionaría la televisión y el teatro. A pesar de las críticas de aquellos que menospreciaban la cultura popular, Portales defendió siempre con vehemencia su trabajo, asegurando que arrancar una risa genuina junto al “Negro” exigía la misma maestría actoral y rigor escénico que interpretar el drama más profundo. Sus personajes, como los inolvidables Álvarez y Borges, paralizaban al país cada semana, rompiendo récords de audiencia y recaudación. Pero esta perfecta maquinaria de humor y complicidad implosionó de manera trágica la madrugada del 5 de marzo de 1988.
Ese día, Alberto Olmedo cayó accidentalmente desde el balcón del edificio Maral 39 en Mar del Plata. Quienes estuvieron cerca de Javier Portales en aquellas horas aciagas aseguran que, al enterarse de la noticia, algo dentro de él se apagó para siempre. Fue como si la mitad de su alma hubiera caído al vacío junto a su compañero. A partir de ese momento, el comediante brillante se transformó en un hombre atormentado, sumido en una depresión severa de la que jamás lograría recuperarse por completo. Su sonrisa frente a las cámaras se convirtió en una simple máscara para ocultar una herida emocional que sangraba a diario.
La vulnerabilidad psicológica de Portales abrió la puerta a una serie de decisiones sentimentales que terminarían por hundirlo. Durante un cuarto de siglo, había encontrado un refugio de paz junto a Delia, la mujer que conoció a finales de 1969 y que se hizo cargo de la crianza de su hijo de siete años, Javier Ángel. Esta relación parecía ser un bastión inexpugnable frente a las frivolidades del medio artístico. No obstante, a mediados de la década de 1990, la monotonía y el peso de los años llevaron al actor a cometer un error fatal. En un set de grabación, quedó deslumbrado por Marina Gasitua, una libretista veinticinco años menor que él. Lo que comenzó como un coqueteo profesional se transformó en un romance clandestino que le hizo creer que podía recuperar su juventud perdida.
Cuando Delia descubrió la infidelidad, el cataclismo familiar fue absoluto. Herida en su orgullo y decidida a no perdonar la deslealtad, inició un litigio de separación feroz. Las cortes le otorgaron una victoria aplastante, condenando a Portales a cederle el 17% de todas sus ganancias futuras y arrebatándole una gran parte de su patrimonio, incluyendo propiedades clave como su departamento en el barrio de Caballito. Este yugo financiero fue el primer gran golpe que fracturó su estabilidad económica, pero la verdadera tragedia apenas comenzaba a gestarse.
Al mismo tiempo que su cuenta bancaria sufría hemorragias judiciales, su cuerpo comenzó a fallar. Un accidente doméstico aparentemente insignificante —un tropezón en el patio de su casa de campo— desencadenó una gravísima hernia discal. El hombre que dominaba los escenarios con su presencia física se vio de pronto atrapado en una jaula de dolor constante. Se sometió a múltiples y dolorosas intervenciones quirúrgicas en la columna vertebral que no dieron los resultados esperados. En un acto de desesperación, viajó a La Habana, Cuba, buscando el milagro de la medicina reconstructiva. Aunque los ejercicios le brindaron un alivio pasajero, el deterioro de sus extremidades inferiores era irreversible. Volvió a Argentina confinado a una silla de ruedas, sin saber que su propio hogar se convertiría en su prisión definitiva.
Javier Portales se instaló con Marina Gasitua, pero la dinámica de la relación adquirió tintes macabros. Según las impactantes denuncias de su hijo Javier Ángel, quien ya había cortado vínculos con su padre al percibir las dudosas intenciones de la joven libretista, Marina aprovechó la vulnerabilidad física y mental del ídolo para aislarlo completamente. Argumentando supuestos beneficios médicos y falta de espacio, lo desalojó de la habitación principal y lo confinó a un diminuto y sombrío cuarto de servicio. El objetivo de esta maniobra, según la denuncia de su hijo, era tener libertad absoluta para llevar una vida nocturna sin rendir cuentas, mientras el actor yacía postrado e incomunicado entre cuatro paredes.
Fue en esta penumbra donde se consumó la estafa perfecta. Manipulando emocionalmente a un hombre quebrado, Marina logró que un notario certificara un poder legal amplio y absoluto a su nombre sobre los bienes de Portales. Entre 1994 y el año 2000, la incansable labor actoral del cómico había generado ingresos superiores a los 1.2 millones de dólares. Sin embargo, esa fortuna desapareció misteriosamente de las cuentas bancarias a través de transferencias opacas. Cuando las arcas quedaron vacías y la salud de Portales requirió ingresos a terapia intensiva, Marina preparó sus maletas, cruzó el Atlántico y desapareció en España, presuntamente con una nueva pareja, abandonando al hombre que la había mantenido a su suerte.
El final de Javier Portales fue un suplicio humillante. Literalmente en la calle, sin cobertura médica digna y sufriendo los embates de una diabetes avanzada que devoraba su cuerpo, terminó internado en una humilde sala del Hospital público Ramos Mejía. Las dos mujeres importantes de su vida habían sellado su destino: una, cobrándose la infidelidad hasta dejarlo sin techo; la otra, exprimiendo hasta su último centavo para luego huir como una fugitiva. Sus representantes legales intentaron desesperadamente localizar a Marina acusándola de abandono de persona, pero el daño orgánico y espiritual ya estaba hecho.

En sus últimos días, un periodista logró infiltrarse en la sala del hospital, topándose con el espectro de la estrella que alguna vez hizo vibrar al país. Con una voz frágil y la mirada perdida, Portales confesó que sus días eran un infierno insufrible y que solía mirar fijamente el techo buscando alguna razón para seguir respirando. El 14 de octubre de 2003, a los 66 años, su corazón cansado dijo basta. Aunque el certificado de defunción señaló un paro multiorgánico, la comunidad artística supo que a Javier Portales lo mató la tristeza absoluta.
Hoy, en la mítica esquina de Corrientes y Uruguay, una escultura de bronce inmortaliza a Álvarez y Borges riendo a carcajadas en un banco. Los turistas se detienen a fotografiar la escena, celebrando la genialidad de una época irrepetible. Resulta irónico y profundamente doloroso saber que debajo de ese metal frío y sonriente yace la memoria de un artista inmenso que entregó su vida para entretener a una nación entera, pero que en el momento de bajar el telón, no encontró aplausos, sino el silencio desgarrador del olvido, la pobreza y el más completo abandono.